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Capítulo 17

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-10-06 09:40:29

Samuel salió directo del hospital a su casa, se tendió ampliamente sobre el mullido colchón y se dispuso a encender el televisor frente a la cama. Mientras el aparato encendía, sacó el celular de Gabriel que tenía en el bolsillo, era negro, delgado y parecía poco costoso, la caída le había roto la pantalla y se podía ver una telaraña blanca sobre el vidrio. Presionó la tecla de encendido y la imagen de dos hombres besándose lo sorprendió. Apagó de nuevo el aparato y lo lanzó a la cama, para no tener la tentación de husmear en él, pero apretó los puños. Tomó de nuevo el aparato, seguro de que lo detendría el patrón de desbloqueo, pero cuando deslizó el dedo por la agrietada pantalla, éste desbloqueó, dejando ver de fondo otra foto, pero esta vez era una instantánea de un gato. Samuel se quedó mirando al animal por un minuto, no estaba bien husmear en las cosas de los demás. Cuando tomó el celular del suelo del salón, pensó en esperar al siguiente día para devolvérselo al muchacho, y jamás se le pasó por la cabeza meterse en él. Negó varias veces, y le puso silencio al televisor que había encendido hacía rato.

—Que idiota soy —dijo en voz alta. Navegó por entre las aplicaciones un momento, reconociendo las típicas redes sociales y las de mensajería instantánea, y otras más que no logró identificar, más un par de juegos. Contuvo el aliento cuando entró a la galería, y lo primero que vio fue que la carpeta de screenshots tenía mil treinta imágenes. Pensó que eso no era normal, y bajó un poco más, donde una selfie del muchacho anunciaba la carpeta de las imágenes de la cámara del móvil, y no puedo evitar la tentación de entrar en ella. Cuando lo hizo la imagen de Gabriel se amplió, y samuel se quedó observándole el rostro: le estaba dando el sol directo, así que tenía los ojos entrecerrados, las mejillas rosadas, la piel pálida y los labios, rojos y carnosos, se veían húmedos. Tenía el moretón en el ojo con que llegó al pueblo, así que asumió que la fotografía era reciente, y sus ojos…eran oscuros, pero parecían sonreír por sí mismos. Samuel recordó la escena del hospital, en los ojos del muchacho había una ira contenida que lo había asustado, como una bomba humana a punto de explotar, y el enfermero se quedó paralizado, trató de decirle algo, pero no pudo, su mano subió lentamente hasta el puño cerrado que tenía en el aire, y cuando la apoyó notó que el muchacho temblaba, y cuando él lo miró, se le detuvo el corazón. De la ira, sus ojos, pasaron al miedo más absoluto, y luego a un sentimiento que Samuel no logró reconocer, así que cuando el muchacho lo abrazó, él le devolvió el gesto de la mejor manera que pudo, y lo acunó entre sus brazos.

Se volteó a mirar el hombro, donde la mancha húmeda de las lágrimas que Gabriel había dejado aún permanecía ahí ¿qué estaría pasando por su cabeza? ¿por qué detuvo el ataque contra Maoy? Pensó que, si fuera él el que estuviera en esa situación, no se detendría hasta ver al otro inconsciente.

Pasó a la siguiente imagen, que era una de la iglesia tomada desde la ventana que da al parque en la casa de Axel, otras del viaje en la chiva, una de el trasero de un hombre en la terminal de Medellín, y luego, una foto familiar. Samuel acercó la imagen para observar mejor, en la instantánea se podía ver a cuatro personas, Gabriel en el medio, abrazado a un hombre que Samuel pensó era muy parecido a Axel, con el cabello rubio, alto y fornido, a la diestra de Gabriel otro hombre, esta vez mayor, y las canas aún no había cubierto por completo el cabello vibrantemente rubio que él tenía, y junto a él, un mujer. Samuel acerco aún más la imagen, era una mujer de rostro amable, con el cabello tan negro como la noche, delgada pero hermosa, a pesar de su edad, y no pudo evitar pensar que Gabriel era su viva estampa. Entretenido en la galería del celular, paso a una imagen que le prendió todas las alarmas, en ella, se podía ver a Gabriel frente a un espejo, sin camisa, tenía un abdomen marcado, unos pectorales redondeados y una cintura delgada. Miró apara ambos lados, como si alguien lo estuviera juzgando de entre las sombras y negó con la cabeza, seguro de que no debería seguir, pero pasó a la siguiente imagen, y fue inevitable para él no acercar la cara al teléfono. La fotografía era en el mismo lugar, pero ahora se veía de cuerpo entero, el muchacho estaba en boxers, de frente, con los músculos torneados de las piernas en tención y un buen bulto que sobresalía de la corta tela. En la siguiente imagen el muchacho estaba de lado, y el latigazo que sintió samuel en su entrepierna al ver los glúteos, redondos y respingados, no lo había sentido hacía años. Dedicó varios minutos a contemplar el cuerpo del joven, las peleas le habían otorgado un cuerpo fibroso, aunque aún delgado, la piel estaba perfectamente coloreada de un rosa muy claro, sin llegar a ser pálido enfermizo, y las piernas, cubiertas por una fina capa de bellos, le hicieron morderse el labio, imaginó como se sentirían enredadas en las suyas, que tan suabe sería su piel al paso de su lengua y el apretarse contra las firmes nalgas…lanzó el celular a un metro de él, y con una almohada tapó el enorme bulto que le crecía en medio de las  piernas.

—Soy un pervertido —dijo en voz alta, y luego se rio. Se quedó ahí hasta que su pene volvió a una mediana normalidad —no lo hagas —habló de nuevo, cuando una idea se formó en su pervertida mente —no lo hagas —sacó su propio celular y lo encendió —no lo hagas, repitió como un mantra, y luego se extendió para tomar el celular de Gabriel —¿entonces por qué lo estás haciendo? —seleccionó las tres fotografías de Gabriel semidesnudo y las envió a su propio teléfono, y durante todo el proceso se dijo así mismo que lo que estaba haciendo estaba mal, pero nunca se detuvo. Cuando regresó a la galería, vio la selfie, y también se la pasó.

Después de sentirse como una rata miserable, apagó el teléfono de Gabriel y se dio una ducha con el agua lo más fría posible.

……………………………………… …………………………………….

Se puso unos pantalones que le bajaban hasta las rodillas y una camisa ancha, unos zapatos bajos y trató de peinarse lo mejor que pudo los risos que se arremolinaban en enormes espirales, así que desistió y terminó por ponerse una gorra vieja que usaba para protegerse del sol. Tomó ambos celulares y antes de salir sintió el impulso de ponerse perfume, pero desistió.

Salió a la calle, la tarde comenzaba a caer, y las personas comenzaban a concurrir menos. Miró el reloj que abrazaba su muñeca y comprobó que faltaban cinco para las seis, así que tenía dos horas antes del toque de queda. Caminó por un par de minutos, hasta que llegó al parque y se dirigió hasta la tienda donde encontró a Axel revisando unos papeles junto a Irán, el chico que les ayudaba. Cuando entró, se quedó parado unos segundos, hasta que el menor golpeó el fornido brazo de Axel y lo señaló con el mentón.

—Axel, el enfermero grandote está aquí —los ojos azules del hombre lo miraron, y su cara pasó de una mueca de concentración, a una de fastidio.

—¿Qué quieres? —le dijo, fingiendo la cortesía que se supone debería tener por alguien que entre a su tienda como un posible cliente.

—Necesito una barra de salchichón —dijo, pero Axel se cruzó de brazos. Irán salió corriendo y en segundos la barra de salchichón estaba en el mostrador.

—Son cinco mil —le dijo a Samuel, animado, pero Axel tomó la barra, la sacó de la bolsa y la congó en su sitio, luego salió de detrás del mostrador y caminó hasta quedar a un metro del enfermero.

—Sabemos que no vienes a comprar un salchichón —le dijo, con un tono frío y samuel se encogió de hombros.

—Soy más pobre que tú, Axel, claro que como salchichón —el rubio pareció extrañamente ofendido.

—¿Qué quieres, Samuel?

—A Gabriel —Axel frunció el ceño —¿Puedo hablar con él?

—Está en su habitación, creo que está enfermo, le duele la cabeza o algo así, ¿para qué lo necesitas? —había genuina curiosidad en la pregunta del hombre, y samuel le enseñó en celular que tenía en la mano.

—Olvidó el celular en el hospital, se lo vine a traer —Axel se descruzó de brazos y le tendió la palma abierta.

—Ok, yo se lo doy —Samuel se se quedó mirando la enorme palma de Axel y pensó que un puño de él le rompería toda la mandíbula. El rubio movió los dedos, insistiéndole, así que el enfermero sacó una pequeña caja de chicles que tenía en el bolsillo y se la puso en la mano. Axel miró la pequeña cajita verde de menta y ajonjolí y le dirigió una mirada de hastío al enfermero.

—Si no te molesta —le dijo mirando a Irán por sobre el hombro de Axel, que permanecía mudo contemplando la escena —me gustaría entregárselo personalmente.

—Ya te dije, está enfermo.

—Tomará solo un segundo —el rubio volteó los ojos y le indicó a Irán que lo llamara, y el muchacho desapareció por las escaleras en un santiamén. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos, verde contra azul, Axel como un león apunto de atacar, y Samuel con la indiferencia más solida que pudo emular, pero luego le entró una extraña curiosidad, ¿Por qué Axel lo odiaba? ¿por qué ese rencor ciego hacia su persona? No creía que se debiera al hecho de que se había propuesto para el puesto que él ocupaba al principio, no, ahí había algo más. Ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo a los ojos, y Axel también la ladeó, luego dio un paso al frente, y el rubio retrocedió dos, incómodo —¿por qué me odias? —le preguntó —Que yo sepa no te he hecho nada —Axel lo miró con desprecio y luego dio media vuelta, entrando de nuevo tras el mostrador —Que charla tan reveladora.

Pasaron un par de minutos hasta que sintió los paso de alguien por las escaleras, y levantó la cabeza para encontrarse con un Gabriel tres tonos más pálido, y con los ojos hinchado y rojos.

—¿Qué te pasó? —la voz de Axel salió preocupada de su enorme pecho, casi como si la escupiera.

—Estoy bien —le dijo Gabriel, levantando la mano para frenar el avance de su primo, su voz era ronca —Me pongo así cuando me da migraña —dicho eso, volteó hacia el enfermero y Samuel no pudo evitar notar su cara de preocupación. Gabriel caminó hacia él, y se detuvo a un par de pasos. —¿Qué haces aquí? —su tono de voz reflejaba más preocupación que su expresión.

—Se cayó tu celular en el hospital —le dijo él, tendiéndole el aparato. Gabriel lo tomó con los ojos bien abiertos.

—Pensé que lo había perdido en la calle —dijo, revisando la pantalla estrellada y haciendo una mueca con la boca.

 —sí, se rompió un poco.

—Gracias —Gabriel hizo ademán de dar la vuelta para irse, pero samuel recortó la distancia que los separaba y lo tomó del brazo.

—Espera. ¿Podemos hablar? —observó como Axel se crispaba al otro lado del mostrador —en privado —añadió, temiendo que el hombre saliera en cualquier momento y se llevara a Gabriel a dentro como Popeye a Olivia.

—Samuel yo no…

—Es importante, Gabriel, no te quitaré mucho tiempo —el muchacho miró hacia la tienda, y luego al enfermero y asintió a regañadientes —vamos a las bancas del parque —le dijo y dio media vuelta, caminando directo hacia el parque, y solo se detuvo para mirar que el muchacho caminaba tras él, muy cerca y en silencio.

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