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Author: Hallell
last update publish date: 2026-09-07 22:43:14

—¡Raquel! Estás aquí.

Inés estaba sentada en el escritorio de Diego como si le perteneciera.

En dos años de matrimonio, Raquel nunca se había atrevido a apoyarse en aquella caoba pulida, y sin embargo Inés se tendía sobre él con la facilidad de una mujer a la que nunca le habían dicho que no.

Inés se deslizó hacia abajo, cruzó la habitación y envolvió a Raquel en un abrazo brillante y sin esfuerzo.

Raquel se quedó congelada, todo el cuerpo rígido. Por encima del hombro de Inés, su mirada chocó directamente con la de Diego.

Él estaba recostado contra el borde del escritorio, observándolas en silencio. Los ojos oscuros no delataban nada, completamente ilegibles, como si sus pensamientos estuvieran encerrados detrás de una puerta a la que ella nunca tendría la llave.

—Diego me lo ha contado todo —dijo Inés, apartándose con una preocupación genuina que le suavizaba las facciones—. Has pasado por tanto últimamente. Si alguna vez necesitas algo, lo que sea, no dudes en pedírmelo.

Raquel se tragó el dolor amargo que le subía por la garganta y forzó los labios a una sonrisa educada y practicada.

—Gracias. ¿Cuándo volviste a la ciudad?

—Ayer.

Ayer.

Inés apenas había tocado tierra y Diego ya lo había dejado todo para ir a por ella. Por supuesto que sí. Por mucho tiempo que pasara, Inés siempre ocuparía el único lugar de su corazón al que nadie más podía llegar.

—¿Te encuentras bien, Raquel? —Inés inclinó la cabeza, inspeccionándole la cara—. Estás tan pálida.

Diego se enderezó junto al escritorio. La mirada le recorrió el cutis hueco y lavado de Raquel.

—Si estás enferma, ¿qué haces aquí? —Su voz cortó la habitación, más afilada de lo necesario—. La empresa no se va a hundir si te tomas un día libre. Vete a casa.

Inés parpadeó. Un destello de inquietud le cruzó el rostro ante su brusquedad súbita.

Raquel apenas registró el filo de su tono.

—Fue solo un poco de lluvia. Estoy bien. —Caminó hasta su escritorio, dejó la carpeta perfectamente organizada delante de él y dio un paso atrás—. Aquí tienes el resumen de ayer. Todo está al día. Todavía tengo algunas cosas que terminar, así que os dejo que os pongáis al día.

Sin esperar su respuesta, dio media vuelta y salió.

Apenas había pasado su propia puerta cuando el suelo pareció inclinarse bajo sus pies. Una ola de mareo la golpeó tan rápido que la habitación se desdibujó en rayas grises. Alargó la mano, agarrándose a ciegas al borde de su escritorio.

Cuando la vista por fin volvió a enfocarse, el zumbido bajo de un motor le vibraba en el cráneo.

No estaba en su despacho. Estaba en el asiento de atrás de un coche.

—¿Raquel? Gracias a Dios —dijo Inés con suavidad desde el asiento del copiloto, girándose con una expresión de alivio—. Nos asustaste. ¿Cómo te sientes?

Raquel se presionó una palma contra la sien palpitante, la mente luchando por ponerse al día. La mirada se le escapó hacia delante. Diego iba al volante. Los ojos se encontraron con los de ella en el retrovisor.

—Estás despierta —dijo, sin esperar su respuesta antes de volver a mirar la carretera—. ¿Te duele algo? Ya casi llegamos al hospital. Que te mire el médico.

Una punzada de adrenalina le atravesó la niebla febril.

—No. Da la vuelta. No necesito un hospital.

—Deja de ser ridícula —espetó Diego, los ojos destellándole en el espejo—. ¿Tienes idea de lo alta que tienes la fiebre?

Inés intervino, con tono tranquilizador.

—Tiene razón, Raquel. La frente te ardía cuando te desmayaste. De verdad necesitas que te examinen. —Vaciló, con una inclinación curiosa de la ceja—. Diego dijo que te pilló la lluvia ayer. ¿Pasó algo?

A Raquel se le cortó la respiración. ¿Inés preguntaba con inocencia o estaba clavando el cuchillo a propósito? Al fin y al cabo, Diego había abandonado a Raquel bajo el aguacero precisamente para ir corriendo al lado de Inés.

—Vamos al hospital —cortó Diego, con un tono que no admitía discusión—. Que te revisen y luego tómate el resto de la semana libre. No pongas un pie en la oficina hasta que estés completamente recuperada.

Raquel apretó los labios en una línea tensa y negó con la cabeza, obstinada.

—No voy.

La mandíbula de Diego se tensó.

—Tienes fiebre y te niegas a que te atiendan. ¿Qué estás intentando demostrar exactamente?

—Conozco mi propio cuerpo —dijo Raquel, volviendo la cara hacia la ventanilla.

Un hospital significaba análisis de sangre. Significaba una revisión rutinaria. Significaba que alguien iba a mirar su historial y descubrir que estaba embarazada, y Diego era la última persona del mundo que podía enterarse. Todavía no. No mientras ella seguía aterrorizada, agotada y completamente insegura de qué hacer con la vida que crecía dentro de ella.

Sin decir una palabra más, Diego giró el coche bruscamente hacia el bordillo y lo metió en punto muerto. Creyendo que la iba a echar, Raquel alargó la mano hacia la manilla y empujó. La puerta no se movió.

Los seguros estaban echados.

Se giró hacia delante y se encontró con su mirada oscura y exasperada en el espejo.

—¿Por qué estás actuando así? —exigió. Desde que ella había llegado a casa empapada la noche anterior, había estado distante, a la defensiva e imposiblemente testaruda.

—Si empeoro, iré al médico por mi cuenta —insistió ella, manteniendo la voz tan firme como se lo permitían las manos temblorosas.

Diego entrecerró los ojos, claramente al límite de su paciencia.

—Raquel, si te incomodan los hospitales grandes, lo entiendo —dijo Inés con suavidad, interviniendo antes de que Diego perdiera los estribos—. Una amiga íntima mía abrió una clínica privada en el centro después de volver del extranjero. Es tranquila, personal y mucho más rápida. Podríamos ir allí. —Miró a Diego—. ¿Qué te parece?

Diego vaciló, frunciendo el ceño.

—¿Una clínica privada? ¿Está realmente cualificado?

Inés soltó una risita ofendida.

—Por supuesto que lo está. ¿Crees que recomendaría a alguien incompetente? ¿No confías en mi criterio?

Diego suspiró. La tensión de los hombros le bajó un poco.

—Está bien. Iremos allí.

—De verdad que no…

Diego pisó el acelerador antes de que Raquel pudiera terminar, cortándole cualquier posibilidad de discutir.

—No te preocupes, Raquel —dijo Inés con una sonrisa alentadora—. Ramiro es maravilloso. Muy suave, muy paciente. Le explicaré lo que pasa para que no tengas que estresarte por nada.

Raquel apartó la mirada y dejó que la frente descansara contra el cristal frío de la ventanilla. Discutir no servía de nada. El cuerpo le pesaba como plomo y el martilleo en el cráneo solo se hacía más fuerte.

Cuando se detuvieron frente a la clínica moderna de fachada de cristal, Inés saltó y abrió la puerta trasera, extendiendo una mano para sostener a Raquel.

—Despacio. Apóyate en mí si te mareas.

El aroma delicado y caro de gardenias se desprendía del abrigo de Inés mientras la guiaba hacia dentro. Raquel mantuvo los ojos fijos en el suelo. Inés era todo lo que un hombre podía desear: elegante, competente, cálida sin esfuerzo. Y era quien había sacado a Diego del borde de la muerte años atrás. Si Raquel estuviera en el lugar de Diego, también se habría enamorado de Inés.

Inés se adelantó a hablar con el personal y, momentos después, se acercó un hombre con una bata blanca impecable. Era alto, desenvuelto y llevaba un aire de confianza casual.

—Debes de ser la amiga de Inés —dijo con calidez—. Soy Ramiro Lozada.

—Raquel —consiguió articular ella.

—¿Fiebre, eh? —Ramiro sacó un termómetro digital del bolsillo y se lo tendió—. Vamos a ver con qué estamos trabajando.

Desde detrás, la voz seca de Diego cortó:

—Todavía sabes usarlo, ¿verdad?

Raquel ni siquiera se molestó en mirarlo. Se movía despacio porque la cabeza le daba vueltas, no porque fuera idiota. Se puso el termómetro bajo la lengua y se sentó en silencio al borde de la camilla de exploración.

Mientras esperaban la lectura, Inés hizo un gesto entre los dos hombres.

—Diego, este es Ramiro, el amigo del que te hablé por teléfono. Es brillante, pero odia la burocracia hospitalaria, por eso abrió su propia consulta. —Se volvió hacia Ramiro, un rubor delicado le calentaba las mejillas—. Ramiro, este es Diego. Es… un muy buen amigo.

—¿Un buen amigo? —Ramiro soltó una risa y levantó una ceja antes de extenderle la mano a Diego—. Encantado de conocerte por fin. Siento como si ya te conociera. Inés no para de hablar de ti.

—Ramiro, basta —protestó Inés, la cara encendida de rojo mientras le daba un golpe juguetón en el brazo.

—¿Qué? ¿Mentí? Cada vez que hablamos es Diego esto, Diego lo otro…

—¡Ya está bien!

Raquel permanecía sentada en silencio en su rincón. Las luces fluorescentes brillantes de encima le hacían doler los ojos. Unos mechones sueltos le caían sobre la frente, protegiéndole la expresión. El intercambio animado entre los tres se sentía a kilómetros de distancia, como una escena que ella veía a través de un cristal esmerilado. No pertenecía a su mundo y ya no le quedaba energía para fingir que sí.

La mandíbula de Diego se puso dura mientras la observaba sentada allí, completamente desconectada.

El termómetro pitó.

Ramiro lo cogió, miró la pantalla y la sonrisa desenvuelta se le borró.

—Cuarenta grados. Eso es peligrosamente alto. —Se volvió hacia el armario de medicamentos—. Hay que bajarla rápido. Voy a preparar una inyección.

—No —dijo Raquel de inmediato, levantando la cabeza de golpe.

Ramiro se detuvo, mirándola sorprendido.

—¿No inyección? —Ofreció una sonrisa tranquilizadora—. No me digas que te dan miedo las agujas. Prometo que soy rápido.

—No me voy a poner ninguna inyección —repitió Raquel con firmeza.

Inés dio un paso adelante, la preocupación dibujándole el ceño.

—Raquel, por favor no seas testaruda. Tu salud es lo primero.

—Ni pinchazos —dijo Raquel, la voz tensa de pánico. Tragó saliva con fuerza, apretándose el abrigo contra el cuerpo—. Y nada de antitérmicos. Nada de medicación oral.

La paciencia de Diego se rompió.

—Raquel, ¿cuál es tu problema hoy?

Ramiro miró de uno a otro, percibiendo claramente la tensión asfixiante, y levantó una mano calmada.

—Está bien, está bien. Si te niegas por completo a la medicación, tendremos que recurrir al enfriamiento físico. —Dejó la jeringuilla en la bandeja de metal—. Voy a por algunas bolsas de frío y toallitas con alcohol. Mientras tanto, ponle una toalla húmeda en la frente para que la temperatura no suba más.

—Te ayudo a llevar el material —ofreció Inés rápidamente, siguiendo a Ramiro hacia la trastienda.

La puerta se cerró con un clic, sumiendo la pequeña sala de exploración en un silencio sepulcral.

Otra ola de vértigo golpeó a Raquel. Necesitaba ponerse de pie, necesitaba encontrar un lavabo y mojar una toalla, pero los miembros le pesaban como plomo. Cada respiración le quemaba la garganta y apenas mantener los ojos abiertos le exigía toda la fuerza que le quedaba.

Diego permanecía cerca de la puerta, con los brazos cruzados, mirándola a ella, encorvada, con un desapego glacial.

Luego, soltando un resoplido suave y despectivo, rompió el silencio.

—Buscabulla.

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