LOGINPOV de Mariana El mensaje llegó un martes a las nueve y diez de la noche, cuando yo ya llevaba una hora fingiendo que leía en el sofá. "Señorita Valenzuela, el viernes la Asociación Hotelera celebra su aniversario con un cóctel en el Hotel Meridiano. Asistirán operadores, inversionistas y varios creadores de contenido del sector turístico. Pensé que podrían servirle de fuentes para su reportaje. Si le interesa, la incluyo en la lista de invitados. Sin compromiso." Lo leí dos veces. Después dejé el teléfono boca abajo sobre el cojín, como si pudiera morderme. Ni una palabra sobre la gala. Ni sobre la portada, ni sobre la escalera. Un mensaje impecable, de esos que se escriben cuidando cada coma. Y justamente por eso me costaba tanto contestar. Es útil, pensé. Es muy útil. Llevaba una semana intentando que un creador de contenido me respondiera una entrevista, y los operadores hoteleros no contestaban llamadas de la prensa. En un cóctel, todos ellos estarían en la misma sala, con
POV de Alejandro Ann me llamó a las cinco de la tarde, cuando yo ya llevaba una hora releyendo la carpeta sin absorber una línea. —Respira —dijo, sin saludar. —Estoy respirando. —Estás releyendo la página doce por tercera vez. Cierra la carpeta. —Su voz se suavizó—. No voy a acompañarte, y no lo necesitas. Si entro yo, el consejo verá mi plan. Quiero que vean tu criterio. Colgué, y Mauro apareció en la puerta de mi despacho antes de que pudiera guardar el teléfono. —¿Ya te dijo que no te acompaña? —Ya. —Yo tampoco. —Se apoyó en el marco—. Si te ahogas, hermano, nado hasta ti. Pero no antes. —Qué reconfortante. —Es amor. —Me puso una mano en el hombro—. Esta sala es tuya, Alejandro. Ve a ganártela. Wanda me llevó al edificio del consejo en silencio. Yo miraba por la ventanilla, repitiendo cifras que ya me sabía. Antes de bajar, me ajusté la corbata dos veces. La sala de juntas del piso veinte era la misma donde mi abuelo presidió durante cuarenta años. Doce sillones de cue
POV de Mariana La editora me asignó el reportaje un jueves por la mañana, con un "es tema tuyo, Mariana" y una carpeta de cifras de turismo que no decía nada. Para hablar de creadores de contenido y reservas hoteleras necesitaba datos reales. Y los datos reales los tenía una sola persona en la ciudad a la que yo no quería volver a ver. Llamé a su asistente. Me dio cita para esa misma tarde. Es trabajo, me repetí en el ascensor. Datos, cifras, treinta minutos. Nada más. Había elegido el traje más sobrio que tenía: gris oscuro, cuello cerrado, sin nada que invitara a mirar. Me recogí el cabello con dos horquillas y entré a su oficina con la barbilla en alto. Alejandro se levantó de detrás del escritorio. Llevaba camisa blanca y chaleco, sin saco, con las mangas dobladas hasta los codos. Se le veían los antebrazos y yo me concentré en la ventana. —Señorita Valenzuela. Gracias por venir. —Gracias por recibirme. —Mi voz salió firme, y me sentí orgullosa—. Será breve. —Tome
POV de Alejandro Desperté con catorce llamadas perdidas y una certeza: la gala había salido en los periódicos.No tuve que buscar mucho. Mi asistente había dejado los ejemplares sobre el escritorio, ordenados, como quien deja la evidencia de un crimen. La portada de la sección de espectáculos mostraba la escalera de servicio, la luz amarilla, el vestido rojo y yo, con el saco en la mano y la cabeza inclinada hacia ella. El titular decía: "SANTORO Y LA BELTRÁN: ¿ROMANCE EN LA GALA?"Ni una palabra sobre la fundación. Ni una sobre los dos millones recaudados para los niños. Ni una sobre mi discurso.Lo curioso fue lo poco que me importó por mis negocios. Los hoteles no iban a vender una habitación menos por una foto, y los accionistas, después del reportaje de Mariana, ya tenían cifras con las que contrastar un chisme. Lo que me importaba era otra cosa.Lo que ella había visto.Porque yo no sabía si me había visto. Cuando terminé el discurso, la busqué entre las mesas y no estaba. Dami
POV de Mariana Cuando terminó la música, Alejandro me soltó despacio, como quien devuelve algo prestado. Me acompañó de regreso junto a Damián, inclinó la cabeza con una cortesía perfecta y se perdió entre los invitados. Yo seguía con la mano tibia. Absurdo. —Estás sonrojada —dijo Damián, con una sonrisa suave. —Es el calor del salón. —Claro. Iré por champán. No te muevas. Se alejó entre la gente y yo respiré por fin. Me quedé mirando mis dedos, preguntándome en qué momento había dicho Alejandro sin el señor, y por qué no lo había corregido. Todavía podía sentir el compás del vals en las rodillas, la forma en que me había sostenido, sin apretar, como si esperara que yo decidiera cuándo soltarme. Damián volvió enseguida con dos copas. Me entregó la mía y se colocó a mi lado, de modo que su cuerpo me protegiera del roce de los camareros. —Para la periodista que hoy no ha tomado una sola nota —bromeó. —Me descubrió. —Es mi trabajo fijarme. —Brindó con un leve toque de cristal—
Tres días después de la publicación, todavía me sorprendía a mí mismo releyéndola. La habían puesto en la portada de la sección de economía, con la fotografía de la sesión: yo junto al ventanal, los brazos cruzados, mirando la ciudad. "Santoro: el heredero que tuvo que demostrarlo." Mariana había dejado el párrafo final casi intacto, y yo lo sabía de memoria. Quien lo juzgue por sus portadas no ha leído sus balances. Quien lea sus balances descubrirá a alguien que, por primera vez, parece haber decidido quién quiere ser. El teléfono no había dejado de sonar. Accionistas que dudaban y ahora querían reunirse. Dos inversionistas del Caribe. Hasta Ferrán, que me llamó para decir, con la voz de quien se traga un clavo, que "el texto no estaba mal". —Tu reportaje ha movido más que tres trimestres de resultados —me dijo Mauro por teléfono esa mañana. —No es mío. Es de ella. —Entonces dale las gracias. Eso llevaba tres días intentando. Había escrito mensajes largos, demasiado cálidos,







