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Capituló 4

Author: Karla Nesta
last update publish date: 2025-11-03 11:23:36

El aire de la noche era denso, cargado con el aroma metálico de la lluvia reciente y el rancio hedor a tabaco que emanaba de las grietas del club "El Elíseo". Para Yestin, ese lugar se había convertido en una jaula cuyas barras se estrechaban cada vez más. El tiempo, ese verdugo silencioso, le había arrebatado la protección de la niñez para entregarle un cuerpo que sentía como una traición.

Yestin ya no era la niña escuálida que se escondía en las cocinas. Sus curvas se habían pronunciado con una urgencia casi cruel; sus pechos, firmes y desafiantes, parecían gritar bajo las telas que intentaba usar para ocultarlos, y sus caderas habían adquirido esa cadencia natural que hacía que los hombres en el salón principal contuvieran el aliento al verla pasar. Era una obra de arte inacabada que Clay, el dueño del club, se encargaba de pulir con la mirada de un mercader codicioso.

—Un mes, Yestin —le susurraba Clay a menudo, su aliento oliendo a menta y ambición—. Un mes y el mundo se arrodillará a tus pies. Serás la joya más cara que jamás haya cruzado este umbral.

El contrato estaba listo, descansando sobre el escritorio de caoba de Clay como una sentencia de muerte. Los rumores corrían como pólvora: la subasta de la "Rosa Virgen" era el evento de la década. Joseph, el único amigo y protector que Yestin conocía en ese antro de perdición, se lo había advertido con amargura: "No conoces el exterior, pequeña. Aquí eres una reina cautiva; afuera, serías una presa sin refugio". Por eso se quedaba. Por miedo. Por ignorancia. Por la parálisis que provoca saberse el objeto de deseo de cientos de desconocidos.

Esa noche, el acoso de las miradas era insoportable. Los caballeros, que antes apenas la notaban, ahora lanzaban insinuaciones que le hacían arder las mejillas de rabia y asco. Cada comentario sobre su cuerpo era una mancha. Recordó, con un escalofrío, aquel incidente años atrás con el borracho que intentó arrastrarla a un reservado. Recordó el pánico y la indiferencia de su propia madre. Solo el recuerdo de aquel hombre sombrío que la defendió —una sombra entre las sombras— le daba una pizca de fe en la humanidad.

Huyendo de todo, Yestin se refugió en su santuario: el callejón trasero. Allí, tras los contenedores de basura, con su ropa holgada y una libreta de dibujo, el mundo desaparecía. Dibujar era su único grito.

Estaba trazando las líneas de un rostro imaginario cuando un estruendo metálico y un chirrido proveniente de la escalera de incendios la sobresaltaron. Antes de que pudiera reaccionar, un bulto pesado cayó desde las alturas, aterrizando con un golpe seco justo frente a sus pies.

—¡Ah! —El grito se le escapó de la garganta.

Frente a ella yacía un hombre. Estaba de espaldas, inmóvil. El pánico la invadió. ¿Estaba muerto? ¿Había sido testigo de un asesinato o de un suicidio? Con manos temblorosas, se acercó.

—Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó con voz quebradiza.

Silencio. Se arrodilló a su lado, ignorando la suciedad del pavimento. Pegó su rostro al de él, buscando el rastro de la vida. Un suspiro de alivio escapó de sus labios al sentir el calor de una respiración errática y cargada de alcohol. Sin pensarlo mucho, comenzó a darle pequeñas palmadas en las mejillas.

—¡Despierte! ¡Eh, despierte!

De repente, unos ojos de un azul grisáceo, tormentosos y profundos, se abrieron de golpe. La intensidad de la mirada la dejó sin aliento. Había algo familiar en ese color, una chispa de reconocimiento que bailaba en el fondo de su memoria, pero el miedo no la dejaba pensar.

—¿He muerto? —murmuró el hombre con voz ronca—. Porque juraría que estoy frente a un ángel.

Yestin, a pesar de la tensión, no pudo evitar una mueca de desdén. Los hombres y sus frases hechas.

—Me temo, señor, que no está muerto y que no hay ningún ángel aquí —replicó ella, recuperando su tono mordaz—. Aunque por sus circunstancias, dudo mucho que vaya al cielo. En todo caso, estaría en el infierno.

El hombre, a pesar del dolor evidente, dejó escapar una risa seca.

—Si así es, entonces estoy viendo al demonio más bello —declaró Castiel, clavando sus ojos en el delicado rostro de la joven.

—Ya, señor, no diga tonterías. Estamos en el callejón de un club y usted acaba de caerse de una altura considerable —aclaró ella, tratando de mantener la distancia emocional.

Castiel intentó incorporarse, pero un gemido de agonía escapó de sus labios y volvió a caer.

—¡Ay! Maldita sea...

—¡Madre mía! ¿Seguro que está bien? —preguntó Yestin, su instinto de ayuda superando su desconfianza—. ¿Dónde le duele?

—Todo el cuerpo... pero... me duele más el tobillo derecho —balbuceó él, con la lengua pesada por la embriaguez.

Sin dudarlo, Yestin se desplazó hacia sus pies. Con movimientos decididos, levantó la bota de cuero fino y bajó la calceta de seda. El tobillo estaba aterradoramente inflamado, una masa roja y purpúrea que palpitaba bajo la luz mortecina del callejón. Cuando sus dedos fríos tocaron la piel ardiente de Castiel, él dio un respingo. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el dolor recorrió su columna.

—Señorita... ¿está segura de lo que hace? —preguntó Castiel, observando cómo ella manipulaba su articulación con una extraña pericia.

—Sí. Tengo un semestre estudiando medicina —respondió ella sin mirarlo, concentrada en descartar una fractura ósea.

—¡No, pues es mucho tiempo! —se burló él, a pesar de que el dolor lo hacía sudar frío.

—¡No proteste y deje que lo revise! —le espetó ella con una autoridad que lo dejó mudo.

Castiel se limitó a observarla. La luz de la luna filtrándose entre los edificios iluminaba el rostro de Yestin. Notó el pequeño puchero que hacía al concentrarse, la delicadeza de sus facciones y el contraste de su ropa vieja con la belleza aristocrática de su piel.

—Mmm... —murmuró ella, frunciendo el ceño.

—¿Ocurre algo, doctora? —indagó Castiel con ironía.

—Sí. Necesito quitarle el zapato para ver bien la gravedad de la herida —declaró ella, girándose para mirarlo a los ojos.

Castiel le dedicó una sonrisa ladina, una de esas que solían desarmar a las mujeres en las altas esferas.

—Tú quítame lo que quieras, linda.

Yestin se congeló. La amabilidad se evaporó de su rostro instantáneamente.

—No se emocione o lo dejaré aquí tirado —lo reprendió con una frialdad que cortaba.

Castiel rodó los ojos, irritado. No estaba acostumbrado a que una mujer de un callejón le hablara con tanto desprecio. Para Yestin, esa actitud fue la confirmación final: era otro pervertido más, otro niño rico que creía que el mundo era su patio de recreo. Decidió que, si bien lo ayudaría, no lo haría sin darle una pequeña lección.

Sujetó el pie con firmeza y, con un movimiento calculado, presionó el punto exacto de la inflamación.

—¿Y cuál es el diagnóstico? —preguntó él, justo antes de que el mundo se le pusiera de cabeza—. ¡¡AY!! ¡Maldita sea, eso duele! —gritó, casi perdiendo el conocimiento.

—Disculpe, señor, pero necesito tocar para ver si hay fragmentos óseos —mintió Yestin con una sonrisa interna. Luego, se puso de pie, limpiándose el polvo de los pantalones—. No se preocupe, vivirá. Solo es una torcedura fuerte.

Al levantarse, Yestin se dio cuenta de la magnitud del hombre. Incluso sentado, ocupaba mucho espacio. Estimó que debía medir casi un metro noventa. Ella, con su metro sesenta, se sentía como una hormiga ante un gigante.

—¡Ey! —Castiel extendió una mano—. No me vas a dejar aquí... ayúdame a ir a mi auto.

Yestin se cruzó de brazos.

—¿Por qué debería ayudarlo? Ni siquiera sé quién es.

—Por el simple hecho de que estoy herido y apenas puedo ver derecho —declaró él, tratando de enfocar su mirada azul grisácea.

Yestin suspiró. "La buena obra del día", se dijo a sí misma. Con un esfuerzo considerable, pasó el brazo del hombre sobre sus hombros. Al levantarse, el peso de Castiel casi la aplasta. Era puro músculo y altura.

—¿Dónde dejó su automóvil? —preguntó ella, jadeando por el esfuerzo.

—En la parte de enfrente... en la entrada principal —balbuceó él.

—Carajo —maldijo ella entre dientes. Llevarlo a la entrada significaba exponerse a la mirada de los porteros y de Clay.

—¿Qué dijo? —preguntó Castiel, sorprendido. No esperaba esa palabra de labios tan delicados.

—Nada. Camine —ordenó ella.

Avanzaron lentamente por el callejón. Castiel, aprovechando la cercanía, se apoyó de más. Su aliento, cargado de bourbon de alta calidad, golpeaba el cuello de Yestin, provocándole una irritación creciente.

—¿Cuánto ha tomado? ¿Veinte botellas? —protestó ella mientras forcejeaba para mantenerlo en pie.

—No lo sé... hip... perdí la cuenta después de ocho tragos —contestó él con una honestidad brutal.

—Creo que tomar es la peor forma de lidiar con los problemas —lo regañó ella, como si fuera una madre o una hermana mayor—. Es cobarde.

Castiel se tensó bajo el brazo de ella.

—Yo no tengo problemas.

—No le creo —sentenció Yestin mientras doblaban la esquina—. Un hombre no termina cayendo de una escalera de incendios a medianoche solo por diversión. Deduzco que si no fue por una mujer, es por un problema familiar. O por ambas.

Castiel se quedó mudo. Las palabras de la chica le dieron de lleno en el pecho, atravesando la neblina del alcohol. La miró de reojo. ¿Quién era esta joven que podía leer las sombras de su alma sin siquiera conocer su nombre? En esa ciudad, todos sabían quién era Castiel: el heredero, el hombre de hierro, el soltero más codiciado. Pero ella... ella lo miraba como si fuera un estorbo pesado y maloliente.

"¿Estará fingiendo?", pensó Castiel con una chispa de sospecha. "Nadie en este radio de diez kilómetros ignora mi rostro".

Decidió ponerla a prueba. Si ella era una cazafortunas más, pronto caería la máscara. Pero si no... si realmente era el "ángel del callejón", entonces su noche acababa de volverse mucho más interesante que cualquier subasta de vírgenes.

—Dime, pequeña enfermera —susurró Castiel, su voz volviéndose peligrosamente suave cerca de su oído—. Si soy tan desastroso, ¿por qué no me dejas aquí y te vas?

Yestin se detuvo un segundo, ajustando el peso de ese cuerpo imponente. Lo miró directamente a los ojos, y por un instante, el tiempo se detuvo entre el rugido de la ciudad y el silencio del club.

—Porque a diferencia de usted, señor desconocido, yo sí sé lo que es estar en el suelo y que nadie te tienda la mano.

Castiel sintió que el corazón le daba un vuelco. No era el alcohol. Era ella.

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