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Capítulo 3: El Murmullo del Biombo

last update Veröffentlichungsdatum: 03.09.2026 07:47:14

La penumbra del ascensor privado ascendía en un silencio solo interrumpido por el leve zumbido del motor y el palpitar acelerado en las sienes de Beatriz. A su lado, Kenji Ishida se erguía como una escultura tallada en obsidiana. La luz indirecta del panel del ascensor proyectaba sombras marcadas sobre las facciones de su rostro, haciendo que la cicatriz de su pómulo pareciera una hendidura de bronce sobre la piel.

Beatriz apretó el cuaderno de bocetos contra sus costillas. El lino de su gabardina, humedecido por la llovizna fina de Shinjuku, olía a calle lejana y a ciudad eléctrica, una fragancia terrenal que chocaba de frente con el aroma del ático de Kenji cuando las puertas automáticas se deslizaron hacia los lados sin hacer un solo ruido.

El espacio no era un departamento ordinario; era una interpretación moderna de la arquitectura tradicíonal japonesa llevada a la opulencia del siglo XXI. Paneles de madera oscura de ciprés, pulidos hasta reflejar la tenue iluminación del suelo, dividían los ambientes en una progresión de penumbras y luces calculadas. Al fondo, un ventanal que abarcaba de piso a techo mostraba la inmensidad de Tokio: una marea incalculable de luces rojas y blancas que parpadeaban bajo el cielo encapotado de noviembre, imperturbables ante el peligro que minutos antes casi se cobra una vida en el salón del Gilded Dragon.

Kenji no se dirigió de inmediato hacia la barra de bar o hacia los sofás de cuero. Se detuvo en el centro de la estancia, desabrochándose el primer botón de la camisa con un movimiento pausado que delataba un cansancio antiguo.

—El té se enfriará antes de que pueda explicarse, señorita Oliveira —dijo él, rompiendo la calma. Su voz barítona descendió un tono, impregnada de una gravedad respetuosa pero distante—. O tal vez prefiera algo más fuerte para digerir la cordialidad de Sato.

Beatriz caminó lentamente por el borde del recinto, evitando pisar el tatami central con sus taconazos de cuero. Sus ojos de diseñadora analizaban cada textura: la aspereza del papel de arroz en los paneles, el brillo frío del acero en las columnas estructurales y el contraste violento de una caligrafía en tinta negra colgada de la pared principal.

—Prefiero las explicaciones antes que el alcohol —respondió Beatriz, girándose hacia él. Su melena rizada caía sobre uno de sus hombros, enmarcando una mirada en la que no quedaba rastro del pánico inicial—. Ese hombre no vino a pedir una deuda financiera, Kenji. Vino a recordarle quién es usted para ellos. Y lo que más pareció molestarle no fue su dinero, sino mi presencia.

Kenji se sirvió un vaso de agua mineral sobre cubos de hielo esféricos. El tintineo del cristal resonó con una nitidez casi quirúrgica en la vastedad del salón.

—Sato representa a la vieja guardia de la Gumi —explicó Kenji, apoyando una mano sobre la mesa de granito negro—. Para ellos, mi familia no era un negocio; era una casta. Mi padre construyó este imperio sobre pactos de sangre, favores no escritos y una lealtad que se pagaba con la vida o con partes del cuerpo. Cuando tomé el control tras su muerte, vendí las propiedades ilegales, disolví los contratos de protección y transferí el capital a bienes raíces, hoteles y desfiles de moda.

Dio un paso hacia ella, manteniendo una distancia prudencial pero suficiente para que Beatriz sintiera el calor sordo que emanaba de su figura.

—Para la yakuza, la limpieza es una traición —continuó él, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Ven mi intento de legitimidad como una cobardía. Y ver que traigo a una diseñadora extranjera para crear la identidad visual de nuestra nueva cadena hotelera les demuestra que el cambio es irreversible. Para Sato, usted no es solo una creativa; es el símbolo de que el pasado no regresará.

—Entonces soy un blanco fácil —concluyó ella sin bajar la voz, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Mientras esté a mi lado, sí —admitió Kenji con una brutal honestidad que hizo que a Beatriz se le erizara la piel—. Por eso la propuesta de viajar a Kioto mañana no es una opción estética, Beatriz. Es una medida de contención. En Tokio, las paredes tienen oídos y Sato controla demasiados callejones. En Kioto, en la antigua propiedad de mi familia paterna, el terreno está bajo mi control absoluto. Allí podremos trabajar en los bocetos de la colección sin la interferencia de los espectros de Shinjuku.

Beatriz caminó hacia la mesa donde reposaba su cuaderno. Lo abrió despacio, pasando los dedos sobre el papel grueso texturizado. En la página, el trazo a carboncillo del tatuaje del dragón y la cicatriz de Kenji permanecía fresco, un borrón negro que manchaba la pulcritud de sus líneas de moda.

—¿Sabe qué es lo que me molesta de todo esto, Kenji? —dijo ella, alzando la vista—. Que no me asusta el peligro. Me crié en un lugar donde la violencia no viste trajes de tres piezas ni habla con cortesía. Lo que me molesta es que use la seda para esconder el hierro. Si vamos a trabajar juntos en Kioto, quiero ver la materia prima real. No quiero bocetos limpios si la inspiración viene de una guerra no resuelta.

Un destello de algo parecido al respeto cruzó la mirada de Kenji. Por primera vez desde que se habían conocido en el salón de juegos, la rigidez de su rostro se ablandó en las esquinas de sus labios, permitiendo adivinar una masculinidad compleja, moldeada por la supervivencia y la disciplina.

—La materia prima de Kioto no es el hierro, Beatriz —dijo él en voz baja, dando un paso más hacia ella, tan cerca que el olor a sándalo de su piel envolvió el espacio de ambos—. Es la memoria. Y le aseguro que las sedas que verá allí tienen más historias de traición de las que sus cuadernos pueden contener.

El viento de la noche golpeó los ventanales del ático, haciendo crujir suavemente las estructuras. Kenji se inclinó levemente hacia ella, extendiendo la mano no para tocarla, sino para cerrar con delicadeza el cuaderno de bocetos que ella mantenía abierto. El roce involuntario de sus nudillos contra la piel de la muñeca de Beatriz envió una descarga eléctrica que hizo que la diseñadora contuviera el aliento.

—Descanse esta noche en la suite del piso inferior —ordenó él con una cortesía impecable pero firme—. Mi chofer la recogerá a las seis de la mañana. El tren bala hacia Kioto no espera por los detalles de la moda, y mañana empieza la verdadera prueba.

Beatriz asintió despacio, recogiendo sus pertenencias sin romper el contacto visual. Sabía que al cruzar esa puerta no solo estaba aceptando un contrato de diseño; se estaba adentrando en las profundidades de un territorio donde la belleza y la muerte compartían el mismo hilo de corte.

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