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CAPITULO 3

last update publish date: 2026-09-01 17:40:20

Victoria

Hale Enterprises ocupaba nueve plantas de un edificio de cristal en Park Avenue y durante toda mi infancia había considerado aquel lugar una especie de reino particular de mi padre. Richard Hale había construido la compañía desde una oficina alquilada con tres empleados hasta convertirla en un conglomerado dedicado al desarrollo inmobiliario, hotelería y propiedades comerciales. Yo conocía aquella historia de memoria porque mi padre la contaba cada vez que alguien sugería que había heredado su fortuna.

Richard Hale no había heredado nada.

Había trabajado por todo.

Quizás por eso me preocupó encontrarlo veinte años más viejo cuando entré en su despacho esa mañana.

Estaba de pie frente al ventanal. Mi madre se encontraba sentada en uno de los sillones y sostenía un pañuelo entre los dedos.

Eso era malo.

Mi madre solo utilizaba pañuelos de tela en funerales y reuniones familiares catastróficas.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Mi padre se giró y su expresión cambió cuando me vio.

—Victoria.

Mi madre se levantó inmediatamente.

—¿Dónde estabas? Ethan llamó a tu padre.

Claro que lo había hecho.

—Mamá, ahora no.

—Dijo que discutieron.

—Encontré a Natalie acostándose con él.

Silencio.

Mi madre dejó caer el pañuelo.

Mi padre no se movió.

—¿Qué? —susurró ella.

—Desde hace cuatro meses.

—No puede ser.

—Créeme, tampoco estaba en mi lista de posibilidades.

—¿Natalie?

—Sí, mamá. Nuestra Natalie.

Mi madre se llevó una mano al pecho, mi padre cerró los ojos; esperé una explosión que nunca llegó y aquello me inquietó todavía más.

—Papá, ¿qué sucede?

Richard caminó hasta su escritorio y se sentó lentamente.

—La empresa tiene problemas.

—¿Qué clase de problemas?

—Serios.

—Eso no significa nada.

Mi padre me miró. —Necesitamos liquidez.

—¿Cuánto?

No respondió.

—¿Cuánto?

Mi madre intervino.

—Victoria, quizá deberíamos...

—Mamá.

Richard apoyó las manos sobre el escritorio.

—Ciento veinte millones.

Creí haber escuchado mal.

—¿Qué?

—Necesitamos ciento veinte millones de dólares antes del viernes.

Me senté. No porque quisiera, sino porque mis piernas dejaron de funcionar.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—¿Cómo llegamos a esto?

Mi padre se frotó el rostro. —La expansión europea fue más costosa de lo previsto. Dos inversores se retiraron, perdimos una línea de crédito y algunos vencimientos se adelantaron después de que nuestra calificación bajara.

—¿Por qué no sabía nada?

—Porque intenté solucionarlo.

—Trabajo aquí.

—Eres mi hija.

—Soy directora financiera adjunta.

—Precisamente por eso sabía que intentarías cargar con el problema.

Me levanté.

—¡Era mi trabajo!

—Victoria...

—¿Desde cuándo?

—Seis meses.

¿Seis meses?

La cifra me golpeó.

Ethan había comenzado con Natalie cuatro meses atrás y Montgomery Capital llevaba meses negociando con nosotros.

—¿Qué tiene que ver Ethan con esto?

Mi padre miró a mi madre.

—Papá…

—Robert Montgomery ofreció cubrir la deuda.

Sentí frío.

—A cambio de qué.

Ninguno respondió. No necesitaba que lo hicieran.

—¡No!

—Victoria...

—No.

—El acuerdo no dice que tengas que casarte con Ethan.

—¿Pero presupone que lo haré? —inquirí furiosa y me reí sin humor—. Increíble.

Mi madre se acercó. —Nadie está vendiéndote.

—Qué alivio —dije con sarcasmo.

—No hables así.

—¿Cómo quieres que hable? Mi prometido se acuesta con mi hermana y descubro doce horas después que nuestra boda está sosteniendo financieramente la empresa de papá.

Richard golpeó suavemente el escritorio.

—Tu boda no sostiene nada. Robert está dispuesto a invertir porque nuestras familias iban a estar vinculadas. Es diferente.

—No lo suficiente.

—No voy a pedirte que te cases con Ethan.

Lo miré, mi padre parecía derrotado y eso consiguió apagar parte de mi furia.

—Entonces ¿qué vamos a hacer?

—Estoy buscando alternativas.

—Tenemos cuatro días —le recordé.

—Lo sé.

—¿Bancos?

—No.

—Venta de activos, entonces —sugerí.

—No llegaría a tiempo.

—¿Qué hay de socios externos? —Mi padre no respondió—. ¿Qué?

—Hay uno —respondió y sentí que algo se tensaba dentro de mí.

—¿Quién? —pregunté, pero antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.

La asistente de mi padre entró.

—Señor Hale, ya llegaron.

Mi padre se puso rígido.

—Hazlos pasar.

—¿A quiénes? —indagué, pero Richard no me respondió.

La puerta volvió a abrirse y entraron tres hombres.

Reconocí al primero y durante unos segundos mi cerebro se negó a procesarlo.

Traje gris oscuro, camisa blanca, y cabello negro perfectamente acomodado.

La misma mandíbula, los mismos ojos grises, pero aquel no era el hombre que había compartido whisky conmigo unas horas antes.

No había calidez en su expresión, ni había ironía. Tampoco rastro del desconocido que me había prestado su camisa y me había permitido llorar detrás de una puerta cerrada.

Era Damian Blackwood.

Se detuvo al verme.

Nada.

Ni siquiera sorpresa.

El hombre que estaba detrás de él llevaba un maletín y saludó a mi padre.

—Richard.

Mi padre rodeó el escritorio.

—Señor Blackwood.

Damian estrechó su mano.

—Señor Hale.

Después sus ojos pasaron sobre mí.

—Señora Hale.

¿Señora Hale? Así que sabía quien era yo.

Sentí que me habían arrojado agua helada y lo miré fijamente.

—Señor Blackwood —dije secamente.

No sonrió, ni demostró un gesto que indicara que hacía menos de dos horas yo había despertado en su suite usando su camisa.

Mi madre, ajena a todo, extendió una mano.

—Elizabeth Hale.

—Un placer.

Mi padre señaló los sillones.

—Por favor.

Todos se sentaron, pero yo permanecí de pie.

Damian ocupó el sillón frente al escritorio y cruzó una pierna sobre la otra con una tranquilidad que me irritó instantáneamente.

—Victoria —dijo mi padre—, el señor Blackwood representa Blackwood Holdings.

—Sé quién es.

Damian levantó apenas una ceja y mi padre pareció sorprendido.

—¿Lo conoces?

—He leído sobre él.

La mentira salió con facilidad, y los ojos grises de Damian se clavaron en los míos.

—Me halaga —respondió con cinismo y quise golpearlo.

No sabía por qué exactamente. Quizás porque había algo profundamente ofensivo en que fingiera no conocerme, porque yo había sido vulnerable con él o porque había llorado en su baño.

Adrian abrió el maletín y sacó una carpeta.

—Revisamos la información financiera que nos proporcionaron.

Me senté finalmente.

—¿Cuándo se la proporcionaron?

Mi padre respondió.

—Hace dos semanas.

Miré a Damian.

¿Dos semanas?

Él ya conocía nuestra situación cuando me encontró en aquel bar y una sensación desagradable recorrió mi espalda.

Damian apoyó una mano sobre el brazo del sillón.

—Hale Enterprises posee activos excelentes, pero tiene un problema de liquidez inmediato y una estructura de deuda que ya no es sostenible.

—Gracias por el diagnóstico —dije—. Nosotros también sabemos leer balances.

Mi madre me lanzó una mirada, pero Damian no pareció ofendido.

—Entonces ahorraremos tiempo —intervino Adrian, que deslizó unos documentos sobre la mesa.

Mi padre los tomó.

—¿Esta es su propuesta?

—Sí.

Richard comenzó a leer y vi cómo su rostro cambiaba.

—Esto no es una inversión.

—No —respondió Damian.

—Está pidiendo control.

—Estoy ofreciendo ciento cincuenta millones de liquidez inmediata, asumiendo parte de la deuda y garantizando las líneas de crédito durante veinticuatro meses.

—¿A cambio del cincuenta y un por ciento de las acciones?

—Correcto.

Me incliné hacia delante.

—Eso es una adquisición hostil disfrazada de rescate.

Damian giró la cabeza hacia mí.

—No tiene nada de disfrazada, estoy siendo sincero en mi propuesta.

—Quiere quedarse con la empresa —le reproché.

—Quiero control suficiente para asegurarme de que mi dinero no desaparezca con ella —explicó como si fuera evidente.

Mi padre cerró la carpeta.

—No puedo aceptar esto.

Damian no se movió.

—Entonces el viernes tendrá un problema mucho más grande —advirtió.

—Encontraré otra solución.

—¿Montgomery? —pronunció Damian, mirándome a los ojos.

El nombre cayó como una piedra, mi padre palideció, pero Damian continuó con absoluta tranquilidad.

—Robert Montgomery ofrece ciento veinte millones a cambio de una participación menor y un acuerdo de integración futura. Sobre el papel parece mejor.

—¿Cómo sabe eso? —pregunté.

Damian me miró.

—Sé muchas cosas, señorita Hale.

¿Señorita Hale? Así que, ahora era simplemente la señorita Hale.

Algo en su tono me hizo recordar cómo había pronunciado mi nombre durante la madrugada.

«Victoria».

Lento, casi íntimo y apreté las manos por una furia que no sabía por qué me nació.

—Entonces también sabrá que su propuesta es absurda.

—No, es cara y hay una diferencia.

—Mi padre nunca aceptará.

—Eso depende de cuánto quiera conservar la empresa.

Richard se levantó.

—Creo que hemos terminado.

Damian también se puso de pie.

—Naturalmente.

Adrian guardó los documentos, mi padre extendió la carpeta y Damian negó con la cabeza.

—Consérvela.

—No cambiaré de opinión.

—Quizás no. —Sus ojos se dirigieron hacia mí solo un instante, pero lo vi—. Sin embargo, las circunstancias cambian rápidamente.

Sentí un escalofrío con sus palabras.

Mi madre acompañó a Adrian hacia la puerta, Damian caminó detrás de él y yo esperé.

Tres segundos. Cuatro.

Después me levanté.

—Señor Blackwood.

Se detuvo.

—¿Sí?

—Necesito hablar con usted.

Mi padre intervino.

—Victoria…

—Sobre algunos datos financieros.

Damian me observó y por primera vez vi un destello de diversión en sus ojos.

—Por supuesto.

Salí detrás de él y esperé hasta que estuvimos suficientemente lejos del despacho de mi padre. Entonces lo agarré del brazo.

—¿Qué demonios está pasando?

Damian miró mi mano. La retiré.

Adrian se detuvo unos metros más adelante.

—Te alcanzo abajo —dijo Damian.

Su abogado nos observó un segundo y continuó caminando. Cuando estuvimos solos, Damian metió las manos en los bolsillos.

—Buenos días otra vez, Victoria.

La familiaridad regresó de golpe.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Fingir que esto es normal.

—No veo nada particularmente anormal.

—Anoche me encontraste destrozada en un bar. Esta mañana apareces en la oficina de mi padre intentando comprar su empresa.

—Técnicamente, no intento comprarla completa.

—Damian… —Su mirada cambió ligeramente cuando pronuncié su nombre—. ¿Sabías quién era yo?

Se hizo un silencio y una pausa demasiado larga, que me hizo sentir que el estómago se me hundía.

—Te hice una pregunta.

—Sí.

Una sola palabra fue suficiente.

Retrocedí.

—¿Sabías quién era?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que te sentaras en el bar.

Todo mi cuerpo se quedó inmóvil y recordé su mirada.

«Victoria»… La forma en que había repetido mi nombre.

Las preguntas, la habitación, la camisa y mi estupidez.

—¿Me seguiste?

—No.

—¿Entonces cómo sabías que estaría allí?

—No lo sabía.

—No te creo.

—Eso es problema tuyo.

Levanté la mano y simplemente ocurrió; la bofetada resonó en el pasillo.

Damian giró ligeramente el rostro por el impacto, mientras yo respiraba con dificultad.

Él volvió lentamente la cabeza. No parecía enfadado y eso fue peor.

—¿Terminaste?

—Eres un hijo de puta.

—Eso me han dicho.

—Me dejaste hablar durante horas sabiendo perfectamente quién era.

—Sí.

—Te conté cosas personales.

—No te obligué.

—¡Creí que eras un desconocido!

—Lo era.

—No. Eras un hombre que estaba investigando a mi familia.

Damian guardó silencio.

—¿Qué quieres de mi padre?

—Negocios.

—Mentira.

Por primera vez algo se endureció en sus facciones.

Lo vi y había acertado.

—Esto es personal —lo apunté con el dedo.

—Ten cuidado, Victoria.

—¿Por qué? —Di un paso hacia él—. ¿Qué te hizo?

Sus ojos se volvieron fríos.

—No hagas preguntas cuyas respuestas todavía no estás preparada para escuchar.

—No me amenaces.

—No fue una amenaza.

—Entonces dime la verdad.

—La verdad es que tu padre necesita ciento veinte millones antes del viernes.

Me quedé inmóvil.

—Ya lo sé.

—No. Sabes la cifra. No sabes lo que significa.

—Ilumíname.

Damian se acercó, no demasiado, pero lo suficiente para que su voz pudiera bajar.

—Significa que dentro de cuatro días los acreedores comenzarán a ejecutar garantías. Significa que Hale Enterprises perderá proyectos, propiedades y líneas de financiación. Significa que el valor de la compañía caerá y alguien terminará comprándola por una fracción de lo que vale hoy.

—¿Tú?

—Posiblemente.

Lo odié por la tranquilidad con la que lo dijo.

—Mi padre encontrará otra solución.

—¿Montgomery?

—No voy a casarme con Ethan.

—No dije que debieras hacerlo.

—Su inversión depende de nuestra unión.

—Exactamente —arqueó una ceja y fruncí el ceño.

—Entonces ¿qué?

Damian me sostuvo la mirada durante varios segundos. Después se giró para marcharse.

—Damian. —Lo llamé pero continuó caminando—. ¡Damian!

Se detuvo frente al ascensor y las puertas se abrieron.

—Hay otra solución —dijo.

—¿Cuál?

Entró, pero puse una mano entre las puertas antes de que se cerraran.

—¿Cuál?

Sus ojos recorrieron mi rostro.

—Una que no te va a gustar.

—Dímela.

—No aquí.

—¿Dónde?

Sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta; la misma clase de tarjeta que me había mostrado la noche anterior.

Esta vez había una dirección escrita detrás.

La tomé.

—¿Qué es esto?

—Mi oficina.

—No voy a ir a tu oficina.

—Entonces no conocerás la propuesta.

—Puedes decírmela ahora.

—Podría… —Esperé.

—Pero no lo harás —deduje.

—Aprendes rápido.

Quise abofetearlo otra vez, y debió notarlo porque una esquina de su boca se elevó.

—A las seis.

—Tengo una cena.

—No. —Su mirada descendió brevemente hacia mi mano izquierda desnuda—. Ya no la tienes.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—¿Qué quieres de mí, Blackwood?

Esta vez la sonrisa desapareció.

—Todavía nada.

Las puertas se cerraron, y me quedé mirando mi reflejo en el metal.

Después bajé la vista hacia la tarjeta.

BLACKWOOD HOLDINGS.

Debajo de la dirección había escrito una sola frase a mano.

Ven sola.

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