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No Soy Tu Apuesta
No Soy Tu Apuesta
Penulis: Soda

Capítulo 1

Penulis: Soda
Las ruedas del avión apenas habían tocado tierra en el aeropuerto JFK cuando mi teléfono empezó a vibrar con más de una docena de notificaciones cifradas.

Tomé mi equipaje, recorrí la pasarela de desembarque y deslicé el dedo por la pantalla para desbloquearla. En la página principal apareció un enorme aviso en letras rojas y negritas:

[¡Felicidades, Don Valenti, por el pesado regalo que le hizo la familia Rossi!]

Debajo aparecía el comprobante de una partida clandestina de póquer con apuestas millonarias. La firma del perdedor: Julian Vance. La apuesta: Chloe Rossi.

Mi novio secreto de tres años —el mismo que juraba extrañarme cada día mientras yo estaba en Francia— me había apostado como si fuera una simple ficha de póquer en cuanto puse un pie en Nueva York. Me había dejado en manos de Lucian Valenti, el Don más poderoso de la mafia neoyorquina.

Antes de que pudiera siquiera asimilar lo ocurrido, el canal cifrado se volvió un caos.

El propio Julian publicó una foto mía.

Era mi antigua foto de perfil, de hacía cuatro años. Pesaba casi noventa kilos, y llevaba ropa deportiva gris muy holgada, tenía el rostro hinchado y una mirada insegura.

Julian Vance: [¡Les presento a la señorita Rossi, recién llegada de sus estudios en Francia! Don Valenti, si no le parece lo bastante pesada, le agrego dos cajas de vino fino].

Una oleada de comentarios burlones inundó el chat.

[¡Jajaja! ¡Te pasaste, Subjefe! ¿Es un regalo o una broma?]

[La mantequilla europea sí que la engordó. ¡Seguro ya pesa más de 100 kilos!]

[¿Podrá dormir bien el Don esta noche? ¿O lo va a aplastar esa cerda?]

En ese momento, recibí un mensaje privado de Julian. Se le notaba la resaca; su voz sonaba fingida y cruel.

—Chloe, escúchame. Olvida tu cuento de hadas europeo por un momento. Don Valenti estuvo en la mesa de cartas esta noche. Si no ponía algo grande sobre la mesa, la familia Rossi iba a perder el acuerdo de suministro de armas para el próximo trimestre. Como hija del antiguo Don, es un honor que te sacrifiques por la familia. Sé buena chica y preséntate en el club mañana por la noche. No me hagas quedar mal.

Apreté el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Tenía el estómago revuelto.

Tres años juntos y, para él, yo solo era un escalón para ascender dentro de la familia.

Entonces, alguien abrió una apuesta en el chat:

[Hora de apostar: ¿Se atreverá la señorita Rossi a dar la cara en el club mañana por la noche, después de un año entero de ausencia?]

Julian apostó en público sin dudar:

[Treinta mil dólares a que se queda en casa, escondida en su madriguera].

Luego, Camilla, la socialité más infame de la ciudad, envió una nota de voz al grupo. Su tono dulce destilaba malicia:

—Julian, ¿cómo pudiste hacerle eso a la pequeña princesa? Sí, es un poco gordita y débil, pero sigue siendo hija del antiguo Don. Chloe, cariño, si tienes miedo, basta con que le supliques a Julian. Yo le pediré al Don que no sea tan duro contigo.

Me planté frente al enorme espejo de la sala privada. Me puse los lentes de sol y me quité la pesada gabardina.

El espejo reflejaba a una mujer con un vestido lencero negro y ajustado, las clavículas marcadas, los hombros definidos y una cintura esbelta. Una figura espectacular.

Durante el último año en Francia había entrenado cuatro horas diarias y bajado de 90 a 50 kilos, hasta lucir unas proporciones deslumbrantes. Me gradué como diseñadora de joyas en la École Boulle de París. Dejé atrás todos mis miedos e inseguridades.

Creí que había regresado a Nueva York por amor.

Resultó que había vuelto para destrozarle el orgullo a un desgraciado.

Miré la apuesta de treinta mil dólares de Julian sin decir una palabra. Por dentro, el corazón se me heló.

Sin titubear, accedí al canal de apuestas, vinculé mi tarjeta y aposté cincuenta mil dólares a una sola opción:

[Llega a tiempo.]

El chat se quedó en silencio. Un segundo después, todos enloquecieron.

[¡Increíble! ¿Quién acaba de apostar cincuenta mil dólares a que llega?]

Me sequé una lágrima traicionera. Mis dedos volaron sobre el teclado.

En medio de las carcajadas y las burlas, envié mi primer mensaje desde mi regreso: «Estaré ahí a tiempo. Nos vemos pronto».
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    —¡Chloe! ¡Espérame!El chirrido de unos neumáticos rompió el silencio de la noche. Julian salió corriendo del club, empapado en sudor y aferrado a las llaves de su auto deportivo. Llevaba la ropa desaliñada y una expresión de súplica y desesperación.—¡Chloe! ¡Por favor, dame una oportunidad! ¡Déjame llevarte a casa! Podemos hablar y arreglarlo…Antes de que pudiera responder, Lucian dio un paso al frente. Su figura alta y robusta bloqueó la puerta del auto, impidiéndole el paso. Observó a Julian desde lo alto, con una mirada helada y penetrante. —No hace falta. A partir de esta noche, ella es la verdadera jefa de la familia Rossi. En cuanto a ti…Lucian hizo una pausa y, con una sonrisa fría y burlona, lanzó el golpe final: —No mereces estar a su lado. Eres simplemente despreciable. —¡Chloe! ¡Por favor, contesta! ¡Me equivoqué, te lo juro!El timbre insistente de mi teléfono no dejó de sonar durante toda la mañana.Desde la medianoche, el rumor se había extendido por todo el bajo

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