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Renací para Dejar de Amarte
Renací para Dejar de Amarte
Autor: Ciprés

Capítulo 1

Autor: Ciprés
Valeria me cerró el paso frente a la mansión de los Castro. Se le notaba tensa, como si hubiera dudado mucho antes de tomar esa decisión.

Yo no dije nada.

Ante mis ojos, sin embargo, se me vino encima el recuerdo de la losa de concreto y las varillas de acero desplomándose con estruendo.

Su espalda destrozada, cubierta de sangre. Y aquella frase que me susurró al oído:

—Si hubiera sabido que él iba a morir, habría preferido no llevarte nunca de vuelta a casa.

Así que esa era su elección.

Si existía otra vida, ella elegiría abandonarme desde el principio.

En mi vida pasada, esos diez años de matrimonio fueron un infierno. Ella me odiaba, yo le guardaba rencor, y nos torturamos día y noche hasta que la muerte por fin nos liberó.

Ahora, al poder cortarlo todo de raíz, sentí un alivio extraño.

La miré y asentí con calma.

—Está bien.

Un destello de desconcierto cruzó la mirada de Valeria. Todas las explicaciones que había preparado se le murieron en la garganta.

—¿Qué dijiste? —preguntó casi por reflejo.

—Dije que ya entendí —repetí—. Si fue un error, entonces dejémoslo así. Gracias por traerme hasta aquí. Todavía tengo clases, así que debo volver a la universidad.

Dicho eso, me di la vuelta para irme.

Pero ella me sujetó el brazo de golpe.

—¡Esteban! —gritó mi nombre con dureza, aunque en su voz había un rastro de pánico—. ¿Qué actitud es esa? ¿No querías encontrar a tu familia? Ahora que te digo que no eres el hijo perdido de los Castro, ¿te vas a rendir tan fácil?

Volví la cabeza para mirarla. De pronto, me pareció un poco ridículo.

Ella se había esforzado tanto en mentir justamente para que yo me rindiera. Ahora que hacía exactamente lo que ella quería, tampoco estaba satisfecha.

—¿Y qué quieres que haga? —le pregunté—. ¿Entonces era mentira lo que acabas de decirme? ¿Sí soy el hijo biológico de los Castro?

Después de decir eso, el pánico en sus ojos se hizo todavía más evidente. Sus dedos apretaron mi brazo sin darse cuenta.

Bajó la mirada, ocultándome su expresión.

—Esto termina aquí. De ahora en adelante, no vuelvas a mencionarlo ni te acerques otra vez a los Castro.

—Entendido.

Me zafé de su agarre y me froté la muñeca, que ya estaba roja por la fuerza con que me había sujetado.

—No volveré a mencionarlo ni me acercaré a ellos. ¿Eso te deja tranquila?

Ella miró mi muñeca ya libre, como si acabara de perder algo importante. Por un instante, su expresión quedó perdida.

No sabía que yo también había regresado en el tiempo.

En esta vida, no volvería a cruzar esa puerta, no volvería a ser reconocido como el hijo de los Castro y mucho menos volvería a ser su esposo.

Si ella quería proteger a su amigo de la infancia y mantener intacto ese mundo que compartían, yo se lo dejaría con gusto.

—Me voy.

No la miré más y caminé hacia la parada de autobús.

A mis espaldas, la voz de Valeria me alcanzó con un dejo de irritación.

—Espera. Te llevo yo.

Valeria no me llevó de vuelta a la universidad. En cambio, condujo directamente hacia un departamento de lujo en el centro de la ciudad.

Miré por la ventana las calles que pasaban a toda velocidad, y lo entendí todo.

En mi vida pasada, después de casarnos, ese lugar fue nuestro hogar.

Allí vivimos nuestros momentos más cálidos. También allí fuimos convirtiéndonos, paso a paso, en una pareja resentida, hasta quedar completamente llenos de odio.

Cuando el auto se detuvo, ella se quitó el cinturón de seguridad y giró la cabeza para verme.

Bajo la luz tenue del interior, su expresión era difícil de leer, pero su tono se había suavizado mucho. Ya no sonaba tan rígida como frente a la mansión de la familia Castro.

—Baja. Tenemos que hablar.

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