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Capítulo 5

Author: Jensen
Luna levantó la cabeza y vio que la cinta roja resbalaba de los ojos del hombre hasta quedar sobre su clavícula.

La camisa negra, abrochada apenas con dos botones, dejaba gran parte de su piel al descubierto.

La cinta roja destacaba sobre ella.

Luna alzó la mirada hasta encontrarse con un rostro de una belleza impresionante.

Tenía facciones marcadas, ojos luminosos, la nariz recta y una sonrisa apenas insinuada en los labios.

Fue como si el tiempo se detuviera.

No habría sabido describir lo que sintió al verlo.

El aroma intenso de aquel hombre avivó todavía más el calor de su cuerpo.

La conciencia volvió a nublársele y cerró las manos con fuerza.

Pablo bajó la vista.

Luna, maltrecha y desaliñada, lo miraba sin reaccionar. Parecía haber quedado paralizada del susto.

Daba lástima.

—Genaro, ¿desde cuándo trabaja alguien así en Club Vértigo?

Genaro, el que dirigía al grupo, se tocó la frente. La mano le quedó llena de sangre.

—¡Qué importa de dónde haya salido! Si se mete en nuestros asuntos, lo matamos aquí mismo. ¡Tenemos quien nos cubra las espaldas!

Al escucharlo, los demás recuperaron la confianza. Parecían dispuestos a despedazarlos.

La sonrisa de Pablo se acentuó.

Tomó la cinta que había quedado sobre su clavícula y la ató sobre los ojos de Luna.

Ya era bastante asustadiza. No quería que encima se muriera de miedo.

—No te la quites. Lo que sigue no es agradable de ver.

La llevó hasta la cama y se volvió hacia los nueve hombres.

Querer dinero o poder era normal.

Lo inaceptable era perder hasta el último rastro de decencia.

Pablo giró las muñecas y avanzó hacia ellos con una sonrisa que helaba la sangre.

Arqueó una ceja al verlos prepararse.

—¿Quién quiere morir primero?

Ninguno sabía de lo que era capaz. Por unos instantes, nadie se atrevió a acercarse.

Antes de que reaccionaran, Pablo ya estaba frente a Genaro.

Este ni siquiera alcanzó a ver el movimiento. Sintió un golpe que le entumeció la muñeca.

El cuchillo salió volando, dio dos vueltas en el aire y terminó en la mano de Pablo.

Genaro abrió los ojos y retrocedió medio paso.

Al instante siguiente, un golpe seco en el pecho lo lanzó hacia atrás.

Se sujetó el torso y les gritó a los demás, aterrado:

—¡Somos más! ¿Le vamos a tener miedo a uno solo? ¡¿Qué esperan?! ¡Todos juntos!

Pablo giró el cuchillo entre los dedos.

—Nunca había visto a tantos hacer fila para morirse. Está bien. Les cumplo el deseo.

Había recibido entrenamiento de combate y todavía no mostraba señales claras de que la droga le estuviera haciendo efecto.

Además, tenía un problema del que no le gustaba hablar: ninguna mujer le provocaba una reacción física.

Había consultado a especialistas tanto en el país como en el extranjero.

Todos coincidían en lo mismo: físicamente estaba perfectamente bien, pero su cuerpo no reaccionaba ante ninguna mujer.

Al final, los médicos habían concluido que tenía una libido naturalmente baja.

Los modelos, en cambio, ya estaban bajo los efectos del afrodisíaco.

Aunque parecían fuertes, no tenían mucha fuerza ni sabían pelear.

No le costó mucho reducirlos.

La habitación se convirtió en un caos de golpes, insultos y huesos que crujían.

Pablo se movía con rapidez. Cada golpe iba dirigido a un punto vulnerable.

No hacía movimientos innecesarios; cada ataque podía ser mortal.

Luna permanecía encogida en la cama, con la cinta sobre los ojos, mientras su conciencia oscilaba entre el efecto de la droga y el dolor.

Escuchaba los quejidos y los gritos de los hombres. El olor intenso de la sangre le llegaba en oleadas.

Entre aquellos sonidos distinguía una respiración acelerada, pero regular, que debía de ser la del hombre que la había salvado.

La herida del brazo seguía sangrando. El dolor la mantenía despierta.

Sin embargo, el afrodisíaco la hacía arder y hasta los dedos le temblaban.

El último hombre se estrelló contra la pared y se deslizó hasta el suelo, donde quedó inmóvil.

La pelea terminó. Solo se escuchaban respiraciones agitadas y los gemidos de los heridos.

Pablo se sacudió la sangre de las manos.

Los puños de la camisa estaban empapados y ya no sabía si era sangre ajena o propia.

Tal vez por el esfuerzo o porque todavía estaba bajo los efectos de la sustancia que le habían dado antes, empezó a sentir calor.

Se acercó a la cama y miró a Luna, que estaba hecha un ovillo.

—¿Sigues viva?

Ella asintió para demostrarlo.

—¿Puedes caminar?

No podían quedarse ahí. En cuanto los hombres se recuperaran, ella volvería a estar en peligro.

Como ella no se movía, Pablo le quitó la cinta de seda roja y vio que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Tenía unas facciones delicadas, sin una sola imperfección.

El rostro estaba enrojecido, el sudor le resbalaba de la frente y algunos mechones se le pegaban a las mejillas.

Se veía completamente indefensa.

Maldición.

Él había descansado un rato. ¿Por qué, en vez de recuperarse, sentía cada vez más calor?

Se aclaró la garganta y apartó el rostro.

—¿Estás bien?

Luna intentó levantarse con todas sus fuerzas, pero el cuerpo ya no la obedecía.

Las piernas no la sostenían.

Apenas se puso de pie, cayó contra él y tuvo que sujetarse para no desplomarse.

—¿Puedes llevarme al hospital...? Por favor.

Pablo se quedó inmóvil al sentir aquel cuerpo suave y perfumado entre sus brazos.

¡Algo le estaba pasando!

Una sensación completamente nueva lo recorrió y, por primera vez, no supo qué hacer.

Sintió una tensión en el bajo vientre.

Cuando se dio cuenta de la posición en que estaban, la apartó sin pensarlo.

—Sí. Espera aquí. Voy a abrir y te llevo.

Luna cayó otra vez sobre la cama. La manta se deslizó y dejó gran parte de su cuerpo al descubierto.

Pablo cerró los ojos, tomó una esquina de la tela y volvió a envolverla.

Después fue hacia la puerta.

En cuanto tocó la manija supo que estaban en problemas.

Estaba cerrada con llave desde afuera.

Intentó abrirla a patadas, pero no se movió.

La habían reforzado a propósito.

Además, la pelea lo había dejado sin fuerzas y, cuanto más insistía, más intensa se volvía la reacción de su cuerpo.

Maldijo para sus adentros.

Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.

Quinto piso.

Podía arrojar por ahí a los nueve hombres o saltar con Luna.

Ninguna de las dos opciones parecía razonable.

El malestar aumentaba.

Si seguían así hasta que los otros se recuperaran, estarían acabados.

Y, además... aquellos hombres habían dicho que, si no contrarrestaban la droga, podían morir.

Si el problema era el calor, una ducha fría quizá ayudaría.

Sin detenerse a pensar, levantó a Luna y la llevó al baño.

La dejó en el piso, abrió el agua fría y se la echó encima.

Ella se estremeció y se encogió.

—¡Está helada!

—El frío va a ayudarte a despejarte. Quédate aquí. ¡No salgas!

Luna sentía frío por fuera y un calor espantoso por dentro.

El contraste era tan intenso que parecía a punto de estallar.

—Me siento horrible...

—¡Aunque te sientas horrible, no salgas!

Aturdida, ella asintió.

El agua sí ayudaba un poco. Por lo menos ya no sentía la urgencia de abalanzarse sobre él.

Pablo tampoco estaba mucho mejor, pero antes tenía que asegurarse de que los hombres de afuera dejaran de ser una amenaza.

Al salir, reunió todo lo que pudiera servir para atarlos.

Usó los cinturones del vestidor y las cintas de las cortinas. Al fin consiguió inmovilizar a los nueve.

Su propia conciencia empezaba a nublarse.

Tal vez pasar un rato bajo el agua fría lo ayudaría, pero, si entraba al baño y terminaba perdiendo el control, todo se complicaría.

No era de los que se aprovechaban de una mujer vulnerable.

Tenía que romper la puerta antes de quedarse sin lucidez ni fuerzas.

Le habían quitado todos sus dispositivos de comunicación. Abrirse paso era la mejor opción.

El sudor frío le resbalaba por las mejillas y se perdía bajo el cuello de la camisa.

Llevaba poca ropa, pero hasta aquella tela ligera parecía atrapar el calor.

Se la quitó, la arrojó a un lado y tomó un banco para seguir golpeando la puerta.

Una vez tras otra.

La cerradura no cedía.

Su respiración se volvió más pesada.

En sus veintitantos años de vida lo habían drogado quién sabía cuántas veces, pero jamás había reaccionado así.

Con los ojos enrojecidos, levantó lo que tenía a mano y golpeó con desesperación.

Cuando saliera, lo primero que haría sería matar a Simón Herrera.

¡Qué idea tan estúpida!

Había tenido el descaro de sedarlo a escondidas y mandarlo a un lugar como Club Vértigo, diciendo que ahí había de todo y que seguramente encontrarían una solución.

Según él, quizá de pronto conseguiría que le funcionara.

Entonces sintió que unas manos mojadas le rodeaban la cintura desde atrás.

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