Se connecterNo tenía ganas de lidiar con Itzel, así que salió a toda prisa a contestar la llamada.—Santiago, ¿cuándo volviste? ¿Por qué no me dijiste?—Llegué hoy —dijo Santiago al otro lado de la línea—. ¿Tienes tiempo para que te invite a comer?Olivia sonrió.—¡Claro que sí!—Sal.—¿Eh? —Olivia bajó las escaleras a toda prisa, celular en mano. ¿Ya estaba ahí?Corrió hasta la salida del colegio y vio, enfrente, el auto de Santiago estacionado bajo la sombra de los árboles. La ventanilla bajó y dejó ver a Santiago de perfil, con facciones marcadas y una sonrisa apacible. Al verla salir, Santiago se bajó del auto.Olivia se acercó trotando hasta quedar frente a él.—Santiago, ¿por qué no vienes a comer a la casa?Ella siempre se había sentido así de cercana a Santiago, con toda naturalidad, porque ella y su primo habían convivido durante años, en otra época y en otro lugar. Eran parientes de verdad.—Me quedaba de paso y aproveché para conocer tu escuela. —Santiago sonrió y levantó la mano para a
—Por nada en especial.—No, ¡a mí me explicas bien! —Federico no estaba dispuesto a dejar el tema.Adrián suspiró.—Es que las estrellas no me dejan…—¿Qué… qué estrellas? —Federico entendía cada vez menos—. ¿Vas a jugar un partido de basquetbol y ahora resulta que tienes que pedirles permiso a las estrellas?—Ya llegaron las estrellas —dijo otro chico, y dejó una bandeja en la mesa de Adrián y Federico.Era Leonardo. Al llegar él, Olivia y Daniela quedaron por fin al descubierto. Adrián alzó la mirada y la vio. Se quedó inmóvil un instante; luego miró la bandeja de Olivia y terminó fijándose en su muñeca.Todavía llevaba puesta la pulsera. Él apenas sonrió.—Federico ya terminó. Siéntense aquí.Federico miró su plato, en el que todavía quedaba más de la mitad de su comida, sin entender nada. Al ver que Adrián no cedía, tomó su bandeja a regañadientes, aunque seguía sin resignarse.—Leo, ¿sabes quiénes son esas supuestas estrellas del jefe?Adrián, Leonardo y Olivia se quedaron callado
El timbre de la escuela rompió la penumbra grisácea del atardecer.El sonido la asustó. Olivia se soltó de los brazos de Adrián a toda prisa y echó a correr mientras se secaba las lágrimas.—Empezaron las clases.Adrián la vio alejarse, con la mano apoyada donde sus lágrimas acababan de caer, y sonrió con resignación y un poco de amargura.“¿Qué debo hacer, aferrarme o dejarte ir?”, se preguntó ella.Olivia volvió corriendo al salón. Al sacar los libros del pupitre, la mirada se le fue otra vez a la pulsera que le brillaba en la muñeca.No sabía por qué, pero, aunque era una cadenita tan fina, después de correr todo el trayecto hasta el salón, sentía la muñeca extrañamente pesada, como si cargara algo mucho más grande.Adrián le había dicho que el broche de la pulsera llevaba grabado su nombre. Le dio vuelta al broche y, tal como Adrián había dicho, vio unas letras diminutas que decían “Oli”. Se quedó absorta mirando esas letras.Ni en esos dos mundos ni en esas dos vidas Adrián la hab
Olivia presentía que esa pulsera era para ella.Pero ¿cómo se la iba a aceptar? Hacerlo era como aceptar una relación. Olivia no podía dar ese paso, aunque el Adrián de diecisiete años que tenía enfrente fuera distinto del de antes.Adrián notó que titubeaba, le sujetó la muñeca y, en un parpadeo, le colocó la pulsera. Olivia intentó retirar la mano, pero él no se la soltó.—No te muevas —dijo—. Esto no significa nada; es solo un regalo de cumpleaños atrasado.—¿Un regalo de cumpleaños? —Olivia entrecerró los ojos.—Sí, está grabada con tu nombre. No puedo dársela a nadie más ni devolverla. Si no la aceptas, solo me queda dejarla en la joyería y que el vendedor haga con ella lo que quiera. —Mientras hablaba, terminó de ponerle la pulsera.Era una pulsera delgada de platino, con pequeños diamantes engastados que destellaban de forma extraña bajo aquella luz tenue.—Tu nombre está aquí. —Adrián deslizó el dedo sobre el cierre de la pulsera.Olivia no le creyó. ¿Cómo no iba a poder revend
—¡Porque somos buenos amigos! —respondió Olivia sin dudarlo.Adrián guardó silencio; la miraba con una sonrisa tenue, imposible de descifrar.—¿Hay algo de malo? La amistad que tenemos tú, Daniela y yo, ¿no alcanza para que dejes de estar coqueteando con otros tipos por ahí? —Olivia pasó la pierna de pollo de su plato al de él—. ¿Así está bien?—¿Y eso significa…? —Adrián señaló las tres piernas de pollo de su plato.—Significa que, mientras Daniela y yo tengamos comida en el plato, a ti no te va a faltar ni un bocado; hasta tres, si quieres. Significa eso. —Olivia lo dijo muy seria—. Con una amistad así, ¿puedes dejar de coquetear por todos lados o no?Adrián la miró y de pronto sonrió.—Está bien.Olivia abrió los ojos de par en par. ¿No había aceptado con demasiada facilidad? Ya se había preparado para soltarle un montón de argumentos y convencerlo, y eso no iba a ser fácil. No podía decirle de la nada que Beto y Nico eran malas personas, ¿o sí? Si Adrián le preguntaba cómo lo sabía
Olivia llevaba rato queriendo intervenir, pero no encontraba el momento. Al ver que Adrián estaba a punto de irse con Beto, se adelantó y se le plantó enfrente.—¿Olivia? —A Adrián le brillaban los ojos de alegría por la victoria. Iba a presentarle a Beto y a Nico—. Ella es…—Adrián. —A Olivia no le interesaba lo más mínimo saber quiénes eran, así que lo interrumpió con un tono entre reclamo y puchero—. ¿No prometiste que cenarías conmigo?Adrián quedó pasmado. Olivia ya se había jugado el todo por el todo.—¿Otra vez vas a faltar a tu palabra? ¡Ya no importa!Apartó la cara, enojada. Adrián fue saliendo de su asombro poco a poco, y en sus ojos asomó un brillo tenue, igual que el del atardecer de ese momento. Beto se rio con burla.—Adrián, ¿es tu…?Él se rio sin explicar nada, como si diera por cierta la suposición de Beto.—Mira, Leo, llévalos a comer algo; yo invito.Leonardo lo miró de manera desagradable. Para colmo, Adrián le dio unas palmaditas en el hombro.—Vinieron tantos ami







