LOGINLa tumbaron sobre un lecho de suaves hojas, cuidadosamente dispuestas por Átila momentos antes. La hierba era densa y flexible, como un colchón vivo preparado por el bosque mismo para aquel momento sagrado y profano. Irmak, con sus veintiséis bien vividos años, sentía el corazón martilleándole contra las costillas. Ya no era una joven inocente de las aldeas humanas. Había luchado, sangrado y deseado durante años. Pero nada la había preparado para esto: ser reclamada por dos dragones gemelos al mismo tiempo.
Kuzey, el más salvaje de los dos, rasgó su vestido con una garra que aún conservaba rastros de escamas negras iridiscentes. La fina tela se rompió como papel, deslizándose por sus hombros y revelando sus senos firmes y pesados, con pezones rosados ya duros por la excitación y el frío de la noche.
—Por los dioses antiguos… mírala —murmuró Kuzey, su voz profunda reverberando como un trueno. Sus ojos dorados brillaban con hambre depredadora.
Átila se arrodilló entre sus piernas con movimientos lentos y deliberados. Sus grandes manos callosas separaron sin esfuerzo los suaves muslos de Irmak, exponiendo su intimidad, que ya brillaba de excitación. El aire frío tocó su carne ardiente, haciéndola estremecer.
—Tan mojada ya… —murmuró Átila, su voz más baja y controlada que la de su hermano, pero no menos peligrosa—. Estás chorreando, pequeña. Ese aroma me va a volver loco.
Bajó el rostro sin previo aviso. Su lengua ancha, caliente y ligeramente áspera se deslizó lentamente a lo largo de su hendidura empapada, recogiendo su esencia con un gruñido ronco de satisfacción. Irmak arqueó la espalda con violencia, un grito agudo escapando de su garganta.
—¡Ah!
Kuzey no perdió el tiempo. Cerró su boca caliente sobre uno de sus pezones rosados, succionando con fuerza mientras su lengua giraba alrededor del sensible pico. Sus dientes rozaron su piel justo lo suficiente para enviar descargas de placer doloroso directamente a su centro.
Átila lamió su clítoris hinchado en rápidos círculos precisos, alternando presión y velocidad con cruel maestría. Dos dedos gruesos presionaron contra su entrada, deslizándose lentamente, centímetro a centímetro, hasta que se curvaron hacia arriba y encontraron ese punto hinchado y sensible en su interior.
—Ah… dioses… —gimió Irmak, sus caderas moviéndose involuntariamente contra la boca de Átila—. Por favor… más…
Los gemelos intercambiaron una breve mirada por encima de su cuerpo. Un entendimiento silencioso y salvaje pasó entre ellos. Kuzey soltó su pezón con un húmedo chasquido y subió para capturar su boca en un beso devorador. Su lengua invadió la de ella, imitando el ritmo de los dedos de Átila en su interior.
El orgasmo llegó como una tormenta repentina.
Irmak gritó contra la boca de Kuzey, su cuerpo convulsionando. Sus músculos internos se apretaron con fuerza alrededor de los dedos de Átila, y un chorro caliente de líquido brotó, empapando su barbilla y su mano. Los gemelos no se detuvieron. Átila continuó lamiendo con avidez, succionando cada gota que salía de ella, mientras Kuzey sujetaba sus muñecas por encima de su cabeza, manteniéndola abierta y expuesta.
—Eso es… córrete para nosotros, preciosa —gruñó Kuzey contra sus labios—. Deja que todo el bosque escuche cómo te rindes a los dragones.
Cuando el primer orgasmo finalmente disminuyó, Irmak temblaba como una hoja. Pero ellos no le dieron descanso.
Átila levantó el rostro, brillante con sus jugos. Sus ojos ahora eran completamente dorados, con pupilas verticales como las de un dragón.
—Sabe a miel y pecado —dijo, lamiéndose lentamente los labios—. Quiero más. Quiero que se corra hasta que no pueda hablar.
Kuzey soltó sus muñecas y bajó por su cuerpo, intercambiando lugares con su hermano. Mientras Átila se colocaba a su lado, quitándose la camisa y revelando un torso musculoso marcado por antiguas cicatrices de batalla, Kuzey hundió su rostro entre las piernas de Irmak con renovado hambre.
Su lengua era aún más áspera que la de su hermano. La folló con ella, entrando y saliendo mientras su nariz presionaba contra su clítoris hinchado. Dos dedos —no, tres— entraron en ella de una vez, estirándola deliciosamente.
—¡Kuzey…! —gritó Irmak, sus manos volando al largo cabello negro de él, tirando con fuerza.
Átila ahuecó uno de sus senos, pellizcando el pezón entre sus dedos mientras se inclinaba para susurrarle al oído:
—Puedes tomar más, ¿verdad? Apenas hemos empezado. Cuando terminemos, no podrás caminar durante tres días. Sentirás nuestro toque con cada paso que des.
Irmak sollozó de placer cuando un segundo orgasmo la golpeó, aún más fuerte que el primero. Kuzey bebió todo, gimiendo contra su carne sensible, la vibración disparándose directamente a su clítoris.
La giraron de nuevo, ahora boca abajo sobre las hojas. Kuzey se tumbó debajo de ella, tirando hacia arriba hasta que quedó a horcajadas sobre su rostro. Átila se posicionó detrás, sus grandes manos separando sus nalgas.
—Quiero probar también este otro lugar —murmuró Átila, su voz espesa por el oscuro deseo.
Su lengua se deslizó entre sus nalgas, lamiendo el arrugado anillo con tortuosa lentitud mientras Kuzey succionaba su clítoris desde abajo. Irmak gritó, el sonido resonando en el silencioso bosque. Nunca la habían tocado allí antes. La sensación era impactante, prohibida y absurdamente placentera.
—Ah, dioses… eso… es demasiado… —gimoteó, sus caderas moviéndose por sí solas, restregándose contra la boca de Kuzey.
—No es demasiado —corrigió Kuzey, su voz amortiguada contra su coño—. Es exactamente lo que necesitas. Déjanos devorarte, Irmak. Déjanos arruinarte para cualquier otro macho.
Átila presionó un dedo lubricado contra su ano, penetrándola lentamente mientras continuaba lamiendo alrededor. La estimulación dual hizo que los ojos de Irmak se pusieran en blanco. Se corrió de nuevo, todo su cuerpo temblando, líquido goteando por la barbilla de Kuzey.
La giraron una vez más, ahora a cuatro patas. Kuzey se arrodilló frente a ella, liberando su gruesa y larga polla de los pantalones. La cabeza bulbosa ya brillaba con precum. Átila se posicionó detrás, frotando su igualmente impresionante erección contra su entrada empapada.
—Mírame —ordenó Kuzey, sujetando su barbilla—. Quiero ver tus ojos mientras mi hermano te folla por primera vez.
Átila no esperó más. Embistió hacia adelante en un solo movimiento fluido, enterrándose hasta el fondo. Irmak soltó un largo y ronco grito mientras sus paredes internas eran estiradas al límite alrededor de su grosor.
—Tan apretada… —gruñó Átila, sus manos firmes en sus caderas—. Como si hubieras sido hecha para los dos.
Comenzó a moverse. Embistes profundos y rítmicos que hacían balancearse los senos de Irmak. Kuzey aprovechó para empujar su polla contra sus labios.
—Abre —ordenó suavemente.
Irmak obedeció, tomándolo en su boca tan lejos como pudo. El sabor salado y masculino explotó en su lengua. Los gemelos encontraron un ritmo perfecto: mientras Átila la follaba con fuerza desde atrás, Kuzey follaba su boca con embestidas controladas, sujetando su cabello.
La tumbaron sobre un lecho de suaves hojas, cuidadosamente dispuestas por Átila momentos antes. La hierba era densa y flexible, como un colchón vivo preparado por el bosque mismo para aquel momento sagrado y profano. Irmak, con sus veintiséis bien vividos años, sentía el corazón martilleándole contra las costillas. Ya no era una joven inocente de las aldeas humanas. Había luchado, sangrado y deseado durante años. Pero nada la había preparado para esto: ser reclamada por dos dragones gemelos al mismo tiempo.Kuzey, el más salvaje de los dos, rasgó su vestido con una garra que aún conservaba rastros de escamas negras iridiscentes. La fina tela se rompió como papel, deslizándose por sus hombros y revelando sus senos firmes y pesados, con pezones rosados ya duros por la excitación y el frío de la noche.—Por los dioses antiguos… mírala —murmuró Kuzey, su voz profunda reverberando como un trueno. Sus ojos dorados brillaban con hambre depredadora.Átila se arrodilló entre sus piernas con mo
La lengua estaba caliente. Áspera. Perfecta. Giraba en lentos círculos. Luego succionó el hinchado brote.Chispas azules danzaban donde su boca tocaba. Intensificando cada sensación.Átila permaneció detrás. Cuerpo presionado contra su espalda. Su miembro duro frotando la curva de su trasero.Grandes manos ahuecaron sus senos. Dedos pellizcando los pezones con precisión.—Deja que te pruebe —murmuró en su oído—. Córrete en su boca.Irmak se restregó contra el rostro de Kuzey. Caderas moviéndose por instinto.El placer subió en oleadas. Rápido. Incontrolable.—Yo… voy a… —gimió.Kuzey succionó con más fuerza. Dos dedos gruesos entrando lentamente en su apretado coño.Los curvó. Encontró el punto interior. Lo masajeó.Irmak explotó. Orgasmo violento. Cuerpo convulsionando. Líquido caliente goteando en la boca de Kuzey.Gritó. Su voz resonando en el claro.—¡Ah… dioses… sí!Átila la sostuvo con firmeza. Impidiendo que cayera.Kuzey lamió cada gota. Lentamente. Saboreando.Cuando terminó,
Átila permaneció detrás. Sus manos deslizándose por los brazos de ella. Levantándola suavemente hasta ponerla de pie.Irmak quedó entre ellos. Pequeña. Delicada. Rodeada de músculos y calor.Su mano derecha se extendió con vacilación. Los dedos rozaron el pecho de Kuzey. Piel ardiente. El corazón latiendo fuerte bajo su palma.Las chispas danzaron de nuevo. Más intensas. Disparándose directamente a su clítoris. Gimió bajito. Involuntariamente.—Dioses…Kuzey sonrió.—No dioses. Dragones.Átila presionó su cuerpo contra la espalda de ella. Su miembro duro rozando la curva de su trasero por encima del vestido.—Siente a los dos. Elige después.Irmak giró el rostro hacia un lado. Miró a Átila por encima del hombro.—No tenéis vergüenza. Aparecer desnudos. Hablar de profecías. Tocar sin pedir permiso.Kuzey tomó su mano. La guió hasta su abdomen marcado.—La vergüenza es para mortales débiles. Nosotros somos deseo puro. Fuego vivo.Sus dedos descendieron lentamente. Rozaron la línea de ve
Un rugido bajo y dual cortó la noche como dos truenos fusionándose. El sonido vibró en el pecho de Irmak, sacudiéndole los huesos. Los árboles temblaron. Las hojas cayeron en cascada.El caballo negro se encabritó con violencia. Los cascos delanteros cortaron el aire. Un relincho aterrorizado resonó en el claro. Las riendas se escaparon de sus manos.Irmak cayó de rodillas sobre la hierba húmeda. Las manos se hundieron en la tierra. El corazón le golpeaba contra las costillas. La respiración se le atoró en la garganta.El animal huyó hacia la oscuridad, con los cascos golpeando frenéticamente hasta desaparecer entre los árboles. El silencio regresó. Pesado. Cargado.Ella levantó la cabeza lentamente. Ojos azules muy abiertos. Manos temblorosas presionadas contra el suelo.Dos altas siluetas emergieron de la niebla baja. Hombros anchos. Torso musculosos. Piel dorada que reflejaba la luz plateada de la luna. Completamente desnudos.Músculos definidos como estatuas vivientes esculpidas p
La luna llena de 1250 colgaba alta en el cielo sobre FeWard, derramando luz plateada sobre el Bosque Oscuro. Árboles antiguos se alzaban como negros centinelas, con ramas retorcidas entrelazadas en lo alto. Sombras danzaban sobre el suelo irregular. El aire era frío y húmedo.Irmak, la princesa heredera de dieciocho años, clavó las espuelas en los flancos de su caballo negro. El animal relinchó, con los músculos tensos, galopando a toda velocidad. Hojas secas volaban detrás de ellos. El viento cortante azotaba su rostro.—¡Más rápido! —ordenó ella, con voz baja y urgente.Su trenza dorada, larga hasta la cintura, se estaba deshaciendo. Mechones rebeldes se pegaban a su piel sudorosa. Su vestido de terciopelo verde oscuro se rasgaba en el dobladillo con cada rama baja. Tierra y hojas se adherían a la fina tela.No miró hacia atrás. El castillo de FeWard se alejaba cada vez más. Sus torres grises y los estandartes reales desaparecían en la niebla nocturna.Su corazón latía con fuerza co







