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Capítulo 2

last update publish date: 2026-06-12 06:38:32

Un rugido bajo y dual cortó la noche como dos truenos fusionándose. El sonido vibró en el pecho de Irmak, sacudiéndole los huesos. Los árboles temblaron. Las hojas cayeron en cascada.

El caballo negro se encabritó con violencia. Los cascos delanteros cortaron el aire. Un relincho aterrorizado resonó en el claro. Las riendas se escaparon de sus manos.

Irmak cayó de rodillas sobre la hierba húmeda. Las manos se hundieron en la tierra. El corazón le golpeaba contra las costillas. La respiración se le atoró en la garganta.

El animal huyó hacia la oscuridad, con los cascos golpeando frenéticamente hasta desaparecer entre los árboles. El silencio regresó. Pesado. Cargado.

Ella levantó la cabeza lentamente. Ojos azules muy abiertos. Manos temblorosas presionadas contra el suelo.

Dos altas siluetas emergieron de la niebla baja. Hombros anchos. Torso musculosos. Piel dorada que reflejaba la luz plateada de la luna. Completamente desnudos.

Músculos definidos como estatuas vivientes esculpidas por dioses antiguos. Pecho amplio. Abdomen marcado en crestas rígidas. Muslos poderosos. Brazos con gruesas venas.

Ojos dorados brillaban como brasas vivas. Penetrantes. Depredadores.

Irmak tragó saliva con dificultad. Boca seca. Cuerpo paralizado entre el miedo y la fascinación.

El de la izquierda dio un paso adelante. Cabello negro largo y salvaje caía sobre sus hombros. Mandíbula cuadrada. Labios carnosos.

—Irmak de FeWard… sentimos tu llamada.

La voz era profunda. Resonante. Como piedra raspando sobre roca caliente.

El de la derecha —idéntico en rasgos, pero con una fina cicatriz plateada cruzándole el pecho izquierdo— completó el movimiento. Pasos silenciosos sobre la hierba.

—Yo soy Átila. Este es Kuzey. Somos los Dragones Gemelos, antiguos guardianes de esta tierra.

Irmak no podía apartar la mirada. Entre sus piernas, penes semierectos se balanceaban pesadamente. Gruesos. Venas pulsando visiblemente bajo la fina piel. Cabezas anchas y rosadas que brillaban ligeramente por la humedad.

Nunca había visto hombres tan perfectos. Tan cruda y poderosamente masculinos. Su aroma invadió el claro. Madera quemada. Especias oscuras. Algo animal. Salvaje. Masculino.

Su intimidad latió involuntariamente. Una humedad cálida se extendió entre sus muslos. Los pezones se endurecieron contra el terciopelo de su vestido rasgado.

—¿Sois… reales? —susurró ella, con voz ronca y temblorosa.

Kuzey sonrió. Dientes blancos y afilados brillaron. La sonrisa era peligrosa. Seductora.

—Más reales que cualquier mortal, princesa. Y hemos venido por ti.

Átila cruzó los brazos sobre su amplio pecho. La cicatriz destacaba en su piel dorada. Los ojos dorados recorrieron su cuerpo de arriba abajo. Lentamente. Sin prisa.

Irmak intentó levantarse. Las piernas le fallaron. Se quedó de rodillas, con las manos aferradas a la hierba.

El viento frío sopló entre ellos. Levantando mechones dorados de su cabello. Haciendo que el vestido se pegara a su cuerpo sudoroso.

—¿Mi llamada? —repitió, intentando mantener la voz firme—. Yo no llamé a nadie. Solo quería… estar sola.

Kuzey dio otro paso. La distancia se acortaba. Su aroma se hizo más fuerte. Le mareaba la cabeza.

—Tu corazón llamó. Tu angustia resonó en el bosque como un grito. Dormimos durante siglos. Tú nos despertaste.

Átila ladeó la cabeza. El cabello negro cayó sobre un ojo.

—La profecía habla de una princesa de sangre antigua. Sangre que lleva fuego dracónico latente. Tú, Irmak.

Ella negó con la cabeza. El cabello suelto se balanceó.

—Esto es una locura. Los dragones no existen. Son leyendas para asustar a los niños. Vosotros… debéis ser hombres comunes. O ilusiones del bosque.

Kuzey soltó una risa baja. El sonido vibró en el aire. Profundo. Vibrante.

—¿Ilusión? Tócanos, princesa. Comprueba si somos reales.

Extendió la mano. Palma ancha. Dedos largos. Uñas ligeramente afiladas.

Irmak dudó. Miró la mano. Luego su rostro. Después, inevitablemente, el grueso miembro que colgaba pesado entre sus piernas musculosas.

Su cuerpo la traicionó. El calor subió por su vientre. La respiración se aceleró. La humedad descendía lentamente por la cara interna de su muslo.

Levantó la mano temblorosa. Los dedos rozaron su palma.

Un calor eléctrico como fuego líquido corrió bajo su piel. Chispas invisibles subieron por su brazo. Directo al centro palpitante entre sus piernas.

Irmak jadeó. Retiró la mano como si se hubiera quemado.

—¿Qué fue eso?

Átila se acercó por el lado derecho. Ahora los dos la rodeaban. Altos. Imponentes. Sus formas desnudas dominaban el claro.

—El vínculo. El fuego ancestral. Tu sangre reconoce la nuestra.

Kuzey se agachó lentamente frente a ella. Rodillas separadas. El pene semierecto ahora más cerca de su rostro. Venas pulsando rítmicamente.

—No temas. No hemos venido a hacerte daño. Hemos venido a protegerte. Y a reclamar lo que es nuestro por derecho ancestral.

Irmak levantó el mentón. Ojos azules encontrándose con los dorados de él.

—¿Reclamar? Yo no pertenezco a nadie. Ni al rey. Ni a Vortigern. Mucho menos a dos extraños desnudos que emergen de la niebla.

Átila sonrió de medio lado. La cicatriz en su pecho se estiró ligeramente.

—Aún no. Pero lo sentirás. El deseo ya arde en ti. Lo olemos. Tu dulce y húmedo aroma llena el claro.

Ella se sonrojó violentamente. Apretó los muslos. Intentando contener el palpitar.

—Estáis desnudos. Frente a mí. Hablando de deseo. Esto es… inapropiado. Peligroso.

Kuzey extendió la mano de nuevo. Esta vez tocó un mechón de su cabello dorado. Lo enrolló alrededor de su dedo.

—Peligroso sería ignorar la llamada. Vortigern se acerca. El veneno en el rey avanza. La oscuridad de Malachar crece. Nos necesitas, Irmak.

Ella parpadeó. Sorprendida.

—¿Cómo sabéis lo de Vortigern? ¿Lo de mi padre?

Átila rodeó por detrás. Se detuvo a su espalda. Grandes manos flotando sobre sus hombros sin tocarla.

—Sentimos todo lo que te amenaza. Tu dolor. Tu ira. Tu hambre de libertad.

El calor de su cuerpo irradiaba. Casi quemándole la espalda a través del vestido.

Irmak respiró profundamente. Intentó ordenar sus pensamientos. La mente le daba vueltas. El cuerpo reaccionaba contra su voluntad.

—Si sois dragones… mostradme. Transformaos. Probad que no sois locos o demonios.

Kuzey levantó una ceja. Sonrisa afilada.

—Aún no. La transformación completa consume energía. Y aquí, en esta forma, podemos… hablar mejor. Tocar mejor.

Se inclinó más cerca. La nariz rozando su cuello. Inhalando profundamente.

—Hueles a deseo reprimido. A fuego contenido. Déjanos liberarlo.

Irmak giró el rostro. Los labios casi rozando los de él. Ojos fijos.

—No soy el juguete de nadie. Si queréis ayudarme, decidme cómo. Sin trucos. Sin seducción barata.

Átila rio bajo detrás de ella. Las manos finalmente se posaron en sus hombros. Dedos firmes. Calientes.

—La seducción no es un truco. Es verdad. Tu cuerpo ya lo sabe. Tu mente aún se resiste.

Sintió sus dedos masajeando ligeramente sus músculos tensos. Un placer involuntario recorrió su columna.

—Deteneos… —suplicó, con voz débil.

Pero no se apartó.

Kuzey permaneció agachado. Los ojos dorados descendiendo al escote rasgado de su vestido. Viendo el valle entre sus senos agitados.

—Dinos qué quieres, princesa. ¿Libertad? ¿Protección? ¿O algo más profundo?

Irmak mordió su labio inferior. Dientes blancos marcando la carne rosada.

—Quiero que mi padre viva. Quiero que Vortigern pague. Quiero no ser vendida como una yegua de cría.

Kuzey asintió lentamente.

—Podemos darte eso. Pero el precio es alto. Unión. Fuego compartido. Cuerpo y alma.

Átila apretó suavemente sus hombros.

—Y placer. Mucho placer. Del tipo que los mortales comunes nunca conocen.

Su aroma la envolvió. Madera quemada. Especias. Testosterona pura. Le mareaba la cabeza. La intimidad palpitaba con más fuerza.

Sintió un cálido reguero bajando por su muslo. Vergüenza y excitación se mezclaban.

—Sois demasiado. Dos. Desnudos. Hablando de unión como si fuera algo simple.

Kuzey levantó la mano. Tocó su barbilla. Elevó su delicado rostro.

—No es simple. Es destino. La profecía dice que la princesa de sangre antigua despertará a los gemelos. Juntos, romperemos maldiciones. Salvaremos FeWard.

Irmak respiró temblorosa.

—¿Y si me niego?

Átila se inclinó hacia su oído. Los labios rozando el lóbulo.

—Puedes intentarlo. Pero el fuego ya está encendido. Te quemará por dentro hasta que cedas.

Ella cerró los ojos por un segundo. Imágenes invadieron su mente. Manos fuertes. Cuerpos calientes. Gruesos miembros presionándose contra ella.

Sacudió la cabeza. Abrió los ojos.

—Necesito pruebas. No bonitas palabras.

Kuzey se levantó lentamente. Todo su cuerpo expuesto. El miembro ahora más erecto. Pesado. Apuntando en su dirección.

—Tócanos. Siente el fuego. Luego decides.

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