INICIAR SESIÓNPoco a poco los niños comenzaron a desaparecer con sus respectivas madres, que le daban la mano a Gabriel como gesto de bienvenida, o al menos la mayoría. El rumor de que era un vándalo debía de estar incluso hasta en las veredas, seguro Maoy recibiría algunas quejas al respecto, pero agradeció que no hicieran show tipo Rosa de Guadalupe y gritaran que un sicario o cosas por el estilo no iba a cuidar a sus hijos. Al final el salón fue quedando vacío hasta que solo quedaron Gabriel y Samuel. Se formó un silencio incomodo mientras recogían todos los juguetes y ponían en orden todo lo demás, luego Samuel se detuvo frente a la pared llena de dibujos.
— Bien hecho — dijo. Gabriel levantó la cabeza de la lona donde estaba metiendo los cojines y se lo quedó mirando.
—Gracias — susurró, casi seguro de que no lo había escuchado. Samuel dio un paso al frente, y estudió detenidamente uno de los dibujos un poco por encima de su cabeza.
—¿Quién hiso este? — Gabriel se puso de pie caminó hasta él y observó el dibujo, luego se encogió de hombros.
—El niño moreno que le falta una mano — Samuel asintió.
—¿Explicó por qué lo hizo?
—No — Gabriel suspiró — solo salió, lo enseño y me lo dio para que lo pegara, tampoco es que le hubiera preguntado .
—¿Somos nosotros? — la vos de Samuel parecía divertida. Gabriel observó el dibujo: en él, poco entendible, había dos hombres tomados de las manos, uno era más alto que el otro y tenía el cabello color café claro, y el más joven lo tenía negro, flotando sobre ellos había un corazón rojo que estaba más grande un lado que otro. Gabriel supuso que sí eran él y Samuel, el parecido era innegable —¿Crees que seamos nosotros? — volvió a preguntar Samuel.
— Yo qué sé — contestó nervioso. Samuel lo miró y él lo miró también. A la luz del atardecer, sus ojos se veían de un verde escuro increíble, como una esmeralda brillante, llena de venas más claras que se extendían a todas direcciones. La mirada lo intimidaba, y en otros tiempos, la hubiera sostenido, pero sentía esa extraña sensación de vulnerabilidad y vergüenza que le acometían últimamente, así que la bajó a sus labios. Mala idea, eran de un rosa intenso, muy lindos, y Gabriel sintió un escalofrío por toda la espalda cuando él pasó su lengua bajo el labio inferior.
Gabriel conocía ese juego, lo había jugado muchas veces, y sabía en qué terminaba, sabía qué paso debía seguir y como intentar seducir al hombre. Levantó la vista y lo miró a los ojos, estaban a un cómodo metro de distancia, cosa que agradeció, luego le apartó la vista y le dio la espalda. No le importaba si el enfermero era bisexual o hetero curioso, tenía novia y no le gustaba la idea de meterse con hombres comprometidos, ese era su yo de otros tiempos, el que solo veía que tuviera un pene y automáticamente buscaba un rincón oscuro. Cuando venía llegando al pueblo se había hecho una promesa, una que pretendía cumplir y que le aseguraba estar en paz mentalmente. Ya no quería un encontronazo rápido y sin sentido, seguido de un vacío y una soledad, ya se había cansado de todo eso, eso que le estaba ofreciendo el enfermero y que él no quería recibir. Tal vez en todo el pueblo había solo alguien con quien le gustaría intentar algo, y tenía un cargo más alto que Samuel.
— Tal vez el dibujo se una profecía — Dijo y Gabriel sintió un poco de rabia, ¿acaso no había captado su indirecta al darse la vuelta?
— Lo dudo —contestó de mal genio. La puerta se abrió de un golpe y ambos dieron un respingo. Volteó a mirar agradecido a quien lo sacara de aquella situación, cuando vio a su primo, con el ceño fruncido y medio cuerpo aún fuera del salón.
—Oh Ax, que oportuno — le dijo Samuel — Justo iba a ir a preguntarte si Melissa y Maoy ya se había ido en la ambulancia — el hombre rubio asintió —Bien, voy a ver qué hay para hacer — luego se dirigió a Gabriel — de nuevo buen trabajo, Niño — Axel le abrió camino y desapareció tras la puerta.
—No soy un niño —susurró Gabriel.
Axel caminó hasta Gabriel, rodeó sus hombros con su larga mano y lo atrajo hacia si. Lo apretó de nuevo, sus costados se chocaron, estaba extrañamente feliz.
— ¿Acaso mi primito estaba a punto de besuquearse con el gran macho heterosexual y sexy Samuel Bernal? — Gabriel lo empujó.
—Claro que no, solo estábamos hablando, ¿y eso por qué te hace feliz? — le dijo al ver su sonrisa.
—¿No es obvio? Si le quitas a Samuel a Melissa, me dejarás el camino libre — la cara de Gabriel debió de ponerse muy roja, odiaba que se le notara tanto el rubor — Pero fuera de bromas —Señaló por donde se había ido el enfermero —¿Qué estaba pasando? Estaban muy… incomodos, se notaba —Gabriel se encogió de hombros.
—Ni idea — su primo lo soltó y caminó hasta la pared llena de dibujos —¿Te dijo Ax? —Axel se encogió de hombros.
—Es un confianzudo — luego volteó —Maoy se fue manejando la ambulancia, me quedo a cargo y entonces salgo tarde hoy, ¿podrías recoger a Tomás en la guardería? aunque no pasa nada, no me gusta que se valla solo a casa.
—Claro, dale, podemos pasar por un helado — Axel asintió.
—Solo no le des más de una bola — anunció, luego susurró, como para que nadie lo oyera, aunque estaban solos — es que le dan gases.
............................................. .................... .................................
La señora de la guardería se tardaba más de lo que la paciencia de Gabriel podía soportar, llevaba allí casi media hora mientras ella organizaba las cosas de Tomás que estaban desperdigadas por ahí, las empacaba en su pequeño bolso y lo buscaba entre todos los niños, cuando la melena rizada del niño apareció, sintió una inmensa alegría, lo tomó de la mano y casi salió corriendo de allí.
La noche ya estaba cayendo, y las personas se apresuraban poco a poco a cerrar sus negocios y prepararse para ir a casa antes que de que comenzara el toque de queda, una eterna rutina que se repetía una y otra vez. Cuando llegaron a la heladería la mujer los atendió con un poco de prisa, y se desesperó cuando Tomás no podía elegir entre limón o ron con pasas, al final Gabriel le compro una bola de helado de cada una.
—No le vayas a decir a tu papá — le dijo y el niño sonrió cómplice, dándole una mordida a la bola de arriba. Pagó con un billete de cinco mil pesos y esperó la devuelta, en otra situación, hubiera dicho algo como, quédese con los cambios, pero no tenía más dinero que lo poco que había bajo el colchón, el resto de su dinero estaba congelado en su cuenta de ahorros y no sabía si lograría conseguir algún trabajo, así que tenía que ahorrar hasta la última moneda.
Guardó las monedas en el bolsillo derecho delantero y caminó de la mano con Tomás mientras se comía su propio helado en pequeños lengüetazos.
El cielo estaba pintado a pincelazos de aun azul turquí que se extendía rodeado de estrellas por todo es cielo. Sería una noche hermosa, y Gabriel se sintió complacido por ello, casi toda la semana había estado intercambiándose entre frio y calor, pero todas las noches acompañaba al pueblo una llovizna intensa que se extendía hasta la madrugada, y el ruido incesante que de las pequeñas gotas sobre los techos lo ponía inquieto. Mandó la mano hasta la pequeña herida que tenía en la ceja, donde su primer encontronazo con Samuel le había dejado marca, y frunció el ceño al sentir que aún le dolía, tenía que esperar un par de días más para que le pudieran retirar el punto de sutura. Probable mente le quedaría una cicatriz, y así recordaría al enfermero cada vez que se mirara al espejo. El maldito enfermero, que nunca le quitó la mirada de encima, se sintió torpe e intimidado, y odiaba sentirse así, de verdad lo adiaba. Toda su vida, o al menos la mayoría de las veces, tuvo la oportunidad de manejar las situaciones, si no podía, simplemente salía corriendo como un cobarde, pero hacía rato lo había acorralado la mala suerte, varias veces estuvo a punto de salir corriendo al sentir la mirada del hombre con el sedoso cabello color chocolate sobre él. Diablos, Se dijo, Ahora estoy pensando en que su cabello es sedoso. Pensó un momento en las posibilidades, lo que había pasado en el baño tomó por sorpresa al enfermero, estaba claro que lo morboseó inocente mente, como un acto de pura curiosidad, fuera hetero o no, pero lo que pasó en el salón con los niños le trajo un sinfín de especulaciones. Cerró un momento los ojos y recordó la mirada del hombre, esos ojos que lo desafiaban descaradamente, ¿qué querrían decirle? Escuchó la vocecilla de Tomás en el fondo de sus pensamientos, así que volvió a la realidad.
—¿Qué? —pregunto, y el niño lo miró raro.
—¿Que a qué hora sale mi papá del hospital? — le preguntó, como si fuerza la tercera vez que se lo preguntara, lo más probable es que así fuera. Gabriel se encogió de hombros.
—No tengo idea — un chorro de helado se deslizó por su mano, la palma y el antebrazo quedaron empapados, llevaba tanto rato cavilando que olvidó el helado, que se derretía considerablemente, aguantó las ganas de lamerse todo el brazo, y le dio un gran mordisco. Tomas ya se había comido toda la bola de arriba, y lamia cuidadosamente le de abajo, para no irla a tumbar. Siguieron caminando un momento más y cuando llegaron a la plaza, logró ver el negocio de su tía. Iran bajaba una de las cortinas de metal y pensó que el chico le caía bien cuando se percató de que un auto le cerraba el camino, era una camioneta negra, aparentemente cara, que frenó estrepitosamente frente a ellos. Instintivamente, Gabriel puso a Tomás detrás de él, e hizo un ademán con el pie para cambiar de dirección y rodear el vehículo. Malditos, por hacer eso es que se matan o matan a otros. Comenzó a andar de nuevo, con el niño muy pegado a su costado, cuando dos hombres salieron del auto y con paso firme comenzaron a caminar hacia él. Gabriel se tensó, aquellos hombres tenían la vibra de un sicario. Ambos iban bien vestidos, con jeans oscuros y camisas negras con botones y mangas largas, uno de ellos, el más bajo y delgado, tenía unos zapatos tan brillantes que reflejaban las luces de las farolas que iluminaban la calle. Gabriel volvió la mirada, como si con ese acto se hiciera invisible, y apuró el paso, pero apenas había dado un par, cuando una maza de hierro solida lo tomó del brazo deteniéndolo bruscamente.
—Espera — le dijo, era una voz áspera, ronca podría decirse. Sabía mil llaves para librarse de ese agarre, pero se contuvo. Se volvió para ver el hombre que lo había detenido, y se encontró con un rostro redondo, con una barba perfectamente dibujada en un candado alrededor de la mandíbula. El hombre más delgado pasó por su lado y tomó a Tomás del pequeño brazo.
— El niño viene con nosotros — su voz era chillona, como la de una rata acorralada.
—¿Qué? —casi gritó Gabriel, e intentó zafarse del otro hombre cuando vio que levantaban al niño del suelo. Tomás dio un alarido de terror, y la bola del helado salió volando del cono y calló al suelo, salpicando los perfectos zapatos del hombre. —¡Suéltame! — gritó Gabriel cuando vio que el hombre delgado llevaba al niño hacia el auto, pero el agarre macizo del hombre se apretó más, Gabriel giró, y con todo el peso de su cuerpo le plantó un puñetazo en la mandíbula, todo su cuerpo vibró con el impacto, y una oleado de dolor le recorrió todo el brazo, como tantas veces lo había acometido. El hombre lo soltó y dio dos pasos hacia atrás, luego se enderezó y trató de agarrar a Gabriel por los hombros, pero el joven las apartó de un golpe con los antebrazos y, empujando todo el peso de su cuerpo hacia adelante, pateó el pecho del hombre. El golpe lo envió un metro atrás y a su oponente lo lanzó con tanta violencia al suelo que le arrancó al aire de los pulmones. Gabriel había olvidado lo desestresate que era golpear a alguien.
Volteó hacia el vehículo y vio que el hombre pequeño ya había metido a Tomás al auto y había cerrado la puerta, corrió e intentó abrirla, pero estaba cerrada con seguro.
— ¡Ayuda! – gritó al tumulto de personas que se arremolinaban a ver el espectáculo, pero nadie lo ayudó —¡Ayúdenme que se lo están llevando! — gritó de nuevo, con más fuerza, tanto que le ardió la garganta, pero nadie se movió, todos se quedaron allí con unas caras que Gabriel no logró identificar — ¡por favor! —Lleno de desesperación, golpeó el vidrio con el codo con tanta fuerza que se rompió en varios fragmentos. Adentro logró ver las manitas del niño que se extendieron hacia él en busca de ayuda.
El primer hombre se había levantado y lo tomó por la espalda, poniendo su enorme mano en la boca de Gabriel, alejándolo del auto, su dedo meñique se le metió en la boca.
— Escuchame bien… — comenzó a decirle, pero Gabriel lo mordió, tan fuerte que sintió como la carne se abría hasta el hueso duro. Saboreó la sangre del hombre mezclarse con la saliva en su boca y sintió placer por el grito que profirió. El hombre se revolvió, hasta que Gabriel lo soltó, se mandó la misma mano herida hasta la parte trasera de su pantalón y sacó un arma con la que le apuntó a la cabeza. Gabriel sintió un escalofrío al verla, pero el instinto le acometió, tan vivido como en aquellas peleas que veía perdidas, cuando el ingenio, la agilidad y la habilidad se agotaban y le daban paso ala última gran opción. Levantó la pierna y golpeó el brazo del hombre, tan fuerte que escuchó como el hueso de la muñeca se rompió, el arma salió volando y calló rodando por todo el pavimento. Cuando el hombre lo miró, dolorido y con una mueca de horror se afianzó para acometer una nueva patada, pero ahora dirigida al rostro. A medio camino entre el suelo y la cara del individuo, sintió un fuerte golpe en la cabeza, un corrientazo por todo el cuerpo, y una blanca y brillante luz explotar en sus ojos y luego… Nada.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







