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Capítulo 7

작가: Sanchi
Laura alzó la mirada de golpe. Fuera del salón privado no había nadie, solo la noche silenciosa.

Pero aquel tenue aroma frío y amaderado seguía extendiéndose por el aire, invadiendo cada célula y cada nervio de su cuerpo.

Respiró suavemente y, sin saber por qué, una punzada amarga le atravesó el pecho.

Parpadeó. ¿Había bebido demasiado? ¿Por qué creía reconocer la fragancia de Gustavo?

Cada salón privado de Casa Altanube contaba con un baño de uso exclusivo, ubicado fuera del salón, a menos de un minuto a pie.

La luz de la luna iluminaba el sendero sinuoso de piedra. Laura avanzó sobre aquel resplandor fragmentado hasta llegar al baño.

Apoyó ambas manos en la superficie de mármol del lavamanos. La luz blanca caía desde arriba.

Observó su reflejo en el espejo. Tenía el rostro hermoso, los rasgos delicados y un maquillaje ligero que acentuaba todavía más su atractivo.

Por efecto del alcohol, sus ojos almendrados y brillantes se veían un poco nublados. Sobre su piel clara y translúcida se extendía un rubor tenue.

Parecía incluso algo frágil. Sonrió apenas y dos pequeños hoyuelos aparecieron junto a sus labios.

Y, aun así, ni siquiera una Laura así había logrado conmover el corazón helado de Gustavo.

Alzó la mano y miró la hora. Dentro del salón, la verdadera función estaba a punto de empezar.

Se retocó el maquillaje y salió del baño.

Apenas volvió a la entrada del salón, un olor a cigarrillo mentolado flotó de pronto en el aire. Entre ese olor se colaba también un leve rastro de aquella fragancia fría y amaderada que conocía demasiado bien.

Más adelante, en medio de la oscuridad, un punto rojo se encendía y apagaba.

El corazón de Laura dio un vuelco. Entrecerró los ojos y miró con atención.

La figura alta y erguida del hombre casi se fundía con la noche. Estaba apoyado con despreocupación contra una columna de madera tallada con motivos ornamentales, una mano metida en el bolsillo y la otra relajada a un costado.

La muñeca, esbelta y bien definida, asomaba bajo la manga. Entre los dedos largos sostenía un cigarrillo encendido. Todo en él desprendía una elegancia fría, distinguida e inalcanzable.

A su alrededor reinaba un silencio absoluto. Solo se escuchaba el roce de las hojas movidas por el viento y el latido violento del corazón de Laura.

No importaba cuánto tiempo hubiera pasado. Cada gesto de aquel hombre seguía siendo suficiente para agitarle el alma.

Gustavo apagó el cigarrillo con un gesto seco y giró la cabeza hacia ella, encontrándose con el brillo húmedo de sus ojos.

—¿Ya no me reconoces?

Su voz grave y fría bastó para erizarle la piel.

Laura volvió en sí y dibujó una sonrisa dulce.

—¿Qué haces aquí?

Avanzó unos pasos y se detuvo frente a él.

El hombre vestía un traje negro hecho a medida, de tela impecable y caída elegante. El corte perfecto realzaba todavía más su figura alta y recta. Debajo llevaba una camisa negra metida en el pantalón, que marcaba la línea firme de su cintura estrecha.

Sus piernas largas, envueltas en pantalones de vestir, parecían no terminar nunca.

El viento nocturno movía ligeramente su cabello oscuro sobre sus cejas marcadas y severas. Sus ojos alargados, afilados y fríos tenían la quietud de un estanque helado.

—¿Bebiste?

Su voz era baja. La mirada serena recorrió a Laura de abajo hacia arriba hasta detenerse en sus mejillas enrojecidas.

En el aire limpio de la noche, la fragancia fría y amaderada de Gustavo se mezclaba con el leve rastro de alcohol que la rodeaba.

Laura no se sentía borracha. Aun así, había personas capaces de embriagar más que cualquier licor.

Al ver aquel rostro frío y arrogante, sintió que quizá sí había bebido demasiado.

Antes, Gustavo había sido severo con ella y jamás le permitía beber. Durante los años que pasó en el extranjero, sin embargo, su tolerancia al alcohol había mejorado bastante.

Parpadeó y sonrió con dulzura.

—Solo un poco.

Era bastante más que "un poco"; la leve neblina en sus ojos la delataba.

La mirada de Gustavo se volvió todavía más fría.

—Laura Aguilar, veo que ahora haces lo que te da la gana.

Cuando se enojaba, siempre la llamaba por su nombre completo.

Laura sonrió con dulzura y dio un paso adelante. La punta de sus tacones quedó a nada de tocar los zapatos oscuros del hombre. Alzó el rostro. Sus hoyuelos parecían llenos de una dulzura embriagadora.

—¿Estás molesto?

Gustavo bajó la mirada hacia su rostro encantador. Sus pestañas largas y rizadas temblaban como dos pequeños abanicos. El alcohol había teñido su piel clara de un rubor delicado, volviéndola todavía más tersa y luminosa.

Al hablar, su aliento conservaba un dulzor tenue, mezclado con el alcohol.

Estaba demasiado cerca.

Además, aquel vestido blanco, ceñido a la cintura, terminaba en una falda que apenas le cubría los muslos.

Bastaba bajar un poco la mirada para vislumbrar, casi sin querer, la curva de su escote.

Pura y, al mismo tiempo, peligrosamente provocadora. Cualquier hombre con sangre en las venas tendría problemas para apartar los ojos.

Pero ella, fuera intencional o no, parecía no notarlo. Solo alzaba el rostro hacia él con aquella sonrisa suave.

Su expresión severa no mostró el menor cambio. Sus ojos se oscurecieron apenas. Se quitó la chaqueta del traje, la colocó sobre los hombros de Laura y preguntó con voz grave:

—¿Con quién?

La chaqueta era lo bastante amplia como para envolverla casi por completo. Antes de alcanzar a sentir el calor familiar, Laura quedó rodeada por la fragancia firme, elegante y dominante impregnada en la tela.

Le llenó los sentidos y la envolvió por completo, como si él acabara de estrecharla con fuerza entre sus brazos.

Laura volvió a recordar su adolescencia.

Cuando comprendió que estaba enamorada de Gustavo, aquella emoción vergonzosa e imposible de confesar la atormentó noche tras noche. Iba a la escuela cada mañana con unas ojeras enormes, sin poder dormir bien.

Después, guardó a escondidas una camisa de Gustavo en su habitación. Cada noche la dejaba junto a la almohada y se dormía respirando el aroma que había quedado en la tela.

Ese pequeño gesto la hacía sentir culpable y nerviosa, pero también le daba una paz extraña.

Aquel amor secreto de la adolescencia terminó por convertirse en una jaula de hierro, en cadenas que se cerraban una tras otra a su alrededor, hasta dejarla sin salida.

—Respóndeme.

Al no recibir respuesta, la mirada del hombre se volvió más fría y su tono adquirió un matiz de impaciencia.

La voz distante de Gustavo arrastró a Laura de vuelta a la realidad. Sus dedos pellizcaron sin darse cuenta el borde de la chaqueta.

Ella y Gustavo ya no tenían aquella relación en la que debía informarle cada cosa que hacía y esperar su permiso.

Laura parpadeó y se encontró con sus ojos color ámbar.

—Hace mucho que soy mayor de edad. Y tú ya no eres mi tutor. No hace falta que te metas tanto en mi vida privada, ¿verdad?

Los ojos del hombre permanecieron tranquilos y fríos. Una risa baja y desdeñosa brotó de su garganta, como si se burlara de su incapacidad para medir sus propias fuerzas.

Ese sonido hizo que la embriaguez de Laura se disipara un poco más. Él siempre había sido así. Observaba con frialdad cómo ella corría hacia el fuego y se burlaba en silencio de su caída y de su destrucción.

Se quitó la chaqueta de los hombros y se la devolvió de golpe, dejándosela entre los brazos.

—Mis amigos me están esperando. Me voy.

Se dio la vuelta para marcharse, pero de pronto una mano le sujetó la muñeca.

La mano cálida y seca de Gustavo se cerró sobre su piel. El calor de su palma atravesó la fina piel de su muñeca y se hundió en su cuerpo.

Sus dedos largos atrapaban con facilidad aquella muñeca fina. Su figura alta parecía cubrirla casi por completo.

—¿Para qué volviste?

Aquellas pocas palabras, dichas con frialdad, hicieron titubear la mirada de Laura. Por cómo lo decía, parecía que no quería que hubiera regresado.

La amargura le brotó en el pecho y se le fue extendiendo despacio hasta calarle en los huesos.

Parpadeó y respondió en un tono juguetón:

—A casarme.

Apenas terminó de hablar, Gustavo soltó una risa baja.

Sus labios finos se curvaron.

—¿En serio?

Ella no alcanzó a entender a qué venía aquello cuando él añadió, burlón:

—Los cuernos que te ha puesto Tomás ya se ven a kilómetros. ¿Y aun así piensas casarte con él?

Su voz sonó fría y nítida, cargada de desprecio. Parecía mirar a todos desde lo alto, y ahora se burlaba de ella sin molestarse en disimularlo.

—¿Y qué otra cosa quieres que haga?

Laura sonrió apenas, dejando asomar los hoyuelos. Sus largas pestañas temblaron con ligereza.

—¿Casarme contigo?
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