ログインLos mates destinados están prohibidos. El vínculo es una mentira. El amor es debilidad. Nora es una loba herida en batalla. Su piel quemada es la prueba de una guerra que casi la mata y de un sacrificio que aún no ha terminado. Para salvar a su familia, se entrega voluntariamente a los herejes, aceptando convertirse en la prometida de Tiziano, el cruel y arrogante heredero del alfa. Desde el primer momento, él la rechaza, la humilla por su debilidad y sus cicatrices. Pero la verdadera pesadilla no es solo su prometido. Los herejes son salvajes, sangrientos, hambrientos de poder. Para el alfa, Nora tiene un único propósito: engendrar un heredero que asegure alianzas y protección. Y en el día de su boda, todo se quiebra: Nora siente a su mate. Pero no es su futuro esposo, sino Gael… el hermano. Ella lo sabe: es un vínculo prohibido. Si él la reclama, ambos morirán. Si se alejan, el lazo los consumirá desde dentro, lenta y cruelmente. Mientras fuerzas antiguas y oscuras comienzan a despertar alrededor de la manada, los herejes descubrirán que Nora no es una loba débil y que un vínculo de mates, cuando se prohíbe, es capaz de incendiarlo todo. Hay deseos que no pueden negarse. Hermanos destinados a enfrentarse. Y amores tan prohibidos que nacen para destruir reinos.
もっと見るNora
Era el día que más temía.
Era la noche de mi boda.
La gran casa estaba en ruinas, un reflejo de la decadencia de una manada que todos odiaban. Y con justa razón.
—Te crees una princesa, una guerrera, ¿no es así? Pero aquí vas a hacer lo que yo diga. Servirás a tu esposo y a la manada como una buena loba, agachando la cabeza y cumpliendo tu deber con los Herejes de la Noche —gruñó alfa Pascal, un alfa calvo, pálido y musculoso.
Lo conocía de vista y justo esa noche conocería a quien sería mi esposo.
—Ven, Tiziano. Tu prometida te espera —indicó Pascal.
En la habitación apareció un hombre enorme, de piel muy blanca y cabello rubio, casi rapado. Tiziano llevaba un pantalón formal y estaba sin camisa, mostrando los tatuajes y las cicatrices de guerras pasadas sobre su piel pálida junto con collares de metal. Sus ojos azules, sin vida, y su expresión lo hacían parecer un sádico violento.
Quizás había esperado un milagro, pero pronto aprendería que en esta manada no había esperanza. La familia del alfa era miserable, como él. Su rostro podría haber sido considerado atractivo, pero su expresión estaba marcada por odio y desprecio, como si lo sintiera por todo en su vida. En los ojos de mi futuro esposo solo vi malicia, crueldad y arrogancia.
—¿Esta es la gran esposa que me conseguiste, padre? —dijo, acercándose a mí, dando vueltas alrededor de mi figura, fijándose en las quemaduras y cicatrices que sobresalían donde mi vestido no cubría—. Es asquerosa —musitó. Yo contenía mis lágrimas, pero no bajaba la cabeza.
—Es hija de un alfa y su hermano es importante. No sabes en lo que te has metido, pequeña, ¿no es cierto? Nos darás un heredero poderoso. ¿Quedó claro? Ahora… demuéstrale quién es el que manda —indicó Pascal, y se fue riendo.
Tiziano se quedó, humillándome.
—Me han dicho que te crees valiente, una mujer importante. Lo primero que quiero que se te meta en la cabeza es que no eres nada —dijo, jalando mi vestido y tomándome por los hombros—. Estás quebrada. Caminas mal —Empujó mi pie y casi caí al suelo.
Me levantó como si fuera un saco y me alzó hasta quedar a su altura.
—Y estás dañada, profundamente dañada — pasó su pulgar con fuerza por la cicatriz que se extendía por mi cuello y hombro—. Espantosa. Una vergüenza.
Mi loba, Indira, había estado desaparecida, iba y venía, y allí decidió aparecer, agitada.
Reaccioné. Lo golpeé con el brazo y fui a mi muslo para buscar una daga que siempre tenía escondida, la que me regaló mi hermano. Pero no estaba. Me habían quitado todo al entrar en la manada, era la fuerza de la costumbre. Tiziano se molestó y me dejó caer al suelo. Estaba tan débil. Ya no era la Nora de antes.
Cuando intenté levantarme, él se agachó a mi lado y me gritó:
—¿Te crees una guerrera? Eso quedó en el pasado. Tu hermanito no vendrá a ayudarte. Renunciaste a todo eso por esta alianza, ¿lo recuerdas? Eres mía. Estás bajo mi poder para hacer lo que yo desee. Y esta noche… estarás condenada.
Me tomó del cabello para obligarme a levantar el rostro y mirarlo.
—Te voy a decir lo único bueno que tienes —espetó—. Y no, no es que tu familia sea importante ni que nos dé protección, tampoco que tengas sangre de alfa. Eres una bastarda, que no se te olvide. Lo único bueno de ti, casi loba, es que no puedes hablar. Esa es tu única bendición. Es lo que cualquier hereje pide: una mujer en silencio, una mujer que haga su trabajo. Y sabes bien cuál es el tuyo.
Tenía que guardar fuerzas para lo que, lamentablemente, se venía.
Tiziano se levantó y se acomodó el cabello y la ropa.
—Te espero ahí, en el altar, “casi loba”. Y más te vale que te comportes y no me hagas pasar vergüenza. Suficiente malo es casarse con una mujer rota como tú —escupió, y salió por la puerta.
De reojo vi en la entrada a las omegas, temblando.
Eso era lo que se vivía aquí: terror, violencia e incertidumbre. Al parecer, todos se habían acostumbrado a eso, pero yo no.
Mi futuro esposo era peor que su padre, y eso era decir bastante. Peor de lo que me imaginé. Estaba sola, débil, sin fuerzas. Y arrepentida de mi decisión.
—Es hora, nuestra dama —dijeron las omegas, inclinándose ante mí.
Sus ojos brillaban aún con el miedo. Estaban contentas, aunque mi nombre sería “dama”. Aquí las Lunas no existían.
El camino al altar estaba lleno de antorchas. Las mujeres llevaban sus mejores vestidos y agachaban la cabeza. Los hombres estaban sin camisa, mostrando collares de huesos y metal. La mayoría tenía el cabello tan claro que parecía blanco, y en sus rostros había tristeza y desesperanza.
Una nube se movió en el cielo y apareció la luna, plateada y brillante. Ella me acompañaba. Y recordé por qué hacía todo esto.
Por la gente que amaba.
No importaba lo que ellos dijeran. Yo era una guerrera. Y un guerrero da todo por su gente. Yo era huérfana, sí, e hija bastarda de un alfa. Pero tenía una familia y no iba a dejar que sufrieran. Ni ahora ni nunca.
Escuché aullidos a lo lejos, lamentos que provenían del valle. Sabía quiénes eran.
—Luna, no me desamparaste. Estás aquí conmigo —murmuré. Mi loba se revolvió dentro de mí, atenta, en guardia, como si algo fuera a suceder—. ¿Qué sucede, Indira? —pregunté, pero no respondió.
Los herejes murmuraban. Las mujeres tarareaban una canción suave y dolorosa, mientras yo avanzaba descalza, cojeando lentamente.
—Es una bastarda.
—No sobrevivirá un día aquí.—¿Esta es la dama que nos han traído? ¡Está rota y su loba está muerta!Vociferaban algunos hombres por encima de los cánticos. No era una ceremonia de mates, pues ellos no creían en el destino.
Los Herejes de la Noche: los lobos que no creían en mates ni en la diosa luna.
—¡Silencio! —gritó Pascal.
Llevaba una capa de pieles y collares de huesos apilados en el cuello con cadenas doradas. A su lado estaba un muchacho flaco y joven. Sabía que tenía tres hijos y una hija.
—Hoy se casa mi hijo mayor, el futuro alfa, Tiziano. Que su esposa obedezca y honre nuestras creencias, que tenga un heredero fuerte que haga a los Herejes de la Noche la manada que todos teman —proclamó Pascal.
Todos gritaron, los hombres golpeándose el pecho. Tiziano avanzó y me jaló por el brazo.
—Nora… —suspiró mi loba y me sorprendió escucharla. Luego del ataque que sufrimos en la guerra, mi loba había quedado débil.
—¡Indira! No me dejes… —supliqué. Hasta que lo sentí. Un aroma delicioso, como dulce de limón, que hizo latir mi corazón con emoción.
—Trae el brazalete, Gael —indicó Pascal.
Un hombre entró al círculo y quedé congelada. Era el segundo hijo, tenía que serlo.
Gael, así lo habían llamado.
Su cabello era largo, tan claro y brillante como la luna misma. Sus ojos azules como la mañana. La nariz recta, los labios enrojecidos, los pómulos altos. Era alto, fuerte y sobre su pecho desnudo había un gran tatuaje de un lobo, cubierto por numerosos collares de madera.
Jamás había visto algo tan glorioso.
—Arrodíllate —murmuró Tiziano.
Gael estaba quieto, con los ojos bien abiertos. Sus labios temblaban.
—Dame el brazalete, Gael —murmuró Pascal.
Tiziano me empujó al suelo y un gruñido llenó el círculo. Arrodillada, desde el suelo, ese hereje, magnífico y casi celestial, se veía aún más hermoso.
Nora y Gael. Dos nombres entrelazados.
Por primera vez, mi loba pronunció las palabras más hermosas y, a la vez, más temibles.
Mate… él es nuestro mate.
NoraHabíamos tenido semanas maravillosas, donde mi mate y yo íbamos cambiando poco a poco la manada herejes. El bosque nos proveía de lo que necesitábamos, y la alianza con mi hermano y la ciudad estaba segura; entre Octavio y yo habíamos entrenado suficientes guerreros que protegerían tanto a humanos como a lobos.Los herejes tenían vidas más felices y nuestra sociedad mejoraba. Mi mate había investigado junto a Julieta mejoras en tratamientos y en cómo manejar algunos de los poderes de los lobos y las hechiceras, todo gracias a lo que le había enseñado su madre sobre cómo utilizar todos los elementos del bosque.Cada quien había encontrado su lugar en el mundo. Pensé que los horrores del pasado se habían terminado.Recordé cuando fui enviada aquí, al castillo, y todo lo que había aprendido con las grandes guerreras. Cada persona que estaba aquí, en esta reunión, era importante para mí; los conocía desde que era pequeña, cuando estaba sola con mi hermano y él intentaba hacerse un nom
Agata—Ahora entiendo por qué te gustaba estar aquí —me dijo mi esposo. El castillo de Su Majestad estaba más fortificado que nunca, pues, luego de derrotar al malvado vampiro Valerius y a su hermano Lucio en las guerras pasadas, había logrado concentrar muchísimo poder. Ahora había muy pocos alfas que no lo apoyaran. Cientos de mujeres lobas habían ofrecido participar de su séquito y su guardia principal, que se extendía hacia varios territorios del reino.—Y ahora se extiende al Valle de la Luna —indicó él.—Así es. Y eso es beneficioso, no solo por el poder que tiene él y por la seguridad, sino por ellas.Ahí, enfrente de la entrada principal, nos esperaban mis hermanas hechiceras. Me alegré al ver que habían encontrado a más hechiceras; algunas eran muy jóvenes. Y en el centro estaban el rey y la reina.—Aún no puedo creer el poder que tienen ambos… pero es ella, ¿cierto? Es ella la que domina realmente el reino —susurró mi mate a mi oído.—Mi prima Celeste es muy fuerte, y tiene
Gael La ceremonia era simple: una confirmación del título de alfa y de dama, y de que nosotros éramos mates frente a todos. Di dos pasos hacia atrás y me transformé en lobo, aún con los collares en mi cuello.—Iker... Precioso lobo —sonrió ella, maravillada, acariciando el pelaje, mirándome a los ojos con devoción. —Lo sé, lo sé... Ya la tendrás también —murmuró, y en un abrir y cerrar de ojos, frente a mí estaba Indira, con flores blancas en la cabeza.Los lobos guardianes aullaron al unísono y juntos echamos a correr.Me sentía libre, feliz, extasiado. En algún lugar de mi cabeza estaban los recuerdos del pasado: los de una familia rota, los de tristeza absoluta, los de mi madre sufriendo y muriendo, y mi padre volviéndose cada vez más difícil y molesto con la vida. Los de una manada pobre y despedazada.Ahora el viento corría por mi cara y mi corazón latía al unísono con el de ella. Los herejes éramos por fin libres, y yo era el alfa de ellos. Una marea de lobos blancos se desperdi
Nora—Hoy debe haber luna llena. Sé que no crees en la diosa, pero las lunas llenas son importantes —le dije a mi mate mientras volvíamos a la manada tras un paseo por el bosque. Él se acercaba a mí y me daba un beso suave y dulce. El cabello le había crecido rápidamente, más de lo normal, y le habían quedado algunas cicatrices en el cuello y en el pecho. Las mías habían mejorado sustancialmente, simplemente con estar cerca de él, aunque sabía que jamás se irían del todo.—Desde hace un tiempo me gusta mucho tu diosa luna.—¿De verdad? —Si ella nos hizo el uno para el otro, ¿cómo no creer en ella? ¿Cómo no estar completamente agradecido? —sus palabras me llenaban de amor.—Podríamos ir hoy a las montañas y verla de cerca, ¿qué te parece?Pero mi esposo se perdió toda esa tarde, y cuando ya estaba por caer la noche y quería preparar nuestro viaje a la montaña, no lo encontré por ninguna parte. De hecho, parecía que toda la gente de la manada se había ido a dormir temprano.—Qué extrañ






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