Compartilhar

Mi Papi 1/3

Autor: Luna
last update Data de publicação: 2026-09-25 01:46:11

La casa respiraba un silencio pesado, casi sepulcral, desde que mamá se había marchado hacía ya cuatro meses. La ausencia de su voz en la cocina y de sus pasos recurrentes por el pasillo se habían vuelto una costumbre asfixiante, pero lo que de verdad me consumía por dentro de manera sistemática era la presencia imponente de él. Mi padrastro, un hombre de mandíbula cuadrada, hombros mastodónticos y una autoridad natural que siempre me había obligado a bajar la mirada con un respeto ensayado, se estaba desmoronando lentamente en la trastienda de su propio hogar, consumido por una pena que ninguno de los dos sabía cómo gestionar.

​Eran pasadas las tres de la mañana. El insomnio crónico que me perseguía desde el día del funeral me sacó de las sábanas frías y me hizo bajar a la cocina con una ligera bata de seda oscura, abierta peligrosamente en el pecho y sin absolutamente nada de ropa interior debajo, permitiendo que el aire fresco de la madrugada me erizara cada centímetro de piel. Al pasar frente a su estudio privado, vi una rendija de luz dorada filtrándose por debajo de la puerta de caoba y escuché un ruido sordo, seguido de una respiración rota, áspera y contenida que definitivamente no era la suya de siempre.

​Me detuve en seco, con el corazón martillándome las costillas de una forma dolorosa. Me asomé con suma cautela, empujando la puerta apenas un par de centímetros, y lo encontré sentado frente al ventanal de suelo a techo que daba al jardín oscuro. Tenía una botella de whisky a medio vaciar en una mano grande y los ojos anegados en lágrimas contenidas que brillaban bajo la tenue luz de la lámpara de mesa. Ver a ese monolito de hombre, a esa figura inquebrantable que siempre había mantenido a raya a todo el mundo, reducido a un mar de sollozos silenciosos me revolvió las entrañas de una manera extraña.

​Al verme reflejada por accidente en el cristal del ventanal, giró el rostro con brusquedad, sobresaltado. Intentó tragarse el nudo monumental en su garganta con una desesperación evidente, pasándose una mano vasta y callosa por la cara para borrar cualquier rastro de debilidad masculina.

​—Vete a la cama de inmediato, esto no es un espectáculo para que lo veas —gruñó con la voz ronca, destrozada, intentando recuperar a la fuerza su fachada de hierro y dominio.

​Pero esta vez no retrocedí ni un solo paso. El dolor visceral que destilaban sus poros me atravesó el alma, desatando un impulso salvaje que llevaba semanas incubándose en mi interior.

Caminé despacio sobre la alfombra persa, con el roce constante de la seda oscura contra mis muslos desnudos marcando cada paso deliberado, hasta que me detuve justo entre sus piernas abiertas, invadiendo su espacio vital con absoluta osadía. Incliné el torso hacia adelante de manera provocativa, permitiendo que el peso pesado de mis senos quedara a centímetros de su cara, y apoyé mis manos con firmeza sobre sus hombros anchos y tensos.

​—No tienes que fingir fuerza conmigo, papá. Sé que estás sufriendo... Sé que te mueres de ganas de tener a alguien que te quite este frío —susurré con una lentitud magnética, pegando mis labios prácticamente a su oreja—. Déjame ayudarte...

​Él levantó la vista de golpe, con las pupilas dilatadas por la sorpresa y por un reconcomio interno que se derrumbaba por segundos. Sus ojos oscuros recorrieron mi escote abierto con una ferocidad hambrienta, capturando cada detalle de mi osadía y de mi total vulnerabilidad expuesta ante él.

— ¡¿Acaso te has vuelto loca?! ¡Eres mi hija!

— Soy tu hijastra...— Susurré — Solo Quiero ayudarte, solo quiero que sepas que no estás solo, que yo estoy aquí contigo, que puedo cuidar de ti como lo hacía mamá...

Un silencio se extendió en el despacho.

​—Estás jugando con fuego, pequeña.— Rompió el silencio luego de unos segundos — No sabes lo que estás provocando —advirtió con un ronquido animal retumbando en su pecho, aunque sus manos ya no opusieron resistencia; subieron como garras posesivas para aferrarse a mi cintura, clavando los dedos a través de la seda con una fuerza feroz y desesperada.

​—Solo déjame ayudarte—le dije está vez rozando mis labios contra los suyos antes de atrapar su boca en un beso voraz, cargado de urgencia, de tabú y de una rabia contenida que llevaba meses acumulándose en esta casa.

​La respuesta física fue instantánea, brutal y devastadora. Me arrebató el control absoluto con un rugido ahogado que salió desde lo más hondo de sus pulmones, abriendo mis labios a la fuerza con su lengua y devorándome con una voracidad que me dejó sin aire. Sus manos abandonaron la cintura para levantarme del suelo en vilo con una facilidad pasmosa, sentándome de golpe sobre el borde pulido de su gran escritorio de caoba, apartando carpetas y pliegues de papel a manotazos ciegos.

​El frío de la madera pulida contrastó de inmediato y de forma violenta con el calor abrasador de su cuerpo cuando se metió de lleno entre mis piernas abiertas. Con un movimiento rápido, experto y sumamente rudo, rasgó la tela fina de la bata a la altura de mis caderas, abriéndola por completo y dejándome totalmente desnuda y expuesta a su merced.

Sus dedos ásperos, callosos y ardiendo en fiebre se deslizaron directamente entre mis pliegues húmedos, encontrándome completamente empapada, chorreando por el deseo acumulado y la tensión acumulada de las últimas horas.

​—Mírate —me exigió con la voz rota, separando mis piernas con una presión implacable y tiránica mientras frotaba su dedo pulgar contra mi clítoris con una fricción experta, insistente y despiadada—. Húmeda, chorreando y abierta de par en par para mí... para tu padrastro ¿Es esto exactamente lo que querías? ¿Que te toque como la zorra sucia que eres sobre mi escritorio? Tu madre no estaría feliz...

— Mi madre no está — dije en un gemido agudo — Y yo solo quiero que te apoyes en mi, quiero darte mi calor

​Un gemido agudo, tembloroso y escandaloso se escapó de mi garganta, obligándome a arquear la espalda de forma violenta contra los papeles amontonados mientras mis caderas buscaban instintivamente el contacto de su mano.​—¡tócame así, hazme tuya de una vez, ya no aguanto más este infierno! —grité perdiendo los estribos por completo, mientras mis manos se aferraban a su nuca y tiraba de su cabello corto con una desesperación ciega.

​Sin darle el menor respiro a mi cuerpo tembloroso y suplicante, él se desabrochó el cinturón y bajó la bragueta del pantalón con la otra mano libre, liberando su miembro erecto, monstruosamente pesado y palpitante, que latía con fuerza propia. Sin ninguna clase de caricia previa ni preámbulos románticos, alineó la punta ardiente contra mi entrada y se deslizó dentro de mí de un solo golpe seco, profundo e interminable que me arrancó un alarido desgarrador directo contra su boca.

​El impacto brutal de su grosor llenando cada milímetro de mis paredes íntimas me hizo ver destellos blancos detrás de los párpados. Sentí cómo estiraba mi carne al límite absoluto, quemándome por dentro con un placer tan inmenso que rozaba peligrosamente el dolor físico. Él se detuvo un instante justo en la profundidad, con su respiración pesada y ardiente chocando contra mi cuello, sintiendo cómo mis paredes vaginales se contraían involuntariamente alrededor de su miembro en un abrazo asfixiante y desesperado.

​—Mierda... Dios santo, estás tan estrecha... tan ardiente... —siseaba entre dientes, con la mandíbula tensa, antes de comenzar a moverse con una cadencia implacable.

​Las primeras embestidas no fueron rítmicas ni piadosas; fueron profundas, circulares, pesadas y cargadas de una frustración acumulada que buscaba desahogo en mi cuerpo. Cada estocada me sacudía desde la base misma de la columna hasta el cerebro, obligándome a clavar los talones firmemente en el borde de la madera mientras él me agarraba de los muslos con una fuerza descomunal, dejándome marcas rojizas con la presión exacta de sus palmas. El sonido de nuestras pieles chocando al unísono con una violencia sorda llenaba la oscuridad del estudio, mezclándose de forma perfecta con sus gruñidos guturales de pura testosterona y mis súplicas rotas.

​Cada vez que empujaba hacia arriba con saña, la base de su miembro golpeaba directamente contra mi punto más sensible, provocando oleadas de espasmos eléctricos que amenazaban con destrozarme el bajo vientre y dejarme sin consciencia.​—¡Mírame a los ojos cuando te estoy cogiendo, carajo! —ordenó con una autoridad tiránica e inquebrantable, inclinándose sobre mí para atrapar uno de mis pezones endurecidos entre sus dientes, mordiéndome con la fuerza justa para arrancarme un grito agudo que resonó por las paredes.

​La fricción constante y desatada, el olor penetrante a su perfume caro mezclado con el sudor denso de la madrugada y la prohibición absoluta de lo que estábamos cometiendo crearon una tormenta química perfecta en mi interior. Sentí que el abismo del orgasmo se acercaba a una velocidad vertiginosa; mi clítoris latía con tanta intensidad que parecía a punto de estallar bajo la presión de sus embestidas.

​—Me voy a venir... ¡me estoy corriendo entera en tu verga, papá! —chillé arañándole los hombros desnudos con frenesí, mientras una contracción brutal, una tras otra, me atravesaba de punta a punta, exprimiendo su miembro con espasmos violentos, rítmicos e incontrolables que me robaban el aire de los pulmones.

​Al ver mi clímax desatado y sentir cómo lo apretaba por dentro con tanta fuerza, él perdió el último vestigio de cordura. Su rostro varonil se contrajo en una mueca de puro éxtasis salvaje, abandonando toda compostura, y enterró su miembro hasta el fondo con tres estocadas consecutivas, brutales, ciegas y sin piedad, antes de soltar un rugido sordo y animal contra el hueco de mi hombro.

​Sentí cómo los chorros espesos, hirvientes y pesados de su semen me inundaban por completo las entrañas, un torrente denso que me llenó hasta el desborde absoluto mientras ambos quedábamos suspendidos en el tiempo, colgados al borde del precipicio, respirando con desesperación infinita sobre la madera fría del escritorio, sabiendo que ya no había marcha atrás en el infierno que acabábamos de inaugurar.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • Relatos de media noche    ¡Si, profesor! 1/2

    Samantha​Las piernas me temblorosas y el pecho me subía y bajaba con una violencia febril, atrapada todavía en el eco de mi fantasía echa realidad​Con una fuerza implacable y una posesividad que me cortaba la respiración, me levantó ligeramente de la cadera, me dio la vuelta con rapidez y me arrojó boca abajo contra la superficie del escritorio. Los expedientes, los libros y las hojas impresas que habíamos estado ordenando volaron por los aires, dispersándose por el suelo del aula en un desorden caótico mientras mi cuerpo se estrellaba contra la madera fría.​—Quédate quieta ahí, Samantha —me ordenó Alejandro con esa voz grave, ronca y oscura que me obligaba a obedecer sin rechistar.​Sentí el roce de su pantalón abriéndose por completo y, un segundo después, el golpe seco y resonante de su mano abierta impactando contra mi nalga desnuda. El ardor agudo me hizo arquear la espalda de inmediato, disparando una descarga eléctrica de adrenalina y deseo por toda mi espina dorsal.​—¡Ah..

  • Relatos de media noche    ¡Si, profesor! 1/2

    Samantha​El aire dentro del aula magna parecía más denso de lo habitual, cargado con el zumbido distante de los ventiladores y el murmullo de mis compañeros recogiendo sus cuadernos. Sentada en la primera fila, como siempre lo había hecho, sentía el peso de mi propia reputación sobre los hombros. Era la mejor estudiante de la clase de Literatura Avanzada, la que siempre tenía la respuesta correcta, la que nunca fallaba. Pero esa tarde, mi mente era incapaz de retener ni una sola línea del análisis literario que acabábamos de discutir.​Mis ojos estaban fijos en él. En el profesor Alejandro Vega.​Alejandro era, sin discusión, el hombre más atractivo de toda la universidad. Tenía treinta y dos años, una mandíbula marcada que siempre lucía una ligera sombra de barba perfectamente cuidada, y unos ojos oscuros, de mirada afilada e inteligente, que parecían desarmarte con solo un segundo de atención. Su cabello castaño oscuro, ligeramente revuelto por el hábito de pasarse los dedos cuando

  • Relatos de media noche    Familia Feliz 4/4

    Ana​El trayecto de regreso a casa desde la universidad se me hizo pesado y largo, con las piernas aún temblorosas y la piel sensible por los recuerdos recientes de lo que había pasado con Camilo. Al llegar frente a la casa, saqué las llaves de la cartera, abrí la puerta principal y entré con total naturalidad, creyendo que todo estaba en calma.​Dejé caer el bolso de cuero sobre el sofá de la sala y, sintiendo un vacío hambriento en el estómago después de tantas horas de tensión, caminé directamente hacia la cocina para buscar algo de comer.​Sin embargo, a medida que avanzaba por el pasillo, un sonido sutil comenzó a filtrarse a través de la madera de la puerta. Unos gemidos bajos, sofocados y rítmicos que hicieron que mis pasos se detuvieran en seco. Una sensación de humedad caliente y repentina brotó de inmediato en mi bajo vientre, y al mismo tiempo, noté cómo mis pezones se endurecían de golpe contra la tela de la blusa, respondiendo al estímulo del sonido antes de que mi mente

  • Relatos de media noche    Familia Feliz 3/4

    Ana​El eco monótono de la voz de la profesora resonó en el amplio auditorio de la universidad, desgranando los últimos conceptos de la lección mientras el reloj de la pared parecía detenerse en el tiempo. Sentía el cuerpo extraño, pesado, con una humedad persistente y febril en el bajo vientre que no me había abandonado en todo el bloque de clases.​—Bien, muchachos, por hoy terminamos aquí. Pueden retirarse —anunció al fin la docente, cerrando su maletín con un chasquido metálico.​Un murmullo generalizado de alivio recorrió las bancas. Los estudiantes comenzaron a recoger sus cuadernos y a levantarse con prisa. Yo guardé mis cosas con manos torpes, respirando con la falsa ilusión de que al fin podría irme a casa, descansar y procesar todo lo que estaba pasando en mi vida. Sin embargo, al revisar mi horario en el teléfono, un nudo frío se me formó en el estómago: todavía me quedaba una clase más dentro de una hora. No podía irme. Tenía que quedarme en la universidad, soportando el m

  • Relatos de media noche    Familia Feliz 2/4

    Ana​El pecho me subía y bajaba en ráfagas cortas y desesperadas, tratando de recuperar el aire mientras el sudor se enfriaba sobre mi piel. Aún estábamos tendidos sobre las sábanas revueltas con Liam, con la mente nublada por lo que acabábamos de hacer, cuando un sonido seco en la puerta nos devolvió de golpe a la realidad.​El pestillo giró con lentitud.​Un escalofrío de puro terror me recorrió la espina dorsal. Pensé inmediatamente en mis padres; el pánico me apretó el estómago, haciéndome creer que todo estaba perdido. Sin embargo, al abrirse la puerta no aparecieron rostros furiosos, sino la figura de Camilo, el mejor amigo de Liam, quien se detuvo en el umbral con los ojos muy abiertos y una expresión de total incredulidad al vernos.​—Mierda... —murmuró Liam en un susurro áspero, apartándose de mí de inmediato.​Yo me puse de pie de un salto, con el corazón latiéndome en la garganta. Agarré una camiseta oversized de Liam que colgaba de la silla, me la puse a toda prisa para cu

  • Relatos de media noche    Familia Feliz 1/4

    Ana​El pestillo de la puerta principal giró con un chasquido sordo, y al cruzar el umbral me envolvió una quietud extraña, un silencio denso impropio de cualquier tarde. Miré el reloj con desconcierto: las manecillas marcaban tres horas menos del horario habitual. Con la certeza absoluta de que la casa estaba completamente sola, me quité el peso del bolso de los hombros y comencé a subir las escaleras rumbo a mi recámara.​El alivio de haber salido temprano se desvaneció en el preciso instante en que pasé frente a la habitación de mi hermanastro. Unos murmullos apagados, un eco rítmico que atravesó la madera, me detuvieron en seco. Me tensé de inmediato. Los latidos del corazón se me dispararon directo contra las costillas, agolpándose calientes en la garganta. El instinto inmediato me susurró que había traído a alguien a escondidas.​El pulso me zumbaba en los oídos. Conteniendo la respiración, me acerqué con sigilo, caminando sobre la puntas de los pies, rogando que las tablas del

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status