INICIAR SESIÓNAxel estaba nervioso, como hacía mucho tiempo no estaba, le temblaban las manos y le sudaba el cuerpo, aunque, dentro de la farmacia, hacia bastante frio. Si no estuviera así por su propia voluntad, hacía mucho rato que hubiera salido corriendo sin mirar atrás, pero ya había puesto la maquinaria en marcha y no había regreso.
Era un día bastante descansado, ya eran pasadas las dos de la tarde y en la sala de espera no había ni un alma en pena, así que era la oportunidad perfecta. Había utilizado a una de las enfermeras como lechuza mensajera, y estaba de rodillas frente a una estantería esperando, quieto como un lobo al acecho, y cuando escuchó que los zapatos suabes de la doctora rechinaban por el corredor respiró profundo y liberó el aire lentamente. La puerta se abrió, y la cabellera rizada y oscura de la doctora apareció por la entrada de la farmacia.
—¿Me mandaste llamar? —le preguntó, tenía las manos en los bolsillos y su siempre impecable sonrisa, y Axel sintió que se le iba el aliento, no era la primera vez que estaba asolas con ella, pero era la segunda en la que iba intentar algo, y le temblaron las rodillas cuando le pasó una pequeña caja de omeprazol que la doctora miró con recelo, como si fuera una bomba.
—Tiene… —tubo que respirar de nuevo —la fecha de caducidad está muy cerca, un mes, quería preguntarte si tal vez sería dañino para los pacientes —la doctora se cruzó de brazos y dejó ver una sonrisa rara.
—Tu fuiste el que estudió regencia en farmacia, deberías saberlo más que yo —Axel se puso de pie, y la doctora lo miró hacia arriba dada la diferencia de altura. El hombre levantó el brazo derecho y lo apoyó contra la repisa con toda la intención de mostrar lo musculoso que tenía el brazo, y Melissa levantó una ceja.
—Es que quería un criterio más profesional, ya sabes —lo dijo con el tono más sexy que pudo emular, y la doctora evitó soltar una carcajada.
—Claro —le dijo, y él sonrió de medio lado.
—Es que tú eres una doctora —Melissa abrió los ojos y asintió con la cabeza.
—Qué observador —Axel asintió despacio.
—Lo soy, siempre te observo —abrió los ojos y negó con las manos —bueno, no te observo, no soy un acosador, nunca te miraría, no por que seas fea, al contrario, eres hermosa, solo que…
—Callate, Axel —le dijo la mujer y él se quedó mudo, dejó caer las manos a los lados y le quitó la mirada —¿Qué diablos te pasa? —preguntó, pero Axel no contestó, se quedó un momento en silencio y luego le dio la espalda.
—Lo siento, Melissa, dejame —la doctora dio un paso atrás y se quedó mirándolo. Tenía aspecto derrotado, los anchos hombros hundidos y las manos en la cadera y ella sintió una extraña mescla de emociones.
—¿Hace cuanto sientes cosas por mí? —le preguntó y Axel dio un respingo.
—¿De qué hablas? —salió corriendo al fondo de las estanterías y la doctora lo siguió.
—Axel, no soy ciega, creeme —lo alcanzó llegando al final del estrecho pasillo —desde aquel día en el parque cuando me invitaste a salir lo sé—Axel se dio la vuelta y la encaró.
—Dejalo —le dijo y ella se cruzó de brazos.
—Creo que tenemos que aclarar esto ahora que ya comenzamos. Ese día te dije que no quería nada con nadie porque estaba recién llegada al pueblo, que había recién salido de una pésima relación y necesitaba tiempo.
—¿Y por qué me dices eso ahora? —le preguntó el rubio azorado, no le gustaba revivir ese momento.
—Porque ya pasó un año, y no logras superarlo, ¿crees que no te he visto mirándome en las esquinas? Es incómodo, y triste.
—Y tú, ¿Ya lograste superarlo? —le preguntó y Melissa frunció el ceño —¿ya lograste superar esa relación? —la mujer se rascó la cabeza, levantando algunos cabellos negros y lacios.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que está pasando ahora? —Axel se recostó pesadamente en una de los escaparates y varas cajas de medicamentos perdieron el equilibrio.
—Porque me gustaría invitarte a salir de nuevo —Melissa se abrazó a sí misma, y suspiró —siempre te veo tan seria, tan solitaria —continuó, sin siquiera mirarla —me gustaría saber de ti, que te gusta, del por qué siempre te pones el cabello detrás de la oreja cuando estás en confianza —esta vez si la miró —me gustaría saber como hacerte sonreír —Melissa se quedó petrificada, y alejó la mirada de los ojos azules del hombre sin saber qué decir.
—No tengo muchas razones para andar sonriendo —le dijo.
—Pues dejame ser una —esta vez la mujer sí lo miró y luego lo señaló con el índice.
—¿Y por qué me lo pides ahora, después de un año? —Axel se irguió.
—Porque pensé que estabas con Samuel, desde que él llegó nunca se separan.
—¿Y preferiste quedarte cayado en vez de preguntarme? —el dedo de ella ya tocaba el pecho de Axel.
—Me dijiste que no querías nada con nadie porque necesitabas tiempo, y un mes después pensé que tenías novio, supuse que el problema era yo —la mujer suspiró de nuevo y se quedó cayada —Pero ya no importa —sin que Melissa pudiera evitarlo, Axel pasó por su lado y salió del lugar con paso acelerado.
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Gabriel no podía explicar con palabras lo bien que se había sentido en el viaje, para él, más que una actividad pedagógica, había sido un paseo divertido donde el enfermero se detuvo cada que podía para enseñarle cualquier cosa curiosa que había en el camino. A pesar de que la carretera destapada le traía el corazón en la posición del hígado, disfrutó el viento fresco en sus brazos desnudos, la adrenalina de la velocidad y lo cálido del cuerpo del enfermero junto al suyo y el viaje fue corto y ameno. Samuel le enseñó como era una planta de cacao, le mostró los inmensos cultivos de caña con la que se hacía la dulce panela y le hizo chupar los rojos granos de café de un cultivo que asomaba sobre el alambrado que separaba la carretera de los verdes cafetales, a Gabriel no le gustó el sabor agridulce, pero guardo un par de granos en el bolsillo del pantalón. El rio le pareció mágico, había pasado por ahí en su viaje de venida al pueblo, pero no tuvo oportunidad de apreciarlo como en aquel viaje con Samuel, se bajaron y Gabriel no perdió la oportunidad de sacarle un par de fotos al enfermero mientras este miraba distraído el rio desde el puente.
—Se llama Rio Hondo —le había dicho, y cuando Gabriel asomó la cabeza por la orilla del puente entendió la razón. El rio, empedrado y caudaloso, se deslizaba imparable a más de veinte metros debajo de ellos—¿Un clavado? —le preguntó Samuel y él retrocedió negando con la cabeza.
—Aprecio mi salud, gracias —el enfermero rio y le señaló la moto unos metros más atrás.
—Aún tenemos tiempo, pero Maoy va a estar muy enojado si llegamos mucho después de él —caminó hasta el vehículo, pero Gabriel lo tomó por el brazo y lo detuvo.
—¿Nos tomamos una foto? —Samuel frunció el ceño, confuso, pero luego sonrió. Gabriel encendió el aparato y entró en la app y la imagen de ello se reflejó como un espejo —ven aquí —le dijo al enfermero y con su brazo libre lo rodeó por la cintura, y el hombre, ni corto ni perezoso cubrió los hombros de Gabriel y lo atrajo con fuerza, hasta que entre ellos no quedaba ni una minúscula molécula de distancia. Sus cabezas se juntaron antes de que Gabriel sacara la instantánea, y logró bajar el celular antes de que Samuel viera que le temblaba la mano.
—No eras lo que me esperaba —le dijo, y Gabriel lo volteó a mirar, estaban tan cerca que logró rosarle la mejilla con la nariz, y la barba le raspó un poco.
—Tu tampoco —Samuel también lo miró, directo a los ojos, y Gabriel logró ver que en sus ojos verdes había rastros de azul, como el rasguño de un gato, luego, despacio para no perder ningún detalle del rostro del hombre, bajó hasta los rosados y carnosos labios, que estaban húmedos y entre abiertos, y a Gabriel se le secó la boca al imaginar qué se sentiría tenerlos entre los suyos, en qué se sentiría besarlo y al fin saber qué se siente un beso real, enredar los dedos en su ondulado cabello y atraerlo hacia él. Samuel elevó la mano y la colocó en la parte de atrás de su cabeza, atrayéndolo más, sus narices se rozaron, Gabriel sintió con toda la fuerza de su espíritu como se aproximaba el beso y le temblaron las rodillas, el corazón le palpitó fuerte en la cabeza y se le subió el calor a la cara. Se alejó un poco para facilitarle al hombre que entrara, como abriéndole las puertas de todo su cuerpo e instándolo a que lo explorara, y logró ver sus labios nuevamente, y le tembló el cuerpo entero cuando el hombre, susurrando y con voz ronca, los abrió para pronunciar su nombre.
— Gabriel —el aliento de Samuel le golpeó la nariz, y pudo oler el dulce aroma de los granos maduros del café en él, y saboreó en su mente lo que se sentiría al besarlo, y que la saliva, agridulce, manchada por el sabor, se mesclara con la suya. Todo parecía un sueño —no…no me dejes olvidar que te tengo qué quitar las puntadas de la cabeza —Gabriel alejó la cabeza de golpe y lo miró perplejo.
—¡Qué? —el enfermero lo miró con los ojos abiertos y Gabriel se alejó lentamente, y cuando lo hizo, sintió el calor del Samuel alejarse de su cuerpo y le dio frio —vaya manera de arruinar el momento —le dijo mientras le daba la espalda y caminaba hacia la moto.
El resto del viaje trascurrió en silencio, y cuando llegaron Maoy no parecía muy contento, pero nunca les dijo nada. La capacitación de primeros auxilios a las personas del campo le encantó, Samuel se defendía muy bien y sabía muy bien de lo que hablaba, y Gabriel le ayudó en lo que pudo, sirviendo como ejemplo o llevándole algunos materiales.
El viaje de regreso fue menos tenso, aunque no por eso menos incómodo, casi ni hablaron durante todo el camino, y cuando llegaron al pueblo Samuel lo llevó hasta la puerta de la tienda y se había despedido sin mirarlo a la cara.
Gabriel llevaba pensando un rato en eso, tirado en la cama y con la ropa puesta y bien asegurada. ¿Por qué Samuel se habría arrepentido de besarlo? Estaba tan seguro de que pasaría, que se le fue toda la fuerza del cuerpo cuando él había ro pido el momento.
—Tonto —dijo y cuando comprobó la hora en el celular se le aceleró la respiración. Durante el camino de regreso, había tenido tiempo para pensar en su problema con Franco, y la solución le llegó, dura y despiadada, si franco quería guerra, se la iba a dar. Comprobó que su teléfono estuviera en silencio y que la cámara no tuviera el flash encendido y salió de su habitación en silencio, caminó por el pasillo hasta las escaleras que conducían a la terraza y cuando cerró la puerta tras él, una briza helada le apuñaló la cara como mil alfileres. Se ajustó el gorro negro y se subió la capucha hasta por encima de la nariz, dejando solo al descubierto sus ojos. Caminó hasta la orilla de la terraza y miró el poste de energía eléctrica que estaba un metro más allá, tomó un aliento que podría ser el último y saltó hacia él Voló ese metro como una ardilla voladora y se estrelló en el poste aferrándose como una garrapata. Se deslizó como los bomberos los dos pisos que lo alejaban del suelo y cuando logró poner los pies en la tierra sonrió, se ajustó la capucha y caminó agazapado y alerta directo hacia el palacio.
Comenzamos la Recta final jijiji
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







