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Capítulo 4

Author: Zafira
Si mi mamá hubiera mirado la pantalla tres segundos más y ampliado un poco la imagen, habría notado que mi espalda no se movía al respirar y que, en realidad, estaba muerta.

Cuando terminó la segunda y última jornada de las pruebas, Ana fue la primera en salir.

—Papá, mamá, me fue muy bien. Estoy segura de que todo va a salir bien. ¡Volvamos rápido para contarle la buena noticia a Luci!

Papá asintió. Al encender el auto, se le enrojecieron los ojos.

—Sí, las pruebas ya terminaron. Volvamos ahora mismo. Luci lleva dos días sola en casa; ya habrá tenido tiempo de aprender la lección. La llevaremos con nosotros y luego iremos todos juntos a un santuario a rezar.

Sentada en el asiento del copiloto, mamá dejó escapar las lágrimas.

—Reconozco que fui demasiado estricta con Luci. Si está dispuesta a cambiar, de ahora en adelante la trataremos igual que a Ana.

Flotando en el vacío, esbocé una sonrisa amarga.

Había esperado ese día durante dieciocho años. Por desgracia, ya no viviría para verlo.

El auto no tardó en llegar a casa.

Ana se adelantó corriendo y abrió la puerta.

Entonces se detuvo en seco.

La comida que había dejado sobre la mesa de la cocina seguía casi intacta.

Su voz comenzó a temblar.

—No sé si Luci ha comido algo. Casi todo sigue igual que cuando nos fuimos.

Mamá se quedó paralizada un instante.

Después, con el rostro lívido, corrió hacia la cámara frigorífica y le dio una patada a la puerta.

—¿Cuándo vas a terminar con esto? ¿Sabes lo mal que la ha pasado Ana estos días? ¡No ha comido ni dormido bien y se preocupó por ti incluso durante las pruebas! ¿Y tú? ¿A quién pretendes engañar haciéndote la muerta ahí dentro?

Papá también perdió la paciencia. Se acercó, conteniendo la ira en la voz.

—Me has decepcionado mucho. Llevamos dos días esperando que entiendas lo que hiciste mal. ¿Y todavía sigues con lo mismo?

Ana se interpuso. Su voz temblaba.

—Luci nunca haría esto sin motivo. ¡Tiene que haberle ocurrido algo!

A ambos se les borró la expresión.

En ese momento entró Mateo.

Se acercó a la cámara frigorífica con el teléfono en la mano.

—Acaba de llamarme la profesora. Como no logró comunicarse con Luci ni con ustedes, me llamó a mí porque sabía que éramos amigos. Me dijo que, antes de las pruebas, le había ofrecido recomendar a Luci para un programa de admisión especial por mérito académico en una de las mejores universidades del país, pero ella se negó. Al enterarse de que tampoco se presentó a las pruebas, quiso saber qué había ocurrido.

Su voz estaba cargada de decepción.

—Luci, ¿la profesora ya te había hablado de esta oportunidad? ¿Por qué nunca nos dijiste que la habías rechazado?

Mamá estalló de inmediato.

—¡Te criamos durante dieciocho años y así nos lo pagas! ¿Por qué nos ocultaste que habías rechazado una oportunidad así? ¿Pensabas usar ese sacrificio para hacer que Ana se sintiera culpable?

Papá endureció la expresión.

—Ana siempre te ha protegido, pero tú sigues buscando la forma de hacerla sentir culpable. ¡Y nosotros regresamos deprisa porque queríamos llevarte con nosotros al santuario! ¿Cómo pude tener una hija como tú?

Papá, mamá y Mateo me estaban juzgando.

Solo Ana corrió hacia la puerta y giró la manija.

—¡Mamá! ¡La puerta está mucho más fría de lo normal!

Mamá tenía los ojos enrojecidos.

—¡Ya basta!

Corrió hacia ella y puso una mano sobre la manija.

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