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Mi Papi 2/3

Autor: Luna
last update Data de publicação: 2026-09-25 01:46:46

El cuerpo entero me pesaba como si me hubieran aplastado los huesos con una piedra de molino, y las piernas me temblaban tanto que apenas podía sostener mi propio peso contra la madera fría del escritorio bajo mis muslos abiertos. El semen caliente y espeso de mi padrastro seguía escurriéndose lentamente por entre mis piernas, un recordatorio viscoso, real e innegable de lo que acabábamos de cometer en la oscuridad de la oficina, rodeados de carpetas corporativas y de las sombras de una casa que ya no nos pertenecía de la misma manera que antes.

​Él seguía inmóvil, con la frente apoyada pesadamente contra el hueco de mi hombro, respirando con una agitación irregular y profunda que me retumbaba directamente en el pecho. Sus manos, que hacía apenas unos segundos me magullaban las caderas con una furia ciega y salvaje, ahora se aferraban a mi piel con una lentitud extraña, casi desesperada, como si temieran que al soltarme el mundo terminara de desmoronarse por completo bajo sus pies.

​—Mírate nada más... —su voz sonó ronca, rota, raspando contra mi piel desnuda con un eco de culpa reprimida que él mismo intentaba ahogar en lo más hondo de su garganta—. No debimos hacer esto. Si alguien de la familia llega a sospechar... si se enteran...

​—Nadie va a sospechar absolutamente nada, papá —le interrumpí con una voz extrañamente firme, a pesar de que el corazón me latía desbocado, golpeando mis costillas como un pájaro encerrado en una jaula—. Estás a solas conmigo. Y los dos sabemos perfectamente que necesitabas esto tanto como yo. Ya no hay marcha atrás en este juego.

​Él soltó un susurro áspero, un gruñido bajo que no supo si catalogar como una negación formal o como una rendición definitiva ante lo inevitable. Con un movimiento lento, pesado y cargado de reticencia, sacó su miembro flácido y húmedo de mi interior. Sentí un vacío helado, punzante y repentino en el bajo vientre en el preciso instante en que su carne abandonaba la mía, dejando un rastro mojado que me hizo estremecer de pies a cabeza. Se acomodó el pantalón con torpeza, abrochándose la bragueta mientras apartaba la mirada hacia el gran ventanal donde la tormenta comenzaba a ceder lentamente ante el gris sucio y melancólico del amanecer.

​—Vuelve a tu habitación de inmediato —ordenó de pronto, intentando recuperar por la fuerza esa autoridad fría, distante y tiránica que siempre había impuesto en las reglas de la casa—. Y no vuelvas a hablar de esto jamás. Actúa como si nada hubiera pasado entre nosotros en esta maldita noche.

​La orden seca me dolió mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir, encendiendo de inmediato una chispa de rebeldía ardiente en mi interior. No me conformaba con ser un simple desliz de madrugada, un secreto vergonzoso que se esconde bajo la alfombra del remordimiento burgués.

​—¿Como si nada? —le reté, deslizándome con dificultad desde el borde de la madera hasta quedar de pie frente a él, sin importarme en lo más mínimo que mi bata estuviera rota y mis piernas manchadas de fluidos—. ¿Te crees de verdad que puedo borrar de mi cabeza lo que acabo de sentir? ¿Lo que los dos acabamos de hacer sobre esta madera?

​Antes de que pudiera replicar o levantar la voz para imponerme el silencio absoluto que tanto deseaba, di un paso al frente y lo acorralé contra la gran librería del fondo del despacho, apoyando ambas palmas de mis manos con firmeza sobre su pecho amplio y tenso. Él se quedó completamente helado, con los ojos oscuros fijos en mí, visiblemente sorprendido por el arrojo repentino de la hijastra a la que siempre había visto como una niña sumisa.​—Tú me necesitas —le susurré al oído con una lentitud deliberada, rozando con mis labios calientes la línea de su mandíbula marcada mientras deslizaba una mano lenta por su abdomen hasta rozar de nuevo la zona baja de su pantalón, sintiendo con una satisfacción oscura cómo su cuerpo volvía a responder con un temblor casi imperceptible—. Mi madre ya no está con nosotros. Y si quieres sobrevivir a la soledad, vas a tener que dejar de culparte y aceptar lo que te ofrezco en bandeja de plata.

​Él soltó un bufido denso, atrapando mi muñeca con una fuerza contenida que no llegó a lastimarme, pero que dejó clara la advertencia en su contacto físico. Sus dedos eran duros como el acero, pero su respiración se había vuelto otra vez pesada, caliente y acelerada contra mi frente.

​—Estás jugando con fuego muy peligroso... —me advirtió en un susurro oscuro y amenazante, con las pupilas dilatadas de nuevo, devorando cada centímetro de mi boca como si el castigo fuera inevitable.

​—Ah... aah... Pues quémame de una vez, papá... hazlo arder todo —gemí bajito, arqueando la espalda contra su cuerpo mientras empezaba a mover las caderas de forma inconsciente contra su mano—. Mf... hazme tuya otra vez... no me dejes con este vacío... aah...

​La tensión acumulada estalló en un segundo. Ya no había espacio para la culpa ni para las advertencias vacías; la necesidad nos arrastró de nuevo hacia el abismo del deseo prohibido. Con un movimiento brusco y desesperado, mi padrastro me arrebató de la librería, levantándome en vilo para girarme y volver a estampar mi espalda contra la superficie del escritorio. Mis piernas se abrieron de manera instintiva a ambos lados de sus caderas, rodeando su cintura con una urgencia febril mientras él me arrancaba los jirones que quedaban de la bata de seda.

​—Eres una insaciable... una maldita zorra que solo busca que la castiguen como se debe —siseó contra mi cuello, bajando la cremallera de su pantalón con una violencia tal que el sonido metálico resonó en el silencio de la oficina.

​Sin preámbulos románticos ni caricias suaves, sacó su miembro otra vez duro, grueso y palpitante, y lo alineó directamente contra mi entrada chorreante. La fricción del preespero hizo que se deslizara hacia adentro en un solo movimiento profundo, pesado y brutal que me arrancó un grito ahogado contra su hombro.

​—¡Ah, Dios... aah, sí! —chillé con un gemido largo y rasposo, sintiendo cómo su grosor me partía por la mitad de nuevo—. ¡Mírame a los ojos! —exigió con una autoridad feroz, agarrándome de las mejillas con ambas manos para obligarme a sostenerle la mirada mientras comenzaba a embestirme con una furia desatada, sin importarle el cansancio previo.

​Cada estocada era un golpe seco y directo al centro de mi placer. Sus caderas chocaban contra las mías con un ritmo implacable, animal, sacudiendo todo mi cuerpo sobre la madera. El sonido húmedo de nuestras carnes golpeando sin piedad llenaba cada rincón del despacho, mezclándose con mis gemidos altos y sucios, que ya no intentaba contener en absoluto.​—¡Ah... ah... papá... sí, rómeme entera, aah... métemela más hondo, no pares! —grité perdiendo la razón por completo, clavando mis uñas en sus hombros anchos y dejando marcas rojas sobre su piel sudorosa con cada embestida.

​Él respondió a mis súplicas con una serie de estocadas aún más rápidas y profundas, estirando mis paredes al límite de lo soportable. Su mano libre bajó con velocidad para golpear mi nalga con un chasquido seco. ¡Plas! El ardor inmediato me hizo contraer la vagina con tanta fuerza que él soltó un rugido gutural, sintiendo cómo lo ordeñaba desde el interior.

​—¡Ahuum... eso es, apriétame con esa concha tan caliente... demuéstrame de quién eres puta —bramaba entre dientes, perdiendo totalmente el control mientras aceleraba el ritmo hasta volverse frenético, errático, absolutamente desbocado.

​El calor comenzó a acumularse de nuevo en mi clítoris de forma insoportable, una espiral eléctrica que me quemaba las entrañas y me elevaba hacia el cielo con cada estocada brutal. Sentía que el orgasmo me desgarraba por dentro, una marea incontenible que amenazaba con estallar en cualquier segundo.​—¡Me voy a venir... ah... aah... me estoy corriendo en tu verga, te estoy tragando entero, papá! —chillé con la voz rota por el éxtasis, arqueando la espalda de manera exagerada mientras una serie de contracciones violentas, espasmódicas y salvajes me atravesaban de punta a punta, exprimiendo su miembro con una fuerza incontrolable.

​Al escuchar mis gritos y sentir cómo mis paredes vaginales lo ordeñaban con tanta intensidad, mi padrastro soltó un bramido bestial que retumbó en las paredes de la habitación. Enterró su carne hasta el fondo absoluto con tres estocadas finales, ciegas y desesperadas, y tensó cada músculo de su cuerpo contra el mío. Sentí cómo chorros de su semen volvían a inundarme por dentro, llenándome hasta el desborde total en una entrega absoluta que sellaba nuestro pacto secreto en la oscuridad de la madrugada.

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