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8. Frustración

Author: Mariela Reyes
last update publish date: 2026-09-02 03:33:57

Terminó preparando un curry con un nivel de picante excesivo. Derric despachó dos platos enteros sin un solo reproche, hasta que Claire lo descubrió bebiendo agua a tragos largos directamente de la jarra.

—¿Pica demasiado?

—Para nada.

—Tienes los ojos llenos de lágrimas.

—Es pura emoción.

Claire soltó una carcajada limpia y sonora.

El sonido la tomó por sorpresa a ella misma. Derric se quedó inmóvil, observándola.

Durante un segundo, el aire se suspendió entre los dos. Claire bajó la vista hacia su plato, avergonzada por el arranque.

—Perdón.

—¿Por reírte?

Ella entreabrió los labios y comprendió lo absurdo de la disculpa antes de formularla. Derric apoyó los cubiertos en el borde del plato.

—Esa costumbre de disculparte por existir también tienes que tacharla de la lista.

—Tengo una lista interminable, por lo que veo.

—Si quieres la imprimimos.

A Claire se le escapó otra risa, esta vez sin culpa.

Aun así, la sombra de Dereck no se disipaba de sus pensamientos.

El anuncio de una firma de relojes le traía el recuerdo de un regalo que había comprado para él; una melodía en la radio era la misma que él repetía en la carretera; y cada vez que empezaba a llover, Claire miraba de forma instintiva hacia el recibidor, esperando hallar un paraguas olvidado.

Y, sin darse cuenta, su nombre seguía saliendo de su boca:

—A Dereck no le gusta este tipo de aderezo.

—Dereck habría elegido otra película.

—Dereck tiene una reunión crucial este jueves.

Derric jamás extendía esas conversaciones; se limitaba a respuestas escuetas mientras el músculo de su mandíbula se tensaba con discreción.

Una noche, Claire lo encontró revisando carpetas y balances sobre la mesa del comedor.

—¿Asuntos familiares?

—Sí.

—Dereck comentaba que tu familia maneja inversiones en media Europa.

Derric levantó los ojos de los papeles.

—Dereck habla más de la cuenta.

—Nunca me explicó con claridad a qué se dedican.

—Porque todavía conserva un mínimo instinto de supervivencia.

Claire sonrió con cautela.

—Siempre recurres al sarcasmo cuando se trata de tu familia.

Derric cerró la carpeta de golpe, mirándola con fijeza.

—Mi familia maneja empresas legítimas. Y otros negocios que jamás van a figurar en una auditoría pública.

Claire esperó unos segundos antes de preguntar:

—¿Debería tener miedo?

—Probablemente.

—No pareces peligroso.

—Porque a ti jamás voy a hacerte daño.

La respuesta cayó con una gravedad tan directa que a Claire le recorrió la espalda un escalofrío ajeno al temor.

Derric volvió a centrarse en los papeles.

—Además, si vas a quedarte una temporada, es mejor que sepas que varios de los hombres que cruzan esa puerta no son precisamente agentes de bolsa.

Claire captó la frase al vuelo.

—¿Voy a quedarme una temporada?

Él alzó la cabeza de nuevo, sosteniéndole la mirada.

—¿Tienes prisa por irte?

Claire desvió los ojos hacia el pasillo, hacia la habitación del fondo que ya no se sentía como un territorio extraño.

—Todavía no.

Derric asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Entonces quédate.

Sin exigencias.

Sin contratos implícitos.

Sin facturas emocionales por cobrar.

Un calor templado y desconocido le floreció a Claire en el pecho.

Esa noche, antes de retirarse a su habitación, descubrió una nota junto a la tetera:

«Mañana tú eliges el desayuno. Ni se te ocurra preguntar qué quiero yo.»

Claire tomó el bolígrafo y trazó debajo con letra cuidada:

«Tostadas francesas. Y no se aceptan quejas.»

Dejó el papel sobre la madera.

Había sido una decisión minúscula, pero le pertenecía por completo.

 

La fractura ocurrió un jueves.

No porque el día tuviera algo de extraordinario, sino porque Claire repitió una vieja costumbre una vez de más, y Derric llevaba una semana entera conteniéndose.

Él llegó al departamento cerca de las siete de la tarde, con el nudo de la corbata flojo y el agotamiento marcado en el rostro tras un día entero de reuniones con los asesores legales de su familia. Claire estaba en la cocina, doblando con esmero unas servilletas de lino que había descubierto en el fondo de una gaveta.

—No sabía que guardabas estas —comentó al verlo entrar—. Estaban revueltas entre los manteles.

Derric soltó las llaves sobre la mesa.

—Probablemente porque jamás las uso.

—Bueno, ahora están ordenadas.

—Qué gran alivio.

Claire lo miró de reojo.

—No seas sarcástico.

—Hoy estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no ser muchas cosas.

Ella pasó por alto la advertencia.

—¿Te preparo un té? Dereck tenía hoy una junta con su padre y siempre decía que la menta le calmaba los nervios. Creo que tú también te tocas la sien cuando...

El vaso que Derric acababa de sacar de la alacena chocó contra la encimera con un golpe seco.

Claire se quedó a mitad de frase.

Él permaneció de espaldas durante varios segundos, con los hombros rígidos.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

Derric se giró despacio.

—¿Te estás escuchando?

Claire frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Llevas semanas viviendo bajo este techo y sigues hablando de él como si estuviera sentado en mitad de la sala.

—Solo estaba diciendo que...

—Que Dereck toma té de menta. Sí, ya lo sé. También sé cómo toma el maldito café, qué camisa se pone para las reuniones importantes, qué ingredientes detesta y hasta de qué lado de la cama duerme. Llevas años convirtiendo cada capricho de su rutina en una religión.

El rostro de Claire perdió el color.

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