LOGINClaire despertó pasada la una de la tarde.
El descubrimiento le provocó una culpa inmediata y visceral.
Se incorporó de golpe, miró el reloj y sintió cómo el estómago se le cerraba en un nudo. Jamás se permitía dormir hasta tan tarde. En la casa de sus padres, los fines de semana comenzaban con desayunos rigurosos y silenciosos a las ocho en punto. Y cuando estaba con Dereck, las mañanas siempre exigían algo que preparar, un mensaje pendiente por responder o una agenda ajena que sincronizar al milímetro.
Saltó de la cama.
Al cruzar a la cocina, la encontró desierta. Sobre la encimera relucía una nota escrita con trazo firme y decidido:
«Salí un par de horas. Hay comida en la nevera. No limpies nada. D.»
Claire leyó la última advertencia dos veces.
Miró alrededor: dos tazas en el fregadero, un plato con migas dispersas, una sartén sobre los fogones.
A las dos menos cuarto, la estancia brillaba bajo un orden impecable.
Derric regresó cerca de las tres y se detuvo en seco en el umbral al ver a Claire encaramada sobre una banqueta, reacomodando recipientes en el estante más alto.
—Baja de ahí.
Ella giró apenas la cabeza.
—Casi termino.
—Claire.
—Solo estoy ordenando un poco.
Derric arrojó las llaves sobre la mesa con un tintineo seco.
—Te dejé una nota.
—La leí.
—Y decidiste pasarla por alto.
—No podía quedarme de brazos cruzados.
La naturalidad con la que lo admitió pareció tensarle la mandíbula. Derric se cruzó de brazos, clavando la mirada en ella.
—¿Por qué no?
Claire descendió de la banqueta con cautela.
—Porque estoy instalada en tu casa.
—Por unos días.
Ella tomó un paño de cocina entre las manos.
—No quiero que sientas que me aprovecho de tu hospitalidad.
Derric dio dos zancadas y le arrebató el trapo de los dedos.
—No te pedí que pagaras el alquiler fregando mis muebles.
—No estoy pagando ningún alquiler.
—Entonces deja de actuar como si tuvieras una deuda pendiente conmigo.
Claire apretó los dientes.
—Resulta muy fácil decirlo cuando eres tú quien lo resuelve todo.
Derric la contempló en silencio, con la mirada ensombrecida.
—¿Qué necesitas para convencerte de que tienes derecho a estar aquí sin dar nada a cambio?
La pregunta la desarmó por completo.
—No lo sé.
—Piénsalo.
—No puedo limitarme a existir en un espacio ajeno sin ser útil.
—Claro que puedes.
Claire soltó una risa incrédula, amarga.
—Eso no es normal.
—Para ti, por lo visto, no.
El tono no buscaba herirla, pero el dardo dio en el blanco. Claire desvió la mirada hacia el fregadero, buscando refugio en la inercia.
—Dereck siempre decía que tengo buen ojo para organizar las cosas.
Derric cerró los ojos un instante, conteniendo un suspiro.
—Claro.
Ella no advirtió el peso del cansancio en su respuesta y continuó:
—Una vez, antes de un viaje, le preparé una lista detallada para que no olvidara nada. Siempre pierde los cargadores. Y además...
—Claire —la interrumpió él, tomando aire con paciencia.
—¿Qué?
—Vamos a comer.
—Puedo preparar algo rápido.
—No.
—Sé cocinar pasta.
—Yo también.
—Pero acabas de llegar de la calle.
Derric alzó un dedo y la señaló directamente.
—Ahí. Justo eso. Necesito que dejes de hacerlo.
Claire frunció el ceño, desconcertada.
—¿Hacer qué?
—Inventar una urgencia antes de que exista para correr a resolverla.
El silencio se espesó en la cocina. Claire bajó la vista hacia sus manos vacías.
—Solo intentaba ayudar.
Derric dejó caer el brazo, con un gesto vencido.
—Ya lo sé.
Los días posteriores se acomodaron en un equilibrio tan frágil como revelador.
Claire aceptó quedarse una semana más luego de que el médico insistiera en que no debía regresar a la indiferencia de su casa. Derric jamás la forzó a hablar de lo ocurrido en el puente; se limitó a dejar sobre la mesa de centro los contactos de varios especialistas, aclarándole que podía elegir a uno, descartarlos todos o pedir alternativas sin rendir cuentas.
Por las mañanas, él se marchaba temprano. Claire intentaba concentrarse en los libros de la facultad, aunque la lucidez le llegaba a ráfagas: a veces devoraba veinte páginas seguidas; otras, pasaba una hora perdida en una sola línea.
Sin embargo, el departamento comenzó a teñirse con pequeñas huellas de su estancia: un coletero junto al lavabo, un cuaderno abierto sobre la mesa, una taza específica que ella prefería.
Y, con los días, volvió a la cocina.
Derric dejó de oponerse después de que Claire le plantara cara, visiblemente fastidiada, para aclararle que cocinar podía ser un gusto personal y no una muestra de servidumbre.
—De acuerdo —concedió él aquella tarde—. En ese caso, cocina lo que a ti se te antoje.
Claire abrió la puerta del refrigerador.
—¿Qué te apetece comer?
Derric sostuvo su mirada, firme.
—Lo que tú decidas.
Ella se quedó estática, con la mano en el tirador. Derric esbozó una sonrisa de medio lado, la primera en mucho tiempo.
—Descoloca, ¿verdad?
Claire entrecerró los ojos, mirándolo con fingida indignación.
—Eres exasperante.
—Excelente. Ya estamos avanzando.
Horas después, Dereck apareció deambulando, descalzo y desorientado, por el arcén de una carretera en las afueras de la ciudad. No tenía la más mínima memoria de cómo había llegado hasta allí. Cada vez que una furgoneta oscura pasaba a su lado, se arrojaba presa del pánico contra el fango de la cuneta. Rechazó a gritos las botellas de agua que le ofrecieron un par de buenos samaritanos, acusándolos de intentar envenenarle la sangre.Fueron sus propios padres quienes lo recogieron en la comisaría tras una llamada policial. Habían dilapidado prácticamente toda su fortuna intentando frenar la demolición orquestada por los Bellini. Utilizaron los últimos restos de su liquidez para ingresarlo en el pabellón de alta seguridad de una clínica psiquiátrica privada.Dereck jamás supo si el psiquiátrico era un entorno real o una
El patriarca Bellini apareció en la pantalla panorámica del despacho de Derric, conectado desde su biblioteca en Italia. Escuchó atentamente el reporte médico sobre el estado de la gestación de Claire y, acto seguido, dirigió una mirada de plomo hacia sus dos hijos.—Vuelvan a casa de inmediato.Bianca, que estaba sentada en el suelo del salón limpiando un arma sobre una toalla, alzó una ceja sin molestarse en mirar la pantalla.—Imposible, papá. Estoy trabajando.—Precisamente por eso, Bianca. Quiero a Claire y a mis nietos seguros en la villa antes de que tu concepto de "trabajo" termine destruyendo a más personas y llame la atención de los organismos internacionales.—Solo fueron unas pocas destrucciones controladas —se defendió ella, ofendida.—Bianca.El tono del anciano no admitía réplica. Bianca
El título de "señora Bellini" dejó de sorprender a Claire. Se convirtió en un chaleco antibalas emocional, en un sentido de pertenencia crudo y en la promesa de un futuro que, curiosamente, todavía no sentía la urgencia de validar en un juzgado.Una madrugada, cuando los mellizos iniciaron un partido de fútbol en sus costillas que le impedía conciliar el sueño, Claire miró el perfil afilado de Derric en la penumbra.—Derric... ¿Qué fue finalmente de Dereck?La mano de él, que trazaba círculos monótonos sobre el lateral de su vientre hinchado, no detuvo su ritmo pausado.—Sigue vivo.—¿Vas a decirme en qué agujero está metido?—No.Meses atrás, esa negativa habría provocado un ataque de ansiedad. Claire habría necesitado conocer cada código de acceso y cada cad
En el penthouse de los Bellini, Claire experimentaba exactamente la arquitectura contraria.Los especialistas médicos la visitaban a la misma hora todos los días. Cada pastilla prenatal venía en un empaque sellado e identificado, y la doctora estaba obligada a repetir la misma explicación técnica las veces que Claire necesitara para sentirse en control.Cuando despertaba de una siesta, Derric estaba a su lado, o en su defecto, había una nota manuscrita junto a su almohada indicando su ubicación en el departamento.Una mañana, el papel decía: "Despacho. Puerta abierta".Claire caminó descalza por el pasillo y cruzó el umbral sin llamar. Derric levantó la vista de inmediato, interrumpiendo una videollamada con seis capos de la organización en Italia, y le tendió una mano.Claire cruzó la estancia, se acomodó en su regazo y apoy&oac
La discusión escaló hasta que Derric intervino, confiscando una chaqueta de cuero en miniatura que tenía demasiados cierres asimétricos y remaches de metal.—Esto parece diseñado para un interrogatorio, Bianca. Retíralo de mi casa.Claire rió con tantas ganas que un calambre agudo le cruzó el vientre. Llevó la mano al costado por puro reflejo, justo cuando un impacto interno empujaba su piel. Por inercia, agarró la muñeca de Bianca y la aplastó contra su estómago.La asesina de los Bellini se quedó petrificada. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, congelada en medio del salón.El bebé volvió a moverse, deslizando un talón minúsculo contra la palma de su tía.—Me pateó —susurró Bianca. El tono mordaz había desaparecido por completo, reemplazado por un asombro reverenc
Derric tomó a su hermana por la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos con una frialdad pavorosa.—No vuelves a alterar un castigo que yo haya dictaminado. Jamás.—Técnicamente, optimicé los recursos...—Bianca.—De acuerdo. La próxima vez enviaré un memorándum solicitando tu bendición patriarcal.Derric alzó la vista al techo, implorando al universo una paciencia que biológicamente no poseía. El contraste entre la furia contenida del jefe de la mafia y el sarcasmo de su hermana fue demasiado. Claire soltó una carcajada espontánea. Bianca se unió al instante, y la densidad homicida de la sala se evaporó.Aquella misma tarde llegó el reporte de la nueva ecografía. Los mellizos prosperaban, pero la doctora notó una ligera asimetría en el crecimiento de uno de ellos, recomendando red







