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Author: Hallell
last update publish date: 2026-09-07 22:43:31

Un destello de veneno puro cruzó los ojos de Inés antes de que la fachada dulce volviera a encajar. Durante medio segundo, la dulzura de Inés le falló.

La mirada que le cruzó el rostro no era preocupación. Era posesión interrumpida.

Luego la sonrisa volvió a su sitio.

Raquel se sentó aunque la habitación se inclinara.

—No te preocupes —dijo, antes de que Inés pudiera terminar de reescribir el momento—. Puedes quedártelo todo para ti. De verdad que ya no me importa.

Antes de que se fueran, Ramiro había intentado recetarle a Raquel una ronda de antibióticos. Pese a su negativa vehemente, al final miró a Inés y suspiró:

—Tu amiga de verdad debería tomarse la medicina si puede.

El trayecto de vuelta a la finca Reyes transcurrió en silencio. En el instante en que el coche se detuvo en el camino de entrada, Raquel forzó la puerta, desesperada por subir y desplomarse. Pero cuando los pies tocaron el pavimento, las rodillas se le doblaron. Se inclinó hacia delante y solo la detuvo un brazo fuerte.

Diego frunció el ceño mirándola hacia abajo, la presa firme en su cintura.

—Estás tan enferma y aun así te niegas a la medicina o a la inyección. De verdad que eres…

Inés rodeó el coche a toda prisa.

—Diego, déjame a mí.

Se deslizó con suavidad bajo el brazo de Raquel, cargando con su peso.

—Yo la llevo.

Inés la sostuvo hacia dentro, saludando al personal con una sonrisa cálida y familiar. Las amas de llaves y las criadas casi tropezaban, los ojos muy abiertos de sorpresa y emoción susurrada. Mientras Inés escoltaba a Raquel por la gran escalera, el cotilleo ambiental subía detrás de ellas.

Esa es la señorita Fuentes… la que el señor Reyes siempre ha querido… la ha estado esperando…

Raquel mantuvo los ojos fijos en los peldaños, ignorándolo. En lo alto de la escalera, una tos seca cortó los susurros. El mayordomo jefe, un hombre severo de unos cincuenta años, fulminó al personal con la mirada hasta que se dispersaron. Le lanzó a Raquel una mirada profundamente inquieta a la espalda antes de apartarse.

Inés ayudó a Raquel a entrar en su dormitorio.

—Gracias —murmuró Raquel.

—De nada. —Inés sonrió, aunque la sonrisa no le llegó del todo a los ojos—. Descansa un poco.

—Está bien.

Raquel se quitó los zapatos de una patada y se desplomó en la cama. Con los ojos entornados, vio a Diego seguirlas.

—¿Te llevo a casa? —le preguntó a Inés.

Inés asintió. No pertenecía al ala privada, y mucho menos a su dormitorio compartido. Pero al girarse para irse, la mirada se le enganchó en el perchero junto a la puerta. Allí colgaba un traje de hombre a medida, de color carbón. Era inconfundiblemente de Diego.

El color se le drenó de la cara a Inés. Apretó los labios, dio media vuelta sobre los talones y siguió en silencio a Diego fuera de la habitación.

En cuanto la puerta se cerró con un clic, Raquel abrió los ojos y miró en blanco el techo blanco.

¿Qué se suponía que iba a hacer con el bebé?

Podía esconder sus sentimientos por Diego. Podía enterrarlos un año, dos años o una década si hacía falta. Pero un embarazo era distinto. Al final el vientre se le hincharía. No se podía ocultar para siempre.

La ansiedad giraba cada vez más rápido en su cabeza, mareándola, hasta que el tirón pesado del sueño por fin la arrastró.

En sus sueños, la fiebre se quebró en un calor extraño y brumoso. Sintió dedos fantasma desabrochándole el cuello, seguidos del alivio impactante y glorioso de algo frío contra la piel ardiente. Soltó un suspiro suave y envolvió instintivamente los brazos alrededor del miembro sólido y cálido unido al paño frío.

Un gemido bajo y ahogado vibró encima de ella, seguido del sonido de una respiración pesada. Unas manos grandes le enmarcaron la nuca, inclinándole la cabeza hacia atrás. Luego algo caliente y húmedo le cubrió los labios. Una lengua se deslizó entre sus dientes, provocándole los sentidos, arrancándole un jadeo suave y entrecortado de la garganta.

Frunciendo el ceño en sueños, Raquel mordió con fuerza la intromisión.

El sabor agudo a cobre le floreció en la lengua. El hombre encima de ella siseó con fuerza. De pronto la empujaron hacia atrás y le pellizcaron las mejillas con firmeza. A través de la bruma espesa de su sueño febril, oyó vagamente una voz ronca y familiar murmurar:

—De verdad que te han malcriado.

Raquel gimoteó, apartó la mano de un manotazo y se hundió de nuevo en la oscuridad profunda y sin sueños.

Cuando por fin despertó, la habitación estaba bañada en el resplandor suave de una lámpara de noche. Una doncella estaba sentada en la silla junto a su cama. En el instante en que Raquel se movió, la chica se inclinó hacia delante, la cara iluminada.

—¡Señora Reyes, está despierta! —Alargó la mano y le presionó el dorso contra la frente—. Gracias a Dios. Por fin se le ha bajado la fiebre.

Raquel parpadeó contra la luz. Fragmentos de su sueño brumoso se le aferraban a la mente.

—¿Has estado cuidándome todo este tiempo?

La doncella asintió con entusiasmo.

La chispa minúscula y tonta de esperanza en el pecho de Raquel se apagó al instante. Bajó la mirada. El sueño había parecido tan real. Durante un segundo fugaz había llegado a creer que Diego había sido quien la sostenía, quien la besaba. Pero solo era una doncella.

Mientras todavía procesaba la decepción, la ama de llaves entró con una bolsa blanca de farmacia y un vaso de agua.

—Señora Reyes, está despierta. —Los dejó en la mesita de noche—. El señor Reyes ha hecho que la clínica los enviara. Ha insistido en que se tome la primera dosis esta noche.

Los ojos de Raquel se clavaron en la etiqueta impresa del frasco naranja. De inmediato volvió la cara hacia la pared.

—Déjalo ahí. Me lo tomaré luego.

—El médico ha sido bastante claro en que hay que empezar esta noche.

—Tengo hambre. ¿Puedes traerme algo de la cocina primero?

La ama de llaves vaciló y luego suspiró.

—Está bien. Pero por favor tómeselo justo después. La fiebre acaba de bajarle.

En el segundo en que la puerta se cerró con un clic, Raquel se quitó las sábanas de un tirón. Agarró el frasco, se metió en el baño en suite y giró la tapa a prueba de niños. Sacudió las pastillas al váter y tiró de la cadena.

El agua giró, llevándoselas. Soltó un suspiro largo y tembloroso.

Estaba embarazada. No podía arriesgarse a tomar lo que Ramiro le hubiera recetado.

Dejó el frasco vacío en el tocador y se giró.

El corazón se le estrelló contra las costillas.

Diego estaba recostado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola.

—¿Qué estás haciendo?

El pánico le estalló en el pecho, caliente y cegador. Él se apartó del marco y cruzó el pequeño espacio en dos zancadas. Le agarró la muñeca, empujándola con suavidad pero con firmeza contra la pared de azulejos. Los ojos oscuros le registraron el rostro, implacables, y bajo la luz dura del tocador a Raquel se le cortó la respiración.

Había una pequeña herida cruda en su labio inferior, hinchada lo justo para atrapar la luz.

El recuerdo de su sueño febril regresó con una claridad sobrecogedora: el sabor a cobre, el siseo bajo, la voz ronca y familiar.

No había sido un sueño.

—Te has negado a las inyecciones. Te has negado a la medicina. Tiras lo que te dan. ¿Por qué?

—No lo quiero. ¿Eso es un delito?

Se obligó a sostenerle la mirada, rezando para que la voz no le temblara. Estaba embarazada. No podía dejar que se enterara. No así. Si se enteraba de la verdad ahora, no tenía ni idea de cómo reaccionaría.

Pero por la forma en que la miraba, ya sabía que ella escondía algo.

—Raquel. —Alzó la mano. El pulgar le rozó la mandíbula mientras le levantaba más la barbilla—. ¿Tienes algo que quieras decirme?

Se le cortó la respiración. Se quedó inmóvil.

Había querido decírselo. Había querido sorprenderlo, darle algo hermoso. Pero entonces había vuelto Inés, trayendo toda su historia y la vida que le había salvado y su reivindicación innegable sobre su corazón.

Raquel se mordió con fuerza el labio inferior. Una gota fría de sudor le recorrió la columna.

¿Debía contarle lo del bebé?

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