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CAPITULO 2

last update Veröffentlichungsdatum: 01.09.2026 17:39:06

A la una de la madrugada intenté reservar una habitación.

El hotel sobre el bar estaba lleno y también los tres siguientes.

Había una convención en la ciudad.

—Fantástico —murmuré mirando el teléfono—. El universo realmente me odia.

—Puedes usar mi habitación.

Levanté la cabeza.

—Eso ha sonado exactamente como una proposición.

—Yo dormiré en el sofá.

—Eso sigue sonando como una proposición.

—Entonces puedo pedirte un automóvil.

Pensé en mi apartamento.

Ethan tenía llave.

Pensé en la casa de mis padres.

Natalie probablemente estaría allí en algún momento.

Negué con la cabeza.

—No quiero ir a casa.

Damian guardó silencio.

—¿Hay sofá de verdad?

—Hay dos.

—¿Y puerta en el dormitorio?

—También.

—¿Cierra?

—Victoria.

—Es una pregunta razonable.

Sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó frente a mí.

Hotel Blackwood. Suite 4101.

—Puedes preguntarle al gerente quién soy. Puedes dejar mi nombre y habitación con quien quieras. Y puedes irte cuando quieras.

Miré la tarjeta.

—¿Blackwood?

—El hotel es mío.

Parpadeé.

—Dijiste que trabajabas en inversiones.

—También.

—Eso parece información relevante.

—No preguntaste.

Entrecerré los ojos.

—Definitivamente eres sospechoso.

—Te lo advertí.

***

Su suite era más grande que mi apartamento.

No comenté nada y Damian me entregó una camisa limpia.

—El baño está allí.

—Gracias.

—Puedes cerrar con llave.

Lo miré.

—¿Y tú?

Se quitó el reloj.

—Sofá.

—Podrías intentar asesinarme.

—Podría.

—No eres tranquilizador.

—Tú podrías intentar asesinarme a mí.

—Peso cincuenta y seis kilos.

Me miró de arriba abajo muy lentamente y sentí calor.

—Podrías ser creativa.

Tragué saliva.

—Buenas noches, Damian.

—Buenas noches, Victoria.

Entré en el dormitorio, cerré, puse el seguro y por primera vez aquella noche lloré en silencio, sentada en el suelo del baño de un hombre cuyo apellido acababa de conocer.

Lloré por Ethan, por Natalie, por siete años, por la boda que no existiría y por la mujer estúpida que había entrado sonriendo en aquella suite.

Cuando terminé, me lavé la cara, me puse la camisa de Damian y dormí.

***

Desperté a las siete y durante unos segundos no recordé dónde estaba, pero después todo regresó.

Ethan.

Natalie.

Damian.

Me levanté, encontré mi vestido cuidadosamente colocado sobre una silla y mi bolso estaba junto a él.

Nada había sido tocado.

Cuando salí, Damian estaba junto al ventanal ya vestido con un traje gris oscuro y café en una mano.

Parecía diferente; más frío, peligroso y más parecido al hombre que probablemente era cuando no estaba rescatando mujeres despechadas en bares.

—Buenos días… —saludé.

—Eso está por demostrarse —respondió y me ofreció café.

Lo acepté.

—Gracias por anoche.

—No hice nada.

—Exactamente.

Nuestros ojos se encontraron y por un segundo ocurrió algo.

No sabría definirlo si era atracción, curiosidad o una especie de reconocimiento absurdo entre dos desconocidos que no deberían volver a verse.

Suspiré y me puse el abrigo.

—Supongo que aquí termina nuestra extraña amistad.

—Supongo.

Caminé hacia la puerta.

—Adiós, Damian Blackwood.

—Adiós, Victoria.

Abrí.

—¿No vas a preguntarme mi apellido?

Su expresión fue inescrutable.

—No.

Sonreí.

—Me gusta eso.

Salí y la puerta se cerró detrás de mí.

DAMIAN

Esperé.

Diez segundos. Veinte. Treinta.

Después caminé hacia el ventanal, cuarenta pisos más abajo, Victoria salió del hotel.

Vestía el mismo vestido negro de la noche anterior.

Se detuvo en la acera y levantó una mano.

Entonces, un taxi amarillo se acercó.

Saqué el teléfono, marqué un número que conocía de memoria y respondieron al segundo tono.

—¿Blackwood?

—Soy yo.

—Son las siete de la mañana.

—Sé qué hora es, Adrian.

Mi abogado soltó una maldición.

—Espero que alguien haya muerto.

Observé a Victoria entrar en el taxi.

—No.

—Entonces ¿qué demonios quieres?

El automóvil comenzó a avanzar. No aparté la mirada.

Doce años había esperado. Doce malditos años.

Investigaciones, empresas, documentos, transferencias, nombres y cuentas.

Cada movimiento había sido calculado.

Richard Hale todavía no sabía que su imperio estaba rodeado, pero pronto lo sabría y ahora, el azar acababa de colocar frente a mí algo que ninguno de mis investigadores había conseguido anticipar.

Su hija Victoria.

La mujer que había pasado la noche hablándome de contratos, traiciones y hombres incapaces de cumplir promesas.

La única persona a la que jamás debería haber permitido acercarse.

Adrian volvió a hablar.

—Damian.

Apreté el teléfono.

—La encontré.

Hubo silencio.

—¿A quién?

El taxi dobló la esquina y Victoria desapareció de mi vista.

Suspiré porque, por primera vez en doce años, tuve la desagradable sensación de que mi plan acababa de cambiar.

—A la hija de Richard Hale.

Victoria

Había imaginado muchas veces cómo sería la mañana anterior al anuncio de mi compromiso. En todas aquellas versiones absurdamente perfectas despertaba nerviosa, recibía una llamada de Ethan, discutía con mi madre por alguna modificación de último minuto en la cena y probablemente terminaba desayunando café frente a la enorme carpeta que contenía la lista de invitados. En ninguna de esas fantasías regresaba a casa a las siete y cuarenta y tres de la mañana, con el vestido de la noche anterior arrugado, el maquillaje destruido y el olor de la camisa de un desconocido todavía adherido a mi piel.

Tampoco había imaginado que aquel desconocido sería propietario del hotel donde había pasado la noche.

Damian Blackwood.

Su nombre seguía dando vueltas en mi cabeza mientras el taxi se detenía frente al edificio donde vivía. No porque hubiese sucedido algo entre nosotros, porque precisamente no había sucedido absolutamente nada, sino porque resultaba desconcertante recordar que un hombre al que conocía desde hacía unas horas había demostrado más respeto por mí que aquel con quien pensaba compartir el resto de mi vida. Damian me había dado agua cuando yo quería whisky, una habitación cuando no quería regresar a casa y silencio cuando necesitaba llorar. Ni siquiera había intentado besarme.

Era ridículo que eso me pareciera extraordinario.

Pagué al conductor, entré al edificio y agradecí que el portero de la mañana fuera demasiado profesional para comentar mi aspecto. Subí hasta el piso diecinueve rogando que Ethan no estuviera allí, aunque conocía demasiado bien mi suerte como para creer que el universo pudiera concederme dos favores consecutivos.

La puerta de mi apartamento estaba entreabierta.

Me detuve.

—No puede ser.

Empujé lentamente y lo encontré en la sala.

Ethan seguía usando los pantalones de la noche anterior, aunque se había puesto una camisa diferente. Estaba sentado en mi sofá, inclinado hacia delante, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Levantó la cabeza cuando entré y durante un segundo pareció aliviado.

—¿Dónde estabas?

Solté el bolso sobre la consola.

—Buenos días para ti también.

—Te llamé toda la noche.

Saqué el teléfono. Diecisiete llamadas perdidas de Ethan, nueve de Natalie y cuatro mensajes de mi madre preguntándome si seguía en pie nuestro almuerzo de las once. Maravilloso. La tragedia familiar todavía no había llegado al departamento de relaciones públicas.

—Entonces deberías haber entendido la indirecta después de la llamada número diez.

—Estaba preocupado.

Lo miré.

—Dormías con mi hermana desde hace cuatro meses, Ethan. Creo que perdiste el derecho a preocuparte por dónde paso la noche.

Sus ojos descendieron hacia mi vestido y después volvieron a mi rostro. Vi exactamente el momento en que una idea desagradable apareció en su cabeza.

—¿Estuviste con alguien?

Me quedé mirándolo.

Y después me reí.

No pude evitarlo.

—¿De verdad acabas de preguntarme eso?

—Solo quiero saber dónde estuviste.

—Y yo quería saber dónde estaba tu pene durante los últimos cuatro meses. Parece que ninguno consiguió lo que quería.

—Victoria.

—No utilices ese tono conmigo.

—No estoy intentando discutir.

—Entonces sal de mi casa.

Se levantó. —Tenemos que hablar.

—No.

—Sí, tenemos que hacerlo. Lo que viste anoche...

—Si vuelves a decirme que no era lo que parecía, juro que voy a utilizar uno de esos premios empresariales que tanto te gustan para abrirte la cabeza.

Cerró la boca.

Bien.

Me quité los zapatos y caminé hacia la cocina. Necesitaba café. Mucho café. Tal vez una cafetera intravenosa. Ethan me siguió a una distancia prudente y yo intenté ignorarlo mientras llenaba el depósito de agua.

—Terminé con Natalie —dijo finalmente.

Mi mano quedó suspendida sobre la cafetera.

Me giré despacio.

—¿Quieres que te felicite?

—Quiero que entiendas que no significa nada para mí.

El dolor llegó de una forma distinta esta vez. Menos violenta, pero más profunda.

—Es mi hermana.

—Lo sé.

—No, evidentemente no lo sabes. Porque si lo supieras comprenderías que decirme que utilizaste a mi hermana durante cuatro meses no mejora absolutamente nada.

Ethan pasó una mano por el cabello. —Las cosas entre nosotros no estaban bien.

—¿Entre tú y yo?

—Llevamos meses funcionando por inercia.

—Curioso. Porque hace tres semanas estabas discutiendo conmigo dónde pasaríamos nuestra luna de miel.

—Precisamente. Todo se convirtió en planes, reuniones, nuestras familias, la empresa... Dejamos de ser nosotros.

—Y decidiste solucionar el problema acostándote con Natalie.

—No fue una decisión.

—¿Tropezaste y caíste encima de ella durante cuatro meses?

—Por favor.

—No, Ethan. Por favor tú. Al menos ten suficiente dignidad para no insultarme con excusas.

El café comenzó a caer y aquel sonido doméstico, perfectamente normal, me produjo unas ganas absurdas de llorar. Mi vida podía estar desmoronándose y la maldita cafetera seguía funcionando como cualquier jueves.

Ethan se acercó un poco.

—Todavía te amo.

Lo miré y me sorprendió descubrir que aquellas palabras, las mismas que durante años habían tenido el poder de tranquilizarme, ahora me provocaban únicamente cansancio.

—Eso hace que sea peor.

—Podemos arreglarlo.

—No.

—Podemos posponer la boda.

—No habrá boda.

—Victoria, escucha...

—No habrá boda —repetí—. No habrá anuncio esta noche. No habrá luna de miel. No habrá señor y señora Montgomery. Se terminó.

Su mandíbula se tensó.

—No puedes cancelar todo sin hablar con nuestros padres.

—Acabo de hacerlo.

—Esto no afecta solamente a nosotros.

Ahí estaba.

La verdadera preocupación.

Me apoyé contra la encimera.

—Explícate.

—Sabes perfectamente que Hale Enterprises y Montgomery Capital llevan meses negociando.

—Eso es asunto de nuestros padres.

—No solamente de ellos. El anuncio de nuestro compromiso forma parte del acuerdo.

Sentí algo incómodo en el estómago.

—Mi padre jamás utilizaría mi matrimonio como condición empresarial.

Ethan guardó silencio.

Ese silencio me gustó todavía menos.

—¿Qué sabes?

—Habla con Richard.

—¿Qué sabes, Ethan?

—No me corresponde decírtelo.

—Entonces sal de mi casa.

—Victoria...

—Ahora.

Esta vez debió ver algo en mi expresión porque no insistió. Recogió su chaqueta del respaldo del sofá y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo.

—Esta noche iré a la cena.

—Yo no.

—Creo que deberías hablar con tu padre antes de decidirlo.

—Ya decidí.

—Entonces habla con él de todos modos.

Cerró la puerta.

Permanecí inmóvil unos segundos.

Después tomé el teléfono.

Mi padre respondió al primer tono.

—Buenos días, cariño. Estaba por llamarte. Necesito que vengas a la oficina.

No me gustó aquello.

—¿Por qué?

Hubo una pausa.

—Tenemos un problema.

Miré la puerta por donde Ethan acababa de salir.

—Qué coincidencia. Yo también.

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