LOGINMiércoles, 31 de diciembre del 2015 - 20:30 hs.
—Maldita sea... Sí que eres rápido.
Tras cinco eternos minutos subiendo la pendiente, llegamos a una callejuela flanqueada por tres viviendas a cada lado. Nuestro destino, el escenario de la inminente masacre emocional, era la casa del medio en la acera derecha. La típica construcción de pueblo: dos plantas, un jardín modesto y tejas anaranjadas idénticas a las de sus vecinas.
Bajo el arco de la entrada nos aguardaba Lucho, cargado con cinco bolsas y una expresión que prometía asesinato.
—Bien podrías haberme avisado de que no había nadie en casa, ¿no, preciosa? —escupió, apretando la mandíbula en una sonrisa que carecía de gracia.
—Tampoco preguntaste, "guapo" —replicó ella con cinismo, rebuscando las llaves en su bolso—. De todas formas, calculé que llegaría antes que tú.
—Pues te fallaron los cálculos, es la primera vez que te gano —le guiñó un ojo, logrando que Zamira se ruborizara de golpe.
—¡En tus malditos sueños! ¡Damián, ignóralo, este respira mentiras!
—Yo no me meto... Por mí no se preocupen.
—¡Te juro que es mentira! ¡Yo con este animal nunca...! ¡Agh! ¡Al diablo los dos!
Zamira abrió la puerta y entramos con cautela para no dejar un rastro de barro. En el recibidor nos esperaba el típico espacio para descalzarse. Dejé mis zapatos en una esquina con cuidado, mientras que Lucho lo hizo de mala gana tras recibir un buen golpe de mi cuñada por intentar saltarse el protocolo. Ya en el interior, Zamira nos guio hacia la cocina para descargar. Un aroma intenso a carne asada me golpeó de lleno. El festín quedó confirmado al asomarnos al salón y ver la mesa elegantemente dispuesta con los entrantes.
—Menudo recibimiento, Zami —comenté, realmente impresionado.
—¡Ja! Y eso que todavía no has visto el plato principal.
—Tengo el presentimiento de que saldremos rodando de aquí...
—No lo dudo. Aura cocina como los dioses... Y, claro, tuvo a la mejor asistente posible.
—Echándote flores, para variar —solté una pequeña risa.
—En realidad, no hablaba de mí —me guiñó un ojo con complicidad—. Por cierto, más les vale haber traído ropa de cambio. Si creen que se van a sentar en mi mesa vestidos así, están locos.
—¿Por quién nos tomas, dulzura? —se burló Cristian—. Obvio que trajimos ropa.
—Sí... Solo porque nos obligó Román y... —intenté añadir, pero un codazo directo a las costillas me cortó la respiración.
—Andando, Damián. Esas corbatas no se harán solas...
—¡¿Qué corbatas?! ¡Deja de golpearme, animal!
A empujones, Cristian me metió en la habitación que nos habían asignado. Arrojó las mochilas sobre una cama impecable y, un segundo después, arruinó las sábanas al dejarse caer con todo su peso. Dado que el cuarto carecía de cualquier decoración interesante, lo imité y me desplomé a su lado.
—Habla —exigió de inmediato—. ¿Qué tal el encuentro con Zamira?
—Bastante mejor de lo que anticipaba.
—¿Ah, sí? ¿No intentó lavarte el cerebro?
—Para nada... En cuanto rozó el tema, le dejé claro que prefería no hablar y lo respetó.
—Mejor así...
—El caso es que ya estamos aquí, Lucho —murmuré, cerrando los ojos para bloquear cualquier otro pensamiento.
—Y el idiota de Román perdiendo el tiempo con la otra... De lo que se va a perder —soltó Cristian, acompañado de un bostezo cavernoso.
—Wait, ¿la otra? Tenía entendido que pasaba la Nochevieja con sus padres.
—¿No te enteraste? —soltó una risa ronca—. No quería que te alteraras... Pero es una estupidez. Clara lo invitó a cenar con sus amigas, eso es todo.
—¿Sus amigas? ¿Qué amigas? —la pregunta se me escapó sola. Lucho torció los labios en una sonrisa perversa.
—Vaya... Resulta que Clarita no te importa, pero la que de verdad te interesa es...
—¡Cállate! —me incorporé de golpe, verificando que la puerta estuviera cerrada—. ¡¿Acaso quieres que me maten?!
—¿Matarte? ¿Quién, paranoico?
—¡Zamira, imbécil! ¿Crees que este es el mejor escenario para hablar de otras mujeres?
—Nadie nos escucha, psicópata.
—¡Me da exactamente igual! ¡Cierra la boca!
—Vamos, confiesa —insistió, bajando el volumen de su voz—. Pensaste en la diseñadora gráfica estirada cuando mencioné a las amigas de Clara, ¿verdad?
—Claro que no, idiota. Fue pura curiosidad.
—Sí, claro, curiosidad. Hay que tener agallas para ignorar a una mujer como Clara... Y encima, con tu actitud, lograste que Román se ilusione. El pobre no tiene ni media oportunidad... Da un poco de lástima.
—No sabía que la cosa iba tan en serio... Sabía que salían, pero no a ese nivel.
—No hay nada serio. Ella simplemente lo tolera y lo usa de acompañante. Su límite es ser el amigo inofensivo, nada más.
—Quién sabe... La insistencia a veces rinde frutos. Le deseo suerte.
—Eres un idiota. ¿De verdad no quieres nada con ella? Levantas el teléfono y en un minuto la tienes a tus pies, animal.
—Te juro que lo último que necesito ahora mismo es pensar en mujeres —solté una risa seca—. Mi única prioridad es cerrar este capítulo de una maldita vez.
—A lo mejor hoy no lo necesitas, pero en un par de días, cuando todo este drama pase... Ahí te la dejo botando.
—Hablo en serio, Lucho... Necesito acabar con esto. Y lo positivo es que hoy sí me siento cien por ciento preparado.
—¿A qué se debe el milagro?
—No sé... Quizá sea el hecho de estar físicamente aquí. Estoy nervioso, lógicamente, pero el miedo al reencuentro desapareció.
—De acuerdo... —Lucho titubeó un segundo antes de soltar la bomba—. Casi no hemos tocado este punto, pero eres consciente de que la vas a ver... distinta, ¿no? Han pasado meses y... va a estar más llenita.
—Llenita... —bramé una carcajada amarga.
—¿Te ríes? Bueno, a lo mejor sí que estás blindado.
—Te lo aseguro, Cristian. Puedes relajarte.
—¿Has hablado con Laura?
—¡Muévete, hay que cambiarse! ¡Se nos acaba el tiempo!
—Hoy estás insufrible... Hecho un desastre.
—Vete al demonio —zanjé, justo antes de que un estornudo me sacudiera el cuerpo entero.
Nos pusimos la poca ropa limpia que habíamos traído (nuestro plan inicial era cenar con lo que llevábamos puesto) y salimos al pasillo para ayudar con los preparativos. Irónicamente, tras toda la falsa seguridad que le acabo de vender a Cristian, un temblor incontrolable se apoderó de mis piernas nada más cruzar el umbral de la habitación. Estaba a escasos minutos de verla y mi presunta armadura de acero se estaba desintegrando. Seguía sintiéndome listo, sí. Pero el nerviosismo me devoraba. Las rodillas me fallaban, por mucho que supiera que la ansiedad se disiparía tras el primer impacto visual.
—Por todos los cielos...
Estuve a punto de soltar una grosería idéntica a la de Cristian, pero el instinto me obligó a cerrar la boca. Mi cuñada bajaba los escalones convertida en una visión. Llevaba un vestido negro de terciopelo, ceñido hasta la asfixia, de un solo tirante y con una falda que apenas le cubría la mitad de los muslos. Para rematar el conjunto, unas botas negras de tacón afilado que le abrazaban las rodillas.
Ignorando olímpicamente nuestras mandíbulas desencajadas, Zamira se detuvo frente a nosotros. Estaba furiosa.
—¿Y esta miseria qué es? —escupió, mirándonos con repulsión—. Esperaba, como mínimo, un par de chaquetas de vestir. Parecen listos para ir a una oficina de mala muerte. ¿De este simio lo esperaba, pero de ti, Damián? Nosotras estamos de gala y ustedes... En fin.
No nos dio margen de réplica. Nos pasó por el lado como si fuéramos polvo en la alfombra y desapareció en la cocina, con un contoneo de caderas que nos dejó aún más idiotizados.
—Conque no tenías cabeza para más mujeres, ¿eh, hipócrita? —susurró Cristian, inmune al insulto que acababa de recibir.
—¿De qué hablas?
—Si lo hago yo es normal, ¿pero tú?
—Lucho, ¿qué estupidez estás diciendo?
—¡Que te le has quedado mirando como si te la quisieras devorar! —siseó, apretando los dientes con furia real.
—¡¿Y qué esperabas?! ¡No estoy ciego, maldita sea!
—¡Cuando se trate de ella, te exijo que mires al suelo como un monje! ¡Tú ya tienes opciones de sobra, yo la vi primero!
—¡Estás desquiciado! ¡Perdiste la cabeza!
—¡No! ¡El que perdió el puto rumbo eres tú!
—¡Cierra la boca, ahí viene!
—¡Lejos de mi hembra!
—¡Que te calles!
Intentamos disimular la absurda y repentina pelea territorial, pero fue innecesario. Zamira regresó envuelta en un torbellino de ansiedad que nos descolocó por completo.
—Ya vienen —anunció, dejando caer una bandeja con solomillo a la mostaza en el centro del comedor.
Empezó a caminar en círculos, frotándose los brazos, devorada por la inquietud. Se detuvo bruscamente, se sirvió una copa de vino, bebió tres tragos largos y dejó el cristal temblando sobre la mesa. Se plantó frente a nosotros.
—A ver, chicos... —suspiró, buscando las palabras.
—¿Todo en orden, Zami? —inquirí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso.
—Sí... No... Silencio. Acabo de hablar con Aura. Están en camino.
—Al grano, preciosa —la presionó Lucho—. No estamos para enigmas hoy.
—¡Tú cállate, imbécil! —estalló ella, antes de clavar sus ojos en mí—. Escucha bien, Damián... Llevo todo el maldito día intentando que ciertas cosas no pasen esta noche. Pero... fallé. No logré convencerla.
—¿Qué cosas? No te entiendo.
—Solo escucha —dio otro trago rápido a su copa—. Después de cenar, Salomé va a buscar quedarse a solas contigo.
—Zamira... —advirtió Lucho, pero ella lo ignoró.
—Necesito que sepas que Salomé no está bien del todo, Damián. Cuando estén solos, va a empezar a decirte cosas. Cosas que ella juraría que son ciertas, pero que no lo son.
—¡Zamira! —Cristian endureció el tono—. No sé qué juego es este, pero el pacto era no interferir.
—¡Cierra la boca de una maldita vez! —Zamira perdía los estribos—. Damián, esto es vital.
—Frena, Zami —intervine, alzando una mano para silenciar a mi amigo—. Me estás perdiendo. ¿Estás diciendo que Salomé me va a mentir?
—¡No! ¡Dios, no! No es mentira, es que ella ha asumido la culpa de muchas cosas que no le corresponden, ¿comprendes? Va a hablar de más, va a autoboicotearse...
—Sigo sin entender nada... —murmuré, sirviéndome mi propia copa de vino.
—Lo único que logras con esto es desestabilizarlo, Zamira. ¿Por qué demonios sueltas esto justo ahora? —Cristian se cruzó de brazos, genuinamente cabreado.
—¡Yo sé muy bien por qué lo hago! ¡Agh! —golpeó la mesa y agarró a Cristian del brazo—. ¡Ven aquí!
Me dejaron solo. Se encerraron en la cocina. El instinto me ordenaba pegar la oreja a la puerta, pero el agotamiento mental me ancló al piso. Dejaría que mi amigo apagara ese incendio. El problema era que Zamira había logrado exactamente lo que Lucho temía: inyectarme una dosis letal de ansiedad. ¿De qué hablaba? ¿Qué culpa estaba asumiendo Salomé que no le correspondía? Era absurdo. La pelirroja se estaba convirtiendo en un obstáculo monumental.
—¡Vete al demonio! —rugió Zamira, abriendo la puerta de la cocina de un tirón violento.
—Ponte como quieras, pero no te voy a dar la razón si no la tienes —le recriminó Cristian desde adentro.
—¡¿Por qué eres tan obtuso?! ¡¿No ves las consecuencias si...?! ¡Maldita sea!
—¡Basta los dos! —rugí, llegando a mi límite—. ¡Se acabó! Me trago el hecho de que me oculten cosas, pero no voy a tolerar que cuchicheen a mis espaldas sobre lo que debo o no hacer como si yo fuera un puto títere.
—Eso mismo le estaba explicando...
—¡Me importa un carajo, Lucho! ¡Tú llevas todo el día con la misma actitud! —inhalé profundo, obligando a mis pulmones a calmarse—. Escuchen... Les agradezco en el alma todo el apoyo de estos meses, pero si hoy estamos en esta casa, es porque Salomé y yo necesitamos arreglar esto cara a cara. Hoy los protagonistas somos nosotros dos. Punto final.
El estridente timbre de la puerta cortó la tensión como una guillotina. Zamira no articuló palabra. Se alisó el vestido, le clavó una última mirada cargada de desprecio a Cristian, y nos dejó abandonados en el salón para recibir a las otras dos dueñas de la noche.
Hemos llegado, por fin. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿1 año? ¿1 año y medio? Vaya viaje, estimados amigos…No pensaba escribir nada. De hecho, voy improvisando a medida que me va llegando la inspiración. Como aquella mañana, hace tiempo ya, luego de haber pasado una noche entera llorando luego de perder mi contrato en otra plataforma, cuando me senté en la silla de mi ordenador con ese cosquilleo tan fuerte en el estómago. No como los de Damián y Salomé, obviamente. En mi caso, esa sensación vino provocada por un arrebato de creatividad como nunca antes en mi vida había tenido uno.“¿Por qué no?”, me dije a mí mismo.Siendo yo un fan acérrimo de este tipo de relatos de infidelidad no consentida, me sentí en la obligación de traer esta deslumbrante historia a este lado del mundo, utilizando la escritura como única herramienta, a mí manera, con mis propios personajes y desde la más absoluta humildad.El resultado es este, estimadas lectoras y por supuesto, lectores. Pudo haber sido mejor,
—Siento mucho todo, Damián… —me dijo, sin despegarse de mí, al cabo de un buen rato en el que ambos nos habíamos quedado en silencio, escuchando el canto de los pajaritos y los apacibles sonidos que provenían desde el tranquilo lago.—Ya da igual, Salomé…—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto —continuó, sin escucharme—. Siento que te hayas tenido que ver en la obligación de escuchar todo esto… Cualquier otra persona habría cortado por lo sano, pero tú me diste la oportunidad de explicarme…—Porque todos merecemos que se nos escuche cuando nos equivocamos, Salomé… —respondí, pensativo, perdiendo la vista en el horizonte durante un breve instante—. Da igual lo que hayas podido hacer, o a quien hayas podido lastimar, siempre debes tener el derecho de, por lo menos, poder explicarte…—Eres demasiado bueno, Damián… —musitó, acurrucándose más contra mi pecho, cogiéndose con fuerza del pecho de mi camisa—. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento con todo mi corazón, Damián.Sólo pud
—¿No deberías arrepentirte de haberte quedado embarazada de ese sujeto, ¿no crees?—¿Cómo que no? —respondió, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. Es de lo que más me arrepiento de todo. Si esto no hubiese ocurrido, las cosas podrían ser muy diferentes ahora mismo.—Pero, ¿por qué tendrías que estar arrepentida de tener un hijo con una persona a la que amas?—¡Ya te he dicho que no lo amo! —exclamó, de pronto, dando una fuerte palmada al pasto—. ¡Nunca lo he amado, Damián!—Eso es lo que menos me cuadra de todo, Salomé… —dije yo, pasándome la mano por la frente y luego por la cara—. ¿Cómo haces para creer que estás enamorado de alguien? No lo entiendo, por más que lo intente.—¿Qué parte no entendiste de que Fernando me engañó para que yo me sintiera así?—¿Te engañó para que tú te sintieras así? —pregunté, haciendo énfasis en toda la extensión de la frase.—¡Sí!—Por lo tanto, hubo un momento en el que sí que te sentiste así.—Pero, porque él… —se detuvo y me miró como si no
Jueves, 1 de enero del 2016 — X —Duro, ¿no?Ahí, a la sombra de uno de los esbeltos y colosales nogales que decoraban parte de las orillas de aquel lago que perduraría en mis recuerdos todo lo que me quedara de vida, Salomé, después de tanto escarbar y escarbar, había logrado encontrar el valor que tanto había estado buscando para dar conclusión a nuestra reunión. Ya no había dudas en sus ojitos, tampoco vergüenza en sus gestos. La niña pequeña había desaparecido para dar lugar a una mujer que acababa de asumir todas sus responsabilidades ante el hombre al que le había sido desleal. Se habían acabado los momentos de indecisión, las vacilaciones y cualquier otro tipo de disyuntiva con respecto a lo que debía hacerse. Ya estábamos ahí, uno delante del otro, preparados y seguros, listos para escudriñar cada detalle que pudiese haber quedado sin explicación entre todos esos secretos que Salomé había decidido sacar de su armario particular. Todo aquello que había puesto nuestras vidas pat
Me desperté al día siguiente, mareado, sobre las 10 de la mañana. Dami se había quedado a pasar la noche conmigo porque no me había visto muy bien. Él tampoco había podido dormir mucho. Le agradecí su preocupación, pero enseguida me aclaró que estaba muy decepcionado conmigo, que si se había quedado a cuidarme había sido por pura humanidad.Se fue a los diez minutos de tener esa charla, pidiéndome por favor que dejara pasar un tiempo antes de volver a contactar con él. Que tenía que poner sus pensamientos en orden.Me quedé solo. Solo como hacía tres años. Solo como durante toda la secundaria.Decidí que me quedaría en casa de mis padres durante un tiempo. Ya en frío, me pareció la mejor opción. Fueron dos semanas… Dos largas semanas en las que casi no salí de la cama, en las que no respondí ninguna llamada, en las que no quise saber nada del mundo. No comía, apenas bebía, apenas hacía nada que no fuese dormir o mirar al techo…Cuando regresé a la residencia, todos esos días después,
Ahí mismo, librándose de mi mano como si no fuera nada, se agachó y comenzó a hacerme una mamada de campeonato. Me cogió la polla con una mano y se la metió en la boca hasta la garganta, haciendo chocar sus labios contra mi vello púbico. Así arrancó con un mete saca tan violento como pringoso, dejando todos sus mocos a lo largo de todo el tronco, resbalando por mis huevos y su barbilla, cayendo en el suelo, dejándolo todo perdido.—Pues tienes más aguante de lo que pensaba —seguía diciendo, sacándosela de la boca para luego seguir chupándola sin parar, lengüeteando el tronco de arriba abajo—. Aunque debe ser porque acabas de follar, puto cerdo asqueroso…Y no se detuvo hasta que no pude aguantar más. Me corrí en su puta boca y se lo tragó todo, sin desperdiciar ni una sola gota.—Pues aquí se acabó, ¿no? —me decía, pasándose sus flemas por encima de la camiseta, a la altura de las tetas—. Contigo es uno y adiós, ¿no?Y una mierda.A mí esa puta niñata malcriada y caprichosa no me iba







