Después de regresar al país, Jazmín solo vivió dos meses en Casa Molina antes de mudarse.
Doña Molina le había dejado varias propiedades, y ella eligió un departamento junto al río.
El entorno era agradable y, sobre todo, quedaba muy lejos de Casa Molina.
Ambos lugares estaban prácticamente en extremos opuestos de la ciudad.
A la orilla del río, el viento soplaba con fuerza y hacía crujir violentamente las hojas de los árboles.
Tomás bajó del carro junto con Jazmín y sacó del asiento del copiloto un medicamento para entregárselo.
—El señor Carlos me pidió que comprara esto para usted.
Jazmín lo miró sorprendida.
A mitad del camino, Tomás se había detenido frente a una farmacia.
Le había dicho que iba a comprarle a Carlos algo para aliviar los efectos del alcohol.
No esperaba que también hubiera comprado algo para ella.
Recibió la bolsa y la abrió.
Era una pomada para bajar la inflamación.
Jazmín se tocó la mejilla y su mirada vaciló ligeramente.
Una pomada no costaba gran cosa.
Pero en un momento en que se sentía completamente sola, sin nadie de su lado, saber que todavía había alguien que se acordaba de sus heridas la conmovió profundamente.
—Ayúdame a darle las gracias.
Tomás aseguró que le transmitiría el mensaje, pero no se marchó de inmediato.
Parecía tener algo más que decir.
—Señorita Jazmín, hay algo...
Se detuvo a mitad de la frase.
Jazmín le indicó que hablara con confianza.
Solo entonces Tomás continuó:
—La señorita Nayeli, del Grupo Molina, tiene ciertas intenciones con el señor Carlos que no debería tener. Él ya la rechazó claramente, pero al parecer ella todavía no se ha dado por vencida.
¿Nayeli estaba enamorada de Carlos?
¡No podía ser!
Era cierto que Carlos era el hombre que prácticamente todas las solteras de Valle Azul deseaban, pero...
¿Nayeli no estaba enamorada de Pablo?
¿Ya había cambiado de objetivo?
Jazmín ocultó su sorpresa y trató de adivinar por qué Tomás le estaba contando aquello.
—Entonces quieres que haga que Nayeli se olvide de Carlos, ¿verdad? No te preocupes. Déjamelo a mí.
Carlos la había ayudado tantas veces que era justo que ella también hiciera algo por él.
Tomás sonrió.
—Entonces se lo encargo.
—Claro.
Tomás se acomodó los lentes y comentó medio en broma:
—La verdad, esta noche pensé que aprovecharía el hecho de haberle salvado la vida al señor Carlos para pedirle que se casara con usted.
Jazmín lo miró desconcertada.
Tomás explicó:
—Primero, si se casa con él, pasaría a ser la tía de Felipe. Cada vez que la viera tendría que tratarla con respeto, y usted podría hacerle la vida imposible cuando quisiera.
—Segundo, tendría al hombre más poderoso de Valle Azul de su lado. A partir de entonces, nadie volvería a atreverse a meterse con usted.
—Y tercero, le quitaría a Nayeli al hombre que le gusta. No se me ocurre una venganza más satisfactoria que esa. Ni siquiera sus padres se atreverían a seguir favoreciéndola de la misma manera.
Después de analizarlo todo, Tomás añadió con cierta intención:
—Por eso pensé que, después de cancelar su compromiso, querría casarse con el señor Carlos. Porque, para usted, sería la mejor opción posible.
Jazmín se quedó pensativa.
Las palabras de Tomás hicieron que, de repente, todo cobrara sentido.
¡Claro!
Convertirse en la tía de Felipe y, desde esa posición, hacerle la vida imposible...
Tener al hombre más poderoso de Valle Azul de su lado para que nadie volviera a atreverse a molestarla...
Quitarle a Nayeli al hombre que le gustaba...
¡Cualquiera de esas cosas sonaba increíblemente satisfactoria!
Sin embargo, la idea se apagó tan rápido como había aparecido.
¿Cómo iba Carlos a casarse con ella?
Ella había estado a punto de convertirse en la esposa de Felipe.
Si Carlos terminaba casándose con la casi esposa de su sobrino, ¿dónde quedaría su dignidad?
Para un hombre como Carlos, las apariencias debían ser importantísimas.
Si Jazmín de verdad se atreviera a pedirle algo así, seguro le darían ganas de abofetearla.
Ni siquiera se atrevía a pensar en él de esa manera.
***
Después de despedirse de Tomás, Jazmín entró a su departamento con la bolsa en la mano.
El departamento junto al río tenía más de ciento noventa metros cuadrados habitables.
Para una sola persona, resultaba demasiado amplio.
Al abrir la puerta, la recibió una oscuridad absoluta y una frialdad desoladora.
Encendió las luces.
Pero ni siquiera así el lugar pareció cobrar vida.
Después de discutir en Casa Molina y pasar tanto tiempo dentro del agua, la energía que Jazmín había estado sosteniendo a la fuerza durante todo el camino finalmente se agotó.
Cerró la puerta y la espalda, que hasta entonces había mantenido erguida, se encorvó poco a poco.
Se quitó los tacones de una patada.
Ni siquiera tuvo fuerzas para ponerse las pantuflas.
Caminó descalza hasta el estudio, abrió un cajón y sacó un diario negro, grueso y pesado.
Luego se sentó en el sofá.
En aquel diario estaban registrados todos los puntos que Felipe había ido perdiendo.
Cada vez que Jazmín le enviaba un número, anotaba ahí la razón por la que le había descontado ese punto.
Los motivos estaban escritos con todo detalle.
Había llenado casi todo el cuaderno.
Jazmín hojeó algunas páginas al azar hasta llegar a la última.
La anotación anterior era de antes de que empezaran su guerra fría.
Menos noventa y ocho puntos.
Y también había sido la principal razón por la que dejaron de hablarse.
Había presionado tanto el bolígrafo al escribir que la punta había perforado el papel.
Eso bastaba para imaginar lo furiosa que había estado aquel día.
Ese día estaban tomando las fotos de su boda.
A mitad de la sesión, Felipe recibió una llamada y se marchó sin siquiera avisarle.
Jazmín, levantándose la falda del vestido de novia y todavía con los tacones puestos, lo buscó durante mucho tiempo acompañada por todo el equipo.
Incluso terminó torciéndose un tobillo.
Justo cuando estaba a punto de llamar a la policía, finalmente consiguió comunicarse con Felipe.
—Valeria tuvo un choque por alcance. La traje al hospital. Dejamos las fotos para dentro de unos días.
Jazmín se enfureció.
El fotógrafo era uno de sus maestros en el extranjero, una figura reconocida en el mundo de la fotografía que había regresado al país para visitar a su familia.
Jazmín le daba una importancia especial a aquellas fotos con Felipe.
Quería que cada detalle fuera perfecto, por eso había hecho todo lo posible para invitar personalmente a su maestro.
Él tenía un vuelo que tomar y debía marcharse en cuanto terminaran.
Quién sabía cuándo volvería.
Solo les faltaba una última serie de fotografías.
Podían terminar en diez minutos.
Y Felipe ni siquiera había podido esperar esos diez minutos.
¿Un choque?
Qué casualidad.
El día que Jazmín y Felipe fijaron la fecha de la boda, Valeria pisó mal al bajar unas escaleras y terminó en el hospital.
Felipe se quedó tres días acompañándola.
El día que Jazmín y Felipe fueron a elegir la casa donde vivirían después de casarse, unos tipos le bloquearon el paso a Valeria.
Felipe corrió a defenderla, se peleó con ellos y todo terminó en la estación de policía.
El día que Jazmín y Felipe fueron a elegir los anillos, Valeria tuvo fiebre.
Felipe hizo que Jazmín se bajara del carro a mitad del camino y la dejó bajo la lluvia para ir a acompañar a Valeria.
Hasta ese momento ni siquiera habían elegido los anillos.
Y ahora, el día de las fotos de boda, Valeria había tenido un choque...
En resumen, cada vez que Jazmín y Felipe pasaban juntos más de medio día, a Valeria siempre le ocurría algo.
En aquel supuesto choque, Valeria ni siquiera sufrió un rasguño.
De hecho, apenas podía llamarse accidente.
El otro carro estaba perfectamente estacionado junto a la calle.
Había sido Valeria quien se había estampado contra él.
Jazmín le dijo a Felipe que Valeria lo había hecho a propósito.
Felipe la llamó cruel y le dijo que tenía un corazón venenoso.
Jazmín abofeteó a Valeria.
Y Felipe le devolvió la bofetada a Jazmín.
Aquel golpe había terminado de apagar casi por completo su corazón.
Todo lo que vino después, toda aquella obstinación, no había sido más que una última resistencia.
Todavía le quedaban dos oportunidades.
Y ella seguía aferrándose a ese último resquicio de inconformidad que no la dejaba rendirse.
Jazmín volvió a la primera página del diario.
Sus dedos helados sujetaron la delgada hoja.
Tiró de ella hasta arrancarla por completo, luego la hizo pedazos y la arrojó al bote de basura.
Después hizo lo mismo con todo el diario.
Lo destrozó página por página.
Y comenzó a borrar de su casa cualquier rastro relacionado con Felipe.
En realidad, no había demasiado.
Cuando regresó al país, Felipe ya se había enamorado de Valeria.
Él nunca había entrado a ese departamento.
Las cosas que Jazmín tiró eran, en su mayoría, pequeños regalos que ella misma le había pedido descaradamente.
Nada costoso.
Un encendedor que él había usado.
Un muñeco de tela comprado en un puesto callejero.
Un llavero suyo.
Tirar esas cosas era sencillo.
Lo más complicado eran las fotografías de la pared.
Todas las había tomado ella.
Tenía una cámara que utilizaba exclusivamente para fotografiar a Felipe.
Había llenado una pared entera con sus fotos.
Incluso tenía dos álbumes dedicados solo a él.
Los tiró todos, sin dejar ni uno.
Cuando terminó, Jazmín abrió el cajón inferior del buró y sacó tres cajas envueltas con cuidado, aunque el empaque ya mostraba señales del paso del tiempo.
Las había comprado antes de regresar al país.
Con el dinero que ella misma había ganado.
Una mascada para Casilda.
Una pluma para Octavio.
Un reloj para Pablo.
En su momento no había tenido oportunidad de entregárselos.
Y ahora ya no había ninguna necesidad de hacerlo.
Todo terminó en el bote de basura del edificio junto con las cosas de Felipe.
A partir de ese día, aquel amor que había atravesado toda su juventud finalmente quedó destruido.
Y sus lazos familiares también terminaron de romperse por completo.
Después de deshacerse de todo, Jazmín se sentó en el sofá.
Se quedó mirando al vacío durante un buen rato.
De repente, no sabía qué hacer.
Solo cuando sintió sed se levantó para servirse un vaso de agua.
Se lo terminó.
Luego permaneció de pie en medio de la sala, pensando qué podía hacer después.
Limpiar.
Mireya tenía una llave del departamento y también tenía registrada su huella digital.
Cuando abrió la puerta y entró, Jazmín estaba trapeando el piso.
Al escuchar el ruido, Jazmín levantó la cabeza.
Tardó unos segundos en reaccionar.
—¿No estabas fuera por trabajo?
En cuanto Mireya la vio, las lágrimas empezaron a caerle.
Cerró la puerta de una patada, dejó caer el bolso al suelo y caminó rápidamente hacia ella.
—Déjame abrazarte.
Jazmín siempre había sido orgullosa, intensa, llena de vida.
No estaba llorando.
Y, sin embargo, en ese momento parecía tan frágil que bastaba tocarla para que se hiciera pedazos.
Durante el camino, Mireya había recibido de Eloy un video.
Así que ya sabía, más o menos, lo que había ocurrido aquella noche en Casa Molina.
Maldito Felipe.
***
Tomás condujo el carro hasta el patio del club y le envió un mensaje a Carlos para avisarle que ya había regresado.
La partida de cartas en el salón privado todavía no terminaba, pero Carlos dejó las suyas sobre la mesa y se marchó primero.
Eloy había ganado varias rondas seguidas gracias a que Carlos prácticamente le había servido las cartas en bandeja, así que estaba encantado.
Como seguía entusiasmado y quería jugar unas cuantas rondas más, no se fue con él.
Cuando el carro arrancó, Carlos le preguntó a Tomás:
—¿Le compraste la medicina?
Tomás giró el volante.
—Sí. Dijo que te diera las gracias.
Carlos se recargó con cansancio en el asiento trasero.
Últimamente había viajado demasiado por trabajo y no estaba durmiendo bien.
Además, esa noche había bebido un poco, así que se sentía todavía más agotado.
Tomás pasó al segundo asunto.
—También hice lo que me dijiste y le lancé la indirecta, pero ella se lo tomó como una broma.
Carlos respondió simplemente:
—Está bien.
Era lo que esperaba.
Tomás miró por el retrovisor y, después de pensar bien cómo formular la pregunta, habló con cautela:
—¿De verdad piensas casarte con Jazmín?
Originalmente, quien debía llevar a Jazmín a casa era el chofer.
Sin embargo, Carlos le había pedido a Tomás que fuera personalmente y, además, le había dado dos instrucciones.
La primera, comprarle una pomada.
La segunda, decirle aquellas cosas.
Tomás se había quedado impactado.
Al principio no se había atrevido a preguntar, pero la curiosidad pudo más que él.
“¿Carlos realmente quería casarse con Jazmín? Entonces, ¿qué pasaría con Samara?”
Esa última pregunta, por supuesto, Tomás no se atrevió a hacerla.
Carlos tampoco respondió la anterior.
En medio del silencio, sonó su celular.
Era Felipe.
—¿Jazmín fue a quejarse contigo?
Felipe había llevado a Valeria a su casa y después se quedó con ella para cenar algo.
Solo entonces se dio cuenta del mensaje que Carlos le había enviado.
Lo primero que pensó al leerlo fue que Jazmín seguramente había ido a acusarlo.
Habían pasado demasiadas cosas esa noche, así que era inevitable que su tono sonara un poco agresivo.
—Jazmín habló mal de Valeria contigo, ¿verdad? Ya acepté casarme con ella. ¿Qué más quiere de mí?
La voz de Carlos permaneció fría y tranquila.
—Deja de ser tan hipócrita. ¿De verdad no sabes por qué aceptaste mantener el compromiso? Jazmín solo vino a decirme que quiere romper contigo. No mencionó a nadie más ni una sola vez.
Su tono se volvió despectivo.
—Tú eres el que tiene la conciencia sucia y aun así quieres echarle la culpa a ella. ¿Eso te parece comportarte como un hombre?
Aquella burla, dicha con tanta calma, dejó al descubierto de inmediato la hipocresía de Felipe.
¿Por qué había aceptado no romper el compromiso en aquel entonces?
Era cierto que Jazmín había aprovechado el hecho de haberle salvado la vida a Carlos para pedirle ayuda.
Y también era cierto que Carlos había ido a hablar con él.
Pero si Felipe hubiera insistido en romper el compromiso, Carlos no habría podido obligarlo a casarse.
Después de todo, se trataba de su propio matrimonio.
Lo que realmente había ocurrido era que aquel día Carlos le dijo una sola cosa:
—Si no rompes el compromiso, te doy el dos por ciento de las acciones. Si lo rompes, esas acciones pasarán a Jazmín como compensación. Tú decides.
Felipe sí se había enamorado de Valeria.
Y sí había querido casarse con ella.
Pero ¿qué hombre no deseaba tener más poder?
Aunque pertenecía a la familia Zúñiga y su posición dentro de la familia no era baja, la cantidad de acciones que poseía seguía estando muy lejos de la de Carlos.
Un dos por ciento no era ni de cerca todo lo que ambicionaba.
Pero si lo obtenía, lograría superar a ese primo suyo con quien llevaba años compitiendo en secreto.
Así que eligió las acciones y eligió a Jazmín.
Haber conseguido aquellas acciones gracias a una mujer era algo demasiado vergonzoso como para decirlo en voz alta.
Hería su orgullo.
Además, no quería que Jazmín se enterara y luego utilizara aquello para controlarlo o amenazarlo.
Por eso nunca se lo contó a nadie.
Felipe no creía haber hecho nada malo.
Pero sí, había sido bastante hipócrita.
Porque una vez que había aceptado el beneficio, ya no tenía derecho a hablar de justicia.
Después de todo, nadie lo había obligado.
Felipe no se atrevió a responderle en el mismo tono y terminó diciendo con cierta incomodidad:
—No te preocupes. No voy a romper el compromiso. Voy a casarme con Jazmín. Esta noche hubo algunos malentendidos. Hace rato intenté llamarla, pero tenía el celular apagado. Supongo que se quedó sin batería. Mañana iré a buscarla y le explicaré todo.
Carlos ya no tenía paciencia para seguir escuchándolo.
—Mañana a las ocho. No llegues tarde. Si lo haces, atente a las consecuencias.