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Me Perdió por Elegir a su Secretaria
Me Perdió por Elegir a su Secretaria
Author: Brenda Padilla

Capítulo 1

Author: Brenda Padilla
Unas horas después, el leve clic de la cerradura rompió el silencio. Sergio había regresado.

Ni siquiera me miró. Colgó el abrigo y se dejó caer en la cama. Aún llevaba encima el aroma de un perfume que no era mío.

Me di la vuelta y enseguida oí que su celular vibraba sin parar. Lo tomé. Eran mensajes de Diana.

"Gracias por venir a acompañarme hoy. Espero que Ángela no se haya enojado. Otro día iré a disculparme personalmente con ella".

Bajé la mirada hacia la pantalla. Parpadeé para contener la emoción y deslicé la conversación hacia arriba con el dedo.

Sus mensajes eran íntimos y abiertamente sugerentes, y Sergio le respondía con mucha más frecuencia. No se parecía en nada al hombre gélido que era conmigo.

Sentí un nudo en la garganta y tecleé:

"Está dormido. Yo no estoy enojada. Escríbele mañana".

Apagué la pantalla, dejé el celular en su mesa de noche y tomé mi almohada para irme a la habitación de invitados.

De pronto, una mano caliente me agarró de la muñeca. Me detuve.

Él seguía con los ojos cerrados cuando murmuró:

—Diana, estoy aquí.

Contemplé aquel rostro tan atractivo y esbocé una sonrisa amarga. Luego me solté y me fui.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió de una patada. Sergio se acomodó los puños de la camisa y me exigió una explicación.

—¿Por qué respondiste el mensaje de Diana desde mi celular? Es joven y muy sensible, ¿no lo sabes? Además, solo es mi nueva secretaria. No tenías derecho a contestarle por mí.

Alcé la vista y vi la ira en sus ojos.

—¿Solo tu secretaria? ¿Qué jefe pronuncia el nombre de su secretaria mientras duerme?

Sergio se quedó rígido por un instante y su expresión se volvió incómoda.

—Entre ella y yo solo hay una relación laboral. Paso todo el día trabajando con ella; por eso se me escapó su nombre mientras dormía. Nada más. Eres mi esposa; no seas tan mezquina.

Sin mirarlo, asentí con tranquilidad.

—Está bien. Puedes seguir murmurando su nombre incluso dormido, si quieres.

Me agarró bruscamente del brazo, cada vez más impaciente.

—Entre Diana y yo no hay absolutamente nada. Deja las indirectas.

Bajé la mirada, me zafé y le acomodé el cuello de la camisa con la misma serenidad.

—¿No hay nada? Entiendo. Solo eres el jefe que le compra toallas sanitarias, ¿verdad?

La espalda de Sergio se tensó y su rostro se ensombreció. Respiró hondo.

—Le vino el periodo y estaba sangrando mucho. Las toallas que tenías en casa no le alcanzaron, así que fui a comprarle más…

Dejé de acomodarle el cuello de la camisa y levanté la cabeza.

—Qué considerado. Hasta sabes cuánto sangra tu subordinada cuando le viene el periodo.

La verdad era que llevaba tiempo notando cosas extrañas. Además de eso, en la casa habían aparecido una taza con dibujos animados, un labial e incluso algunas prendas que alguien había dejado olvidadas.

Simplemente había decidido no reclamarle por cada cosa.

Sergio frunció el ceño, se enderezó con las manos en los bolsillos y me lanzó una mirada indiferente.

—Ya te lo he explicado muchas veces. Has cambiado. Te has vuelto insoportable.

Apenas terminó de hablar, volvió a sonar el mismo tono de la noche anterior.

—Ve —dije con calma—. Si no vas, acabará viniendo a buscarte aquí.

Después de todo, no sería la primera vez.

Abrió la boca y, esta vez, vaciló durante un segundo. Al final, se dio la vuelta y se fue.

Solté el aire lentamente, bajé la vista hacia el mapa y marqué con un círculo rojo una pequeña ciudad del sur.

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