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Mi Papi 3/3

Autor: Luna
last update Data de publicação: 2026-09-25 01:47:29

Han pasado dos días enteros desde aquella madrugada en el estudio, cuarenta y ocho horas en las que él ha hecho hasta lo imposible por evitarme. Lo he visto huir de la cocina cuando entro, encerrarse en su despacho con doble llave y esquivar cualquier roce en los pasillos de la casa como si mi presencia se hubiera vuelto radioactiva. Pero sus intentos de escapar son inútiles; no voy a permitir que se escape de mí, no ahora que ya lo probé, no después de saber lo que se siente tenerlo gimiendo bajo mi cuerpo. Además, ¿de qué huye si solo lo estoy ayudando a sobrellevar esta maldita soledad?

​Es pasada la medianoche cuando decido poner fin a su ridículo juego de huidas. Me quito el vestido por completo, dejándome solamente en ropa interior: unas bragas de encaje negro ajustadas y un sujetador a juego que apenas contiene la fiebre que me quema por dentro. Camino por el pasillo en completo silencio hasta llegar a su habitación principal. Con un leve giro de la llave que encontré en la repisa, el cerrojo cede con un chasquido casi imperceptible.

​La habitación está a oscuras, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna. Él está acostado bocarriba en la gran cama matrimonial, con un brazo cubriéndose los ojos. Al notar el cambio en el aire, se incorpora de golpe, sobresaltado, con las pupilas dilatadas en la penumbra.

​—¿Qué diablos haces aquí? Lárgate de mi habitación. ¡Vete de mi presencia pero ya! —sisea con una voz ronca, contenida, señalando la puerta con furia mientras se recuesta sobre los codos—. Te dije que te mantuvieras alejada de mí.

​Me quedo plantada al pie de la cama, cruzando los brazos bajo mis senos con una sonrisa desafiante en los labios, negándome rotundamente a moverme ni un solo centímetro.

​—No me voy a ir a ninguna parte, papá —le respondo con calma, avanzando lentamente hacia el colchón—. Llevas dos días huyendo como un cobarde, pero los dos sabemos que te estás muriendo de ganas de tenerme.

​—Te lo advierto, sal de aquí ahora mismo o las consecuencias van a ser peores... —gruñe apretando los dientes, intentando mantener una autoridad que ya se le desmorona en las manos.

​No lo dejo terminar. Subo a la cama de un solo movimiento, me arrodillo sobre su cintura y le inmovilizo las manos contra las sábanas. Él intenta incorporarse, pero me aferro a su cuerpo con una determinación febril, restregando mis caderas contra su entrepierna para que sienta de inmediato cómo estoy chorreando por él. Un gemido áspero y ahogado se le escapa de la garganta cuando el calor de mi sexo lo atraviesa a través de la tela de su pijama.

​—Ah... maldita sea... me estás buscando y lo vas a pagar muy caro —brama con los ojos oscurecidos por el deseo y la rabia.

​En un santiamén, invierte los papeles con una fuerza brutal. Me agarra de las muñecas, me gira sin ningún tipo de gentileza y me tumba boca abajo sobre la cama, estirando mi cuerpo por completo contra el colchón mientras me inmoviliza con todo el peso de su torso. De un solo tirón seco, arranca mis bragas sin piedad, dejándome completamente expuesta.​—¿Así que querías venir a desafiarme en mi propia alcoba? —sisea cerca de mi oído, con una voz oscura que me recorre la columna como un latigazo—. ¿Querías buscar tu castigo? Pues te lo voy a dar como te gusta. ¿Quieres que te coja? ¿Quieres saber lo que se siente? ¡Te voy a coger exactamente en la misma cama, sobre las mismas sábanas en las que me cogía a tu madre! ¿Sabes lo enfermo que es esto? ¡Pues apréndetelo bien!

​—¡Sí... ah, aah, sí, papá, hazlo ahí, cógeme en esta cama! —gemí entrecortada, arqueando la espalda con desesperación mientras mis caderas se empujaban contra las sábanas.

​¡Plas!

​Su mano abierta cae con una fuerza desmedida sobre mi nalga desnuda. El impacto seco resuena en la oscuridad, seguido de un ardor inmediato, punzante e intensísimo que me quema la piel de inmediato.​—¡Ah, Dios... aah! —chillé arqueando la espalda, mordiéndome los labios con fuerza ante el dolor delicioso que me recorría el cuerpo.

​¡Plas! Otro azote brutal cae exactamente sobre el mismo sitio, marcando la carne con un ardor que se expande por todo mi bajo vientre. Mis nalgas arden con furia, pero el dolor solo hace que me encante más, que la humedad se desborde con más fuerza entre mis muslos mientras me retuerzo bajo su peso sin poder evitar los gemidos.

​—¿Así que te gusta venir a buscarme? ¿Te gusta desobedecerme, eh? —pregunta con una burla ronca y sádica, bajando la mano otra vez con un chasquido estruendoso que me arranca un sollozo ahogado. ¡Plas!— Dime si te arde, dime si te gusta que te castigue como a la puta malcriada que eres.

​—¡Sí... aah, me arde, papá, me arde muchísimo, pero me encanta, ah, aah! —gimoteo con la cara enterrada en las almohadas, perdiendo la poca dignidad que me quedaba mientras mis nalgas palpitaban enrojecidas y calientes bajo sus manos—. No pares... azótame más, hazlo...

​Al escuchar mis súplicas empapadas de gemidos y ver cómo disfruto el castigo, él pierde el último vestigio de control. Se acomoda detrás de mí, separando mis piernas con una de sus rodillas pesadas, y con la otra mano baja la bragueta de su pantalón para liberar su miembro duro, grueso y goteando preespero. Sin una sola caricia previa, alinea la punta contra mi entrada ardiente y empuja hacia adentro con un golpe seco, profundo y salvaje que me arranca un alarido de éxtasis contra las sábanas.

​—¡Mírate! —rugió agarrándome del cabello para levantarme a la fuerza, obligándome a mirar hacia el frente mientras comenzaba a embestirme con una furia desatada, posesiva y completamente descontrolada—. ¡Estás aquí, recibiendo la verga de tu padrastro en la misma cama donde dormía tu madre! ¿Sabes lo descarada que eres? ¡Una maldita zorra que solo sirve para que la rompa entera!

​—¡Sí... ah, aah, rómeme, papá, métemela toda, no me dejes, aah! —chillé perdiendo la razón por completo, mientras sus embestidas se volvían rápidas, pesadas, violentas, chocando contra mi cuerpo con una fuerza descomunal que hacía temblar la estructura de la cama.

​El sonido de nuestra piel chocando al unísono llenaba la habitación, mezclándose con mis gemidos desatados y sus gruñidos animales. Cada estocada me destrozaba por dentro de la mejor manera posible, y su mano seguía bajando de vez en cuando para dejar otro azote seco sobre mis nalgas ardiente recordándome quién mandaba en esa alcoba prohibida.

​—¡Ahuum... eso es, apriétame con esa concha... trágate toda mi verga! —bramaba entre dientes, enloquecido por la fricción y por mi entrega absoluta

​El calor se acumuló en mi clítoris en una espiral insoportable. Mis uñas arañaban las sábanas y el aire me faltaba en los pulmones.

​—¡Me voy a venir... ah... aah... me estoy corriendo en tu verga, papá! —chillé con la voz rota, mientras una serie de contracciones violentas, espasmódicas y salvajes me atravesaban de punta a punta, exprimiendo su miembro con espasmos incontrolables.

​Al sentir mi orgasmo desatado, mi padrastro soltó un bramido bestial que retumbó en las paredes de la habitación. Enterró su carne hasta el fondo absoluto con tres estocadas finales, ciegas y desesperadas, y tensó cada músculo de su cuerpo contra el mío. Sentí cómo chorros espesos, hirvientes y pesados de su semen inundaban las profundidades de mi cuerpo sobre la misma cama de mi madre, sellando nuestro pecado en una entrega totalmente descontrolada y salvaje

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