LOGINMina volvió a cruzar el arco con una cantimplora en las dos manos y acomodé mi expresión antes de que ella llegara al umbral. Me la entregó y se dejó caer en el sofá, dejando unos centímetros de cojín vacío entre nosotros al sentarse. Noté los centímetros. Bebí.El agua estaba fría hasta el fondo. Terminé casi todo y separé la cantimplora de la boca y la miré a ella, y después al espacio que había dejado entre nosotros, y dejé que algo pequeño me tirara de la comisura de la boca.—¿Sabes? Si el Norte no fuera un lugar tan atrasado, esta sería la parte donde ponemos una película y nos relajamos.Ella frunció el ceño hacia mí.—¿De qué hablas?—De un televisor.—¿Qué es un televisor?Me detuve.—No sabes qué es un televisor.Ella negó con la cabeza. Lo hizo apenas, un poco avergonzada, los ojos bajando hacia sus propias manos.Solté el aire.—Eso es... Dios. Eso es triste, Mina. Es triste de verdad.Así que le conté. Dejé la cantimplora y lo dibujé para ella en el aire con las manos, un
—¿Por qué mentiría alguna vez sobre amarte?Ella siguió mirándome fijo, como si le hubiera dicho que la luna había salido verde y estuviera esperando que yo admitiera que era broma, y la dejé mirar, porque el silencio estaba haciendo mi trabajo por mí, y hace mucho que dejé de sentirme incómodo dentro de un silencio.Arrastré los últimos restos de comida fuera del plato.—Ahh. Mierda. Esto está bueno. —Me salió bajo, alrededor del bocado. Terminé de masticar el resto y dejé el tenedor contra el plato vacío con un pequeño clinc—. Gracias, Mina. Eso también lo digo en serio.Eso la deshizo. Dejó que sus ojos se apartaran de mí y la comisura de su boca se levantó.—Me alegra que lo hayas disfrutado.Se levantó y empezó a levantar la mesa. Se estiró sobre mí para alcanzar el plato y lo apiló con los demás, y a mitad de camino se detuvo en seco y dijo una palabra en voz baja que no voy a repetir, algo sobre olvidarse el agua como una tonta, y después tenía toda la pila de platos balanceada
La luz en su rostro se apagó un poco. Ella misma lo notó. Se inclinó rápido para arreglarlo.—No, no. Está bien. No hagas eso. Ya estás aquí. Eso es lo que cuenta, ¿no? Estás aquí.—Estoy aquí.—Entonces come.Tomé otro bocado para devolverle el momento. Me vio hacerlo, y la preocupación se le fue soltando de a poco, y se acomodó. Me permití mirarla de verdad por primera vez desde el recibidor, ahora que su guardia tenía otra cosa en qué pensar.—Creciste tanto —dije—. Te miro y no encuentro a la niña. Sigo buscándola y no está ahí.—Sigo siendo yo. —Hizo un pequeño gesto con un hombro—. Solo más grande.Eso me arrancó una risa. Una de verdad.—Ahh. Ahh, no. Vamos. No eres más grande. Sigues siendo chiquita. Mírate. Eres una mujer pequeña.El gesto se detuvo. Sus cejas bajaron.—¿Qué quieres decir con eso?—Quiero decir lo que dije. Eres pequeña. Eres una mujer pequeña.—¿Y qué tiene de malo ser una mujer pequeña?Tenía el tenedor a medio camino y el olor me golpeó otra vez y perdí el
El olor me golpeó antes de que hubiera cruzado del todo la puerta, y mi estómago se revolvió y respondió por su cuenta, sin pedirme permiso.Salí del baño con la toalla anudada en la cadera y el pelo goteándome por la nuca, y toda la sala había cambiado mientras yo estaba ahí dentro.Habían puesto una mesa pequeña frente al sofá. Baja, cuadrada, a la altura justa para que un hombre comiera sin tener que levantarse, y estaba cargada de comida. Casi todo seguía echando vapor. El olor tenía capas: la nota profunda y oscura de algo dorado a fuego fuerte en grasa, y por encima de eso, el toque verde y afilado de una hierba que no supe nombrar, y los bichos de mi estómago despertaron de golpe y se pusieron a trabajar.Mina estaba inclinada sobre la mesa, terminando de acomodarla. Me daba la espalda. En algún momento se había cambiado a una falda corta, y al inclinarse el borde se le había subido por la parte de atrás de los muslos, hasta arriba, hasta la curva suave donde empezaba su trasero
Y el dios era amable.Le voy a dar eso, porque es verdad, y porque es parte de lo que no logro quitarme de encima. Entró en la casa de mi madre y le habló a mi madre con una dulzura y un respeto que no esperarías de ningún hombre, menos de ese, y me quedé ahí parado viendo a mi madre ablandarse y iluminarse de una forma que no había visto en años, y en algún momento, en medio de todo eso, juraría que la vi reconsiderar en silencio cada decisión que la había llevado a un matrimonio con mi padre.No creo que ella supiera que su propia cara estaba haciendo eso. Yo sí lo sabía. Podía leerla a ella igual que podía leerlo a él. El efecto Aldric, lo llamé después, cuando estaba solo intentando sacar un chiste pequeño y seco de algo que no lo era.También me habló a mí. Como habla un hombre en la cima a un hombre más joven en quien ha decidido que hay algo. Fácil. Directo. Unas pocas preguntas que no eran charla trivial, que iban directo a si yo entendía las propiedades, si entendía el dinero
Nada es blanco y negro. Siempre hay un gris en el medio, donde en realidad vive la verdad, y creo que el gris en el medio de mi padre era esto: se convirtió en víctima para que yo creciera viendo a una víctima, y se convirtió en héroe para que yo creciera viendo a un héroe, un hombre reconstruyendo la fortuna de su familia desde cero con sus propias manos contra un ladrón. Y a mí me funcionó. Yo sí vi al héroe. Era un héroe. Solo que era un héroe que no pudo, por el resto de su vida, dejar de competir con un rey.Porque eso fue lo que Aldric hizo con la empresa que mi padre dejó atrás. La volvió grande. Tomó la mitad de la que mi padre se había alejado y la expandió más allá de todo lo que habían construido juntos, y cada año la cosa se hacía más grande y más brillante y más fuera de alcance, y cada año mi padre se achicaba a su lado, y cuanto más se achicaba, peores eran sus decisiones.Empezó a tomar medidas por rencor y no por sentido común. Sacaba dinero de sus propios libros para







