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16. Prisionera

last update Fecha de publicación: 2026-09-02 07:22:57

Recordó de pronto los cumpleaños carentes de afecto. Las vacaciones en las que sus padres pasaban más tiempo discutiendo de fusiones empresariales que jugando con ella. Las rigurosas lecciones de etiqueta, los vestidos severos elegidos a medida, las correcciones constantes sobre su postura. Recordó, con un dolor que le desgarraba las entrañas, haberles preguntado a los nueve años por qué la habían escogido a ella en aquel orfanato, y escuchar a su madre responder fríamente que había sido «la opción más adecuada».

Nunca un «te vimos y te quisimos».

Solo «la opción adecuada».

—Yo solo era... —susurró, con la voz quebrada.

Su padre frunció el ceño, visiblemente hastiado.

—No dramatices, Claire.

Una risa hueca, desprovista de todo sonido, escapó de los labios de la joven.

—¿Que no dramatice? —Las manos comenzaron a temblarle con violencia—. ¿Alguna vez, un solo segundo de sus vidas, quisieron realmente tener una hija?

Su madre fue la primera en apartar la mirada. Ese gesto evasivo fue la condena definitiva; la respuesta no pronunciada que le destrozó el alma.

Claire retrocedió trastabillando hacia el pasillo.

—Me largo de aquí.

—No irás a ninguna parte —rugió su padre, poniéndose de pie de un salto.

—No pueden impedírmelo.

Claire giró sobre sus talones y corrió hacia la puerta. Al abrirla de un tirón, el pánico la paralizó: dos hombres de seguridad, vestidos de traje oscuro y con semblante de granito, flanqueaban la salida. No estaban allí cuando ella había llegado.

El corazón le dio un vuelco salvaje contra las costillas.

—Apártense.

Ninguno de los dos movió un solo músculo.

Claire miró por encima de su hombro. Su padre ya había abandonado cualquier fachada de paciencia paternal.

—La boda se celebrará dentro de cuatro semanas.

—¡No!

—El contrato ya ha sido firmado.

—¡He dicho que no!

Claire metió la mano en el bolso y sacó su teléfono con desesperación. Al ver el aparato, su madre se levantó con una orden tajante:

—Quítenle eso.

Todo ocurrió con una rapidez vertiginosa. Uno de los guardias se abalanzó sobre ella. Claire retrocedió, apretando el teléfono contra su pecho como si le fuera la vida en ello.

—¡No me toques!

—Señorita, entrégueme el dispositivo, por favor.

—¡No!

Intentó desbloquear la pantalla con los dedos temblorosos. Derric. Solo necesitaba presionar el nombre de Derric.

Pero el guardia fue más rápido y le apresó la muñeca con una fuerza brutal. Claire soltó un grito de dolor e intentó zafarse, pero el teléfono salió despedido y aterrizó sobre la alfombra. El segundo hombre lo recogió de inmediato y se lo guardó en el saco.

—¡Devuélvemelo!

Su padre se acercó a la puerta, implacable.

—Basta de espectáculos, Claire.

—¡No pueden hacer esto! ¡Es un secuestro!

—Podemos hacerlo, y lo haremos.

Claire se giró hacia la mujer que la había criado.

—Mamá...

La palabra salió desgarrada, manchada de lágrimas. Durante una mínima fracción de segundo, la parte más infantil y herida de su ser esperó que aquella mujer se compadeciera, que interviniera para detener la locura.

Su madre se limitó a ajustarse una pulsera de diamantes en la muñeca.

—Todo esto será mucho más fácil para ti si dejas de resistirte.

En ese instante, algo se quebró definitivamente en el interior de Claire. No fue su corazón —eso habría sido demasiado poético, demasiado simple—. Fue la última y desesperada ilusión de que, bajo aquella coraza de frialdad y ambición, existía una familia que alguna vez había llegado a quererla.

Los guardias la sujetaron por los brazos y la arrastraron por el pasillo. Claire luchó con todas sus fuerzas. Golpeó la pared con el hombro, clavó los talones en la alfombra persa, intentó soltarse y gritó a pleno pulmón que llamaría a la policía, que llamaría a Derric, a cualquiera que pudiera escucharla. Nadie en la inmensa mansión acudió en su ayuda.

La empujaron al interior de su antigua habitación. La pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas con el chasquido definitivo de la cerradura.

Claire corrió hacia la ventana, presa del pánico. Tiró del seguro, pero no cedió. Forcejeó con la manilla una y otra vez, hasta que sus dedos dolieron. Entonces reparó en el detalle que le heló la sangre: placas metálicas, recién instaladas, bloqueaban por completo el marco exterior del ventanal.

Habían preparado la habitación como una celda.

La revelación le revolvió el estómago con una oleada de náuseas. Aquello no era una discusión familiar que se había salido de control; era una trampa milimétricamente calculada. Sus padres sabían perfectamente que se negaría a aceptar el acuerdo. Habían anticipado su llegada.

Claire corrió hacia la puerta y la aporreó con ambas manos, destrozándose los nudillos contra la madera.

—¡Abran la puerta! ¡Sáquenme de aquí!

Los pasos acompasados de su madre se detuvieron al otro lado del pasillo.

—El contrato se ejecutará en cuatro semanas —sentenció la mujer con una calma insoportable, gélida—. Tendrás tiempo más que suficiente para recapacitar y recordar, de una vez por todas, para qué fuiste traída a esta familia.

El eco de sus tacones se alejó lentamente hasta desaparecer.

Sola y atrapada, Claire apoyó la frente febril contra la madera de la puerta, deslizándose hasta caer de rodillas.

A miles de kilómetros de distancia, en Italia, su último mensaje a Derric seguía marcado en la pantalla como «entregado».

«Estoy entrando. Te llamo cuando salga.»

Pero nunca iba a salir.

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