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7. La calidez de Derric

last update Fecha de publicación: 2026-09-01 02:54:16

Claire despertó pasada la una de la tarde.

El descubrimiento le provocó una culpa inmediata y visceral.

Se incorporó de golpe, miró el reloj y sintió cómo el estómago se le cerraba en un nudo. Jamás se permitía dormir hasta tan tarde. En la casa de sus padres, los fines de semana comenzaban con desayunos rigurosos y silenciosos a las ocho en punto. Y cuando estaba con Dereck, las mañanas siempre exigían algo que preparar, un mensaje pendiente por responder o una agenda ajena que sincronizar al milímetro.

Saltó de la cama.

Al cruzar a la cocina, la encontró desierta. Sobre la encimera relucía una nota escrita con trazo firme y decidido:

«Salí un par de horas. Hay comida en la nevera. No limpies nada. D.»

Claire leyó la última advertencia dos veces.

Miró alrededor: dos tazas en el fregadero, un plato con migas dispersas, una sartén sobre los fogones.

A las dos menos cuarto, la estancia brillaba bajo un orden impecable.

Derric regresó cerca de las tres y se detuvo en seco en el umbral al ver a Claire encaramada sobre una banqueta, reacomodando recipientes en el estante más alto.

—Baja de ahí.

Ella giró apenas la cabeza.

—Casi termino.

—Claire.

—Solo estoy ordenando un poco.

Derric arrojó las llaves sobre la mesa con un tintineo seco.

—Te dejé una nota.

—La leí.

—Y decidiste pasarla por alto.

—No podía quedarme de brazos cruzados.

La naturalidad con la que lo admitió pareció tensarle la mandíbula. Derric se cruzó de brazos, clavando la mirada en ella.

—¿Por qué no?

Claire descendió de la banqueta con cautela.

—Porque estoy instalada en tu casa.

—Por unos días.

Ella tomó un paño de cocina entre las manos.

—No quiero que sientas que me aprovecho de tu hospitalidad.

Derric dio dos zancadas y le arrebató el trapo de los dedos.

—No te pedí que pagaras el alquiler fregando mis muebles.

—No estoy pagando ningún alquiler.

—Entonces deja de actuar como si tuvieras una deuda pendiente conmigo.

Claire apretó los dientes.

—Resulta muy fácil decirlo cuando eres tú quien lo resuelve todo.

Derric la contempló en silencio, con la mirada ensombrecida.

—¿Qué necesitas para convencerte de que tienes derecho a estar aquí sin dar nada a cambio?

La pregunta la desarmó por completo.

—No lo sé.

—Piénsalo.

—No puedo limitarme a existir en un espacio ajeno sin ser útil.

—Claro que puedes.

Claire soltó una risa incrédula, amarga.

—Eso no es normal.

—Para ti, por lo visto, no.

El tono no buscaba herirla, pero el dardo dio en el blanco. Claire desvió la mirada hacia el fregadero, buscando refugio en la inercia.

—Dereck siempre decía que tengo buen ojo para organizar las cosas.

Derric cerró los ojos un instante, conteniendo un suspiro.

—Claro.

Ella no advirtió el peso del cansancio en su respuesta y continuó:

—Una vez, antes de un viaje, le preparé una lista detallada para que no olvidara nada. Siempre pierde los cargadores. Y además...

—Claire —la interrumpió él, tomando aire con paciencia.

—¿Qué?

—Vamos a comer.

—Puedo preparar algo rápido.

—No.

—Sé cocinar pasta.

—Yo también.

—Pero acabas de llegar de la calle.

Derric alzó un dedo y la señaló directamente.

—Ahí. Justo eso. Necesito que dejes de hacerlo.

Claire frunció el ceño, desconcertada.

—¿Hacer qué?

—Inventar una urgencia antes de que exista para correr a resolverla.

El silencio se espesó en la cocina. Claire bajó la vista hacia sus manos vacías.

—Solo intentaba ayudar.

Derric dejó caer el brazo, con un gesto vencido.

—Ya lo sé.

Los días posteriores se acomodaron en un equilibrio tan frágil como revelador.

Claire aceptó quedarse una semana más luego de que el médico insistiera en que no debía regresar a la indiferencia de su casa. Derric jamás la forzó a hablar de lo ocurrido en el puente; se limitó a dejar sobre la mesa de centro los contactos de varios especialistas, aclarándole que podía elegir a uno, descartarlos todos o pedir alternativas sin rendir cuentas.

Por las mañanas, él se marchaba temprano. Claire intentaba concentrarse en los libros de la facultad, aunque la lucidez le llegaba a ráfagas: a veces devoraba veinte páginas seguidas; otras, pasaba una hora perdida en una sola línea.

Sin embargo, el departamento comenzó a teñirse con pequeñas huellas de su estancia: un coletero junto al lavabo, un cuaderno abierto sobre la mesa, una taza específica que ella prefería.

Y, con los días, volvió a la cocina.

Derric dejó de oponerse después de que Claire le plantara cara, visiblemente fastidiada, para aclararle que cocinar podía ser un gusto personal y no una muestra de servidumbre.

—De acuerdo —concedió él aquella tarde—. En ese caso, cocina lo que a ti se te antoje.

Claire abrió la puerta del refrigerador.

—¿Qué te apetece comer?

Derric sostuvo su mirada, firme.

—Lo que tú decidas.

Ella se quedó estática, con la mano en el tirador. Derric esbozó una sonrisa de medio lado, la primera en mucho tiempo.

—Descoloca, ¿verdad?

Claire entrecerró los ojos, mirándolo con fingida indignación.

—Eres exasperante.

—Excelente. Ya estamos avanzando.

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