INICIAR SESIÓNGabriel pensó tristemente que el regresar a clases al día siguiente sería un poco más normal, pero la venda que le había obligado a ponerse Axel y que envolvía su cabeza no hacía más que hacerlo parecer un disfraz mediocre de momia. Desde que entró por las puertas del colegio todas las miradas se posaron en él, y se sintió tan pequeño que subió automáticamente al tercer piso y se sentó en el puesto más alejado posible. Cuando sonó la campana y el salón comenzó a llenarse, las miradas poco a poco se fueron poniendo más discretas, y cuando la maestra entró por la puerta y las miradas se posaron en ella, dejó escapar todo el aliento que tenía contenido en el cuerpo. Camila se sentó junto a él, y llamó su atención golpeándole el pie.
—No te apachurres —le dijo y Gabriel aflojó un botón de la guayabera.
—Todos me miran —le contestó bajito.
—Igual que el primer día —le aclaró ella y él la miró frunciendo el ceño —sí, ya sé, pero entiende, en este pueblo nunca pasa nada, así que cualquier acontecimiento es él acontecimiento. A demás…
—¿A caso tiene que contarle algo al grupo entero, Camila? —la voz de la profesora hizo que ambos chicos dieran un respingo, la mujer caminó hacia ellos. Era una mujer pequeña, muy pequeña, Gabriel supuso que no pasaría del metro con cincuenta, traía unas botas rosadas hasta los tobillos, unos pantalones gastados y una camisa negra que parecía un poncho. Llegó a la altura de ellos y tomó el cuaderno de Gabriel, que era un modelo sexi que miraba a la cámara con gesto provocativo, y sintió un bochorno en el rostro, ¿por qué había comprado ese cuaderno? La mujer abrió el cuaderno bajo la atenta mirada de todos los estudiantes.
—Qué bonita letra —dijo, y Gabriel no supo qué contestar —¿Dónde están las notas de tu antiguo colegio? —Gabriel miró a Camila en busca de ayuda, pero la muchacha miraba distraída un dibujo en el escritorio.
—No vengo de otro colegio —le dijo Gabriel y ella lo miró a los ojos —me había retirado hace un par de años y apenas vuelvo —le devolvió el cuaderno a Gabriel y sonrió.
—bienvenido entonces —caminó hasta el frente y se dirigió a todos —escriban como título: Compuestos y radicales —se escucharon varios quejidos mientras la profesora regresaba al frente. Gabriel abrió su cuaderno y escribió.
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Cuando salió de la casa de su tía con rumbo al hospital se sintió seguro de sí mismo, no sabía qué quería Maoy con él, pero no le importaría si alcanzaba a robarle un par de besos, o algo más. El pueblo estaba lleno de heteros curiosos y eso, mas que asombrarlo lo asustó, su primo lo había sido, y un pudo evitar hacer una mueca de asco. Maoy ya le había echado los perros sin ningún miramiento, pero Samuel…esa pequeña miradita a través del espejo significaba algo, tal vez era hetero curioso, aunque él era un hombre fitness, tal vez lo miraba por los músculos que Gabriel tenía, que no eran muchos, como mera curiosidad. Así como cuando él se quedaba mirando los glúteos de alguna mujer bien formados, por mera curiosidad.
Mientras avanzaba por la calle pensó en él mismo, ¿acaso él sería suficientemente atractivo como para hacer dudar a un hetero? Se quedó parado frente a una vitrina que enseñaba un vestido negro lleno de lentejuelas, ignorando el golpe en su ceja y la venda que lo hacía parecer que tuviera el turbante de Piedad Córdova, se veía bien, con unas piernas bien torneadas y un trasero redondeado y respingado, no era tan grande como Axel decía, pensó. La camisa marcaba sus pectorales y los brazos anchos le hacían lucir una cintura aún más delgada, tenia, lo que se le diría en el mundo del fitness, cuerpo de modelo.
—Si con esto me basta para robarle un beso a Maoy … —miró por sobre su hombro en el reflejo del cristal cuando el flash de un celular se iluminó, e instintivamente giró el cuerpo. Una chica, que estaba en una pequeña miscelánea, salió corriendo hacia adentro y tropezó con varias cosas en su huida. Gabriel dio media vuelta y caminó con rapidez hacia el hospital, no podía creer que lo estuvieran acosando como una colegiala en minifalda, luego se rio de su propio pensamiento, no podía evitar sentirse alagado, a menos de que la fotografía fuera para hacerle brujería. Se preguntó si tal artimaña funcionaría y a qué quedaría sabiendo el agua de calzón, cuando una voy le habló justo el frente.
—Que bueno que hoy esté feliz —frenó en seco y evitó el impulso de levantar los puños. Frente a él, recostado en la columna de una tienda y con una melena de rulos color chocolate, estaba Samuel, lucía radiante y rejuvenecido. La sonrisa de Gabriel se borró, y pretendió seguir de largo, pero el enfermero se interpuso en su camino.
—¿qué quieres? —le preguntó sin mirarlo a la cara, el enfermero le dio paso y señaló hacia adelante.
—¿Te puedo acompañar? Mi descanso ya terminó —Gabriel se encogió de hombros y comenzó a caminar, dejando atrás al hombre por dos pasos, que caminó en silencio un par de minutos —me gustó la idea de dibujar —le dijo y el muchacho se encogió de hombros nuevamente, pero no dijo nada —nos gustaría implementar nuevas cosas para entretenerlos, Melissa y yo nos quedamos sin ideas.
—Deberían pasar menos tiempo en la cama —soltó Gabriel, seco y el hombre lo tomó por el hombro, obligándolo a detenerse. Gabriel paró, dio media vuelta y lo encaró, los ojos verdes del enfermero se clavaron en los suyos, y Gabriel no pudo evitar pensar que eran lindos.
—Lo siento —le dijo Samuel, y Gabriel lo miró con curiosidad —No comenzamos bien.
—¿Comenzamos? —le replicó y se cruzó de brazos, nunca pensó que el enfermero fuera de los que piden disculpas. Samuel volcó los ojos y luego se agarró el puente de la nariz.
—Está bien, comencé mal —comenzó a caminar y Gabriel lo siguió, luego se posicionó justó a su lado —fui un grosero, la verdad no suelo ser prejuicioso, pero llegaste con pésima reputación al pueblo.
—Eso me di cuenta — le dijo, de repente comenzaron a caminar más despacio.
—No es justificación, pero había tenido una pésima semana.
—¿Me hablas a mi de una pésima semana? —le dio Gabriel —no creó que haya sido peor que la mía —la última frase le salió muy sentimental, así que se aclaró la garganta —mira mi cabeza, así se termina una pésima semana —el enfermero se rio, y no tubo más remedio que darle la razón con un asentimiento de cabeza.
—Entonces, ¿borrón y cuenta nueva? —Samuel se detuvo y Gabriel lo imitó, luego el enfermero le tendió la mano —Samuel Alvar, un placer —Gabriel le tendió la mano y se la estrechó, era grande, y estaba tan tibia.
—Gabriel Avendaño —devolvió el apretón y el hombre le sonrió de una manera tan pura que le arrancó una sonrisa. El enfermero traía su uniforme y Gabriel se dio cuenta de que jamás lo había visto sin él —bien —dijo soltándole la mano, ya que la sensación cómoda que le hacía sentir comenzaba a incomodarle —¿por qué tan feliz? — el hombre se encogió de hombros metiendo las manos en sus bolsillos.
—Dormí bien, hice ejercicio esta mañana… nada fuera de lo normal. Así soy normalmente, creeme, es que me conociste en mal tiempo —Gabriel se rio —siguieron caminando un rato en silencio hasta que el enfermero se lo quedó mirando.
—¿Qué? —le preguntó al hombre y este apartó la mirada.
—Haces ejercicio —le dijo y Gabriel no contestó —¿ahora que llegaste al pueblo tienes donde entrenar?
—Si, Axel tiene un gimnasio en la terraza.
—Ah —el enfermero parecía decepcionado —Si, supuse que él debía de tenerlo, la verdad yo prefiero el aire libre.
—¿Cuánto llevas entrenando? —le preguntó, le daba curiosidad la vida del hombre.
—Uf —contestó —la verdad no soy tan aficionado como Axel, entreno solo tres veces a la semana, pero lo hago desde que tenía unos diecisiete.
—¿Y eso fue hace…? —Gabriel se estaba poniendo preguntón.
—Tengo veinte seis —le aclaró el hombre, y Gabriel pensó que era muy viejo para él —¿y tu? —Gabriel quiso huir de la pegunta, sin ganas de entrar a ese terreno de su vida.
—Hace unos dos años —le dijo y el enfermero se lo quedó mirando —y tengo veinte —él sonrió y Gabriel le sonrió de vuelta, luego borró su sonrisa al notar que lo había hecho inconscientemente. Siguieron caminando hasta que llegaron a la puerta del hospital. El enfermero subió delante de Gabriel y se giró al final, antes de entrar
—Si algún día te cansas de Axel podríamos entrenar juntos, o tal vez correr un poco —Gabriel asintió, sabiendo que eso nunca iba a pasar —tengo que pasar primero a hacer algo, ve con los niños y nos vemos allá al rato —entró en el hospital, desapareciendo del campo de visión del muchacho.
—¿Pero que diablo acaba de pasar? —se preguntó.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







