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Capítulo 16

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-09-29 04:04:41

Cuando entró se dirigió directamente a los baños, no pasó a ver a Axel ya que estaba haciendo inventario o algo así, por eso no había ido a almorzar. Trató de ignorar a todas las personas que pululaban alrededor, con toda la intención de no encontrarse a Maoy sin haber pensado detenidamente qué le diría o coma manejaría la situación, por eso pasó casi corriendo y no se sintió a salvo hasta que entró al oscuro baño. Respiró profundo y se miró al espejo. ¿Y si Maoy quería más que un beso? Ya no quería sexo casual, no era lo que se suponía que había decidido para su vida, tampoco lo quería. Un beso seguro sí le aceptaba, era menos intimo y no lo hacía sentir tan solo después, pero, ¿y si él quería algo más? Se miró la venda en el espejo y deseó arrancársela. La situación era muy simple, si Maoy quería acostarse con él, tendría que ganarse la oportunidad de fueran novios primero, no se volvería a costar con nadie por que sí.

Comenzó a hacer la rutina que, muy amablemente, Samuel le había indicado para hacerle aseo al baño , tomó el balde, trapeó, fregó, limpió y cuando dio la tarea por terminada dejó todo en su lugar. No estaba acostumbrado a ese tipo de trabajos, pero le gustaba estar haciendo algo que no requiriera mucha atención, eso le permitía pensar, y aunque al principio le dolía pensar en el pasado, le preocupaba más el futuro, y era lo que requería toda su atención. Mientras estregaba un inodoro amarillo con un cepillo redondo y alargado pensó que debería tener pies de plomo. Axel tenía una especie de inmunidad al ser el padre del nieto de Franco, pero él no, y lo último que quería era meterse en problemas con un narcotraficante.

—Si no me meto con nadie, nadie se meterá conmigo —dijo y su voz rebotó por todas las paredes del lugar.  Cuando terminó, salió del lugar y caminó por el pasillo hasta el salón donde estaban los niños. Incluso antes de entrar escuchó los gritos y risas de los niños, y cuando abrió la puerta, los vio a todos amontonados en medio del salón, sentados en cojines y poniendo atención a lo que Melissa dibujaba en el tablero. Samuel estaba de pie, en un discreto segundo plano y con los bazos cruzados sobre el pecho. Cuando el crujir de la puerta anunció su llegada, el hombre lo miró y abrió los brazos.

—¿Dónde estabas? —le preguntó con un pequeño tono enojado. Gabriel se sorprendió y meneó las manos, sin decir una palabra, marcando lo obvio.

—Estaba haciéndole aseo a los baños —contestó confundido. Todos los niños, en silencio, voltearon a mirarlo.

—¿Por qué estarías limpiando los baños? —Melissa intervino, y Gabriel señaló a Samuel, como si le lanzara la papa caliente.

—Él me dijo que tenía que hacerlo —todos los niños miraron a Samuel, y la doctora se cruzó de brazos.

—Que bueno que llegaste —le dijo a Gabriel, camino hasta él y lo empujó por la espala obligándolo a entrar más al salón —Melissa tiene una cita en diez minutos y yo tengo cosas qué hacer — cuando terminó de empujarlo dio media vuelta y casi que salió corriendo. Gabriel lo vio desaparecer como un rayo y luego se dirigió hacia la doctora.

—No es mi trabajo ¿cierto? —ella negó y lo tomó por los hombros con delicadeza, Gabriel vio que era hermosa, con la piel blanca y tersa, los ojos tremendamente azules y el cabello negro que le escurría como una cascada de petróleo.

—Perdonalo — le dijo, era un poco más alta que él, tal vez uno ochenta o así, ¿Cómo es que no se había fijado antes? —él es un poco intenso.

—Pues me las va a pagar —le dijo y ella se rio.

—Has que pague, pero por ahora, entretenlos un rato.

—Bien —la mujer lo soltó y le dedicó un a dios con la mano a los niños, y ellos devolvieron el gesto, los que tenían manos. Gabriel se los quedó mirando, y fue inevitable pensar en el porqué de sus situaciones, como es que en un pueblo tan pequeño, incluida zona rural, podía llegar a tener tantos niños enfermos.

—¿Te vas a quedar ahí parado? —le dijo una niña que estaba sentada en un cojín rosa desgastado, y Gabriel la miró con una sonrisa, aunque sabía que ella no lo veía.

—Hoy tendré una ayudante —les dijo a todos los niños que abrieron los ojos —Luz, ven aquí.

Ni siquiera se había dado cuenta de como llegaron a ese juego, pero estaban jugando al papá y a la mamá, Luz era el papá, y Gabriel la mamá, y no supo como se dejó convencer, pero al final, varios niños habían tomado pinturas y lo habían maquillado como prostituta de la Veracruz, y, tomado de la mano de Luz, caminaba por todo el salón dejando que la niña regañara a los demás niños y los mandara a hacer su tarea. Un par de veces vio como Samuel asomaba la cabeza por la puerta un par de veces, pero se desaparecía de inmediato al ver que todo iba bien. Jugaron a eso por un rato, luego Gabriel los animó a jugar a que dormían y todos se acostaron en el suelo fingiendo dormir. Al final varios se quedaron dormidos de verdad y Gabriel tubo más de una hora de calma mirando hacia el techo. Pensó que el enfermero era un idiota, ¿Cómo lo había puesto a limpiar los baños? No le importaba que después le hubiera pedido disculpas, lo había hecho solo por hacerlo pasar por un mal momento, y se la iba a cobrar.

La tarde había trascurrido bien, divertida y Gabriel se entretuvo tratando de entretenerlos a ellos, un canal de YouTube que enseñaba juegos para niños se había convertido en su mejor aliado, y al final, los niños se habían comenzado a ir con sus respectivos padres, solo quedaba él y Luz.

—¿Dónde vives? —le preguntó mientras recogía juguetes tirados por todas partes. La niña trataba de recogerse el cabello negro en una fracasada cola de caballo, y al final Gabriel dejó lo que estaba haciendo para ayudarla.

—Vivo en una vereda, pero mi mamá me mandó a vivir con una tía aquí en el pueblo para ella poder trabajar —le contestó. Gabriel estaba más enredado que ella sujetándole el pelo.

—¿En qué trabaja tu mamá, Luz? —la niña se encogió de hombros.

—Ayuda a deshierbar plantas, y a arrancarles las hojas.

—¿Arrancarles las hojas? —la cola había quedado medio decente, así que terminó de asentar los últimos pelos y caminó hasta el frente la niña hizo un puchero raro.

—Pues, las hojas son lo que se cosecha, no sé por qué.

—Tal vez sean aromáticas —le dijo y la niña se encogió de hombros nuevamente, luego estiró la mano en dirección a Gabriel.

—Mi prima me está enseñando a ver con las manos, ¿quieres que te enseñe? —Gabriel le tomó la manito que extendía en su dirección y lo atrajo de un jalón. Se arrodilló en frente y ella y luego la niña puso la manito en su cara, era pequeña y estaba tibia. Primero le tocó la frente, y midió calculadamente la distancia entre su cabello y las cejas. La otra mano la acompañó cuando comenzó a rosar los suabes vellos de las cejas, cuando llegó a los ojos, Gabriel cerró los parpados, y la niña pasó de ahí a la nariz, que pellizcó un poco, bajó al mentón y rozó los labios.

—Eres muy lindo —le dijo cuando apartó las manos, y Gabriel sonrió.

—Gracias ¿Puedes verlo solo con tus manos? —la niña asintió con la cabeza.

—No te imaginé con barba —Gabriel meneó la cabeza.

—Me afeito todas las mañanas, así que no se ve, solo se siente.

—Pues deberás de dejártela crecer. Mi hermana dice que los hombre con barba son sexys— Gabriel estuvo a punto de responder, pero la puerta se abrió y una señora canosa y con gafas irrumpió en el salón. Cuando lo vio, se quedó mirándolo con una extraña mescla entre risa y confusión.

—Vamos, Luz —le dijo y la niña caminó hasta donde estaba al señora.

—Nos vemos mañana, Gabriel, fue un placer ser tu esposo —se rio entes de salir, y Gabriel alcanzó a escuchar como la mujer le preguntaba qué le había pasado en el cabello.

Terminó de recoger todo y dejar el salón medio descentre y recordó de golpe que aún tenía toda la cara pintada. Sacó su celular, y utilizó la pantalla como espejo, comprobando que, efectivamente, tenía toda la pintura corrida. Buscó el paquete de pañitos húmedos que había visto por ahí y procedió a limpiarse la pintura de la cara. Ya comenzaba a arderle la piel, y solo le quedaba la mejilla izquierda cuando una voz lo hizo saltar.

—Parece que te adaptas rápido —Gabriel cayó parado en posición de ataque, mirando hacia la puerta donde encontró a un Maoy con las manos en la espalda y recostado de costado en la pared.

—¿Por qué todos en este pueblo me quieren matar del susto? —le dijo y el hombre se encogió de hombros. Gabriel se cruzó de brazos — ¿entonces te dedicas observar a la gente como un psicópata? Ya van dos veces —el hombre caminó hacia dentro y se quedó a un metro de Gabriel, que aguantó las ganas de dar un paso atrás.

—Lo siento si te hago sentir incómodo, pero me gusta ser silencioso —Gabriel se sintió extrañamente incómodo —te decía que te adaptas rápido —Gabriel apretó el pañito húmedo en su mano.

—Son solo niños, solo hay que entretenerlos, y ya.

—No te subestimes —el hombre señaló la pared llena con los dibujos, pero Gabriel no miró —unos cuantos han estado antes que tú, y no les fue muy bien —Maoy caminó un paso más cerca, sos ojos oscuros centellaron y Gabriel quiso salir corriendo, ya no quería ningún beso, había algo en ese hombre que le producía una inquietud, y antes pensaba que podría ser que lo ponía nervioso por algún motivo sexual, pero ya no estaba tan convencido. Dio media vuelta, dándole la espalda mientras fingía mirar la pared, a un metro de él.

—Tengo que hacer que funcione, si no cumplo esta horas tal vez vaya a la cárcel.

—No lo creo —le dijo el hombre, y estaba tan tremendamente cerca que Gabriel podo sentir su aliento en el cuello. Caminó hasta la pared y fingió mirar los dibujos, alejándose. Pero cuando el hombre volvió hablar, sintió como su pecho le tocaba la espalda —No iras a la cárcel — Se volvió de inmediato, y chocó la pared con la espalda.

—¿Qué estás haciendo? —le dijo con el tono más amenazante que fue capaz de soltar, pero Maoy se acercó, tan rápido como sus antiguos adversarios, tomó las muñecas de Gabriel y las sujetó con una sola mano en una llave fuerte y bien hecha, con la otra le tomó el mentón y le depositó un fuerte beso en los labios. El cuerpo del hombre se ajustó con el suyo, y Gabriel se quedó paralizado. Maoy lo besó con una profundidad que pretendía ser apasionada, pero terminaba siendo mas bien violenta, trató de meter la lengua en su boca, pero Gabriel no la abrió, y terminó dándole un lengüetazo en los labios. El hombre le volteó el mentón y le lamió el cuello, y luego lo mordió. Gabriel trató de escapar de su agarre, pero Maoy era mucho más pesado que él.

—Para —le dijo, y el hombre le mordió una oreja, Gabriel cerró los ojos, y trató de bajar los brazos, pero no pudo, se sintió tan débil físicamente, como nunca se había sentido, las piernas le temblaron, sintió rabia y miedo y luego un asco tremendo cuando el moreno se apretó mas contra él y le susurró:

—Sé que te gusta.

—¿Qué está pasando aquí? —se escuchó una voz que retumbó por todo el salón, y cuando Gabriel abrió los ojos vio a Samuel, de pie, con la cara roja y los puños apretados. Gabriel intentó pedirle ayuda, pero se detuvo, él podía hacerlo, él era capaz de defenderse solo, lo había hecho por años. Él le ganó a el lobo, venció en su propio juego a super nova y fue coronado ocho veces campeón de puños de acero, así que se defendería haciendo uso de único en que era bueno. Maoy miró hacia la puerta, sorprendido al ver al enfermero, y Gabriel aprovechó ese descuido, levantó su pie por en medio de los del hombre y le pateó el gemelo, haciendo que el tobillo se doblara en un Angulo extraño , el hombre profirió un grito y se apartó unos centímetros, así que Gabriel logró sacar una se sus manos, tomar la de Maoy y torcerla con toda la fuerza que pudo. Él dio otro grito que fue silenciado con un rodillazo en el estómago, cayó de rodillas, su muñeca aún estaba atrapada en la llave de Gabriel y él aprovechó la posición para darle una patada fuerte en el torso, y con el mismo impulso golpear su cara, donde se vio un rastro de sangre de inmediato. Levantó el puño en el aire, dispuesto a romperle el pómulo en mil fragmentos, pero no lo hizo, se quedó ahí mirándolo, mal herido y con miedo, y solo entonces notó que las lágrimas le nublaban la visión. Él no era tan violento, nunca lo había sido, siempre había sabido reconocer cuando un adversario estaba derrotado, y Maoy lo estaba desde que le pateó el gemelo, pero, ¿entonces por qué estaba ahí, apunto de golpearle la cara con el puño perfectamente cerrado? Sintió miedo, se sintió asqueado y vulnerable como nunca se había sentido, y perdió el control como aquella noche de enero en que peleó con Diego. Las imágenes del hombre se le agolparon en la cabeza, lo vio tirado en la arena, con la cara llena de sangre y polvo, inmóvil, sintió el miedo que sintió aquella noche, la culpa, luego vio la imagen de su esposa y sus hijos. ¿Cómo había podido convertirse en un monstruo? ¿Cómo se había dejado llevar por el mal de esa manera? “Soy un monstruo” se dijo, y lo creyó, por eso estaba ahí, en ese pueblo, cuando sintió que debería estar en la cárcel. El llanto lo llenó, y sintió que no podía respirar, sus hombros comenzaron a convulsionar y no reprimió el quejido que escapó de su garganta. Una mano cálida se posó en su puño cerrado y cuando volvió la vista, el enfermero estaba ahí parado junto a él. Envolvió con su mano el puño de Gabriel, y luego lo tomó del hombro, Gabriel se dejó llevar, intentó verle la cara pero las lagrimas no lo dejaban, así que acortó la distancia que los separaba y lo abrazó, se aferró a su cuerpo cálido y lloró en su hombro, y lo abrazó con fuerza, sintiendo como se hacía otra grieta en su alma, y el enfermero lo acunó entre los brazos, con una mano en su espalda lo apretó contra él y con la otra le acariciaba el cabello que asomaba por encima de la venda, y se quedaron ahí unos minutos, que para Gabriel fueron eternos, pero que para el enfermero fue solo un instante. El muchacho se apartó de él como si le quemara, lo miró a la cara con asombro y salió corriendo por la puerta abierta sin mirar atrás.

Samuel se quedó mirando el espacio vació por donde Gabriel había desparecido y sintió la necesidad de correr tras él, pero se abstuvo. Se volvió hacia Maoy, que se había arrastrado hasta recostarse en la pared, le sangraba la nariz y se sujetaba el costado.

—¿Acaso estabas intentando besar a Gabriel a la fuerza? —le dijo, con una rabia que no sabía que tenía —si yo no hubiera llegado ¿qué hubieras hecho? ¿acaso lo ibas a…? —Maoy levantó la mano en dirección a él, como si estuviera cansado de su chachara.

—No lo defiendas, Alvar —él sabe defenderse solo.

—Pues eso se nota, te pateó como un elefante a un palillo —el hombre en el suelo lo miró con cansancio —¿pensé que te gustaban las mujeres? —el Maoy rio, con una risa que a Samuel le produjo miedo.

—No lo entenderías —hizo ademán de levantarse mientras hablaba, pero se detuvo. El enfermero se agachó y tomó el celular de Gabriel que había rodado por el suelo.

—Tienes razón, no lo entendería —salió del salón, dejando al hombre en el suelo.

Maoy se quedó mirando la pared por largo rato, luego sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y se limpió la sangre mesclada con las lágrimas.

—Lo siento, Gabriel —dijo en en un hilo de voz —pero esto es mucho más grande que tú.

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