ログインEl hospital de la manada estaba iluminado por una sucesión de lámparas blancas. El olor a desinfectante se mezclaba con el de la sangre y las hierbas medicinales que los sanadores utilizaban para acelerar la recuperación de los lobos. En cuanto Yuri cruzó las puertas, varios guerreros se pusieron firmes. El Alfa no tenía idea de la escena que se estaba suscitando en el castillo. —Descansen —ordenó— Quiero un informe completo, no un desfile. Su Beta ocultó una sonrisa. Incluso en medio de una crisis, su Alfa seguía siendo el mismo hombre implacable. El sanador principal se acercó a ellos. —Alfa, tres guerreros necesitan vigilancia constante. Uno recibió una herida profunda en el costado, pero logramos detener la hemorragia. Los demás presentan fracturas, quemaduras y heridas de arma blanca. Yuri escuchó cada detalle. Preguntó por los nombres de los heridos, sus familias y el tiempo estimado de recuperación. Ordenó que se cubrieran todos los gastos médicos y que los
El Alfa mal miró a Julieta. Después la miró a ella. A Atenea, que apenas podía caminar. La loba de ojos azules, puso su mano en el hombro de Yuri. —El lugar de una Luna no se obtiene solamente mediante un compromiso. Julieta retiró la mano despacio. El Alfa ya la estaban viendo feo de nuevo. —Lo sé. —Espero que así sea. — Respondió la pelirroja. La respuesta fue tan fría que el rey de Luna de Fuego carraspeó, buscando intervenir antes de que la conversación se convirtiera en una disputa abierta. Pero no tuvo oportunidad. Las puertas del comedor se abrieron de golpe. El Beta de Yuri apareció en el umbral. Llevaba el uniforme oscuro de la guardia de la manada y tenía una expresión que hizo desaparecer cualquier rastro de tranquilidad en el rostro del Alfa. —Majestades, disculpen la interrupción. Yuri dejó los cubiertos sobre la mesa —Habla, Nolan. —Los sanadores del hospital necesitan su autorización para trasladar a dos de los lobos heridos a la zona de
El palacio de la Manada Corona Esmeralda resplandecía aquella noche bajo la luz de enormes candelabros de cristal. Los sirvientes habían dispuesto una cena formal en el comedor principal, donde una larga mesa de madera oscura estaba adornada con vajilla de porcelana, cubiertos de plata y arreglos de flores blancas y esmeraldas. Aquella no era una cena cualquiera. Los reyes de Corona Esmeralda habían recibido a los soberanos de la Manada Luna de Fuego con la intención de fortalecer los lazos entre ambas manadas. Sin embargo, detrás de las sonrisas diplomáticas y las copas de vino, había un asunto que llevaba semanas ocupando sus conversaciones. El compromiso de sus hijos. Julieta, sentada junto a Yuri, lucía un vestido de seda color champán que resaltaba su elegancia. Su cabello estaba recogido en un sofisticado peinado y una delicada gargantilla descansaba sobre su cuello. Nadie negaba que era una loba hermosa que podía enloquecer a cualquier lobo. Pero su prometi
Atenea tenía los ojos abiertos. Verdes, brillantes y completamente despiertos. [¡La anfitriona ha despertado, ya no vamos a morir!] Yuri se quedó quieto. —¿Desde cuándo estás despierta? —Desde que tu prometida preguntó si me amabas. El Alfa apretó la mandíbula. —¿Cuánto escuchaste? —Lo suficiente para saber que tienes una prometida bastante dominante. A pesar de su evidente debilidad, Atenea consiguió apartarse de su pecho. Se limpió las mejillas con el dorso de la mano y trató de incorporarse. Yuri la sujetó por los hombros. —Despacio. Los sanadores dijeron que necesitas descansar. No te levantes. —Y yo digo que necesito espacio. —Atenea… —Suéltame, Yuri. Ve a atender a tu prometida. La pelirroja no sabía que el Alfa estuviera comprometido, sentía un hueco en el pecho sin saber por qué. Esta vez, el Alfa no tuvo más remedio que soltarla. Se alejó lentamente de ella. La pelirroja se acomodó contra las almohadas y apartó la mirada. Por un instante,
Yuri no respondió de inmediato, frunció el ceño antes de decir. —No es el momento para esta conversación. —¡Te he preguntado si la amas! No creas que soy estúpida, Yuri, conmigo siempre eres un tempano de hielo impenetrable. Jamás me has abrazado de la manera en la que la estás abrazando a ella. La voz de Julieta resonó en los aposentos. Era una loba que había crecido entre telas de seda y atenciones, creía que el mundo era demasiado poco para ella, que su belleza era merecedora de todo lo que deseara y más. Pero a los ojos de Yuri, ella o cualquier otra loba para comprometerse le daba exactamente lo mismo. Con que pudiera cumplir con las alianzas establecidas, para él estaba bien. Atenea se movió ligeramente entre los brazos del Alfa. Yuri bajó la mirada de inmediato, preocupado por que el grito la despertara de golpe. Ese pequeño gesto terminó de destrozar a Julieta. — ¿Puedes no gritar? Estás en un castillo que no es tu casa, pensé que tenías modales y que cono
El Alfa no obtuvo respuesta. Respiró profundamente. Entonces depositó un beso sobre su frente. Fue un gesto espontáneo, íntimo, demasiado tierno para un hombre conocido por su carácter frío y su absoluta incapacidad para mostrar debilidad. Y fue precisamente en ese instante cuando escuchó una voz detrás de él. —¿Yuri? El Alfa se quedó petrificado. No necesitó volverse para reconocer esa voz. Era ella, sin duda alguna. Julieta. La prometida del Alfa estaba de pie en el umbral de la puerta. Llevaba un vestido de seda color marfil, delicadamente bordado en las mangas, y su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Había acudido a los aposentos de Atenea, buscando al alfa con la intención de hablar sobre una cena que las familias reales celebrarían al día siguiente. Sin embargo, el espectáculo que encontró al entrar la dejó sin palabras. Su prometido estaba sentado sobre la cama, abrazando a una mujer pelirroja. No se trataba de un abrazo fo







