INICIAR SESIÓNTerminó preparando un curry con un nivel de picante excesivo. Derric despachó dos platos enteros sin un solo reproche, hasta que Claire lo descubrió bebiendo agua a tragos largos directamente de la jarra.
—¿Pica demasiado?
—Para nada.
—Tienes los ojos llenos de lágrimas.
—Es pura emoción.
Claire soltó una carcajada limpia y sonora.
El sonido la tomó por sorpresa a ella misma. Derric se quedó inmóvil, observándola.
Durante un segundo, el aire se suspendió entre los dos. Claire bajó la vista hacia su plato, avergonzada por el arranque.
—Perdón.
—¿Por reírte?
Ella entreabrió los labios y comprendió lo absurdo de la disculpa antes de formularla. Derric apoyó los cubiertos en el borde del plato.
—Esa costumbre de disculparte por existir también tienes que tacharla de la lista.
—Tengo una lista interminable, por lo que veo.
—Si quieres la imprimimos.
A Claire se le escapó otra risa, esta vez sin culpa.
Aun así, la sombra de Dereck no se disipaba de sus pensamientos.
El anuncio de una firma de relojes le traía el recuerdo de un regalo que había comprado para él; una melodía en la radio era la misma que él repetía en la carretera; y cada vez que empezaba a llover, Claire miraba de forma instintiva hacia el recibidor, esperando hallar un paraguas olvidado.
Y, sin darse cuenta, su nombre seguía saliendo de su boca:
—A Dereck no le gusta este tipo de aderezo.
—Dereck habría elegido otra película.
—Dereck tiene una reunión crucial este jueves.
Derric jamás extendía esas conversaciones; se limitaba a respuestas escuetas mientras el músculo de su mandíbula se tensaba con discreción.
Una noche, Claire lo encontró revisando carpetas y balances sobre la mesa del comedor.
—¿Asuntos familiares?
—Sí.
—Dereck comentaba que tu familia maneja inversiones en media Europa.
Derric levantó los ojos de los papeles.
—Dereck habla más de la cuenta.
—Nunca me explicó con claridad a qué se dedican.
—Porque todavía conserva un mínimo instinto de supervivencia.
Claire sonrió con cautela.
—Siempre recurres al sarcasmo cuando se trata de tu familia.
Derric cerró la carpeta de golpe, mirándola con fijeza.
—Mi familia maneja empresas legítimas. Y otros negocios que jamás van a figurar en una auditoría pública.
Claire esperó unos segundos antes de preguntar:
—¿Debería tener miedo?
—Probablemente.
—No pareces peligroso.
—Porque a ti jamás voy a hacerte daño.
La respuesta cayó con una gravedad tan directa que a Claire le recorrió la espalda un escalofrío ajeno al temor.
Derric volvió a centrarse en los papeles.
—Además, si vas a quedarte una temporada, es mejor que sepas que varios de los hombres que cruzan esa puerta no son precisamente agentes de bolsa.
Claire captó la frase al vuelo.
—¿Voy a quedarme una temporada?
Él alzó la cabeza de nuevo, sosteniéndole la mirada.
—¿Tienes prisa por irte?
Claire desvió los ojos hacia el pasillo, hacia la habitación del fondo que ya no se sentía como un territorio extraño.
—Todavía no.
Derric asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Entonces quédate.
Sin exigencias.
Sin contratos implícitos.
Sin facturas emocionales por cobrar.
Un calor templado y desconocido le floreció a Claire en el pecho.
Esa noche, antes de retirarse a su habitación, descubrió una nota junto a la tetera:
«Mañana tú eliges el desayuno. Ni se te ocurra preguntar qué quiero yo.»
Claire tomó el bolígrafo y trazó debajo con letra cuidada:
«Tostadas francesas. Y no se aceptan quejas.»
Dejó el papel sobre la madera.
Había sido una decisión minúscula, pero le pertenecía por completo.
La fractura ocurrió un jueves.
No porque el día tuviera algo de extraordinario, sino porque Claire repitió una vieja costumbre una vez de más, y Derric llevaba una semana entera conteniéndose.
Él llegó al departamento cerca de las siete de la tarde, con el nudo de la corbata flojo y el agotamiento marcado en el rostro tras un día entero de reuniones con los asesores legales de su familia. Claire estaba en la cocina, doblando con esmero unas servilletas de lino que había descubierto en el fondo de una gaveta.
—No sabía que guardabas estas —comentó al verlo entrar—. Estaban revueltas entre los manteles.
Derric soltó las llaves sobre la mesa.
—Probablemente porque jamás las uso.
—Bueno, ahora están ordenadas.
—Qué gran alivio.
Claire lo miró de reojo.
—No seas sarcástico.
—Hoy estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no ser muchas cosas.
Ella pasó por alto la advertencia.
—¿Te preparo un té? Dereck tenía hoy una junta con su padre y siempre decía que la menta le calmaba los nervios. Creo que tú también te tocas la sien cuando...
El vaso que Derric acababa de sacar de la alacena chocó contra la encimera con un golpe seco.
Claire se quedó a mitad de frase.
Él permaneció de espaldas durante varios segundos, con los hombros rígidos.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella.
Derric se giró despacio.
—¿Te estás escuchando?
Claire frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Llevas semanas viviendo bajo este techo y sigues hablando de él como si estuviera sentado en mitad de la sala.
—Solo estaba diciendo que...
—Que Dereck toma té de menta. Sí, ya lo sé. También sé cómo toma el maldito café, qué camisa se pone para las reuniones importantes, qué ingredientes detesta y hasta de qué lado de la cama duerme. Llevas años convirtiendo cada capricho de su rutina en una religión.
El rostro de Claire perdió el color.
Recordó de pronto los cumpleaños carentes de afecto. Las vacaciones en las que sus padres pasaban más tiempo discutiendo de fusiones empresariales que jugando con ella. Las rigurosas lecciones de etiqueta, los vestidos severos elegidos a medida, las correcciones constantes sobre su postura. Recordó, con un dolor que le desgarraba las entrañas, haberles preguntado a los nueve años por qué la habían escogido a ella en aquel orfanato, y escuchar a su madre responder fríamente que había sido «la opción más adecuada».Nunca un «te vimos y te quisimos».Solo «la opción adecuada».—Yo solo era... —susurró, con la voz quebrada.Su padre frunció el ceño, visiblemente hastiado.—No dramatices, Claire.Una risa hueca, desprovista de todo sonido, escapó de los labios de la joven.—¿Que no dramatice? —Las manos comenzaron a temblarle con violencia—. ¿Alguna vez, un solo segundo de sus vidas, quisieron realmente tener una hija?Su madre fue la primera en apartar la mirada. Ese gesto evasivo fue la
El despacho olía, como siempre, a cuero curtido, cera para madera y papel envejecido. Su padre estaba sentado tras el macizo escritorio de roble, absorto en la revisión de unos documentos. Ni siquiera levantó la vista cuando ella cruzó la puerta.—Llegas tarde.Claire consultó su reloj.—No acordamos ninguna hora en particular.La pluma se detuvo en seco sobre el papel. A sus espaldas, su madre cerró la puerta con un clic definitivo. Claire sintió una punzada repentina de incomodidad, pero se obligó a permanecer de pie, con la espalda recta y la barbilla alta.—Quería hablar con ustedes.—Eso supuse —replicó su padre con voz neutra.—No voy a casarme con Dereck.El silencio que siguió fue tan denso y absoluto que Claire pudo escuchar el tic-tac rítmico del reloj de péndulo sobre la biblioteca.Su padre dejó la pluma a un lado con calculada lentitud.—¿Perdón?Claire notó que las palmas de las manos le sudaban. Las cerró en puños a los costados de su cuerpo para evitar que temblaran.—
Derric ajustaba los cierres de su equipaje en el dormitorio mientras Claire, sentada al borde del colchón, observaba cada uno de sus movimientos. Todavía le resultaba insólito encontrarse en esa habitación; durante semanas había permanecido en el cuarto de invitados, incluso después de que la distancia entre los dos comenzara a desvanecerse. Ninguno de los dos había tenido prisa por forzar los tiempos.—¿Llevas el pasaporte a mano? —preguntó ella.Derric la miró de reojo.—Sí.—¿Los cargadores? ¿La documentación de los vuelos?—Claire.Ella sonrió con una mezcla de pudor y picardía.—Solo intentaba ser de utilidad.—Estás cayendo en viejas costumbres.Claire alzó las manos en son de paz.—Está bien, me rindo.Derric terminó de cerrar la maleta y se plantó frente a ella.—Ven aquí.Claire se puso de pie y él enmarcó su rostro entre las palmas de sus manos.—No necesitas plantarle cara a tus padres solo para demostrarme algo a mí.Ella posó los dedos sobre las muñecas de él.—No lo hago
Derric reclinó la espalda contra el sofá, visiblemente disconforme.—No me agrada la idea.—No tiene por qué agradarte.Él la contempló fijamente y, tras una pausa, una sonrisa resignada asomó en su boca.—Definitivamente, esto es consecuencia directa de mis actos.Claire sonrió y dejó caer la cabeza sobre su hombro.Por primera vez en su vida, la idea de encarar a sus padres no la reducía a la niña obediente y asustada que solía ser.***La familia de Derric llegó dos días antes del viaje previsto.«No toda», había puntualizado él, como si semejante matiz debiera servirle de consuelo a Claire.Primero apareció Marco. Poco después llegó Luca, un hombre más joven que parecía sonreír incluso cuando la situación carecía de toda gracia. Al caer la tarde, un sedán negro se detuvo frente al edificio y del ascensor privado emergió Vittorio Bellini, el patriarca.Claire había imaginado una estampa teatral: aspavientos, joyas ostentosas y un despliegue evidente de escoltas armados. Vittorio, s
La negación no sirvió de nada.Derric regresó pasado el mediodía y la encontró caminando de un lado a otro en la cocina.—¿Ocurre algo?Ella frenó en seco.—Nada.—Llevas tres semanas viviendo aquí. Conozco de sobra tu cara de «nada».Claire apoyó ambas manos en el borde de la encimera.—Dereck formalizó su compromiso con Samantha.Derric se quedó inmóvil en el umbral. La cautela habitual endureció sus facciones, adoptando esa postura contenida de quien se prepara para recoger los pedazos de un desastre.—¿Cómo estás?—Bien.—Claire...—Eso es lo desconcertante: estoy bien de verdad.Derric la examinó con detenimiento, buscando fisuras.—¿Quieres hablar de ello?—Creo que ya no lo amo.El silencio en la cocina fue total. Derric no sonrió ni mostró alivio; mantuvo esa sobriedad que, paradójicamente, le transmitía a Claire una seguridad inquebrantable.—¿Lo crees o lo sabes?—No sentí nada al ver la fotografía. Bueno, sentí algo, pero no quise estar en su lugar. No deseé que me hubiera
Claire lo miró con fingida sospecha.—Eso ha sonado inquietante.—Costumbres de familia italiana.—Eso no justifica nada.Ella le lanzó un trapo de cocina a la cabeza. Derric lo atrapó en el aire con un reflejo limpio, a escasos centímetros de su rostro.Durante un instante, las miradas se cruzaron en un silencio suspendido, denso y cargado de algo nuevo. Claire fue la primera en apartar los ojos, disimulando el calor repentino en sus mejillas.Una tarde, una visita interrumpió la rutina. Era un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje oscuro a medida, sienes plateadas y una presencia tan calculada que Claire supo de inmediato que no se trataba de un conocido cualquiera.Derric abrió la puerta y el visitante le tendió una carpeta de cuero sin mediar saludo.—Tu padre espera una resolución antes de mañana.—La tendrá a primera hora.Los ojos del recién llegado se deslizaron hacia Claire. No fue un escrutinio vulgar, sino una evaluación fría, precisa.Derric dio un paso casi







