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Capítulo 6

Autor: Edgar Romero
last update Data de publicação: 2026-09-17 23:11:39

 Winfield no solo me envió un mensaje intimidante, sino que estoy segura que ese sujeto mandó a atacarme y tratar de matarme. Ese tipo era millonario con sus estafas y pese a que estaba en calidad de no habido y con orden de captura de la policía, tenía el dinero suficiente para contratar sicarios y asesinos a sueldo con tal de ultimarme.  

    Después que  publiqué el gran fraude que fue la venta de los tractores usados, haciéndolos pasar de que eran "de última gama, activados por drones y satélites",  comprobé, además, que la  fortuna de Winfield la había amasado justamente estafando a su libre albedrío en el ministerio de agricultura, vendiendo siempre gato por liebre a empresas incautas que caían en sus redes y entregando maquinarias defectuosas y de mala calidad.

    También constaté que Winfield había invertido supuestamente "mucho dinero" en un puente moderno, sólido y aerodinámico, sin embargo, el armatoste se cayó al poco tiempo y descubrí que el dichoso puente realmente no costó tanto dinero, sino menos que la mitad y lo que no se gastó del presupuesto pasó directamente  y sin escalas al bolsillo del cuestionado ministro.           En el colmo de las trampas, Winfield  importó toneladas de semillas y pesticidas que estaban vencidas y que pretendió encubrir borrando las fechas de caducidad. Finalmente el polémico y discutido ministro adquirió un lote de arados que habían sido declarados de mala cantidad por expertos e ingenieros de otros países, infló los precios hasta hacerlos globos aerostáticos y embaucó a los agricultores con herramientas inservibles. 

     Ese tal Winfield era una verdadera joyita.

     "El Soplón" vendía horrores con tantas denuncias que se sucedían sobre Winfield y la edición web era la más leída en el internet. Mis crónicas y denuncias se tornaron, entonces, en virales en el mundo entero. 

     Winfield no iba a quedarse, obviamente, con los brazos cruzados y  esa tarde me atacó un sujeto en una motocicleta, cuando yo me desplazaba en mi auto por la avenida principal  con destino al centro de la ciudad para cubrir una conferencia de prensa de la sociedad minería para denunciar que justamente Winfield había adquirido de forma soterrada socavones que producían oro y que el defenestrado ministro lo traficaba con compradores asiáticos, dejándole millonarias ganancias para sus arcas particulares. 

   Yo iba tranquilamente escuchando música, saboreando un caramelo de limón, cuando de repente me dio el alcance la motocicleta  con un sujeto a bordo. Yo ya lo había visto por el espejo retrovisor  viniéndose como una tromba, detrás mío, esquivando a los otros carros, haciendo eses en la autopista para poder acercárseme. Yo no soy ninguna tonta y estaba preparada para cualquier incidente.

   Mi auto es moderno, de última gama a diferencia de los tractores que compró Winfield que eran pura chatarra. Mi carro me costó una fortuna, pero a mí me gusta ir bien por las calles, con aires de estrella de Hollywood. Mi carro tiene computadoras y wifi y las puertas de mi auto se abren automáticamente apretando tan solo un botón. El sujeto ese venía armado con una pistola ametralladora. Eso también lo había visto por el espejo retrovisor   Yo no estaba asustada. Sabía que ese tipo de situaciones se iban a  presentar con frecuencia a lo largo de mi carrera periodística y por eso siempre ando bien preparada.

    Cuando el sicario se acercó por mi derecha, hasta la ventana lateral de mi carro para llenarme de plomo, lo que hice fue abrir las puertas automáticamente y disminuir la velocidad. El piloto de la motocicleta no se percató de nada y ¡pum! se estrelló con la portezuela de mi carro y su vehículo salió volando por los aires, convertido en un meteorito. El pobre sujeto cayó de cabeza al asfalto y los otros autos que venían a toda velocidad, lo aplastaron, dejándolo convertido en una piltrafa.

    Y tal cual el  agente con licencia para matar, apreté el botón de mis puertas y  se cerraron otra vez automáticamente, reanudando mi marcha hacia la conferencia de prensa, escuchando la buena música que sonaba en mis parlantes.

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