LOGINCuando Rosa vio a Adrián, no pudo seguir aguantando las lágrimas.Adrián no tenía idea de lo que había pasado. Recorrió el departamento con la mirada.—¿Pau? ¿Qué haces aquí? —preguntó.Ella ya había bajado los pies de la mesita de centro. Con su dulce “Adri”, abrió los brazos y se le fue encima con pequeños sonidos quejumbrosos.—Adri, hace días que no te veo... te he extrañado muchísimo. Todos te extrañamos. Como no me hacías caso, no me quedó de otra que venir a verte.Adrián la vio llegar así y algo en su voz se suavizó. Sonrió.—¿No te dije que estos días estaba ocupado con otras cosas?—¡Vaya! De todas formas, nos olvidaste. —Hizo un puchero juguetón; al notar las grandes bolsas que él cargaba, los ojos se le abrieron—. Uy, Adri, ¡cuánta ropa!—Sí. —Él entró y dejó las bolsas.Rosa aprovechó ese momento para salir.El sonido de la puerta le indicó a Adrián que algo no estaba bien.—¡Doña Rosa! —llamó.Paulina lo jaló hacia atrás.—¡Solo es una empleada! Se va sin decir nada, sin
Mía estaba aterrorizada.No quería regresar a Santa María… no… su padre las iba a matar a golpes, a ella y a su mamá… Quería estudiar, aprender, ganar mucho dinero, cuidar bien a su mamá…En silencio, con las lágrimas resbalándole por las mejillas, empezó a masajear los pies de Paulina.Pero nunca había hecho eso y no sabía cómo. Además, la quemadura en el pecho le dolía de una manera insoportable y el miedo la aplastaba por dentro. Quería soportar, lo intentaba con todas sus fuerzas mordiéndose el labio, pero las lágrimas no le obedecían: le caían por la cara sin control, y por no limpiárselas a tiempo, algunas gotas cayeron sobre los pies de Paulina.Sin ninguna advertencia, un golpe brutal le impactó el pecho, en la zona quemada.—¡Aah! —El grito se le escapó sin poder evitarlo.—¡Me cayeron tus lágrimas sucias encima! —chilló Paulina—. ¡Basura! ¡Tú y tu madre son basura!Mía solo sentía un dolor agudo que le taladraba el pecho, pero no se atrevió a llorar. Se quedó en el suelo, cub
Era una mujer a quien no conocía.En cuanto entró, empezó a llamar con voz melosa y coqueta:—Adri, Adri...Paulina llevaba días sin ver a Adrián. Beto y ella lo habían invitado a salir en dos ocasiones y él se había negado las dos veces, así que al final decidió ir a su casa a buscarlo.Pero cuando entró, no había rastro de Adrián. Solo una niña delgada y pequeña.—¿Quién eres tú?Paulina no recordaba que hubiera nadie en el entorno de Adrián que no conociera. ¿Sería alguien de la familia de Olivia?—Soy Mía. ¿Y usted es...?En realidad, desde el primer momento Mía no había sentido ninguna simpatía por esa mujer, pero estaba viviendo en casa ajena y no podía permitirse ser descortés.—¿Mía? ¿Y eso qué? ¿Qué relación tiene con Adrián? —Paulina se sentó en el sofá como si la casa fuera suya.—Soy la hija de la empleada del señor Vargas —respondió Mía con la misma cortesía de siempre—. ¿Viene a ver al señor Vargas?—¿La hija de la empleada? —Paulina lo repitió despacio—. ¿La hija de doña
—Yo me encargo —se apresuró a decir la asistente.Una vez que le retiró el saco, Adrián reparó en que las mancuernillas de la camisa eran de zafiro: dos piedras de calidad y talla excepcionales.—Son muy originales estas mancuernillas —dijo él.La asistente se rio. —La señorita Olivia tiene un gusto excepcional. Nosotros también quisiéramos colaborar con ella; le pedimos que nos cediera los derechos del diseño de las mancuernillas, pero no quiso.Adrián arrugó la frente. —¿Cómo dices? ¿Ella diseñó las mancuernillas?—Así es —dijo la asistente con una sonrisa—. Todos los broches de sus camisas son diseños propios de la señorita Olivia. En la que usted trae puso estas de zafiro; aquí hay otros dos pares: uno de diamantes rosas y otro de diamantes amarillos. La última vez que un cliente vio el par de diamantes amarillos, se empeñó en llevárselo, ¡pero eso cómo iba a ser posible! La señorita Olivia los escogió específicamente para esa camisa. Y ella les puso nombre: Azahar Estelar.Adrián
La enfermedad de Adrián fue fiel al dicho: llegó como un alud.Pensó que con los medicamentos que le había dado Rosa y una vez que la fiebre bajara, estaría bien. Pero cuando volvió a acostarse, se quedó dormido sin darse cuenta, y al caer la noche la fiebre regresó con toda su fuerza.Más medicamentos, más fiebre, más medicamentos.Así, entre idas y venidas, pasaron tres días. Al cuarto, la fiebre no volvió.Técnicamente ya estaba mejor, pero había adelgazado y se sentía vaciado, sin energía.Y ni pensar en ir a la oficina en esos días.Durante ese tiempo, Paulina, Beto y los demás siguieron con sus conversaciones en el grupo como si nada; a veces le escribieron aparte preguntando por qué había desaparecido.No quería que se preocuparan, así que no mencionó que estaba enfermo. Solo les dijo que de todas formas estaba de vacaciones, que se estaba quedando en casa unos días descansando y resolviendo algunas cosas.Al quinto día, recibió una llamada.Era el taller de una marca de ropa; p
Pero no se atrevió a decir esas palabras en voz alta.—Entonces quédese. Si tiene algún pedido, no dude en decirlo. Estos cinco años ha cuidado muy bien a la señora, y se merece un aumento —dijo Adrián con firmeza.—La señora... —Rosa quiso decir algo y se contuvo.—La señora solo salió por un mes. En un mes regresa. —Adrián lo había verificado: la compañía de gira solo haría una temporada de un mes en Europa.Rosa no se atrevió a contradecirlo. No podía decirle que ella no regresaría en solo un mes.—Entonces, señor... ¿le llevo la comida al cuarto, o usted prefiere...? —Rosa decidió guardarse todo por ahora. Se quedaría un mes más; cuando la señora hubiera terminado de resolver su divorcio del todo, ella se iría. Por el momento no podía hablar a la ligera y arruinarle los planes.Adrián no tenía costumbre de comer en la cama. Aunque no tenía apetito, tampoco era de los que se dejaban llevar por el capricho.—A la mesa —dijo.—Sí, señor. —Rosa se dio la vuelta y salió.En el comedor,
Olivia tenía los ojos cerrados, como si estuviera a punto de quedarse dormida.—Mh, ya sé.Hacía tiempo que había silenciado las notificaciones de Paulina; no importaba lo que esa mujer publicara, ella no vería nada.—¿Qué pasa? ¿Te vas a dormir tan temprano? —Adrián arrugó la frente—. ¿Te sientes m
—¿Hablas en serio? —Él tenía la cara desfigurada del enojo.—Sí. —Olivia no estaba bromeando, ni actuaba por celos o por un simple berrinche.—Está bien. —Adrián asintió con la cabeza—. ¡Luego no te arrepientas!Regresó al mostrador y señaló los diez relojes.—¡Me los llevo todos!Vianney ya había t
Adrián los revisó uno por uno y se rio seco y burlón.—Señor... —Vianney dudó un poco, sin entender realmente qué estaba mal.—No tiene nada que ver con usted. Saque las diez piezas de una vez —ordenó con voz áspera.Incluso Paulina notó que algo no estaba bien. —Adri... —murmuró.En ese momento, V
Últimamente el clima había estado así: en cuanto caía la noche, empezaba a llover.Poco después de que Olivia se quedara dormida, el golpeteo rítmico de las gotas contra el vidrio la arrulló. El aroma de su champú de hierbas silvestres le llenaba los pulmones, haciéndola sentir como si todavía estuv







