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Capítulo 2

Autor: Ronaldo
La chica ya no sabía cómo librarse de tanta insistencia. Entonces me vio, se alegró y corrió hacia mí.

—En realidad soy lesbiana, me gustan las mujeres. Solo acepté verte porque creí que estabas presumiendo. ¡Mira, mi novia vino a buscarme!

Se acercó a mi oído y susurró:

—Amiga, hazme un favor.

Y me dio un beso sonoro en la mejilla.

—¿Ya viste? ¡Ja!

Luego me tomó de la mano y salió corriendo conmigo. El chico se quedó ahí, aturdido, como si no entendiera qué acababa de pasar.

Cuando estuvimos lejos, la chica me explicó lo que había pasado. Llevaba seis meses sin tener sexo y encontró en una aplicación de encuentros sexuales a un tipo con el alias “Pollón de doble cañón”. Creyó que solo la tenía un poco más grande de lo normal, así que quedaron en la arboleda de la universidad para darse con todo.

Pero, al verlo, descubrió que era un monstruo. No solo tenía un tamaño exagerado, sino que además tenía dos miembros así de grandes.

Al escucharla, se me secó la boca. Esa chica no sabía la suerte que tenía. ¡Ojalá yo estuviera en su lugar!

Me agradeció la ayuda y se ofreció a acompañarme, pero puse como excusa que tenía algo que hacer.

La dejé ahí y regresé corriendo a toda velocidad. Ese chico era perfecto para mí. ¡No podía dejarlo escapar!

Por suerte, todavía no se había ido. Al acercarme, lo escuché llorar. Estaba sentado en una piedra, abrazado a las rodillas.

Le expliqué que solo había seguido la farsa de la chica porque no me dejó otra opción. Me dijo que se llamaba Valentín Bautista y que también estudiaba en nuestra universidad. Un momento, ¿Valentín? Me acerqué para verlo mejor. ¿No era el chico más popular de la universidad?

En realidad, llevaba tiempo enamorada de él en secreto. Pero, desde que supe de mi defecto, me sentía tan inferior que ni siquiera me atrevía a ilusionarme.

Ya me había parecido guapísimo, pero no lo reconocí porque estaba muy oscuro.

Valentín me contó su secreto. Desde pequeño era diferente a los demás. Tenía los genitales duplicados y, para colmo, ambos presentaban hipertrofia genital.

Había tenido novias, pero todas huían despavoridas en cuanto se bajaba los pantalones. Con el tiempo, bajó sus exigencias. Ya no necesitaba una novia. Intentó buscar sexo casual en una aplicación de sexting, pero no esperaba que lo rechazaran en su primer intento.

—En realidad, todavía soy medio virgen —dijo con algo de vergüenza.

Después se apoyó en mí y volvió a llorar, como un cachorro enorme. El aroma de su gel de baño me tenía fascinada. Antes, para mí era el galán de la universidad, alguien inalcanzable.

Ahora sabía que guardaba un secreto vergonzoso, igual que yo. Él tenía dos y por eso lo rechazaban. Yo también...

¿No estábamos hechos el uno para el otro?

Además de ser tan guapo, tenía un cuerpo muy fuerte. Que alguien con esa cara me tumbara y me diera con todo debía de ser tan placentero que pondría los ojos en blanco.

¡Y la combinación de su enorme tamaño con mi estrechez tenía que ser una locura!

Me distraje tanto con esas ideas que, sin querer, le rocé cierta parte. Sentí como una descarga por todo el cuerpo y me estremecí.

Solo de pensar en los dos miembros descomunales que escondía en los pantalones, deseaba que me arrastrara a la arboleda de la universidad y me lo hiciera ahí mismo.

En ese momento sonó el timbre que anunciaba la hora de apagar las luces de la residencia estudiantil.

Me alarmé. El encargado de nuestra residencia era muy estricto, después del timbre no dejaba entrar a nadie. Si alguien intentaba hacerlo, llamaba al consejero.

Cualquier otro día habría regresado a mil por hora, pero esa noche no lo hice. En cambio, me armé de valor y miré a Valentín, avergonzada.

—En nuestro dormitorio ya no nos dejan entrar después del timbre. ¿Me llevarías a pasar la noche contigo?

Me arrepentí en cuanto lo dije. ¿Pensaría que era una facilota? Pero solo se sorprendió un poco, asintió y dijo que sí.

Al final se le ocurrió una buena idea. Ese día había puesto su cobija al sol, así que me envolvió en ella y me llevó bajo el brazo.

Para mi sorpresa, logramos engañar al encargado.

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