LOGINEl martes por la noche, el aire en la mansión Pierce era pesado, cargado con la inminente tormenta financiera del viernes.Roman estaba de pie en el salón principal, sirviéndose un vaso de whisky de la licorera de cristal. Llevaba el pantalón del traje y una camisa blanca impecable, pero aún conservaba el chaleco oscuro que se ajustaba a su torso.Scarlett lo observó desde el umbral. Su estómago se contrajo violentamente, un nudo de puro asco y terror amenazando con paralizarla. Respiró hondo, cerró los ojos por un microsegundo y evocó a Crimson. Necesitaba la frialdad de la máscara, aunque ahora llevara un vestido de punto suave y un cárdigan gris que la hacía lucir hogareña y frágil.Caminó hacia él en silencio. Sus pasos descalzos sobre la alfombra persa no hicieron ruido.—Roman... —murmuró, su voz suave, casi un susurro vacilante.Roman se giró, con el vaso en la mano y el ceño fruncido.—¿Qué quieres, Scarlett? Estoy revisando los últimos detalles de la transferencia con Zúrich.
La puerta del despacho de la directora financiera en Pierce Industries se abrió sin previo aviso. Victoria Sterling apenas tuvo tiempo de levantar la vista de sus monitores antes de que Roman cerrara de un portazo, girando el pestillo con violencia.Roman caminó hacia el inmenso escritorio de cristal. No lucía como el hombre paranoico al que Victoria había llamado la noche anterior; lucía arrogante, implacable y profundamente irritado.—No vuelvas a hacerlo —le advirtió Roman, su voz baja y cargada de una autoridad absoluta, apoyando ambas manos sobre la mesa y mirándola desde arriba—. No vuelvas a llamarme a mi casa a las tres de la mañana para darme órdenes como si fueras una carcelera.Victoria se quedó paralizada por un microsegundo. Su mente, analítica y veloz, procesó la información. Roman no estaba furioso con Scarlett; estaba furioso con ella.—Roman, yo solo intentaba advertirte... —comenzó Victoria, manteniendo un tono medido.—¿Advertirme de qué? —la cortó él, soltando una
La luz amarilla de la lámpara proyectaba sombras afiladas sobre el rostro de Roman Pierce. Estaba de pie frente a ella, respirando pesadamente, con los ojos entrecerrados como un depredador a punto de saltar sobre su presa.El pánico estalló en el pecho de Scarlett, un golpe sordo y helado que amenazó con paralizarle los pulmones. Sándalo y tabaco. El olor de Kassian Bordeaux estaba impregnado en su piel, en su ropa y en su cabello. Roman tenía el olfato de un sabueso. Estaba a un segundo de descubrirlo todo.El silencio se estiró durante tres agonizantes segundos. Si dudaba, si tartamudeaba, estaba muerta.Scarlett forzó a su cerebro a trabajar a la velocidad de la luz. «Piensa. ¿Quién más fuma puros? ¿Quién más huele a madera cara y dinero sucio?»La respuesta la golpeó con la claridad de un relámpago. Marcus Vance. Roman se había reunido con el banquero de fondos buitre en el hotel hacía unos días, y Vance fumaba gruesos puros.Scarlett no retrocedió. En lugar de encogerse bajo la
El ascensor privado se abrió en el penthouse de Kassian. Scarlett salió al pasillo de madera oscura con el corazón latiéndole a un ritmo frenético. La adrenalina de la guerra fría en la mansión y los mensajes cruzados de esa tarde habían convergido en una sola necesidad: escapar de la jaula y reclamar lo que era suyo.Kassian la esperaba en el centro de la inmensa sala de estar. Se había quitado la chaqueta y la corbata; la camisa negra se pegaba a su pecho, los primeros botones desabrochados. La tormenta en sus ojos grises era evidente. Dio un paso hacia ella, con la clara intención de devorarla, de tomar el control absoluto desde el primer segundo.Pero Scarlett no iba a ceder tan fácil. Había pasado años siendo sometida.Antes de que él pudiera ponerle las manos encima, Scarlett levantó la suya y presionó la palma plana contra el pecho firme del magnate, deteniéndolo en seco.—No —susurró ella, mirándolo a los ojos con una chispa desafiante y oscura—. Hoy no dictas las reglas, Bord
El servidor privado encriptado de Victoria Sterling parpadeó con una alerta roja letal a las 4:12 p.m.La directora financiera estaba en su oficina de Pierce Industries, rodeada de carpetas. Los auditores externos, contratados por el mismísimo Roman esa mañana, estaban a solo tres puertas de distancia, revisando los registros de la junta directiva y acercándose implacablemente a su red.Victoria abrió la notificación. El color abandonó su rostro en un segundo.Una transferencia entrante. Quinientos mil dólares acababan de ser depositados en su cuenta offshore secreta en las Islas Caimán, provenientes de un fondo de inversión que, tras dos clics rápidos, Victoria identificó como una de las empresas fantasma de Kassian Bordeaux. El concepto de la transferencia decía: «Comisión por Consultoría Externa».El pánico, frío y paralizante, le oprimió la garganta. Si los auditores veían ese depósito, no solo perdería su trabajo; Roman la entregaría al FBI por espionaje corporativo y fraude ante
El cielo apenas comenzaba a clarear cuando el sedán negro de Kassian dejó a Scarlett a un par de calles de la mansión Pierce.El frío del amanecer le caló los huesos, pero el calor del recuerdo de la noche en el penthouse aún le acariciaba la piel. Tenía once millones de dólares. Era libre en las sombras, pero mientras introducía la llave en la puerta de servicio de las cocinas, supo que el verdadero juego apenas comenzaba.Subió a su habitación en silencio. Se quitó el vestido negro de seda, borró cualquier rastro de maquillaje y se enfundó en un pijama conservador y una bata gruesa. Frente al espejo, volvió a invocar a la esposa rota. Hundió los hombros, opacó su mirada y ensayó una expresión de cansancio dócil.A las ocho de la mañana, bajó al comedor principal.El ambiente era tóxico. Roman estaba sentado a la cabecera, con el nudo de la corbata deshecho y el teléfono pegado a la oreja. Tenía los ojos inyectados en sangre. No había dormido. La pérdida del Proyecto Nexus por la hum







