MasukEn la voz de ANN
El beso de Mauro era completamente diferente a todo lo que había conocido. Olía a champán, a madera de cedro y a una confianza abrumadora que me envolvía como un hechizo. En sus ojos no había rastro de la indiferencia con la que siempre me miraban los demás, ni de la manipulación condescendiente de Gonzalo; había fascinación pura, una chispa peligrosa que hacía latir mi corazón desbocado. Sentirme deseada por un hombre como él, estando envuelta en ese vestido verde que apenas reconocía como mío y rodeada de la inmensidad nocturna, me hacía sentir extrañamente valiente, poderosa e inquebrantable. El ambiente en la cúpula era casi irreal, cargado de una tensión electrificante donde cada sombra parecía guardar el secreto de nuestra cercanía. Por eso, cuando se disculpó y se separó unos centímetros, no lo pensé. Lo tomé firmemente por las solapas del saco y lo atraje hacia mí, besándolo con una desesperación profunda que nació en lo más alto de mi pecho, buscando ahogar la traición y el dolor en la calidez de su boca. Él respondió al instante, rodeando mi cintura con sus manos firmes y pegándome a su cuerpo. La intensidad del momento comenzó a escalar a una velocidad vertiginosa que me dejó sin aliento; el aire en el observatorio se volvió denso, pesado, lleno de una atracción inevitable. Sus caricias se volvieron más profundas, marcando el contorno de mi espalda, y su respiración agitada contra mi cuello me hizo estremecer hasta la última fibra de mi ser. De pronto, en medio de ese torbellino de sensaciones desconocidas, una ola de pánico me congeló el pecho. A pesar de haber estado comprometida dos años con Gonzalo, nunca había estado con un hombre. No conocía este terreno abrumador, y la presencia impetuosa de Mauro, la seguridad con la que se movía, me intimidaba tanto como me fascinaba. Le puse las manos en el pecho, sintiendo el ritmo apresurado de su corazón, y lo empujé suavemente hacia atrás. —Espera... detente, por favor —murmuré, con la voz quebrada y la mirada fija en el suelo, temblando en el silencio que nos rodeó. Él se detuvo en el acto. No hubo frustración en su rostro, ni la rabia o la insistencia que habría esperado de cualquier otro hombre; solo un silencio cargado de respeto y una mirada atenta, abismal y profundamente preocupada. —¿Qué pasa? ¿Hice algo que te molestara? —preguntó en un susurro grave, rozando mi mejilla con el dorso de sus dedos con un cuidado infinito. —No... no es eso —tragué saliva con dificultad, sintiendo que el rostro me ardía por la vergüenza y que las palabras se me atascaban en la garganta—. Es solo que... yo no sé cómo reaccionar a esto. Jamás he estado con nadie. El silencio reinó un segundo en el observatorio, pesado y vibrante. Agaché la cabeza, esperando que se burlara, que su ego de hombre poderoso se sintiera ofendido o que la magia de la noche se arruinara para siempre. Pero Mauro no se alejó. Al contrario, dio un paso más hacia mí, me tomó con una delicadeza reverencial del rostro y me obligó suavemente a mirarlo a los ojos. Había un brillo de asombro y de absoluta devoción en su mirada. —¿Me estás diciendo que nadie ha tenido el privilegio de estar contigo? —preguntó en un murmullo bajo, casi inaudible, como si tratara de procesar algo sagrado. —Gonzalo y yo... nosotros siempre dijimos que esperaríamos al matrimonio —admití en un hilo de voz, sintiéndome pequeña ante su presencia—. Por eso esto me supera. No sé qué hacer ni qué se supone que deba sentir. Mauro soltó un suspiro hondo, y una sonrisa infinitamente dulce se dibujó en la comisura de sus labios. Bajó lentamente las manos hasta tomar las mías, entrelazando sus dedos con los míos con una calidez confortante. —Ann, mírame —pidió con tono pausado y firme—. Si no quieres seguir, no hay ningún problema. Te lo juro por mi vida. No tienes que demostrarme nada ni apresurar nada para complacerme. Estar aquí contigo, viéndote brillar al hablar de las estrellas con esa pasión fascinante que tienes, ya ha hecho de esta la mejor noche de mi vida. Sus palabras cayeron sobre mi alma como un bálsamo reconfortante, disipando cada rastro de duda, vergüenza o temor. En sus ojos no había exigencia; solo una promesa sincera de cuidado y respeto. Fue precisamente esa caballerosidad, esa paciencia tan distante de la traición que acababa de sufrir, lo que encendió en mí una certeza arrolladora: quería estar con él. Tenía que ser él quien borrara mi pasado. —No quiero detener me, Mauro —confesé, levantando la vista y sosteniéndole la mirada con una determinación que ni yo misma sabía que poseía—. No quiero pensar en el ayer. Quiero estar aquí, contigo. Una chispa de fuego cruzó por los ojos oscuros de Mauro. Con una lentitud calculada para no asustarme, inclinó la cabeza y volvió a buscar mis labios, pero esta vez con un beso suave, pausado y lleno de una promesa de ternura. —Entonces deja que yo me encargue de todo —susurró contra mi boca—. No tienes que saber nada. Solo confía en mí y déjate llevar. Llevó sus manos a las mías y las guió hacia su cuello. Con dedos temblorosos pero cada vez más seguros, fui desabrochando los primeros botones de su camisa blanca, sintiendo el calor de su piel y la firmeza de su pecho bajo mi tacto. Él se mantuvo inmóvil, regalándome el control del tiempo, conteniendo la respiración mientras me permitía explorarlo a mi propio ritmo. Con una paciencia casi poética, Mauro fue retirando con delicadeza la chaqueta de su traje y me rodeó con sus brazos, protegiéndome del aire frío de la noche. Se inclinó para depositar besos suaves en mi frente, en mis párpados cerrados y a lo largo de mi mandíbula, enseñándole a mi cuerpo a relajarse y a responder a su contacto. Cada caricia suya era una lección de maestría; no había prisa ni torpeza, solo un deseo profundo de hacerme sentir segura y amada. Me tomó en brazos con una facilidad pasmosa, haciéndome sentir liviana como una pluma, y me acomodó junto a él en el amplio sofá de cuero del observatorio. Se recostó a mi lado, sosteniéndome contra su pecho mientras nos contemplábamos en la penumbra. —Eres la mujer más hermosa y fascinante que he cruzado en mi vida, Ann —murmuró, pasándome los dedos por el cabello desordenado—. Y esta noche me pertenece solo a ti y a las estrellas. En esa atmósfera íntima y poética, el universo pareció detenerse a nuestro alrededor. Mauro disipó cada uno de mis temores con la ternura inagotable de sus susurros, guiándome con paciencia a través de un abrazo íntimo y profundo que unió nuestras almas. Se movió con una delicadeza rítmica, asegurándose en cada instante de que yo me sintiera protegida, respetando mi fragilidad y transformando el pánico inicial en un sentimiento de entrega absoluta. Bajo la gran cúpula del observatorio, enmarcados por el brillo infinito del firmamento, descubrí por primera vez lo que significaba pertenecerle a alguien sin reservas. Fue una noche mágica, poética y perfecta; un paréntesis fuera del tiempo que me cambió la vida para siempre y que guardaré en el corazón como el verdadero comienzo de mi destino.POV MARIANA La llegada de un mensajero rompió el murmullo habitual de las diez de la mañana en la redacción. Varios compañeros levantaron la cabeza de sus pantallas al ver la cajita azul profundo que el muchacho traía entre las manos, rematada por un moño de seda dorada. —Vaya, Mariana... parece que alguien tiene pretendiente—comentó Carlos desde el escritorio de al lado, silbando con picardía mientras el chico depositaba la caja justo en el centro de mi mesa. Firmé la planilla de recepción intentando mantener la compostura, pero sentí cómo las miradas de media sección se clavaban en mi sitio. La más evidente, por supuesto, era la de Tatiana. Salió de su cubículo sosteniendo un vaso de café, haciendo sonar sus tacones sobre el piso de mármol a un ritmo lento y deliberado. Se detuvo a medio metro de mi escritorio, recorriendo la caja con sus ojos y una sonrisa cargada de un veneno sutil. —Bueno, bueno... —soltó Tatiana, inclinando la cabeza con una lástima estudiada—. Q
POV de Alejandro Tenía una reunión con el departamento de finanzas a las once. A las diez y media estaba parado frente a la puerta de una joyería del centro, con las manos en los bolsillos, como si fuera a asaltarla.Nunca había comprado un regalo romántico. Lo que había hecho durante años era pedirle a mi asistente que enviara flores, o dejar una tarjeta de crédito sobre una barra. Eso no contaba.Wanda me miraba desde el coche, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular. Le hice un gesto para que se fuera. No se movió.Entré.La tienda olía a cera y a madera. Una vendedora de unos cuarenta años, de gafas con cadena y pelo canoso recogido, levantó la vista desde el mostrador. La vi reconocerme. Alzó una ceja con elegancia, como quien ve entrar a un personaje de revista.—Buenos días, señor Santoro.—Buenos días. Necesito un regalo. —Me aclaré la garganta—. Para una persona.—Una persona. —Asintió con toda seriedad—. ¿Se trata de una persona en particular?
POV de Mariana Lo primero que sentí al escucharlo fue alivio. Lo segundo, una ternura tan inoportuna que tuve que apretar la mano que él aún sostenía para no deshacerme ahí mismo, en el pasillo. Hablaba como un loro, sí. Un loro muy guapo, despeinado, con la corbata floja y cara de haber ensayado el discurso en el coche y haberlo perdido a la mitad. Pero cada frase era verdad. Y yo llevaba una hora sentada en la oscuridad del sofá, convencida de que alguien me había dicho la verdad solo para lastimarme, y ahora la misma verdad llegaba por su boca, sin adornos. Lo llevé a la cocina. Necesitaba ocupar las manos, y las suyas también. —Siéntate —dije, señalando los taburetes de la isla. Se sentó. Lo vi mirar alrededor con respeto, como quien entra a un sitio ajeno y teme tocar algo. Yo llené la cafetera, medí el café con más cuidado del necesario, y el olor empezó a llenar el silencio. —Ya lo sabía —dije, de espaldas a él. —¿Qué? —Lo de la compra. Me lo dijeron esta noche, en la
POV de Alejandro Ferrán me alcanzó junto al guardarropa, cuando ya iba por mi abrigo. —Alejandro. —Tío. Se quedó un momento callado, con las manos a la espalda, mirando hacia la puerta por donde Mariana había salido del brazo de Damián. No me preguntó nada. No hacía falta. —La chica me cae bien —dijo al fin—. Hablé con ella un rato. Es de las que preguntan lo incómodo y no se ofenden con la respuesta. —Lo sé. —Entonces no cometas el error de tu padre. —Su voz bajó—. Él creía que callar era una forma de proteger. Casi siempre es una forma de esconderse. Sé sincero con ella. Antes de que alguien lo sea por ti. Lo miré. Había algo en cómo dijo alguien que me dejó inquieto. —¿Qué quieres decir? —Nada. Una intuición de viejo. —Me dio una palmada seca en el hombro—. Vete a casa. Le hice caso, al menos en la dirección. Wanda me llevó al apartamento sin una sola pregunta. Entré, tiré el saco sobre una silla, me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad por el ventanal. C
El Hotel Meridiano tenía el salón lleno de luz dorada y de gente que sonreía con los dientes y no con los ojos. Alejandro cumplió lo prometido: me presentó a una operadora de resorts, a un gerente de reservas y a una creadora de contenido con dos millones de seguidores, y después se apartó con una inclinación de cabeza, sin tocarme y sin mirar atrás. En cuarenta minutos tenía tres entrevistas agendadas y la libreta medio llena. Lo busqué de reojo y lo vi al otro lado del salón, hablando con alguien, de espaldas. Respetaba mi espacio con tanta disciplina que casi dolía. —Señorita Valenzuela. Me giré. Un hombre de unos sesenta años, canoso, de traje oscuro y gesto seco, sostenía una copa de agua con gas. —Ferrán Santoro. —Su apretón fue breve y firme—. Leí su reportaje sobre mi sobrino. Se me tensaron los hombros, pero él no sonreía con ironía. Me miraba como se mira un balance. —Escribió que Alejandro parece haber decidido quién quiere ser. ¿Lo creyó, o quedaba bien como cierre?
POV de Mariana El mensaje llegó un martes a las nueve y diez de la noche, cuando yo ya llevaba una hora fingiendo que leía en el sofá. "Señorita Valenzuela, el viernes la Asociación Hotelera celebra su aniversario con un cóctel en el Hotel Meridiano. Asistirán operadores, inversionistas y varios creadores de contenido del sector turístico. Pensé que podrían servirle de fuentes para su reportaje. Si le interesa, la incluyo en la lista de invitados. Sin compromiso." Lo leí dos veces. Después dejé el teléfono boca abajo sobre el cojín, como si pudiera morderme. Ni una palabra sobre la gala. Ni sobre la portada, ni sobre la escalera. Un mensaje impecable, de esos que se escriben cuidando cada coma. Y justamente por eso me costaba tanto contestar. Es útil, pensé. Es muy útil. Llevaba una semana intentando que un creador de contenido me respondiera una entrevista, y los operadores hoteleros no contestaban llamadas de la prensa. En un cóctel, todos ellos estarían en la misma sala, con







