—¡Abran la puerta! ¡Rápido, abran la puerta!
Afuera, Pablo no dejaba de golpear la puerta y sonaba cada vez más impaciente.
Marcos le hizo una seña a Noelia para que se quedara en el baño. Noelia asintió y se escondió de inmediato.
Marcos se volteó y, con pasos firmes y tranquilos, caminó hasta la puerta.
Por su parte, Pablo estaba a punto de levantar la pierna para patearla y, cuando la vio abrirse, quedó congelado. Marcos lo observó a él y luego a los dos hombres detrás, que parecían estar grabando con sus celulares.
—Caballeros, ¿a qué se debe semejante escándalo frente a mi habitación? ¿Se puede saber qué pasa?
Pablo no esperaba encontrarse con un hombre tan imponente, que no mostraba el más mínimo rastro de nervios ni siquiera cuando lo “atraparon” con la mujer de otro.
—¡Busco a mi esposa! —Pablo miró hacia el interior del cuarto mientras gritaba—. Noelia, sé que estás ahí adentro. ¡Sal de una vez!
No conforme con gritar, intentó entrar. Marcos levantó el brazo y le bloqueó el paso.
—Señor Ibarra, entrar a mi habitación sin mi permiso es ilegal.
Pablo lo miró fijamente y volvió a examinar a Marcos.
—¿Me conoce?
—Tuve la oportunidad de verlo una vez el año pasado, en el Congreso Mundial de Empresarios…
Ese no era un evento al que cualquiera pudiera asistir. Pablo había ido gracias a los contactos de su padre. Le quedaba claro que el hombre frente a él no era alguien del común, así que lo abordó con más tranquilidad.
—¿Y usted es...?
Marcos sacó una tarjeta y se la entregó.
Después de solo un vistazo, Pablo sintió que le brotaba sudor en la palma de la mano.
¡Era Marcos Leiva, el fundador del Grupo Jurídico Horizonte Global!
Antes, Pablo ya había oído a su padre mencionar ese nombre.
En el mundo jurídico, el nombre de Marcos no representaba solo a un abogado exitoso, sino a una red de contactos enorme: figuras clave del sistema judicial, pesos pesados del ámbito legal y sus conexiones que se extendían como una telaraña hasta las finanzas, el sector inmobiliario, la tecnología y muchas otras áreas.
Además, Marcos nunca era un simple asesor legal. En muchos casos actuaba como estratega: fusiones transnacionales de grandes corporaciones, disputas delicadas entre política y negocios... bajo su dirección, siempre aparecía una grieta legal o una prueba decisiva que daba lugar a giros espectaculares.
—Así que usted es el señor Leiva, del Grupo Jurídico Horizonte Global —la actitud de Pablo dio un giro completo—. Ha sido un malentendido, mil disculpas. No sabía que esta habitación era suya.
—Señor Ibarra, ¿sigue creyendo que su esposa está en mi habitación? —preguntó Marcos con tono neutro.
—No, no, para nada. Ella... una mujer tan poca cosa, ¿cómo iba a merecer llamar su atención? —Pablo retrocedió un par de pasos—. Perdón por la molestia de hoy. Espero que sea generoso y no se lo tome personal.
Marcos asintió y se dispuso a cerrar la puerta cuando Pablo alcanzó a ver, en la nuca de Marcos, una marca de beso apenas visible. La huella era roja y reciente, claramente recién dejada.
—Un momento, señor Leiva —dijo Pablo, señalando con cuidado—. Parece que tiene algo en el cuello.
Marcos no se cubrió. Al contrario, volteó el cuello y dejó la marca a la vista sin reparos.
—¿Le interesan mis asuntos privados?
Marcos lo miró con una autoridad aplastante que desintegró por completo la intención de Pablo de averiguar más.
—No, no, no era eso —dijo Pablo, con una sonrisa torpe—. No le molesto más. Que descanse.
***
Noelia, escondida en el baño, escuchó toda la conversación.
Quién se hubiera imaginado que una crisis que la tenía al borde del colapso se resolviera tan fácil con una simple tarjeta de presentación. Eso volvía a confirmarlo: el muchacho pobre de antes ya no existía.
—Sal —dijo Marcos.
Noelia abrió la puerta y salió del baño. Marcos estaba parado frente al ventanal.
—Señor Leiva, gracias por ayudarme —dijo Noelia.
Ese agradecimiento llevaba consigo una clara sensación de culpa. Después de todo, él no la ayudó porque quisiera.
Tal como esperaba, la expresión de Marcos no cambió en absoluto.
—¿Gracias? —dijo, burlándose—. ¿Crees que puedes meterme en un problema y compensarlo solo con un "gracias"?
—Entonces... ¿qué quieres?
Marcos dio un paso adelante.
—No voy a cargarme de la fama de amante sin razón —apenas terminó de hablar, le apretó fuerte la muñeca.
Noelia dejó escapar un quejido de dolor. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza irresistible la arrastró y la lanzó bruscamente sobre la cama grande que tenía detrás.
Asustada, intentó sentarse, pero Marcos ya estaba encima de ella y, con una rodilla en el borde de la cama, la encerró por completo entre sus brazos.
—¿Qué haces? —Noelia levantó la mano para empujarlo del pecho—. ¿No eras tú el que tenía principios y no se acostaba con mujeres casadas?
—¿Mis principios importan? —la miró desde arriba, con los ojos cargados de rabia por haber sido provocado y usado—. En el pasado, para que fuera tu novio, hiciste de todo para atraparme. Hoy, para que sea tu amante, haces exactamente lo mismo. Entre nosotros, ¿no ha sido siempre así? ¿No has sido siempre tú la que decide?
Su aroma masculino y la temperatura de su cuerpo envolvieron a Noelia, mareándola.
Recordó el pasado; en efecto, fue ella la que se enamoró primero de Marcos, la que dio el primer paso.
Entonces, Marcos solo era el hijo de la niñera de su familia. La primera vez que lo vio fue en el jardín de su casa. Ese día jugaba con su golden retriever lanzándole un disco volador; el disco se desvió y estuvo a punto de golpear a Marcos, que había ido a llevarle medicinas a su madre.
Marcos atrapó el disco en el aire con precisión.
Bajo el sol, llevaba una camisa blanca sencilla, un poco remangada. Sus brazos eran firmes; sus facciones, hermosas. A pesar de lo penetrante que era su mirada, le inspiraba tranquilidad, como un lago frío en el que Noelia se hundió al instante.
Cuando Marcos le devolvió el disco, sus dedos se rozaron por accidente. Noelia sintió una descarga recorrerle el cuerpo y el corazón le empezó a latir desbocado. En ese mismo momento tomó una decisión: iba a perseguirlo.
Desde entonces, Noelia empezó a seguir a Marcos a todas partes.
Al principio, Marcos la rechazó rotundamente. Él sabía que, viniendo de una familia humilde, no pertenecía al mismo mundo que la señorita rica. Pero Noelia no era alguien que se rindiera fácil. Cada rechazo solo la volvía más insistente.
Las clases de Derecho Constitucional de los viernes siempre tenían una persona de más; en la cafetería universitaria, Noelia aparecía "casualmente" a la hora en que Marcos comía, se sentaba frente a él y, como a él le daba pena gastar en carne, ella pedía de más y se la pasaba a su plato.
En el bar donde Marcos trabajaba a medio tiempo, ella aparecía cada pocos días con amigos, siempre pidiendo las bebidas más caras...
Durante tres años, fue como un rayo de sol que lo seguía, empeñada en iluminar su corazón hasta poder abrirlo.
Marcos se escondía, la evitaba, se cansaba... pero sin darse cuenta se acostumbró a su presencia. Al final, la aceptó.
Y entonces, después de solo tres meses juntos, cuando él estaba más enamorado, ella se apartó de repente y lo dejó para comprometerse con otro.
El mundo de Marcos quedó destrozado. Incluso su madre sufrió un accidente de tránsito por ese asunto y perdió las dos piernas, quedando discapacitada de por vida.
—¿Ya te olvidaste cómo te me acercaste, te acostaste conmigo y luego me botaste? —Marcos le apretó el cuello, con los ojos rojos por su odio ardiente—. Pero ahora no soy el mismo de antes. Ya no soy alguien que puedas usar y desechar a tu antojo.
—¡Suéltame!
Noelia sintió que el cuello se le iba a quebrar. Empujó con todas sus fuerzas a Marcos, pero antes de poder bajarse de la cama, él la levantó por la cintura y la volvió a atrapar bajo su cuerpo.
—¿Por qué huyes? —Marcos se quitó la corbata y empezó a desabrocharse la camisa—. Ya somos amantes, ¿no es esto lo que debemos hacer?
Noelia vio esos músculos bien definidos detrás de su camisa abierta. Los recuerdos le llegaron como una avalancha y los aromas del pasado salieron a flote.
Seis años atrás, en ese verano sofocante, dos jóvenes en un apartamento viejo: besos torpes, caricias curiosas, una entrega impulsiva, sin técnica ni control, guiados solo por un amor desbordado.
Ahora, sus cuerpos estaban tan cerca como antes, pero parecía haber una distancia infinita entre sus corazones.
—Marcos, no quiero acostarme contigo —Noelia, con la frente en alto, lo encaró—. ¿Se te olvidó? Hace seis años ya te lo dije: de ti, me cansé.
"Me cansé".
Esas palabras fueron como una sentencia.
Marcos se quedó paralizado; el dolor lo atravesó y todo su deseo desapareció. Se alejó de la cama, sacó un cigarrillo y lo prendió.
Noelia se sentó. Aunque su ropa seguía intacta, sintió que lo ocurrido fue más humillante que haber sido desnudada y tirada en esa habitación.
—Lárgate —dijo Marcos con tono seco, así que ella se bajó de la cama rápido.
Pero antes de poder mantenerse en pie, un mareo repentino la golpeó. El golpe en la nuca le seguía doliendo, y la lucha intensa de hacía un momento la dejó sin fuerzas. Todo se volvió negro.
Noelia se desplomó. Antes de perder el conocimiento, vio a Marcos tirar el cigarrillo y correr hacia ella a toda velocidad…
***
La lluvia caía bajo el cielo nocturno.
Por la carretera mojada y vacía, un Cullinan avanzaba en la oscuridad a toda velocidad.
Con los nudillos blancos, Marcos apretaba fuerte el volante. Una y otra vez, su mirada se desviaba hacia el asiento del copiloto.
Noelia estaba inconsciente. Su cuerpo frágil se hundía en el amplio asiento de cuero, con la cabeza inclinada hacia la ventana. Bajo la luz tenue del tablero, su cara estaba pálida como el papel.
—Noelia —la llamó.
No hubo respuesta.
—Noelia, despierta.
Silencio.
A Marcos se le movió la manzana de Adán; sintió un dolor inexplicable en el pecho. Activó el teléfono del auto y marcó a Horacio Molina.
—Señor Marcos, ¿ayer no nos vimos? ¿Ya me extrañas? —respondió Horacio con tono burlón.
—Llevo a alguien al hospital. Necesito que te encargues.
—¿Qué pasó? —Horacio se puso serio.
—No sé exactamente. Se desmayó de repente.
—Está bien. Entra por urgencias.
Quince minutos después, Marcos le entregó a Noelia. Por suerte, los resultados no mostraron nada grave: solo una pequeña conmoción cerebral por el golpe en la cabeza.
Noelia fue trasladada a una habitación común.
—¿Cuándo va a despertar? —preguntó Marcos. Ella estaba acostada en su blanca cama, con los ojos cerrados, todavía pálida.
—Difícil decirlo. Tal vez en un rato, tal vez mañana —respondió Horacio, observándolo bien.
La camisa a medida de Marcos, siempre impecable, estaba ahora llena de arrugas; incluso tenía el botón de arriba desabrochado, dejando ver claramente la marca del chupón en su cuello.
Con una sonrisa pícara, Horacio se acercó y le pegó suavemente en el hombro a Marcos con la carpeta médica.
—Vaya, Marcos. Con razón me llamaste tan desesperado. ¿Así que tú la mandaste al hospital? ¿Tan intenso estuvo?
Marcos le lanzó una mirada que por sí sola le dijo "mejor cállate".
Horacio, como si no lo notara, sonrió todavía más.
—Mírate, todo despeinado. Te dio batalla, ¿eh? Podrías haber sido más delicado. Mira ese cuello rojo... se nota que...
—Horacio —la voz de Marcos era baja, pero amenazante—, cierra la boca antes de que te la rompa.
—Está bien, está bien, disculpa —Horacio levantó las manos en señal de rendición—. Pensé que ya te habías olvidado de ella. No esperaba que apenas volvieras al país ya estuvieran reviviendo el pasado. Oye, espera... ¿ella no está casada? ¿La amas tanto como para aceptar ser solo su amante?
Marcos no respondió. Horacio continuó:
—Amigo, no seas tonto; meterse en un matrimonio ajeno solo trae problemas. Hay líneas que no se cruzan. Además, con todo lo que tienes, ¿qué mujer no caería a tus pies?
—¿Puedes callarte de una vez?
Marcos se frotó las sienes doloridas y miró a Noelia, dormida, indefensa, tranquila, sin rastro de agresividad. Esa frase tan cruel, "me cansé", no parecía algo que pudiera salir de su boca.
Pero la dijo. Hace seis años... y hoy volvió a decirla frente a él. Marcos nunca pudo olvidar cómo ella trituró su orgullo sin piedad, cómo se burló de sus sentimientos y dañó a su familia.
¿Cómo iba a quedar “amor" entre ellos?
—Entre ella y yo ya no hay ninguna posibilidad —dijo Marcos, seco—. Desde hace seis años, para mí, está muerta.