MasukAsí que pensaba que ella solo estaba siendo dramática.
Raquel lo miró fijamente. Un resoplido amargo le burbujeó en el pecho. Ella no se parecía en nada a su preciosa Inés. Desde luego no tenía la paciencia infinita y santurrona que poseía aquella mujer.
—Desde luego no soy tan comprensiva como tu Inés —soltó de golpe.
Las palabras quedaron colgando en el aire antes de que pudiera recogerlas. La expresión de Diego cambió. Un destello de auténtica sorpresa le cruzó las facciones.
El corazón de Raquel martilleó. ¿Qué acabo de decir?
El arrepentimiento le subió, caliente y afilado, pero antes de que pudiera retractarse, Diego alargó la mano. Los dedos le sujetaron la barbilla y le inclinaron el rostro hacia el suyo. Los ojos oscuros estaban afilados, escrutando.
—¿Estás celosa de ella?
La ceja de Raquel se contrajo.
—¿Qué tonterías estás diciendo?
Alzó la mano para apartarle la de él. Un rubor súbito e inexplicable de culpa le calentó las mejillas. Pero los músculos debilitados por la fiebre la traicionaron. Perdió el equilibrio, se inclinó hacia atrás y cayó contra los cojines mullidos del sofá de exploración.
Una vez abajo, el esfuerzo de volver a sentarse le pareció imposible.
Diego se quedó de pie sobre ella, la expresión una máscara ilegible. La estudió durante un momento largo y pesado.
—Quédate aquí —murmuró al fin, dándose media vuelta.
Desapareció en el lavabo contiguo y regresó un momento después con un barreño de plástico y una toalla limpia. Los dejó en la silla a su lado, empapó el paño en el agua fría y lo escurríó. Luego se inclinó y empezó a secarle el sudor de la piel.
—¿Qué estás haciendo? —Raquel se encogió, intentando instintivamente apartarse cuando él se acercó.
La mano de Diego se le clavó con suavidad pero con firmeza en el hombro. La mandíbula se le tensó.
—Deja de moverte. Estoy intentando bajarte la fiebre.
Quería discutir, empujarlo, pero en el instante en que el paño fresco tocó su frente ardiente, una ola de alivio profundo la recorrió. Vaciló. El cuerpo le irradiaba calor; necesitaba desesperadamente enfriarse. Si él solo lo hacía para ayudarla, quizás podía soportarlo.
Le pasó el paño por la frente y luego recorrió las mejillas con ligereza. Mientras trabajaba, la línea rígida de sus hombros pareció relajarse.
—Raquel —dijo, la voz bajando a un registro más quieto y ronco—. Me has dado dolores de cabeza desde que éramos niños.
El párpado se le contrajo.
—¿Qué has dicho?
Un destello casi imperceptible de diversión encendió sus ojos oscuros.
—¿Por qué pretendes que no me has oído? —Escurrió la toalla otra vez. El agua goteó suavemente en el barreño—. Es la primera vez que cuido a alguien así, y de alguna forma sigues siendo tan problemática como cuando éramos pequeños.
Mientras hablaba, la mano se le deslizó del hombro hasta el cuello de la blusa. Desabrochó el primer botón, dejando al descubierto una franja de piel pálida, y deslizó la toalla fresca bajo la tela.
Los ojos de Raquel se abrieron de par en par. Le agarró la muñeca a medio movimiento.
—¿Qué estás haciendo?
—Quitarte el sudor.
Su tono era tan exasperantemente casual que solo consiguió que ella se sonrojara más. Mortificada, se subió el cuello de un tirón.
—No. Puedo hacerlo yo.
El ceño de Diego se frunció.
—¿Por qué me estás combatiendo?
La mano seguía en el aire, el paño húmedo presionado ligeramente contra la parte alta del pecho. Desde cualquier otro ángulo, la proximidad habría parecido demasiado íntima.
—No te estoy combatiendo. He dicho que puedo hacerlo yo.
El desagrado se le profundizó. La mandíbula le ticó.
—¿Estás…?
¡Bang!
Un estruendo fuerte resonó en el pasillo. Los dos se giraron de golpe hacia la puerta.
Inés estaba de pie justo fuera, inclinándose a toda prisa para recoger un bolígrafo que se le había caído.
La mano de Diego se quedó congelada al instante. Tras un instante de silencio pesado, la retiró. La expresión se le cerró en algo frío e ilegible.
Raquel, en cambio, no pudo reprimir la ligera curva burlona de los labios.
Inés se enderezó, se alisó la falda y entró con una sonrisa brillante y plácida, actuando como si no acabara de irrumpir en un momento altamente comprometedor.
—Lo siento muchísimo. Se me ha caído algo fuera. Espero no haberos asustado.
Diego apretó los labios en una línea fina. Abrió la boca, probablemente para explicarse, pero Inés dio un paso adelante y tendió la mano.
—Déjame a mí.
Sin otra opción real, Diego le pasó la toalla.
—Te la dejo entonces.
Le lanzó a Raquel una última mirada persistente. Ella yacía perfectamente quieta en el sofá, con los ojos cerrados. Él asintió secamente y salió.
La puerta se cerró con un clic.
El silencio de la habitación era espeso. Al cabo de un momento, el sonido del agua corriendo lo rompió cuando Inés lavaba la toalla. Se acercó al sofá, el porte perfectamente compuesto.
—Raquel, ¿quieres que te ayude a enfriarte?
—¿Por qué no llamas a una enfermera? —Raquel mantuvo la voz educada, aunque el estómago se le retorcía—. No quiero molestarte.
Inés ofreció una sonrisa serena.
—De verdad que no es ninguna molestia. —Hizo una pausa. Los ojos le brillaron con algo afilado bajo la fachada amable—. Además, ¿una enfermera sería tan atenta como yo? Por supuesto, solo si no te importa que te vea así.
A Raquel no le quedaba energía para discutir. Asintió rígidamente.
Inés se inclinó. Los dedos manicurados le desabrocharon con destreza los botones de la blusa. Para evitar la incomodidad asfixiante, Raquel cerró los ojos. No vio cómo se le tensaba la sonrisa a Inés ni cómo la mirada se le quedaba crítica en la piel lisa y pálida que quedaba al descubierto con cada botón que se desabrochaba.
La mente de Inés iba a mil. Si no había malinterpretado la escena de antes, Diego había tenido toda la intención de cuidar él mismo de Raquel. Le había desabrochado el cuello, había metido la toalla dentro. ¿Cuándo habían cruzado esa línea? ¿Había pasado algo mientras ella estaba en el extranjero?
El pliegue delicado entre las cejas de Inés se profundizó. Tenía que admitir que Raquel tenía una figura naturalmente seductora, curvas llenas, piel impecable. Incluso siendo mujer, Inés entendía por qué la atención de un hombre se sentiría atraída hacia ella. Se mordió ligeramente el labio inferior antes de hablar.
—En realidad hay algo por lo que debería darte las gracias.
Raquel abrió los ojos y se encontró con la mirada hermosa y calculadora de Inés.
—¿Darme las gracias?
Inés asintió.
—Sí. En apariencia puede parecer que tu matrimonio con Diego te ayudó a superar un periodo económico difícil. Pero yo sé que ser su esposa estos dos años ha mantenido alejadas a muchas mujeres.
Una sonrisa tenue y victoriosa le rozó los labios.
—Así que de verdad debería darte las gracias. Si no, si hubiera vuelto y lo hubiera encontrado rodeado de admiradoras, las cosas habrían sido mucho más problemáticas para mí.
Raquel la miró fijamente. El barniz educado era fino, pero el mensaje era cristalino. El matrimonio era falso. Gracias por mantener a las buitres lejos. No se te ocurra nada.
Raquel apretó los labios, negándose a darle la satisfacción de una reacción.
Inés continuó la tarea en silencio. Cuando terminó, le abrochó la ropa, la ayudó a sentarse y le tendió un vaso de agua.
—Toma. Bébelo.
Raquel lo cogió. El líquido fresco le alivió la garganta reseca. Cuando terminó, dejó el vaso y miró a Inés fijamente a los ojos. Quería decirle esto desde el momento en que la otra mujer había entrado.
—En realidad no tienes que preocuparte de que Diego sienta algo por mí.
La sonrisa de Inés flaqueó, solo una fracción.
La voz de Raquel se mantuvo firme, calmada.
—El lugar a su lado siempre te ha pertenecido a ti. Al fin y al cabo, eres la mujer que le salvó la vida. Nadie más podría compararse.
Los dedos de Inés se detuvieron en el último botón.
—No he vuelto para compartirlo —dijo en voz baja.
Raquel sostuvo su mirada.
—Entonces deberías haber vuelto antes.
—¿De quién crees que hablo? —replicó Eduardo con otra pregunta.Se miraron un instante antes de que Eduardo preguntara:—Estás decepcionado de que no fuera ella, ¿eh?Tras un breve silencio, Diego se burló con ironía.—¿Decepcionado? ¿De qué? Me da igual.Eduardo arqueó una ceja.—Pues entonces no lo menciono.Y, en efecto, calló.Diego lo fulminó con la mirada, claramente molesto.—Si sabes algo, suéltalo. ¿Por qué andarte con rodeos?Eduardo fingió sorpresa.—Pensé que no querías saberlo. ¿Quieres oírlo?Diego se quedó sin palabras.Harto de la conversación, apartó las sábanas de golpe, se levantó de la cama y se calzó, brusco e irritado.Cuando se hubo compuesto, la puerta se abrió.Raúl entró y saludó a Diego con alegría. Luego le contó cómo Inés había acudido corriendo la noche anterior y lo preocupada que estaba por él. Al oír el nombre de Inés, el rostro de Diego se suavizó un poco.—Diego, Inés acaba de llamar preguntando por ti. Quiere que le avise cuando despiertes. Está pre
Raúl asintió enseguida.—Tienes razón. No podemos dejarlo solo. Vamos…—Llévalo a mi casa —interrumpió Eduardo con calma—. Lo has oído antes. Ha dicho mi nombre. Si no cumplo lo que prometí, puede armar un lío cuando despierte.Eduardo era amigo de Diego desde hacía muchos años, mucho más que Raúl e Inés.Con su carácter sereno y su forma habitualmente concisa de hablar, casi siempre callaba. Pero cuando hablaba, era difícil llevarle la contraria.Inés observó a Eduardo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que él no la tenía en gran estima.Pero Eduardo era buen amigo de Diego. Tal vez era imaginación suya.Raúl defendió a Inés:—Diego está completamente borracho. Puede que mañana ni recuerde lo que ha dicho. Eduardo, ¿por qué lo tomas tan en serio?Luego se volvió hacia Inés con una sonrisa.—Nadie puede cuidar de Diego como Inés. Llevémoslo a su casa.Eduardo miró a Raúl con firmeza.—He dicho que lo llevemos a mi casa. Si te preocupa, puedes quedarte a cuidarlo.—Eduardo…
Raquel se había puesto el pijama, dispuesta a acostarse. Aunque estaba de mal humor, no podía permitir que eso alterara su rutina.Como había decidido quedarse con el niño, a partir de ahora debía cuidarse. Aunque no pudiera dormir, tenía que tumbarse y descansar.El teléfono sonó de pronto. Era una llamada de Diego.Ver el nombre en la pantalla le provocó sentimientos encontrados.Después de la discusión acalorada de la tarde, Raquel sospechaba que Diego se había ido a ver a Inés.No esperaba que la llamara a ella.Pensó en contestar, pero recordó la llamada que él le había pedido a Inés antes. Quizá era Inés otra vez. No le apetecía coger.El teléfono, sin embargo, no dejaba de sonar y al final contestó. Oyó una voz masculina desconocida.Tras forcejear unos segundos con sus pensamientos, Raquel se levantó, se cambió el pijama y salió. Fuera hacía mucho frío.Al pisar la calle, se estremeció por instinto.Como era tarde y todos dormían, no llamó al conductor. Cogió las llaves y f
Diego citó a dos amigos íntimos para tomar algo. Bebía licor como si fuera agua.Eduardo Márquez y Raúl Aguilar lo miraban alarmados.—¿Le decimos algo? —Eduardo le hizo un gesto a Raúl con los ojos.Raúl se encogió de hombros.—¿De verdad crees que podemos pararlo?Eduardo frunció el ceño, grave.—Ha bebido demasiado. No es bueno para la salud.Raúl asintió.—Es verdad.Los dos se acercaron para intervenir.—Basta, Diego. Deja de beber. Aunque quieras ahogar las penas, ya has bebido suficiente. Vas a quedarte dormido.Lo advirtieron, aunque solo de palabra; ninguno se atrevió a detenerlo físicamente.Diego se burló sin decir nada. Aquella noche había bebido hasta hartarse. Tenía los ojos enrojecidos y el aura oscurecida.—¿Qué ha pasado? —Raúl entrecerró los ojos—. Inés ha vuelto. ¿Por qué no corre a estar con ella en vez de empinar el codo aquí?Eduardo lo entendió tras pensarlo un momento.—Creo que precisamente porque Inés ha vuelto ocurre esto.Raúl no lo comprendió al princip
Las palabras de Raquel le cayeron a Diego como un mazazo.Cuando recobró el sentido, se encontró con la mirada burlona y dolorida de Raquel.Antes de que pudiera fijarse mejor, ella bajó la cabeza y siguió haciendo las maletas, metiendo la ropa a empujones, sin doblarla.Cuando se volvió, Diego le agarró la muñeca de golpe. Su voz helada le llegó al oído:—¿Por qué te mudas esta noche? ¿Tanta prisa tienes?El tono llevaba un deje de desprecio.—Déjame adivinar. ¿Es por la comida que has tenido hoy con Ángel?Raquel alzó la cabeza de golpe y lo miró incrédula.—¡No hace falta que seas irónico! Tú sabes mejor que nadie qué relación tengo con Ángel.Intentó zafarse de la mano de Diego.Él apretó el agarre en aquel instante y no la dejó escapar.Curvó los labios en una mueca.—¿He dicho algo que no sea cierto? Si no es por él, ¿qué te ha impulsado a hacer las maletas hoy?Soltó una risa burlona.—Estos dos años te has sentido atrapada, ¿verdad?Raquel dejó de forcejear un momento y lo mir
Inés se quedó desconcertada al oír que Raquel no quería el dinero.Percibía que la actitud de Diego hacia ella había cambiado.Diego aún no sabía que Raquel estaba embarazada, pero si se enteraba…Inés ni siquiera estaba segura de qué decidiría él.Tenía incluso la corazonada de que, si Diego se enteraba del embarazo, no la dejaría marchar con facilidad.Por eso solo pudo forzar una sonrisa delante de Raquel.—Raquel, ¿te preocupa lo que pueda decir la gente? No deberías. Este dinero es de mis fondos personales y nadie más lo sabe. Solo me preocupo por ti…—Señorita Fuentes —suspiró Raquel—. Gracias por tu interés. Mi familia puede haber quebrado, pero estos años he trabajado duro. Puedo mantenerme a mí misma y al…Se detuvo y una sonrisa leve se le dibujó en los labios.—Me has ayudado mucho. No puedo aceptar tu dinero.—No pasa nada. Te lo doy de buena gana.—Señorita Fuentes, por favor, recógelo.Raquel le devolvió el sobre y dio un paso atrás para guardar distancia.Por las palabr







