INICIAR SESIÓNAdrián no dijo nada. Toda la hostilidad que había mostrado frente a Santiago se esfumó, y en sus ojos solo quedó un dolor infinito y una resistencia a dejarla ir mientras miraba a Olivia dentro del auto.Ella ni siquiera volteó, pero escuchó lo que Santiago acababa de decir. ¿Algo más importante que ella? ¿No era eso lo habitual? Solo que aquel corazón que tantas veces fue azotado por el dolor de que Adrián la abandonara ya no sentía nada.—Santiago, no pierdas más tiempo con él. Vámonos. —Apuró desde el auto.Santiago tenía una idea bastante clara de por qué Adrián estaba ahí. Se limitó a sonreír y le lanzó con ironía:—Le deseo mucha suerte, señor Vargas.Adrián no entendió a qué venía esa frase. Se quedó inmóvil viéndolo subir al auto y alejarse hasta perderse en una nube de polvo. ¿Por qué Santiago siempre le daba la impresión de saberlo todo? Y esta vez, al decir algo así, ¿qué era exactamente lo que sabía?Nico vio que el auto de Santiago se había ido y salió corriendo, desespera
—Adrián, en serio no creo que entre nosotros quede algo por hablar. Dices que no quieres el divorcio, está bien, presento la demanda. Dices que tienes objeciones sobre la repartición de bienes, está bien, que decida el juez. Entre nosotros ya todo quedó claro, ¿qué más hay que decir? —Olivia miró al hombre frente a ella y sintió que este era, una vez más, un Adrián que no reconocía.¿A dónde se había ido aquel Adrián que siempre era frío con ella, que siempre la mantenía a distancia, que la medía con la vara más alta, pero se volvía indulgente con todos los demás?—¿Cómo que no hay nada? —Adrián la miró arrugando la frente, sus ojos gritaban lo mucho que le herían sus palabras—. Tú propusiste el divorcio de manera unilateral. Yo siempre fui el que aceptó; nunca escuchaste mi opinión.Una oleada de frustración golpeó a Olivia de repente.—Adrián, en cinco años de matrimonio, ¿cuándo escuchaste mi opinión? La indiferencia que me impusiste, ¿no fue también unilateral?La emoción en los oj
—No, no, yo solo soy un ignorante en el tema —se apresuró a decir Nico—. Cuando se trata de colar, el señor Vargas y Beto saben mucho más que yo. Yo soy como darle caviar a quien no lo aprecia; ellos sí que saben de colar. Sobre todo, del colado artesanal, que es el que más les gusta.Al llegar a ese punto, Nico se dio cuenta de que algo no cuadraba.No pudo evitar voltear a ver a Celeste. El problema era que ella no paraba de repetirle al oído el doble sentido de “colar”; ahora ya tenía una reacción exagerada cada vez que escuchaba esa palabra.—Lo que quiero decir... —aclaró Nico con toda seriedad—. Es que me refiero al colado de café, al café en su sentido original.Celeste estalló en una risa burlona y Nico se calló.Santiago le dio un sorbo al café y sonrió.—Mi español no es muy bueno. ¿“Colar” tiene algún significado especial?Nico no pudo evitar mirar a Adrián, cuya cara estaba encendida como brasa.—Ah, ¿sí? ¿El señor Vargas sabe más del tema? —preguntó Santiago con una mueca
—Él es el hijo del dueño de la finca cafetalera —dijo Renata con una sonrisa—. ¿Cómo fue que dieron con este lugar? —¿Sería que Celeste se los recomendó? No parecía.Olivia miró de reojo a Santiago y respondió sonriendo:—Mi primo, pues. Dice que tiene buen ojo, que las marcas grandes no le convencen y que prefería venir a buscar lugar por lugar.—Pues llegaron al lugar indicado —dijo Renata—. Don Esteban prepara su café con verdadera dedicación; le pone alma y honestidad a cada paso. En cuanto lo prueben van a entender. Lo que pasa es que no tiene renombre, y es que así es: el proceso artesanal es ancestral, la difusión también, y poca gente lo conoce.Mientras Renata hablaba, otro auto entró a la finca. Al ver quién se bajaba, Renata quedó boquiabierta y murmuró:—¿Qué día es hoy, por Dios?Ya casi estaban todos reunidos.De aquel auto bajaron tres personas: Celeste, Nico y Adrián.Olivia jamás se habría imaginado encontrarse con Adrián en un lugar como ese.Nico, al ver a todo ese g
—Mamá. —Lucas llegó corriendo por el sendero cuesta arriba.Renata se limpió a escondidas el rastro de lágrimas, se agachó y abrazó a su hijo.—Lucas, ¿qué haces aquí?—Vine a ayudarte, mamá. Yo sé trabajar. —Lucas le secó los ojos con sus manitas tibias y suaves—. No llores. Voy a crecer rápido para cuidarte y que ya no tengas que estar así.Al escuchar esas palabras tan maduras de su hijo, una oleada de dolor le subió hasta la garganta. Se contuvo con todas sus fuerzas para que él no notara su tristeza y se obligó a sonreír.—No estoy llorando. Es que me entró tierra en los ojos.—Deja que te sople. —Lucas le tomó la cara entre las manos y frunció los labios.El aliento tibio le rozó los ojos y sintió que se le calentaban todavía más.No iba a dejarse vencer. Ese divorcio tenía que salir adelante, y su vida solo iba a mejorar.Tenía que agradecerle a Celeste, que le consiguió ese trabajo en la finca de café. En cuanto a la preparación y el cultivo del café, era una novata, pero podía
Adrián negó y suspiró.—Mejor ponte a buscar a Renata, averigua adónde se fue. No vayas a terminar como yo, arrepintiéndote cuando ya sea demasiado tarde.—¡Imposible! —Beto agitó la mano—. Si no vienes, me voy solo. ¡Qué aburrido!Beto se fue de juerga con un grupo de tipos de su edad. Pasó la noche entera entre luces de neón, copas y mujeres, entregado al exceso. Cuando salió, el teléfono sonó y entonces descubrió que su madre le había marcado más de diez veces.La llamó de vuelta. Su madre le dijo que se sentía mal y que al día siguiente iría a Altabrisa a ver a un doctor. Beto, borracho todavía, le dijo que sí sin pensarlo.Al día siguiente, recién entonces se dio cuenta: su madre venía, pero Renata no estaba en casa. Tenía que hacer que ella volviera. Sin dudarlo un segundo, le marcó.Renata contestó con un seco “bueno”.—Hoy viene mi mamá, dice que no se siente bien. ¿Dónde estás? Regresa ya para que la lleves al hospital a que la revisen, no sé si va a necesitar que la internen.







