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Capitulo 3

Author: Agus
last update publish date: 2026-09-16 01:16:37

Salí de la cafetería con una sensación extraña, un zumbido sordo instalándose en mis sienes. El aire de la calle, que debería haberme despejado, solo me resultó pesado.

No sabía quién era aquel hombre, pero había algo que tenía claro: tenía poder. No era el tipo de poder que se nota en un traje caro o en un coche lujoso; era algo más silencioso, más autoritario. No cualquiera conseguía que una cafetería entera quedara vacía para mantener una conversación, y mucho menos lo hacía con esa parsimonia, casi como si el mundo se detuviera para escucharlo. Hablaba con una seguridad irritante, como si tuviera acceso a un guion del futuro y supiera exactamente cómo iban a suceder las cosas. Me sentí como una pieza en un tablero de ajedrez, movida por una mano que no podía ver.

Mientras caminaba hacia el estudio, sus palabras volvieron a mi cabeza, reproduciéndose en bucle.

"Es alguien que cree en vos"

"Es alguien que te va a interesar."

Me detuve en medio de la calle, ajena al ruido del tráfico que me rodeaba. Una idea se clavó en mi mente con la fuerza de un golpe seco.

Vicente.

El hombre que había encontrado herido la noche anterior. La conexión era demasiado directa, demasiado limpia. No podía ser casualidad, y las casualidades son, en mi experiencia, solo mentiras que nos contamos para no ver la realidad.

El teléfono vibró dentro de mi bolso, un espasmo eléctrico que me hizo saltar. Lo saqué con dedos torpes.

Dante.

Otra vez. Una punzada de náuseas me revolvió el estómago. No atendí. No podía escuchar su voz, no ahora, cuando mi mente estaba intentando encajar piezas de un rompecabezas que me daba miedo armar.

A los pocos segundos, la pantalla se iluminó de nuevo.

Dante: Necesito hablar con vos.

Lo ignoré, aunque el peso de ese mensaje parecía arrastrarme hacia el suelo.

Otro mensaje.

Dante: Tara, por favor.

Apagué la pantalla, tratando de borrar su nombre de mi vista. No quería hablar con él. No después de lo que había visto en aquella habitación oscura, la violencia cruda que todavía me hacía cerrar los ojos por las noches. Esa imagen era una mancha de tinta que no se borraba.

Cuando regresé al estudio, el ambiente estaba cargado. Eliseo estaba en su oficina, con la puerta entreabierta, esperándome. Levantó la vista apenas me vio entrar; siempre sabía cuándo algo me había descolocado.

—¿Y? —preguntó apenas me vio.

—¿Y qué? —intenté sonar indiferente, pero mi voz salió más tensa de lo que pretendía.

—El hombre que te llamó.

Dejé el bolso sobre mi escritorio con demasiada fuerza. Necesitaba ese punto de anclaje, ese objeto sólido que me recordara dónde estaba.

—Quiere que tome un caso —dije, sintiendo cómo el cansancio empezaba a ganarle la partida a la adrenalina.

Eliseo levantó la mirada por encima de sus anteojos. Su curiosidad era un arma de doble filo.

—¿Qué clase de caso?

—Homicidio.

Su expresión cambió al instante, perdiendo el rastro de ironía que siempre lo acompañaba.

—¿Homicidio? —repitió, como si probara el peso de la palabra.

Asentí, sintiendo un vacío en el pecho.

—Si. Se llama Vicente.

Eliseo guardó silencio unos segundos, procesando la información. Podía ver cómo conectaba puntos, cómo analizaba los riesgos y las posibles repercusiones.

—¿El mismo hombre del que me hablaste? —preguntó, bajando la voz.

—Sí.

—Entonces deberías revisarlo.

—No sé  —respondí, aunque la verdad era que no sabía si tenía la voluntad.

—Tara, con la cantidad de dinero que aparentemente están dispuestos a pagarte, podrías comprarte una casa linda y dejar ese departamento donde todas las noches aparece Batman en el callejón.

No pude evitar reírme, un sonido seco que apenas llegó a mis labios. Era su forma de aliviar la tensión, siempre con ese cinismo que, curiosamente, agradecía.

—No es tan malo —murmuré, sabiendo que era mentira.

—Encontraste un hombre sangrando detrás de tu casa —me recordó, marcando cada palabra.

—Bueno...

—Batman —insistió él, con una media sonrisa.

Negué con la cabeza, rindiéndome ante su lógica implacable. Tenía razón, siempre la tenía.

—Voy a revisar el expediente —dije, y mientras me dirigía a la mesa de trabajo, sentí que la curiosidad, esa maldita curiosidad de abogada, empezaba a ganarle al miedo. Tenía que saber qué había detrás.

El correo llegó esa misma tarde. Un simple archivo adjunto que, sin embargo, pesaba como si fuera plomo al abrirlo en la pantalla.

ESTADO CONTRA VICENTE ESPARTACO.

Leí el encabezado una vez. Después otra, como si al repetir las palabras pudiera encontrar una fisura en la versión oficial. La víctima era un hombre de treinta y nueve años, una vida reducida a un informe frío y aséptico. Había sido encontrado muerto en un estacionamiento durante la madrugada; un lugar desolado, sin testigos salvo las cámaras de seguridad que, convenientemente, sí habían captado el conflicto.

La causa preliminar de muerte indicaba un traumatismo severo. Mi mente, entrenada para desconfiar de los tecnicismos, buscaba lagunas donde no las había. Vicente aparecía en los videos junto a la víctima. Habían discutido. Un testigo declaraba haberlos visto enfrentarse físicamente y, poco después, el cuerpo aparecía.

Todo parecía encajar. Demasiado. Era un rompecabezas cuyas piezas habían sido cortadas para que no hubiera lugar a duda.

Seguí leyendo, buscando algo que se saliera del guion. No había una confesión. Tampoco había un arma vinculada directamente a Vicente. Pero sí había suficientes elementos, una narrativa construida con precisión, para que la policía lo considerara el principal sospechoso.

Cerré el expediente. Algo no terminaba de convencerme. Una inquietud sorda me recorría la espalda. No sabía qué, todavía, pero el caso me parecía una trampa.

Al día siguiente, Eliseo consiguió la autorización. Llegué a la prisión con la carpeta bajo el brazo y una tormenta de preguntas que luchaban por ordenarse en mi cabeza. El oficial me condujo hasta una pequeña sala de entrevistas; el aire allí adentro olía a desinfectante y a desesperación contenida. Me senté, tratando de recuperar esa máscara de frialdad profesional que siempre me protegía.

Esperé. El silencio era casi físico.

La puerta se abrió. Vicente entró acompañado por un guardia. Por un instante, nos miramos sin decir nada, evaluándonos. Se veía diferente, con los bordes de la vida desgastados por el encierro.

Cuando me vio, sonrió.

—Sabía que ibas a venir.

Dejé la carpeta sobre la mesa. Sentí el pulso acelerado.

—¿Cómo estabas tan seguro?

Se sentó frente a mí, sin quitarme la vista de encima.

—Porque fuiste la única persona que me ayudó sin preguntarme quién era.

Lo observé. Había una intensidad en su mirada que me desarmaba.

—Ahora sí voy a preguntarte.

Su sonrisa desapareció, reemplazada por una sombra de resignación. Abrí el expediente.

—Te acusan de asesinato.

Vicente bajó la mirada, como si el papel sobre la mesa fuera evidencia de algo que él preferiría olvidar.

—Lo sé.

—¿Conocías a la víctima?

Silencio. Un silencio pesado, que se arrastraba por las paredes de la sala.

—Sí.

—¿Qué relación tenían?

—Nos conocíamos.

—Eso no responde mi pregunta —insistí, intentando que mi voz no delatara la frustración.

Vicente levantó los ojos. Había algo eléctrico en su mirada, una advertencia.

—No éramos amigos.

Anoté mentalmente la respuesta. No éramos amigos. Significaba hostilidad, negocios, deuda... o algo peor.

—Entonces, ¿por qué estabas con él esa noche?

Vicente dudó. Cada palabra parecía costarle un esfuerzo físico.

—Quería hablar conmigo.

—¿Sobre qué?

—Quería darme un dato.

—¿Qué dato?

—No llegó a decírmelo.

Lo observé unos segundos, analizando cada microgesto de su rostro. Estaba siendo honesto, o al menos, no me estaba mintiendo.

—¿Y después qué pasó?

Vicente respiró profundamente, como quien se prepara para sumergirse en aguas heladas.

—Discutimos.

—¿Lo golpeaste?

El silencio volvió a instalarse, más denso que antes. Finalmente, asintió.

—Sí.

La confesión me golpeó. No esperaba esa respuesta tan directa; la mayoría de mis clientes pasaban horas ensayando negaciones.

—¿Por qué?

—Se salió de control.

—¿Y después?

—Me fui.

—¿Estaba vivo?

Vicente sostuvo mi mirada sin titubear.

—Sí.

Cerré lentamente la carpeta. La frialdad de los documentos contrastaba con la crudeza de lo que me estaba contando.

—¿Estás seguro?

—Lo vi cuando me fui.

Hubo unos segundos de silencio absoluto. Mi memoria retrocedió a la noche del callejón. Recordé al hombre que había encontrado allí. La sangre. Su cabeza. La forma en que había evitado responderme quién lo había atacado. Todo empezaba a cobrar un sentido aterrador.

—¿Y después qué ocurrió?

Vicente bajó la mirada, hundiéndose en sí mismo.

—Alguien me siguió.

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral. La realidad de la situación empezó a filtrarse a través

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