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Capítulo 4: La Anatomía de la Sombra

Author: Nahue
last update publish date: 2026-09-03 07:49:19

Las sábanas de hilo de la suite inferior eran demasiado frías, o tal vez era el cuerpo de Beatriz el que estaba demasiado caliente para encontrar descanso.

A las dos de la mañana, la diseñadora permanecía descalza en el centro de la habitación, observando cómo la llovizna de Tokio golpeaba el cristal con la cadencia de una cuenta regresiva. Cerraba los ojos y el eco de la voz de Kenji resonaba en su mente, denso y magnético, tapando cualquier intento de racionalizar la locura en la que se había sumergido.

El peligro era real; había visto los ojos de Sato, había sentido la vibración de una violencia a punto de estallar en el casino. Pero en la intimidad de la penumbra, su mente no volvía al miedo, sino a la presencia del hombre que la había protegido.

Incapaz de quedarse en la cama, caminó hacia la mesa de noche, tomó su cuaderno de bocetos y un lápiz de grafito blando, y se sentó en la alfombra, apoyando la espalda contra el borde de la cama.

Al principio, sus trazos fueron instintivos: la curva rápida de una mandíbula afilada, la línea dura y rígida del pómulo izquierdo rota por el relieve de esa cicatriz que lo volvía peligrosamente humano. Pero el dibujo exigía más. Beatriz cerró los ojos un segundo, recordando la manera en que el traje gris marengo se ajustaba a la anatomía de su jefe. Esos trajes hechos a medida no ocultaban la estructura del hombre; simplemente la volvían aceptable para la alta sociedad.

Bajo la tela de corte impecable, Kenji Ishida era potencia pura.

El lápiz voló sobre el papel con una urgencia febril. Beatriz lo despojó de la armadura. En la hoja en blanco comenzó a emerger el torso desnudo de Kenji: los hombros anchos, las clavículas marcadas y la caja torácica esculpida, donde los músculos del abdomen se definían con una precisión fibrosa y tonificada, fruto no del vanidoso ejercicio de gimnasio, sino del rigor y la disciplina de la supervivencia.

Añadió las sombras con la yema del pulgar, manchándose la piel de carbono. Dibujó la línea de vello oscuro que descendía desde el ombligo hasta perderse en el talle bajo de los pantalones, no quiso seguir, pensó en dibujarlo sin ropa pero sería un exceso si alguien lo viera, sacudió su cabeza borrando esa idea de su mente y luego extendió los trazos hacia el hombro derecho, recreando el flujo de tinta del dragón que nacía en su muñeca y serpenteaba por su bíceps.

Beatriz contempló el boceto. El hombre del papel la miraba con la misma intensidad depredadora que la había paralizado en el Gilded Dragon. Contuvo el aliento, sintiendo un calor súbito que le encendió las mejillas y le aceleró el pulso. No era solo un cliente. Tampoco era solo un protector. Era un enigma que su trazo necesitaba descifrar, línea por línea, antes de que el tren hacia Kioto los arrastrara a la siguiente fase del juego.

Apretó el cuaderno contra su pecho, sintiendo el relieve del grafito fresco sobre la portada, y por primera vez en la noche, el insomnio dejó de parecer una condena.

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