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Author: Hallell
last update publish date: 2026-09-10 01:08:49

El corazón de Raquel estaba en conflicto.

Diego era el padre del niño; merecía saber que existía. Pero… el miedo la paralizaba. Temía que, al revelarle la verdad, él la obligara con esa frialdad tan suya a interrumpir el embarazo. Los últimos días había soñado una y otra vez, y las imágenes de aquellos sueños la despertaban empapada en un sudor frío.

—Desde ayer te veo extraña —suspiró Diego—. Estás enferma y, aun así, no tomas la medicina ni aceptas las inyecciones. Si te ocurre algo, puedes decírmelo.

Raquel buscaba las palabras cuando entró la sirvienta con la comida, ofreciéndole una salida. Como aún se encontraba mal, le habían preparado algo ligero. Comió apenas unos bocados y apartó el cuenco. La sirvienta se acercó de inmediato a recogerlo.

Diego la observaba desde un lado, los labios finos apretados en una línea tensa. No sabía si era imaginación suya, pero algo en Raquel no encajaba.

Cuanto más lo pensaba, más inquieto se sentía. De pronto le faltó el aire en la habitación y salió.

Antes de acostarse, la sirvienta volvió con otro cuenco de medicina.

—No quiero tomarla —dijo Raquel con sequedad—. No hace falta que me traigas más.

La sirvienta parpadeó, desconcertada, y salió del dormitorio.

Diego no regresó.

El cuarto quedó en silencio. Solo ella.

Era evidente adónde había ido.

Raquel se recostó, cerró los ojos y una sola idea le dio vueltas en la mente: si ella hubiera sido quien lo salvó entonces, ¿se estarían divorciando ahora?

Pero no existían los “si”.

Volvió a sumirse en un sueño profundo. En mitad de la noche notó, de forma vaga, que el colchón se hundía a su lado.

¿Había vuelto?

La conciencia se la tragó de nuevo la oscuridad.

A la mañana siguiente, al despertar y volverse, su primer gesto fue extender la mano hacia el otro lado de la cama. Estaba frío.

Raquel apretó los labios rojos. La luz se le fue apagando en los ojos.

Temprano, la sirvienta trajo el desayuno y otra vez el cuenco de medicina. Apenas terminó de asearse, el olor intenso le llegó y frunció el ceño.

—Señora Reyes, esta medicina…

Raquel no pudo más y habló con dureza:

—Dije que no la quiero. ¿Por qué la trae otra vez?

Solía ser tan suave que aquella brusquedad dejó a la sirvienta congelada. Raquel se dio cuenta de que había perdido los estribos, se recobró y se frotó las sienes.

—Perdón. No me encuentro bien. Llévatela, por favor.

La sirvienta no tuvo más remedio que bajar con el cuenco intacto.

En la cocina, el mayordomo vio la medicina intacta y frunció el ceño.

—¿La señora Reyes sigue sin tomarla?

La sirvienta asintió y le contó lo ocurrido. El mayordomo advirtió un dejo de resentimiento en su tono y la reprendió con seriedad:

—Sabe cómo la trata normalmente la señora. Seguramente está de mal humor porque está enferma. No le guarde rencor por esto.

La sirvienta se sonrojó y negó con la cabeza.

En ese instante se oyó una voz fría:

—¿Sigue sin tomarla?

El mayordomo y la sirvienta se sobresaltaron y alzaron la vista.

—Señor Reyes…

Diego estaba allí, solemne, con el traje y las llaves del coche en la mano. Ya había desayunado y se disponía a salir hacia la empresa. Al pasar vio el cuenco intacto en la bandeja y se detuvo.

El mayordomo asintió.

—Sí, señor Reyes.

Entonces, como si recordara algo, preguntó:

—Señor Reyes, ¿para qué sirve esa medicina?

—Para bajar la fiebre.

Solo era un antifebril… El mayordomo exhaló aliviado. Había temido que le ocurriera algo grave a la señora.

La sirvienta, en cambio, pareció sorprendida y soltó:

—Entonces solo es para la fiebre. Me asusté. Pensé que era…

No terminó. Tanto el mayordomo como Diego la miraron.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Diego, frío.

Siempre había sido perspicaz y captó de inmediato que aquellas palabras a medias escondían algo importante.

—Explíquese.

Sobrecogida por aquella mirada de águila, la sirvienta bajó la cabeza y murmuró:

—Yo… no estoy segura. Ayer, al limpiar, vi lo que parecía un informe de hospital en la papelera del baño.

Diego entrecerró los ojos.

—¿Qué informe?

Ella negó.

—No lo sé. Estaba hecho pedazos y mojado por la lluvia. Solo alcancé a ver la palabra «informe» de refilón.

—¿Dónde está ese informe? —preguntó Diego.

Su instinto le decía que aquel papel podía ocultar el secreto de Raquel.

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