LOGINAna
El pestillo de la puerta principal giró con un chasquido sordo, y al cruzar el umbral me envolvió una quietud extraña, un silencio denso impropio de cualquier tarde. Miré el reloj con desconcierto: las manecillas marcaban tres horas menos del horario habitual. Con la certeza absoluta de que la casa estaba completamente sola, me quité el peso del bolso de los hombros y comencé a subir las escaleras rumbo a mi recámara. El alivio de haber salido temprano se desvaneció en el preciso instante en que pasé frente a la habitación de mi hermanastro. Unos murmullos apagados, un eco rítmico que atravesó la madera, me detuvieron en seco. Me tensé de inmediato. Los latidos del corazón se me dispararon directo contra las costillas, agolpándose calientes en la garganta. El instinto inmediato me susurró que había traído a alguien a escondidas. El pulso me zumbaba en los oídos. Conteniendo la respiración, me acerqué con sigilo, caminando sobre la puntas de los pies, rogando que las tablas del piso no crujieran bajo mis zapatillas. Los sonidos se volvieron más definidos, una mezcla de respiraciones pesadas y los gemidos descarados que salían de una pantalla. Con el estómago encogido y las manos frías, empujé el picaporte apenas un par de centímetros. La puerta cedió en completo silencio, dejándome ver una rendija estrecha. No había ninguna chica con él. Mi hermanastro estaba tumbado en el centro de su cama, con las sábanas enredadas en las piernas y el pantalón desabrochado, medio bajado. Frente a él, el televisor encendido reproducía una escena explícita y cruda. Pero lo que me paralizó por completo fue ver su mano envolviendo su propio miembro una carne imponente, gruesa, pesada y completamente erecta, surcada por venas marcadas que palpitaban con cada segundo mientras se masturbaba con una urgencia salvaje. El aire se me atragantó en los pulmones. Un calor abrasador me golpeó el bajo vientre de golpe, una sacudida eléctrica que hizo que mi vulva se contrajera, empapándose de humedad al instante. Jamás en mi vida había visto algo así, tan crudo, tan desesperado. Sin poder apartar los ojos de la rendija, llevé mi mano temblorosa por debajo de la falda del uniforme, directa a mi ropa interior. Mis dedos se hundieron en mis labios inflamados, encontrándome chorreando, y de inmediato introduje dos dedos dentro de mí, bombeando con un ritmo frenético y mudo, mientras me mordía el labio inferior con fuerza para no gritar al compás de los gemidos que salían del televisor y de los gruñidos graves que él soltaba. La fricción era deliciosa y desesperante, pero mi torpeza me traicionó el asa del bolso escolar resbaló de mi hombro, golpeando el marco de la puerta con un seco chasquido. Me quedé helada. Los dedos se me quedaron dentro, paralizados. En menos de un segundo, la puerta se abrió de par en par. Su silueta alta, con los ojos inyectados de excitación y la respiración rota, me bloqueó la salida. Su mirada bajó directo a mi mano, todavía semiescondida bajo la tela mojada de mi falda, y luego a mi rostro encendido de vergüenza. —¿Qué demonios crees que haces aquí, mirándome como una perra en celo? —bramó con la voz ronca, una mezcla letal de furia y deseo—. ¿Qué dirían nuestros padres si se enteran de esto? —Yo... prometo no decirles nada a nuestros padres, te lo juro —balbuceé con la voz rota, intentando apartar la mano de mi entrepierna. Él soltó una pequeña carcajada oscura y desafiante —Claro que no les vas a decir nada... o, ¿piensas decirles que me vigilabas mientrase masturbaba? Me tensé por completo. En silencio, sentí cómo mi vulva dolía de la tensión, palpitando con unas ganas insoportables de llegar al clímax, de la misma forma en que me había masturbado tantas otras veces en la soledad de mi cuarto, aunque aquello era infinitamente más intenso. La respiración se me cortó mientras él se acercaba con una lentitud peligrosa. Lo empujé débilmente del pecho, sintiendo el pánico y el calor mezclados en el pecho —Por Dios... eres mi hermano. Me corrigió al instante, atrapándome de nuevo: —Soy tu hermanastro. No tenemos ningún lazo sanguíneo. —Llevamos seis años comportándonos como hermanos... —protesté con la voz temblorosa. —Pues ya es hora de dejar de serlo —respondió antes de devorarme la boca con una voracidad que disolvió mis últimas defensas. Esta vez no lo aparté le correspondí el beso con la misma urgencia. Sus manos grandes y ásperas se deslizaron por mi cintura, apresurando el momento, y con tirones ansiosos me arrancaron la falda y la ropa interior de un solo movimiento, dejándome completamente desnuda, expuesta y chorreando frente a sus ojos oscuros. Me dejó caer de espaldas hacia la cama. Su peso se cernió sobre mí de inmediato, y comenzó a recorrer mi piel con besos calientes y húmedos que bajaron desde mis labios hasta el cuello, y de ahí directamente hacia mis senos. Los halagó en voz baja, confesando con una crudeza que me encendía que llevaba muchísimo tiempo queriendo chuparlos y verlos sin ropa. Sin perder un segundo, metió mi pezón derecho en su boca, lambiéndolo con desespero, succionándolo con fuerza y mordisqueándolo con los dientes hasta arrancarme un gemido largo y agudo.—Soñé tanto tiempo en cómo te escucharías gimiendo debajo de mí, con mi nombre en la boca... —susurró contra mi piel, haciendo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal. Siguió bajando con lentitud tortuosa por mi abdomen, trazando un camino de besos ardientes hasta detenerse justo entre mis muslos abiertos.—Estás empapada, joder... claramente te estabas tocando mientras me mirabas a mí, ¿verdad, pequeña zorrita? —murmuró, hundiéndose en mi olor antes de que pudiera responder. Su lengua barrió mi clítoris con una maestría salvaje, succionándolo en círculos cerrados que me hicieron arquear la espalda y gritar su nombre. Sin darle tregua a mi cuerpo, metió dos dedos dentro de mí, bombeando con un ritmo profundo, rápido y mojado que hacía que mis jugos salpicaran sus nudillos. El placer era tan denso, tan abrumador, que mis manos se enredaron en sus sábanas, arañándolas mientras suplicaba: —Por favor... ya no aguanto más, ¡métemela, cógeme de una vez! Él se apartó de golpe, con los labios brillantes y ensopados por mis fluidos. Se puso de rodillas entre mis piernas, levantando sus caderas para alinear su grosor imponente contra mi entrada. Frotó la cabeza pesada y venosa de su miembro contra mis labios hinchados, juguéteando con mi desesperación antes de dar el empuje definitivo. Un grito desgarrador, mitad dolor y mitad éxtasis puro, se rompió en mi garganta cuando su carne masiva me atravesó por completo, estirándome y quemándome las paredes internas con una intensidad brutal.—¡Ay, Dios... esto es mil veces mejor que masturbarse, está tan grande, me llenas tanto! —grité sin poder contener las lágrimas en los ojos de tanto placer, sintiendo que mi cuerpo estallaba por dentro. Se detuvo un segundo dentro de mí, respirando con la boca abierta contra mi mejilla, con el sudor goteando de su frente, mientras sentía cómo mis paredes internas se contraían, abrazando su grosor con una fuerza involuntaria. Soltó una pequeña carcajada ronca: —Así que la pequeña zorra al fin consiguió que su hermano la desvirgara... ahora vas a aprender cómo se siente de verdad. Comenzó a moverse. Al principio con embestidas lentas, profundas, calculadas, hundiéndose hasta el fondo para que cada centímetro de su tamaño me recorriera por dentro, haciéndome gemir con cada fricción. Luego, el ritmo se volvió salvaje, implacable, sin piedad. Las embestidas se aceleraron, chocando una y otra vez con una fuerza animal que sacudía el colchón entero. —¡Eso es... más fuerte, no pares! —gimoteaba yo, con la voz rota, perdiendo por completo la noción de la decencia, entregada a la fricción caliente y al sonido ruidoso de nuestras pieles colisionando a gran velocidad. Sus manos abandonaron mis caderas para subir directamente a mi garganta. Apretó con firmeza, cerrando los dedos alrededor de mi cuello lo suficiente como para cortar el aire por un segundo y disparar mi excitación hasta el delirio, mientras seguía empujando sin piedad, golpeando mi interior con una furia desatada que me hacía ver estrellas. —Estás tan apretada... me estás exprimiendo el alma, joder —bramaba él con el rostro contraído por el placer puro, acelerando todavía más las estocadas, convirtiéndonos en una sola masa de sudor, jadeos y calor absoluto. El abismo del orgasmo comenzó a formarse en mi vientre, una presión insoportable, un calor eléctrico que subía desde las piernas directo al cerebro. —¡Me voy a venir... me vengo en tu verga, aah! —grité con los ojos en blanco, arañándole la espalda con saña mientras mis contracciones internas explotaban en espasmos violentos y repetidos. Al sentir cómo mi coño lo ordeñaba con esa fuerza extrema, él soltó un rugido bestial, perdiendo el último rastro de control racional. Dio tres estocadas finales, ciegas, profundas y desesperadas, y arqueó la espalda con fuerza mientras se corría dentro de mí, soltando chorros hirvientes, pesados y abundantes que inundaron lo más hondo de mi ser. Quedamos ambos tendidos sobre las sábanas empapadas, jadeando, quemando el aire de la habitación en un silencio absoluto, completamente unidos por el fuego del pecado que acabábamos de cometer.AnaEl pecho me subía y bajaba en ráfagas cortas y desesperadas, tratando de recuperar el aire mientras el sudor se enfriaba sobre mi piel. Aún estábamos tendidos sobre las sábanas revueltas con Liam, con la mente nublada por lo que acabábamos de hacer, cuando un sonido seco en la puerta nos devolvió de golpe a la realidad.El pestillo giró con lentitud.Un escalofrío de puro terror me recorrió la espina dorsal. Pensé inmediatamente en mis padres; el pánico me apretó el estómago, haciéndome creer que todo estaba perdido. Sin embargo, al abrirse la puerta no aparecieron rostros furiosos, sino la figura de Camilo, el mejor amigo de Liam, quien se detuvo en el umbral con los ojos muy abiertos y una expresión de total incredulidad al vernos.—Mierda... —murmuró Liam en un susurro áspero, apartándose de mí de inmediato.Yo me puse de pie de un salto, con el corazón latiéndome en la garganta. Agarré una camiseta oversized de Liam que colgaba de la silla, me la puse a toda prisa para cu
AnaEl pestillo de la puerta principal giró con un chasquido sordo, y al cruzar el umbral me envolvió una quietud extraña, un silencio denso impropio de cualquier tarde. Miré el reloj con desconcierto: las manecillas marcaban tres horas menos del horario habitual. Con la certeza absoluta de que la casa estaba completamente sola, me quité el peso del bolso de los hombros y comencé a subir las escaleras rumbo a mi recámara.El alivio de haber salido temprano se desvaneció en el preciso instante en que pasé frente a la habitación de mi hermanastro. Unos murmullos apagados, un eco rítmico que atravesó la madera, me detuvieron en seco. Me tensé de inmediato. Los latidos del corazón se me dispararon directo contra las costillas, agolpándose calientes en la garganta. El instinto inmediato me susurró que había traído a alguien a escondidas.El pulso me zumbaba en los oídos. Conteniendo la respiración, me acerqué con sigilo, caminando sobre la puntas de los pies, rogando que las tablas del
Han pasado dos días enteros desde aquella madrugada en el estudio, cuarenta y ocho horas en las que él ha hecho hasta lo imposible por evitarme. Lo he visto huir de la cocina cuando entro, encerrarse en su despacho con doble llave y esquivar cualquier roce en los pasillos de la casa como si mi presencia se hubiera vuelto radioactiva. Pero sus intentos de escapar son inútiles; no voy a permitir que se escape de mí, no ahora que ya lo probé, no después de saber lo que se siente tenerlo gimiendo bajo mi cuerpo. Además, ¿de qué huye si solo lo estoy ayudando a sobrellevar esta maldita soledad?Es pasada la medianoche cuando decido poner fin a su ridículo juego de huidas. Me quito el vestido por completo, dejándome solamente en ropa interior: unas bragas de encaje negro ajustadas y un sujetador a juego que apenas contiene la fiebre que me quema por dentro. Camino por el pasillo en completo silencio hasta llegar a su habitación principal. Con un leve giro de la llave que encontré en la rep
El cuerpo entero me pesaba como si me hubieran aplastado los huesos con una piedra de molino, y las piernas me temblaban tanto que apenas podía sostener mi propio peso contra la madera fría del escritorio bajo mis muslos abiertos. El semen caliente y espeso de mi padrastro seguía escurriéndose lentamente por entre mis piernas, un recordatorio viscoso, real e innegable de lo que acabábamos de cometer en la oscuridad de la oficina, rodeados de carpetas corporativas y de las sombras de una casa que ya no nos pertenecía de la misma manera que antes.Él seguía inmóvil, con la frente apoyada pesadamente contra el hueco de mi hombro, respirando con una agitación irregular y profunda que me retumbaba directamente en el pecho. Sus manos, que hacía apenas unos segundos me magullaban las caderas con una furia ciega y salvaje, ahora se aferraban a mi piel con una lentitud extraña, casi desesperada, como si temieran que al soltarme el mundo terminara de desmoronarse por completo bajo sus pies.—
La casa respiraba un silencio pesado, casi sepulcral, desde que mamá se había marchado hacía ya cuatro meses. La ausencia de su voz en la cocina y de sus pasos recurrentes por el pasillo se habían vuelto una costumbre asfixiante, pero lo que de verdad me consumía por dentro de manera sistemática era la presencia imponente de él. Mi padrastro, un hombre de mandíbula cuadrada, hombros mastodónticos y una autoridad natural que siempre me había obligado a bajar la mirada con un respeto ensayado, se estaba desmoronando lentamente en la trastienda de su propio hogar, consumido por una pena que ninguno de los dos sabía cómo gestionar.Eran pasadas las tres de la mañana. El insomnio crónico que me perseguía desde el día del funeral me sacó de las sábanas frías y me hizo bajar a la cocina con una ligera bata de seda oscura, abierta peligrosamente en el pecho y sin absolutamente nada de ropa interior debajo, permitiendo que el aire fresco de la madrugada me erizara cada centímetro de piel. Al
El calor de su semen todavía quemaba en el fondo de mi vientre, y mis piernas apenas dejaban de temblar, pero Gabriel no tenía la menor intención de darme tregua. Con una mano firme envuelta con violencia en mi cabello, tiró de mí hacia abajo sin piedad, obligándome a arrodillarme sobre la mullida alfombra del despacho mientras la tormenta rugía afuera.—Abajo, putita —ordenó con una voz ronca, autoritaria y sucia que me sacudió los sentidos, mientras se apartaba el pantalón para liberar su miembro que, lejos de calmarse, volvía a latir con una dureza intimidante, goteando preespero espeso por la cabeza.No me atreví a dudar ni un segundo. Mis rodillas golpearon el suelo con fuerza y, con las manos apoyadas en sus muslos para mantener el equilibrio, alcé la vista hacia él. Su mirada era completamente oscura, cargada de un dominio absoluto que me hacía sentir suya, una zorra a su entera disposición.—Cógemela con la boca como la puta sucia que eres. Quiero que me la chupes hasta el







