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Capítulo 7: Reglas de la casa

Penulis: Premah Dale
last update Tanggal publikasi: 2026-10-14 18:07:43

*Ábrelo.*

Leí el mensaje tres veces. Las palabras no cambiaron. Mi padre nunca había estado en esta casa, y aun así sabía exactamente qué archivo había tocado.

*¿Cómo lo sabes?*, escribí, con los dedos torpes.

*Ryker: Lo sé todo sobre el trabajo de mi hija. Ábrelo.*

Puse el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Nikolai seguía en cuclillas junto a mi silla, mirándome con aquellos ojos color té, sin preguntar.

—¿Malas noticias? —dijo con suavidad.

—Familia. —Forcé una sonrisa—. Son como el cli
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  • Poseída Por Los Hombres Petrov   Capítulo 7: Reglas de la casa

    *Ábrelo.*Leí el mensaje tres veces. Las palabras no cambiaron. Mi padre nunca había estado en esta casa, y aun así sabía exactamente qué archivo había tocado.*¿Cómo lo sabes?*, escribí, con los dedos torpes.*Ryker: Lo sé todo sobre el trabajo de mi hija. Ábrelo.*Puse el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Nikolai seguía en cuclillas junto a mi silla, mirándome con aquellos ojos color té, sin preguntar.—¿Malas noticias? —dijo con suavidad.—Familia. —Forcé una sonrisa—. Son como el clima.—Mm. —Se levantó, se sacudió las rodillas y me apretó el hombro una sola vez, ligero y rápido—. Come algo a mediodía. Órdenes del médico.—No eres médico.—Casi lo fui. —Me guiñó un ojo y se marchó, y la biblioteca volvió a respirar.Me quedé mirando la puerta cerrada y pensé en cuántas personas podrían haberle contado a mi padre lo ocurrido en el servidor de Saint. La lista era corta. También era aterradora.---Al caer la tarde, había pelado dos capas del libro de cuentas de los Volkov y h

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    El desayuno con Saint Petrov se servía a las seis y media en punto, y nadie me había avisado.Entré en el comedor con el suéter de ayer y el pelo todavía húmedo, y lo encontré a la cabecera de una mesa lo bastante larga para sentar a veinte personas. Vestía un traje gris marengo. Leía una tableta. Una taza de café negro humeaba junto a su codo, y a su derecha habían puesto un segundo cubierto, con una taza que no humeaba en absoluto.—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.—Nadie dijo que hubiera hora.—Seis y media. Todos los días. —Pasó una página—. Añádelo a los términos.—Sus términos decían que solo tendría que sentarme en silencio.—Pues siéntate. —Sus ojos se posaron un instante en mí, grises e ilegibles, y volvieron a la pantalla—. En silencio.Me senté. El café que tenía delante se había enfriado. Me lo bebí de todos modos, porque llevaba despierta casi toda la noche y de pronto sentí un miedo absurdo a pedir otro.Durante diez minutos, el único sonido fue el suave golpete

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    El ático tenía un nombre para cada habitación, y ninguna parecía un lugar donde pudiera vivir una persona.—La biblioteca —dijo el chófer, un hombre silencioso llamado Dmitri, que cargaba mis dos bolsos como si no pesaran nada—. El gimnasio. La terraza. El estudio del señor Petrov, al que usted no entra.—Anotado.—El ala este. —Se detuvo ante unas puertas blancas y extendió una única llave—. Suya.La tomé. El metal aún estaba tibio de su bolsillo.—¿El señor Petrov tiene copia?—No, señorita. —Algo casi parecido al respeto cruzó su rostro severo—. Hizo cambiar la cerradura esta tarde.Me dejó allí. Giré la llave y las puertas se abrieron sobre una suite más grande que todo mi apartamento: una cama del tamaño de un país pequeño, un baño con una bañera lo bastante honda para ahogarse y una pared de ventanales que hacía que la ciudad pareciera joyas derramadas.Cerré con llave a mi espalda. Luego me senté en el suelo, apoyada contra la puerta, y dejé que me temblaran las manos.*Trescie

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