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Capítulo 2

Autor: Eternity
El agua me golpeó como si fuera hielo sólido, quemándome hasta los huesos, pero no me resistí; me dejé llevar por la corriente mientras pensaba en mi verdadero hogar. Estaba segura de que, en cuanto volviera, mamá hornearía su pastel de chocolate para mí. Sin embargo, celebré demasiado rápido. De pronto, sentí un agarre violento en la muñeca que me arrastró de nuevo hacia la superficie.

Tosí con desesperación el agua que había tragado, mientras una voz rugía directo en mi oído:

—¿Te has vuelto completamente loca, Viola?

Parpadeé para quitarme el agua de los ojos. Draven estaba en la orilla a mi lado, pálido y tosiendo con fuerza, pero sin apartar ni un segundo su mirada de mí. Se veía jodidamente furioso.

—Rosa ya ha sufrido bastante por tu culpa —gruñó—. ¿Crees que muriéndote vas a eludir la responsabilidad de todo lo que hiciste?

Lo miré en silencio, exhausta.

—Llevas cuatro años haciéndome la vida imposible. Pensé que me querías muerta.

Al escuchar mis palabras, él se quedó paralizado. Pero el shock solo le duró un segundo; de inmediato, sus ojos se inyectaron en sangre y apretó la mandíbula con fuerza.

—Rosa regresó —dijo con la voz ronca y quebrada—. Al menos le debes una disculpa.

Ver la furia real en sus ojos hizo que un dolor sordo se retorciera en mi pecho. Recordé al Draven de hace cuatro años, destrozado tras el golpe a la familia Valentino; completamente solo en la oscuridad, con los ojos ardiendo con esa misma mezcla de rabia y sufrimiento. Recordé el momento en que me arrodillé a su lado y le dije: "Vamos. Tienes que dormir".

¿Pero qué derecho tenía él a sentirse herido ahora? ¿Acaso era el único que podía sufrir? Me había sometido a cuatro años de tormentos constantes a manos de su criada, y ni por un solo momento había mostrado el más mínimo arrepentimiento.

Estaba claro que no iba a dejarme morir allí. Me di la vuelta y caminé hacia la autopista, y él me siguió. Paso a paso, insistente.

—No te quitaré la vista de encima hasta que estés fuera de los terrenos de los Costa —sentenció, con frialdad—. Te llevaré ante Vincent y, después de eso, me importa un carajo lo que hagas con tu vida o si decides ir a morirte a cualquier otro sitio.

Me detuve. Vincent Rossi, mi hermano de sangre, el subjefe de la familia Rossi. El mismo hombre que ahora me repudiaba. No había puesto un pie en esa casa desde que me echó, pero tal vez regresar era la forma más rápida de conseguir lo que quería.

La finca de los Rossi siempre era un caos de actividad. Las criadas se apresuraban a limpiar la suite de Rosa y el jardín rebosaba de flores de datura, sus favoritas. Solo a mi hermano se le ocurriría plantar veneno en su propio jardín trasero.

Vincent estaba parado en la entrada con una sonrisa brillante que no había visto en años, sosteniendo una caja de regalo, pero la expresión se le desvaneció en cuanto me vio.

—Vaya, tienes bastante descaro para aparecer por aquí, ¿no? —dijo, inexpresivo.

Me quedé quieta. Ese era el hombre con el que había crecido. Nuestros padres murieron antes de que llegáramos a la adolescencia y solo nos habíamos tenido el uno al otro.

Pasé años arriesgando mi vida y congraciándome con otras familias mafiosas, todo para conseguirle a Vincent un asiento en la mesa de los Costa. Recordé aquella noche en que me lancé por un precipicio para escapar de la policía; él irrumpió en el hospital a medio vestir, llorando mientras me abrazaba con fuerza y me decía: "No me importa el poder, si te pierdo a ti lo pierdo todo".

Pero entonces apareció Rosa.

La chica de los ojos tristes y la historia conveniente. De la noche a la mañana, yo ya no importaba. Rosa dejó el negocio familiar de las drogas con la excusa de preparar medicamentos sofisticados para su supuesta enfermedad, y Vincent terminó regañándome a mí solo por llamarle la atención cuando la descubrí holgazaneando.

Cuando ella desapareció, él mismo borró mi nombre de los registros familiares y me desterró con una sentencia firme: "No vas a volver hasta que ella aparezca".

Y ahora estaba ahí, mirándome fijamente. Draven dio un paso al frente y habló con la voz tensa:

—Rosa ha vuelto. Marco dejó a todas las demás mujeres por ella y esta loca se salió de control. Intentó suicidarse dos veces esta misma noche; ¿puedes creértelo? Lo hizo justo delante de mí.

Vincent resopló y sacudió la cabeza, divertido.

—Por Dios, Draven, eres el consejero de las cinco familias y de verdad te creíste ese cuento. —Luego, me dedicó una sonrisa cargada de sorna—: Conozco a Viola. Ella jamás haría algo así.

Al escucharlo, los hombros de Draven se relajaron y dejó escapar una risa amarga, como si se burlara de su propio pánico.

Vincent enarcó una ceja, mirándome con ojos llenos de frío desprecio.

—Voy a llevarle esto a Rosa. No tengo tiempo para tus juegos... —Dejó la frase en el aire, paralizado.

Sin apartar la mirada de ellos, arranqué un pétalo de datura del arbusto que tenía al lado y me lo llevé directo a la boca.

El rostro de Vincent se puso blanco como el papel.

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Último capítulo

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