Se connecterUn destello de veneno puro cruzó los ojos de Inés antes de que la fachada dulce volviera a encajar. Durante medio segundo, la dulzura de Inés le falló.
La mirada que le cruzó el rostro no era preocupación. Era posesión interrumpida.
Luego la sonrisa volvió a su sitio.
Raquel se sentó aunque la habitación se inclinara.
—No te preocupes —dijo, antes de que Inés pudiera terminar de reescribir el momento—. Puedes quedártelo todo para ti. De verdad que ya no me importa.
Antes de que se fueran, Ramiro había intentado recetarle a Raquel una ronda de antibióticos. Pese a su negativa vehemente, al final miró a Inés y suspiró:
—Tu amiga de verdad debería tomarse la medicina si puede.
El trayecto de vuelta a la finca Reyes transcurrió en silencio. En el instante en que el coche se detuvo en el camino de entrada, Raquel forzó la puerta, desesperada por subir y desplomarse. Pero cuando los pies tocaron el pavimento, las rodillas se le doblaron. Se inclinó hacia delante y solo la detuvo un brazo fuerte.
Diego frunció el ceño mirándola hacia abajo, la presa firme en su cintura.
—Estás tan enferma y aun así te niegas a la medicina o a la inyección. De verdad que eres…
Inés rodeó el coche a toda prisa.
—Diego, déjame a mí.
Se deslizó con suavidad bajo el brazo de Raquel, cargando con su peso.
—Yo la llevo.
Inés la sostuvo hacia dentro, saludando al personal con una sonrisa cálida y familiar. Las amas de llaves y las criadas casi tropezaban, los ojos muy abiertos de sorpresa y emoción susurrada. Mientras Inés escoltaba a Raquel por la gran escalera, el cotilleo ambiental subía detrás de ellas.
Esa es la señorita Fuentes… la que el señor Reyes siempre ha querido… la ha estado esperando…
Raquel mantuvo los ojos fijos en los peldaños, ignorándolo. En lo alto de la escalera, una tos seca cortó los susurros. El mayordomo jefe, un hombre severo de unos cincuenta años, fulminó al personal con la mirada hasta que se dispersaron. Le lanzó a Raquel una mirada profundamente inquieta a la espalda antes de apartarse.
Inés ayudó a Raquel a entrar en su dormitorio.
—Gracias —murmuró Raquel.
—De nada. —Inés sonrió, aunque la sonrisa no le llegó del todo a los ojos—. Descansa un poco.
—Está bien.
Raquel se quitó los zapatos de una patada y se desplomó en la cama. Con los ojos entornados, vio a Diego seguirlas.
—¿Te llevo a casa? —le preguntó a Inés.
Inés asintió. No pertenecía al ala privada, y mucho menos a su dormitorio compartido. Pero al girarse para irse, la mirada se le enganchó en el perchero junto a la puerta. Allí colgaba un traje de hombre a medida, de color carbón. Era inconfundiblemente de Diego.
El color se le drenó de la cara a Inés. Apretó los labios, dio media vuelta sobre los talones y siguió en silencio a Diego fuera de la habitación.
En cuanto la puerta se cerró con un clic, Raquel abrió los ojos y miró en blanco el techo blanco.
¿Qué se suponía que iba a hacer con el bebé?
Podía esconder sus sentimientos por Diego. Podía enterrarlos un año, dos años o una década si hacía falta. Pero un embarazo era distinto. Al final el vientre se le hincharía. No se podía ocultar para siempre.
La ansiedad giraba cada vez más rápido en su cabeza, mareándola, hasta que el tirón pesado del sueño por fin la arrastró.
En sus sueños, la fiebre se quebró en un calor extraño y brumoso. Sintió dedos fantasma desabrochándole el cuello, seguidos del alivio impactante y glorioso de algo frío contra la piel ardiente. Soltó un suspiro suave y envolvió instintivamente los brazos alrededor del miembro sólido y cálido unido al paño frío.
Un gemido bajo y ahogado vibró encima de ella, seguido del sonido de una respiración pesada. Unas manos grandes le enmarcaron la nuca, inclinándole la cabeza hacia atrás. Luego algo caliente y húmedo le cubrió los labios. Una lengua se deslizó entre sus dientes, provocándole los sentidos, arrancándole un jadeo suave y entrecortado de la garganta.
Frunciendo el ceño en sueños, Raquel mordió con fuerza la intromisión.
El sabor agudo a cobre le floreció en la lengua. El hombre encima de ella siseó con fuerza. De pronto la empujaron hacia atrás y le pellizcaron las mejillas con firmeza. A través de la bruma espesa de su sueño febril, oyó vagamente una voz ronca y familiar murmurar:
—De verdad que te han malcriado.
Raquel gimoteó, apartó la mano de un manotazo y se hundió de nuevo en la oscuridad profunda y sin sueños.
Cuando por fin despertó, la habitación estaba bañada en el resplandor suave de una lámpara de noche. Una doncella estaba sentada en la silla junto a su cama. En el instante en que Raquel se movió, la chica se inclinó hacia delante, la cara iluminada.
—¡Señora Reyes, está despierta! —Alargó la mano y le presionó el dorso contra la frente—. Gracias a Dios. Por fin se le ha bajado la fiebre.
Raquel parpadeó contra la luz. Fragmentos de su sueño brumoso se le aferraban a la mente.
—¿Has estado cuidándome todo este tiempo?
La doncella asintió con entusiasmo.
La chispa minúscula y tonta de esperanza en el pecho de Raquel se apagó al instante. Bajó la mirada. El sueño había parecido tan real. Durante un segundo fugaz había llegado a creer que Diego había sido quien la sostenía, quien la besaba. Pero solo era una doncella.
Mientras todavía procesaba la decepción, la ama de llaves entró con una bolsa blanca de farmacia y un vaso de agua.
—Señora Reyes, está despierta. —Los dejó en la mesita de noche—. El señor Reyes ha hecho que la clínica los enviara. Ha insistido en que se tome la primera dosis esta noche.
Los ojos de Raquel se clavaron en la etiqueta impresa del frasco naranja. De inmediato volvió la cara hacia la pared.
—Déjalo ahí. Me lo tomaré luego.
—El médico ha sido bastante claro en que hay que empezar esta noche.
—Tengo hambre. ¿Puedes traerme algo de la cocina primero?
La ama de llaves vaciló y luego suspiró.
—Está bien. Pero por favor tómeselo justo después. La fiebre acaba de bajarle.
En el segundo en que la puerta se cerró con un clic, Raquel se quitó las sábanas de un tirón. Agarró el frasco, se metió en el baño en suite y giró la tapa a prueba de niños. Sacudió las pastillas al váter y tiró de la cadena.
El agua giró, llevándoselas. Soltó un suspiro largo y tembloroso.
Estaba embarazada. No podía arriesgarse a tomar lo que Ramiro le hubiera recetado.
Dejó el frasco vacío en el tocador y se giró.
El corazón se le estrelló contra las costillas.
Diego estaba recostado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola.
—¿Qué estás haciendo?
El pánico le estalló en el pecho, caliente y cegador. Él se apartó del marco y cruzó el pequeño espacio en dos zancadas. Le agarró la muñeca, empujándola con suavidad pero con firmeza contra la pared de azulejos. Los ojos oscuros le registraron el rostro, implacables, y bajo la luz dura del tocador a Raquel se le cortó la respiración.
Había una pequeña herida cruda en su labio inferior, hinchada lo justo para atrapar la luz.
El recuerdo de su sueño febril regresó con una claridad sobrecogedora: el sabor a cobre, el siseo bajo, la voz ronca y familiar.
No había sido un sueño.
—Te has negado a las inyecciones. Te has negado a la medicina. Tiras lo que te dan. ¿Por qué?
—No lo quiero. ¿Eso es un delito?
Se obligó a sostenerle la mirada, rezando para que la voz no le temblara. Estaba embarazada. No podía dejar que se enterara. No así. Si se enteraba de la verdad ahora, no tenía ni idea de cómo reaccionaría.
Pero por la forma en que la miraba, ya sabía que ella escondía algo.
—Raquel. —Alzó la mano. El pulgar le rozó la mandíbula mientras le levantaba más la barbilla—. ¿Tienes algo que quieras decirme?
Se le cortó la respiración. Se quedó inmóvil.
Había querido decírselo. Había querido sorprenderlo, darle algo hermoso. Pero entonces había vuelto Inés, trayendo toda su historia y la vida que le había salvado y su reivindicación innegable sobre su corazón.
Raquel se mordió con fuerza el labio inferior. Una gota fría de sudor le recorrió la columna.
¿Debía contarle lo del bebé?
—¿De quién crees que hablo? —replicó Eduardo con otra pregunta.Se miraron un instante antes de que Eduardo preguntara:—Estás decepcionado de que no fuera ella, ¿eh?Tras un breve silencio, Diego se burló con ironía.—¿Decepcionado? ¿De qué? Me da igual.Eduardo arqueó una ceja.—Pues entonces no lo menciono.Y, en efecto, calló.Diego lo fulminó con la mirada, claramente molesto.—Si sabes algo, suéltalo. ¿Por qué andarte con rodeos?Eduardo fingió sorpresa.—Pensé que no querías saberlo. ¿Quieres oírlo?Diego se quedó sin palabras.Harto de la conversación, apartó las sábanas de golpe, se levantó de la cama y se calzó, brusco e irritado.Cuando se hubo compuesto, la puerta se abrió.Raúl entró y saludó a Diego con alegría. Luego le contó cómo Inés había acudido corriendo la noche anterior y lo preocupada que estaba por él. Al oír el nombre de Inés, el rostro de Diego se suavizó un poco.—Diego, Inés acaba de llamar preguntando por ti. Quiere que le avise cuando despiertes. Está pre
Raúl asintió enseguida.—Tienes razón. No podemos dejarlo solo. Vamos…—Llévalo a mi casa —interrumpió Eduardo con calma—. Lo has oído antes. Ha dicho mi nombre. Si no cumplo lo que prometí, puede armar un lío cuando despierte.Eduardo era amigo de Diego desde hacía muchos años, mucho más que Raúl e Inés.Con su carácter sereno y su forma habitualmente concisa de hablar, casi siempre callaba. Pero cuando hablaba, era difícil llevarle la contraria.Inés observó a Eduardo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que él no la tenía en gran estima.Pero Eduardo era buen amigo de Diego. Tal vez era imaginación suya.Raúl defendió a Inés:—Diego está completamente borracho. Puede que mañana ni recuerde lo que ha dicho. Eduardo, ¿por qué lo tomas tan en serio?Luego se volvió hacia Inés con una sonrisa.—Nadie puede cuidar de Diego como Inés. Llevémoslo a su casa.Eduardo miró a Raúl con firmeza.—He dicho que lo llevemos a mi casa. Si te preocupa, puedes quedarte a cuidarlo.—Eduardo…
Raquel se había puesto el pijama, dispuesta a acostarse. Aunque estaba de mal humor, no podía permitir que eso alterara su rutina.Como había decidido quedarse con el niño, a partir de ahora debía cuidarse. Aunque no pudiera dormir, tenía que tumbarse y descansar.El teléfono sonó de pronto. Era una llamada de Diego.Ver el nombre en la pantalla le provocó sentimientos encontrados.Después de la discusión acalorada de la tarde, Raquel sospechaba que Diego se había ido a ver a Inés.No esperaba que la llamara a ella.Pensó en contestar, pero recordó la llamada que él le había pedido a Inés antes. Quizá era Inés otra vez. No le apetecía coger.El teléfono, sin embargo, no dejaba de sonar y al final contestó. Oyó una voz masculina desconocida.Tras forcejear unos segundos con sus pensamientos, Raquel se levantó, se cambió el pijama y salió. Fuera hacía mucho frío.Al pisar la calle, se estremeció por instinto.Como era tarde y todos dormían, no llamó al conductor. Cogió las llaves y f
Diego citó a dos amigos íntimos para tomar algo. Bebía licor como si fuera agua.Eduardo Márquez y Raúl Aguilar lo miraban alarmados.—¿Le decimos algo? —Eduardo le hizo un gesto a Raúl con los ojos.Raúl se encogió de hombros.—¿De verdad crees que podemos pararlo?Eduardo frunció el ceño, grave.—Ha bebido demasiado. No es bueno para la salud.Raúl asintió.—Es verdad.Los dos se acercaron para intervenir.—Basta, Diego. Deja de beber. Aunque quieras ahogar las penas, ya has bebido suficiente. Vas a quedarte dormido.Lo advirtieron, aunque solo de palabra; ninguno se atrevió a detenerlo físicamente.Diego se burló sin decir nada. Aquella noche había bebido hasta hartarse. Tenía los ojos enrojecidos y el aura oscurecida.—¿Qué ha pasado? —Raúl entrecerró los ojos—. Inés ha vuelto. ¿Por qué no corre a estar con ella en vez de empinar el codo aquí?Eduardo lo entendió tras pensarlo un momento.—Creo que precisamente porque Inés ha vuelto ocurre esto.Raúl no lo comprendió al princip
Las palabras de Raquel le cayeron a Diego como un mazazo.Cuando recobró el sentido, se encontró con la mirada burlona y dolorida de Raquel.Antes de que pudiera fijarse mejor, ella bajó la cabeza y siguió haciendo las maletas, metiendo la ropa a empujones, sin doblarla.Cuando se volvió, Diego le agarró la muñeca de golpe. Su voz helada le llegó al oído:—¿Por qué te mudas esta noche? ¿Tanta prisa tienes?El tono llevaba un deje de desprecio.—Déjame adivinar. ¿Es por la comida que has tenido hoy con Ángel?Raquel alzó la cabeza de golpe y lo miró incrédula.—¡No hace falta que seas irónico! Tú sabes mejor que nadie qué relación tengo con Ángel.Intentó zafarse de la mano de Diego.Él apretó el agarre en aquel instante y no la dejó escapar.Curvó los labios en una mueca.—¿He dicho algo que no sea cierto? Si no es por él, ¿qué te ha impulsado a hacer las maletas hoy?Soltó una risa burlona.—Estos dos años te has sentido atrapada, ¿verdad?Raquel dejó de forcejear un momento y lo mir
Inés se quedó desconcertada al oír que Raquel no quería el dinero.Percibía que la actitud de Diego hacia ella había cambiado.Diego aún no sabía que Raquel estaba embarazada, pero si se enteraba…Inés ni siquiera estaba segura de qué decidiría él.Tenía incluso la corazonada de que, si Diego se enteraba del embarazo, no la dejaría marchar con facilidad.Por eso solo pudo forzar una sonrisa delante de Raquel.—Raquel, ¿te preocupa lo que pueda decir la gente? No deberías. Este dinero es de mis fondos personales y nadie más lo sabe. Solo me preocupo por ti…—Señorita Fuentes —suspiró Raquel—. Gracias por tu interés. Mi familia puede haber quebrado, pero estos años he trabajado duro. Puedo mantenerme a mí misma y al…Se detuvo y una sonrisa leve se le dibujó en los labios.—Me has ayudado mucho. No puedo aceptar tu dinero.—No pasa nada. Te lo doy de buena gana.—Señorita Fuentes, por favor, recógelo.Raquel le devolvió el sobre y dio un paso atrás para guardar distancia.Por las palabr







