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Capítulo 6

Author: Esperanza Marín
—Adrián... —La voz se le quebró, traicionando su fragilidad.

—¿Mmm? ¿Olivia? —Le tomó la mano—. ¿Qué pasa? ¿Quieres llorar? Hazlo, no te contengas.

Su tono era de una suavidad extrema, casi irreal. Era idéntico a aquella vez, años atrás, cuando salió del quirófano. La llevó a la habitación junto con la enfermera y se quedó velando su sueño, preguntándole con esa misma voz melosa: “Olivia, ¿te duele? Si te duele, llora, no te aguantes...”

En ese entonces, creyó que esa atención delicada era el mejor analgésico. Qué lástima que le tomara tantos años comprender que la amabilidad y los cuidados de un hombre jamás se transforman necesariamente en amor...

—Adrián, divorciémonos —murmuró ella, retirando la mano mientras las lágrimas comenzaban a nublarle la vista.

Adrián arrugó la frente; no esperaba escuchar eso.

Tras un breve silencio, pidió un plato limpio al mesero. Tomó un trozo de pescado y, con paciencia, le quitó las espinas usando el tenedor. Sin alzar la voz, le dijo:

—Sé que sigues molesta, pero hablar de divorcio es una imprudencia. Si nos separamos, ¿qué vas a hacer? ¿Cómo vas a vivir sola?

La respiración de Olivia se agitó. Durante cinco años, ante los ojos del mundo, había sido solo como un parásito. Sin Adrián, no era más que una pobre inútil que nadie querría y que no sabría subsistir. Y él pensaba exactamente lo mismo.

—¡Claro que puedo! —Fue la primera vez que se mostró desafiante frente a él, la primera vez que quiso defender su dignidad.

Sin embargo, solo sonrió, convencido de que era un berrinche. Puso el pescado limpio frente a ella.

—Come. Te doy permiso de seguir enojada un rato más, pero cuando termines de comer, se acabó el enfado.

—¡No estoy enojada, en serio quiero el divorcio! —exclamó ella. ¿Qué palabras debía usar para que Adrián entendiera que no era un capricho?

—Basta. —Dejó los cubiertos sobre la mesa—. Hoy cancelé dos juntas y una reunión de negocios solo para estar contigo. No sé si mañana o pasado tendré tiempo libre. Te lo repito: Pau es una gran amiga, es como uno más de los muchachos. La trato igual que a Beto y a los demás. Ella te aprecia y quiere ser tu amiga, pero con esa actitud... ¿cómo esperas que la traiga a convivir contigo?

—Entonces no la traigas.

Ella no creía ni por un segundo que Paulina quisiera ser su amiga.

—¡Olivia! —El tono de él mostraba molestia.

Lo sabía. En cuanto el tema rozaba a Paulina, la paciencia de él se evaporaba.

—Come. Cuando termines vamos al centro comercial a comprarte lo que quieras y luego iremos a cenar con tus papás. ¿Hace cuánto no los visitas? —dijo mientras seguía sirviéndole comida.

Decidió no castigarse. Tomó los cubiertos y comió lo necesario; pasara lo que pasara, su prioridad era mantenerse sana. No tenía sentido desquitar su coraje con su estómago.

—Así me gusta. —La voz de Adrián recuperó su calidez habitual—. Y sobre el divorcio, no quiero que vuelvas a mencionarlo.

Se detuvo un instante y luego siguió comiendo en silencio. Al terminar, no tenía ganas de ir de compras, pero Adrián insistió y condujo el auto a la plaza comercial. En cinco años de matrimonio, las veces que la había acompañado de compras se contaban con los dedos de una mano.

De hecho, sus apariciones públicas juntos eran igual de escasas. La iluminación del lugar era tan intensa que lastimaba, incluso siendo de día. Poco acostumbrada, Olivia caminaba con cautela, manteniéndose un paso atrás de él, casi en su sombra, abrazada a su bolso. La planta baja estaba llena de boutiques de bolsos, relojes y joyería.

—¿Qué quieres comprar? —le preguntó, girándose.

No quería nada. ¡Solo quería regresar a casa!

Pero antes de que pudiera pronunciar una sílaba, alguien gritó a lo lejos:

—¡Señor Vargas!

—Es un socio de una empresa con la que acabamos de firmar, voy a saludarlo —le indicó Adrián—. Ve viendo las tiendas, ahorita te alcanzo.

Olivia no conocía a los clientes de Adrián. Lo observó estrechar la mano de un hombre a cierta distancia, quedándose parada en medio del pasillo. Todo aquel lujo excesivo no le despertaba ningún interés.

—Señorita, es su turno —le avisó una empleada.

Solo entonces se dio cuenta de que, sin querer, se había formado en la fila de una tienda de marca.

—Ah, no, gracias —se disculpó y se alejó.

Caminó sin rumbo por los pasillos hasta que, de pronto, vio una silueta familiar en el mostrador de una relojería de prestigio: Paulina. Al reconocer la marca de los relojes, sintió un peso. Sus pies, casi por voluntad propia, la llevaron hacia el mostrador. Beto estaba acompañando a Paulina. A medida que Olivia se acercaba, la conversación entre ellos se volvía más nítida.

—Si te gusta, cómpralo —decía Beto.

—No sé si deba, es carísimo —respondió Paulina—. Aunque Adri me dio la otra tarjeta para que gastara lo que quisiera, me da pena comprar algo de este precio.

Olivia quedó petrificada. Sentía las piernas tan pesadas como plomo, al igual que su corazón. Otra tarjeta... La tarjeta de su esposo...

—Si te la dio, es para que la uses. ¿Cuándo has visto que Adri diga una cosa y haga otra? Llevamos años siendo como hermanos, ya sabes cómo es. Te la dio de todo corazón —insistió Beto.

—Tienes razón... —Paulina empezó a mover la muñeca para admirar el reloj desde varios ángulos.

Olivia también lo vio.

—¿Se ve bien, Beto? Me encanta este modelo, me fascina desde la universidad. Adri prometió regalármelo cuando nos graduáramos, pero luego...

¿Luego? Olivia sonrió con tristeza. “Luego”, Adrián le había regalado exactamente ese mismo modelo de reloj en cada cumpleaños y en cada aniversario, durante cinco años. Había llegado a pensar que, aunque Adrián fuera frío, al menos recordaba las fechas importantes. Creía que, aunque los regalos carecieran de imaginación, al menos eran valiosos.

Resultó que no era falta de interés, ni de corazón. Al contrario, le ponía demasiado corazón. El problema era que lo que tenía grabado en el alma no tenía nada que ver con su esposa...

—Pues tómalo como que Adri está cumpliendo su promesa ahora. Puedes llevarte lo que quieras, él puede pagarlo todo —la animó Beto.

—¿Entonces la paso? —A Paulina se le iluminaron los ojos.

Por otro lado, Adrián terminaba de charlar con su socio. El hombre estaba ahí para recoger a su esposa y, al saber que Adrián también estaba de compras con la suya, sugirió ir a saludarla. Olivia vio que Adrián se acercaba y, presa del pánico, se ocultó rápidamente detrás de una columna. Paulina, en cambio, sí vio a Adrián y comenzó a agitar la mano gritando:

—¡Aquí estoy! ¡Ven!

Olivia observó desde su escondite cómo su esposo y el socio caminaban hacia donde estaba Paulina. Ella se colgó del brazo de Adrián y lo sacudió con confianza.

—Quiero comprar este reloj, ¿me dejas?

—Claro que sí.

La mirada de Adrián era pura ternura. Ese brillo en sus ojos le daba vida a su cara, una actitud totalmente distinta a la máscara inerte que mostraba en casa con Olivia.

—¡Gracias, Adri! ¡Voy a pagar! —exclamó, presumiendo la tarjeta adicional.

El socio, al ver la escena, sonrió complacido.

—El señor y la señora Vargas hacen una pareja encantadora, se nota el amor.

¿Señor y señora Vargas? Tanto Adrián como Paulina se quedaron pasmados un instante, pero ninguno de los dos se molestó en aclarar el malentendido...

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