ANMELDENLos sonidos eran obscenos: piel chocando contra piel, gemidos húmedos, el sonido resbaladizo de su coño siendo follado sin piedad. Irmak se sentía completamente llena, poseída, devorada.
— Eso… así mismo… — alabó Kuzey, con la voz ronca—. Chupa más profundo. Quiero sentir tu garganta. Átila se inclinó sobre ella, una mano descendiendo para trazar círculos sobre su clítoris mientras seguía embistiéndola con fuerza. — Córrete en mi polla, Irmak. Quiero sentir cómo me aprietas mientras mi hermano se corre en esa boquita tan linda que tienes. El tercer orgasmo la destrozó. Irmak gritó alrededor de la polla de Kuzey, su cuerpo convulsionando con tanta violencia que casi se desploma. Átila gruñó y aumentó el ritmo hasta que, con un rugido animal, se corrió muy dentro de ella, llenándola con gruesos y calientes chorros. Kuzey sacó su polla de la boca de ella en el último segundo, corriéndose en gruesos hilos sobre sus pechos y cuello, marcándola visiblemente. Y no se detuvieron ahí. Después de un breve momento para recuperar el aliento, los gemelos la tumbaron de nuevo. Esta vez, Kuzey se acostó de espaldas y tiró de Irmak hacia arriba, penetrando su coño aún palpitante con un gemido grave. Átila se posicionó detrás de ella una vez más, presionando la gruesa cabeza de su polla contra su sensible ano. — Respira hondo — susurró Átila en su oído, mordisqueando el lóbulo—. Vamos a tomarte juntos ahora. Los dos al mismo tiempo. Irmak soltó un gemido alto cuando él comenzó a forzar la entrada. La sensación de ser llenada en ambos agujeros al mismo tiempo era abrumadora. El dolor y el placer se mezclaban con tanta intensidad que las lágrimas corrían por su rostro. — Despacio… — suplicó ella, con la voz temblorosa. — Vamos despacio, mi río — murmuró Kuzey, usando el significado literal de su nombre mientras le acariciaba el rostro—. Lo estás haciendo tan bien. Tan perfecta para nosotros. Cuando ambos estuvieron completamente enterrados dentro de ella, los tres permanecieron inmóviles durante un largo momento, solo sintiendo la conexión. Luego comenzaron a moverse. Primero despacio. Luego más rápido. Después, salvajemente. Irmak perdió la cuenta de cuántos orgasmos tuvo. Los gemelos se corrieron dos veces más: Átila dentro de su culo, Kuzey llenando su coño una vez más. La giraron en todas las posiciones posibles: de lado con una pierna levantada, sentada en el regazo de uno mientras el otro la follaba por detrás, de pie contra un antiguo árbol cuyas raíces parecían palpitar con magia ancestral. En un momento, Kuzey la sostuvo en sus brazos, con las fuertes manos bajo sus muslos, follándola mientras caminaba por el claro. Átila caminaba detrás, alternando entre besar su cuello y meter dos dedos en su culo ya bien usado. El bosque parecía observar. Los árboles susurraban. El viento llevaba sus gritos y gemidos lejos. Cuando finalmente terminaron, horas después, Irmak yacía entre los dos cuerpos calientes y poderosos. El semen chorreaba de ambos agujeros, mezclándose con sudor y lágrimas de placer sobre su piel. Sus labios estaban hinchados. Sus pezones, rojos. Sus piernas temblaban tanto que dudaba poder ponerse de pie pronto. Kuzey trazaba patrones perezosos sobre su vientre con una garra retraída. — Por primera vez en tu vida — dijo él, con voz baja y satisfecha—, has sentido lo que es ser devorada por dragones. Átila besó su sien sudorosa y la atrajo más contra su pecho. — Y no será la última, Irmak. La noche aún es larga… y apenas hemos arañado la superficie de lo que pensamos hacer contigo. Ella sonrió débilmente, con los ojos pesados de agotamiento y profunda satisfacción. Por primera vez, se sentía completamente poseída y completamente viva. Las sombras del Bosque de Ébano nunca quedaban del todo en silencio. Incluso después de que los ecos de los gritos de placer de Irmak se disiparan en el viento nocturno, algo permaneció. Tres pares de ojos rojos brillaban como brasas flotantes entre las ramas altas de un antiguo roble negro. No eran ojos de animales. Eran algo mucho peor. Criaturas invocadas por Malachar, el hechicero oscuro al servicio de Lorde Vortigern. Seres sin nombre, hechos de humo, sangre coagulada y pura maldad. Tenían forma vagamente humanoide, pero sus cuerpos eran alargados y distorsionados, con extremidades que terminaban en garras retorcidas. Sus bocas eran hendiduras llenas de dientes irregulares que nunca se cerraban del todo. Los tres ojos rojos —uno en el centro de la frente y dos más pequeños en los pómulos— nunca parpadeaban. Lo habían visto todo. Habían visto a Irmak, la princesa heredera del reino de FeWard, completamente desnuda, con la piel brillando de sudor y semen bajo la luz de la luna. La habían visto arquearse en éxtasis entre los dos dragones gemelos. Habían visto a Kuzey devorarla con la boca mientras Átila la tomaba por detrás. Habían visto el preciso momento en que los dos la reclamaron al mismo tiempo, llenándola hasta que sollozaba de placer. Habían visto cada orgasmo, cada gemido, cada marca de garra y mordisco en su piel. La criatura central inclinó la cabeza, su boca abriéndose en una sonrisa grotesca. — La princesa se entrega a monstruos — siseó una voz que sonaba como uñas arañando huesos—. Qué imagen tan deliciosa para nuestro señor. Las otras dos soltaron risas agudas y gorgoteantes. Una de ellas extendió una mano esquelética y recolectó una gota de esencia mágica que aún flotaba en el aire —residuos del poder dracónico mezclado con el placer de Irmak—. La gota flotó hasta un frasco de vidrio negro que portaba la tercera criatura. — Evidencia — murmuró la tercera—. Sangre, semen, magia y éxtasis. Suficiente para condenarla diez veces. Con un chasquido de dedos que sonó como ramas secas rompiéndose, los tres seres se disolvieron en humo rojo y volaron como cuervos espectrales hacia el Castillo de Hierro Negro, hogar de Lorde Vortigern.En el corazón de las Montañas Occidentales, el Castillo de Hierro Negro se erguía como una herida abierta en el paisaje. Sus torres eran irregulares, construidas de piedra volcánica y metal retorcido. Estandartes rojos y negros ondeaban al viento frío. Dentro de la cámara del consejo, iluminada únicamente por antorchas verdes que jamás se apagaban, Lorde Vortigern golpeó la mesa con tanta fuerza que grietas se extendieron por la superficie de la enorme mesa de roble.—¡Esa puta se está entregando a demonios! — rugió.Su voz resonó entre las paredes de piedra. Vortigern era un hombre alto, de mediana edad, con rasgos afilados y una barba bien recortada salpicada de gris. Sus ojos eran grises y fríos como hojas de acero. Vestía un jubón negro bordado con serpientes doradas, el símbolo de su casa. A su alrededor, sentados a la mesa, estaban sus consejeros más cercanos: el General Draven, el Canciller Aldric y, algo apartado en las sombras, el propio Malachar.El hechicero llevaba un mant
Los sonidos eran obscenos: piel chocando contra piel, gemidos húmedos, el sonido resbaladizo de su coño siendo follado sin piedad. Irmak se sentía completamente llena, poseída, devorada.— Eso… así mismo… — alabó Kuzey, con la voz ronca—. Chupa más profundo. Quiero sentir tu garganta.Átila se inclinó sobre ella, una mano descendiendo para trazar círculos sobre su clítoris mientras seguía embistiéndola con fuerza.— Córrete en mi polla, Irmak. Quiero sentir cómo me aprietas mientras mi hermano se corre en esa boquita tan linda que tienes.El tercer orgasmo la destrozó. Irmak gritó alrededor de la polla de Kuzey, su cuerpo convulsionando con tanta violencia que casi se desploma. Átila gruñó y aumentó el ritmo hasta que, con un rugido animal, se corrió muy dentro de ella, llenándola con gruesos y calientes chorros.Kuzey sacó su polla de la boca de ella en el último segundo, corriéndose en gruesos hilos sobre sus pechos y cuello, marcándola visiblemente.Y no se detuvieron ahí.Después
La tumbaron sobre un lecho de suaves hojas, cuidadosamente dispuestas por Átila momentos antes. La hierba era densa y flexible, como un colchón vivo preparado por el bosque mismo para aquel momento sagrado y profano. Irmak, con sus veintiséis bien vividos años, sentía el corazón martilleándole contra las costillas. Ya no era una joven inocente de las aldeas humanas. Había luchado, sangrado y deseado durante años. Pero nada la había preparado para esto: ser reclamada por dos dragones gemelos al mismo tiempo.Kuzey, el más salvaje de los dos, rasgó su vestido con una garra que aún conservaba rastros de escamas negras iridiscentes. La fina tela se rompió como papel, deslizándose por sus hombros y revelando sus senos firmes y pesados, con pezones rosados ya duros por la excitación y el frío de la noche.—Por los dioses antiguos… mírala —murmuró Kuzey, su voz profunda reverberando como un trueno. Sus ojos dorados brillaban con hambre depredadora.Átila se arrodilló entre sus piernas con mo
La lengua estaba caliente. Áspera. Perfecta. Giraba en lentos círculos. Luego succionó el hinchado brote.Chispas azules danzaban donde su boca tocaba. Intensificando cada sensación.Átila permaneció detrás. Cuerpo presionado contra su espalda. Su miembro duro frotando la curva de su trasero.Grandes manos ahuecaron sus senos. Dedos pellizcando los pezones con precisión.—Deja que te pruebe —murmuró en su oído—. Córrete en su boca.Irmak se restregó contra el rostro de Kuzey. Caderas moviéndose por instinto.El placer subió en oleadas. Rápido. Incontrolable.—Yo… voy a… —gimió.Kuzey succionó con más fuerza. Dos dedos gruesos entrando lentamente en su apretado coño.Los curvó. Encontró el punto interior. Lo masajeó.Irmak explotó. Orgasmo violento. Cuerpo convulsionando. Líquido caliente goteando en la boca de Kuzey.Gritó. Su voz resonando en el claro.—¡Ah… dioses… sí!Átila la sostuvo con firmeza. Impidiendo que cayera.Kuzey lamió cada gota. Lentamente. Saboreando.Cuando terminó,
Átila permaneció detrás. Sus manos deslizándose por los brazos de ella. Levantándola suavemente hasta ponerla de pie.Irmak quedó entre ellos. Pequeña. Delicada. Rodeada de músculos y calor.Su mano derecha se extendió con vacilación. Los dedos rozaron el pecho de Kuzey. Piel ardiente. El corazón latiendo fuerte bajo su palma.Las chispas danzaron de nuevo. Más intensas. Disparándose directamente a su clítoris. Gimió bajito. Involuntariamente.—Dioses…Kuzey sonrió.—No dioses. Dragones.Átila presionó su cuerpo contra la espalda de ella. Su miembro duro rozando la curva de su trasero por encima del vestido.—Siente a los dos. Elige después.Irmak giró el rostro hacia un lado. Miró a Átila por encima del hombro.—No tenéis vergüenza. Aparecer desnudos. Hablar de profecías. Tocar sin pedir permiso.Kuzey tomó su mano. La guió hasta su abdomen marcado.—La vergüenza es para mortales débiles. Nosotros somos deseo puro. Fuego vivo.Sus dedos descendieron lentamente. Rozaron la línea de ve
Un rugido bajo y dual cortó la noche como dos truenos fusionándose. El sonido vibró en el pecho de Irmak, sacudiéndole los huesos. Los árboles temblaron. Las hojas cayeron en cascada.El caballo negro se encabritó con violencia. Los cascos delanteros cortaron el aire. Un relincho aterrorizado resonó en el claro. Las riendas se escaparon de sus manos.Irmak cayó de rodillas sobre la hierba húmeda. Las manos se hundieron en la tierra. El corazón le golpeaba contra las costillas. La respiración se le atoró en la garganta.El animal huyó hacia la oscuridad, con los cascos golpeando frenéticamente hasta desaparecer entre los árboles. El silencio regresó. Pesado. Cargado.Ella levantó la cabeza lentamente. Ojos azules muy abiertos. Manos temblorosas presionadas contra el suelo.Dos altas siluetas emergieron de la niebla baja. Hombros anchos. Torso musculosos. Piel dorada que reflejaba la luz plateada de la luna. Completamente desnudos.Músculos definidos como estatuas vivientes esculpidas p
La luna llena de 1250 colgaba alta en el cielo sobre FeWard, derramando luz plateada sobre el Bosque Oscuro. Árboles antiguos se alzaban como negros centinelas, con ramas retorcidas entrelazadas en lo alto. Sombras danzaban sobre el suelo irregular. El aire era frío y húmedo.Irmak, la princesa her







