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Capítulo 25

Autor: DiegoAlmary
last update Fecha de publicación: 2021-11-12 06:42:52

La noche había sido productiva, nadie lo había visto salir del pueblo y la arrogancia de Franco era tal que la seguridad en su mansión era mínima y patética, solo un par de hombres en la entrada, más entretenidos en sus celulares que en comprobar si algún enmascarado se colaba por las rejas y se escabullía tras la casa. Franco había colaborado inconscientemente con Gabriel, cuando el muchacho asomó la cabeza por la ventana, logró ver al español en su despacho, junto al asiático que tenía el fusil colgado frente al torso. Sacó su celular con el brillo al mínimo y capturó cuantas imágenes quiso, incluso un par de franco sacando su arma de entre los pantalones y colocándola en el escritorio. Había regresado a casa rápido, sin que nadie lo viera, y subir por el poste fue relativamente más fácil de que imaginó. En la mañana antes de salir al colegio, imprimió cada fotografía un par de veces en la impresora de Axel y guardó todas las copias de seguridad que puedo.

Durante las clases trató de permanecer lo más concentrado que pudo, recuperó la evaluación que había perdido y el resto del día trascurrió relativamente bien y con normalidad.

Después del almuerzo, salió de casa con las fotos entre la camisa y la piel, y Axel se extrañó cuando le dijo que tardaría un rato en llegar al hospital. Mientras caminaba, tomó su celular y tecleó el nombre de Samuel.

—Hola, niñito —le contestó el hombre después de unos tonos.

—Hola, Sam.

—¿Pasa algo? —preguntó, bastante interesado.

—Es que quería preguntarte si puedo llegar un poco más tarde hoy al hospital —se formó un extraño silencio al otro lado de la línea y Gabriel contuvo el aliento —Obvio me descuentas esas horas —le aclaró y el enfermero asintió con un quejido de la voz.

—¿Todo está bien? —le peguntó —te oyes…nervioso.

—Todo bien, voy a hacer algo con Camila para el colegio, máximo cuarenta minutos —trató de sentirse calmado al hablar, pero no quedó muy convencido con el resultado.

—Está bien, nos vemos en un rato.

—Gracias —terminó la llamada y trató de caminar con más seguridad, había pensada cada cosa, cada posible salida de franco la había pronosticado y frenado, y esperaba el narcotraficante no tuviera otra opción que dejarlo en paz.

Caminó unos quince minutos, hasta que las puertas del palacio estaban frente a él, y no tuvo más opción que atravesarlas. Los hombres al otro lado de la puerta apenas lo miraron cuando se paró frente a ellos con las fotografías en la mano.

—Necesito hablar con franco —les dijo con autoridad, y ambos hombres, vestido de manera parecida, se miraron entre ellos. Uno dio media vuelta y desapareció por la puerta, y Gabriel lo siguió hasta el interior de la enorme casa. Se quedó esperando en medio del recibidor, apretando con fuerza las fotografías en la mano y espirando pausadamente para reducir los latidos del su corazón que le taladraban los oídos.

—Sabía que vendrías —escuchó una voz que venía desde lo alto de las escaleras y se giró para encontrarse con los oscuros ojos de franco que lo miraban desde arriba. Venía acompañado del asiático que portaba con orgullo el fusil.

—Creo que no le gustará mucho mi visita —le dijo, su voz hizo eco por todo el lugar, y franco se tomó su tiempo en bajas las escaleras. Cuando llegó hasta la altura de Gabriel, se paró a un par de metros de él.

—Me imagino que no has cambiado de opinión —traía un traje blanco impoluto con una corbata negra, y Gabriel se preguntó por qué vestía formal si ni siquiera salía de la mansión —entonces ¿Qué te trae por aquí? —Gabriel respiró, lo había planeado muy bien y nada podía salir mal. La sonrisa de franco permanecía como el primer día.

—Vengo a hacer un trato —el hombre volteó la cabeza, interesado —Usted no puede obligarme a trabajar con usted.

—¿A no? —su sonrisa se amplió, y Gabriel sintió asco.

—Sé de sus intentos por conservar su anonimato —la sonrisa de Franco disminuyó casi imperceptiblemente —por estar entre las sombras y mantenerse alejado del ojo del gobierno, pues si se mete conmigo eso cambiará. No puede obligarme amenazándome, ya que, si me mata, la jueza que lleva mi caso pondrá mucho interés en el pueblo, y acá usted no es muy discreto que digamos —hablaba con una tremenda seguridad que no sentía en ninguna parte, seguro se merecía un Oscar. Franco levantó la mirada y su sonrisa desapareció por completo, dejando un gesto hosco y firme.

—Suelo ser muy persuasivo —Gabriel casi lo interrumpe.

—Puede ahorrase el discurso de que matará a mi primo o a mi tía, o mi abuela, y que si mi abuela ya está muerta la desentierra y la vuelve a matar —franco dejó escapar una sonrisa de medio lado.

—Un clásico.

—No podrá herir a nadie que quiero porque si no enviaré esto a la policía —lanzó las fotografías a una pequeña mesa de cristal que estaba a un lado, el hombre se acercó y las tomó, miró lentamente una a la vez, con una expresión fría y aterradora —quédese con esas, tengo más, en Medellín y con muchas personas que no dudarán un instante en publicarlas, y su contenido es lo suficientemente incriminatorio como para que, al menos, realicen una investigación, y todo lo que usted tendría que ocultar antes de eso no le daría tiempo —hasta ahí había ensayado, justo en ese instante se supone que daría media vuelte y se iría corriendo de allí, pero se quedó petrificado mientras franco pasaba foto a foto. Cuando el hombre terminó, se las pasó al asiático que las guardó entre su ropa.

—Mira nada más —se acercó a Gabriel y este dio un paso atrás —Maoy tenía razón, eres fuerte, caliente y testarudo, justo lo que busco.

—ya le dije que no me voy a unir a…

—Callate, me tiene aburrido tu parloteo —se sostuvo el puente de la nariz, como si Gabriel le produjera la más profunda jaqueca, tas vez así fuera, pensó Gabriel —Entonces tenemos un trato, te dejo en paz a ti, a tu familia y esas fotografías no se publicarán —Gabriel asintió —bien, a ambos nos conviene, porque si yo me voy al fondo, te prometo que te arrastró con migo —no bromeaba cuando lo decía, y Gabriel no pudo respirar —Ahora vuela, cuervo —Gabriel salió a paso largo de la casa, sin disimular las ganas que tenía de salir corriendo, y franco se lo quedó mirando hasta que su oscuro cabello desapareció de su vista.

—Se irá así no más —le dijo el hombre que lo acompañaba y él sonrió.

—Déjalo que piense que tiene opción, ya volverá.

……………………….       ……………..   ………………………

Gabriel llegó al hospital con una sonrisa nerviosa, no podía creer que Franco hubiera aceptado el trato, que ya estuviera libre, al menos por un tiempo, de las garras del narcotraficante.

Subió las escaleras, entró al hospital y se dirigió directamente al salón donde los niños tenían una algarabía alegre, cuando entró, vio al enfermero con una peluca de payaso y una nariz roja que se le caía y tenía que tenerla con la mano. Cuando el hombre lo vio, no disimuló la sonrisa que se dibujó en su cara, y Gabriel también sonrió. Samuel caminó hacia él y le despeinó el cabello a modo de saludo.

—Te tardaste poco —le dijo y él asintió con la cabeza.

—Lo arreglamos rápido.

—Bien, todos tuyos —le puso la nariz de payaso y le sonrió.

Cuando samuel salió del salón todos los niños lo miraban con una sonrisa pícara, y Gabriel prefirió no preguntar.

La tarde pasó rápido, jugaron un rato al circo y Gabriel se divirtió bastante ayudándolos a pintar cosas indescifrables en hojas de papel, y después de que todos se habían ido y el salón estuviera limpio, en enfermero llegó por él y lo llevó hasta el aérea de urgencias, donde lo sentó en una incómoda silla y comenzó a hurgarle la cabeza con unas tijeras.

—Tienes muy buena cicatrización —le dijo y Gabriel se encogió de hombros.

—Mi cuerpo nació para ser golpeado, parece —Lanzó un pequeño quejido cuando sintió el ardor de otra puntada que se iba.

—Tal vez algún día me enseñes algunos movimientos —le dijo Samuel y Gabriel sonrió de medio lado.

—Si, tal vez te enseñe algunas cosas —el enfermero le empujó la cabeza.

—No me refiero a eso, tonto, a pelear —Gabriel, aunque estaba de espaldas, casi logró ver como se le ponía la cara roja, y eso lo hizo sonreír.

—Tal vez te enseñe un par de cosas —la siguiente puntada le ardió más de lo normal, y tuvo que tomar aire —Sam—le dijo, y sintió como el hombre detuvo su marcha por solo un segundo.

—Dime —contestó reanudando el trabajo con las tijeras.

—Pensé que me besarías ayer —el enfermero guardó un largo silencio, y Gabriel deseó poder mirarlo a la cara. Siguió trabajando un rato hasta que Gabriel no pudo aguantar más, deseoso por saber qué pasaba por la cabeza del hombre —Yo quería hacerlo…pensé que tú también, lo siento si estoy malinterpretando las cosas.

—Gabriel yo…es complicado para mí, dejalo así —Samuel sonaba cansado como si hubiera repetido mil veces lo mismo.

—¿Sabes? También es difícil para mí, creo que en toda mi vida jamás he dado un beso real —le contó, aprovechando que no podía verlo a la cara.

—No te creo —le dijo el hombre y Gabriel se encogió de hombros.

—No necesito que lo hagas, pero es la verdad —Samuel dejó las tijeras a un lado y presionó la cabeza del muchacho con una compresa.

—Eres muy guapo, y en Medellín. Es difícil de creer.

—Tal vez algún día te cuente esa historia, cuando tú me cuentes la tuya —sintió como el enfermero se tensó al instante.

—¿Por qué crees que te lo diría? —Gabriel sintió, muy adentro, que algo le dolió. ¿Desde cuándo molestaba que Samuel no confiara en él?

—Si, tienes razón, Por qué habrías de contármelo. Cuando yo te conté lo que pasó con Diego tu no me lo pediste, no tenía por qué pensar que podía ser reciproco. Lo siento —tenía rabia, de verdad había sentido que empezaba a tener una conexión con él, y se sintió mal al ver que el hombre no quería abrirse con él, pudo haber contestado un: “tal vez”

—Gabriel —le quitó la compresa de la cabeza cuando Gabriel logró ver, a través de la puerta de urgencias que separaba el lugar con la sala de espera, a un Maoy que pasaba distraído leyendo unos papeles.

—¿Ya terminaste? —le preguntó poniéndose de pie.

—Si, pero…

—Luego hablamos —Gabriel se levantó y lo miró a la cara, tenía la mirada apagada —O no —dio media vuelta y salió de la sala de urgencias, siguiendo el camino por donde había desaparecido el moreno, y lo alcanzó en la entrada del baño. Lo tomó por el cuello con bastante violencia y lo lanzó dentro del baño, el hombre trastabilló, resbaló en un charquito de agua y cayó sentado al suelo. Volteó a mirar a Gabriel, y cuando lo reconoció, sonrió con desgana.

—Vas a matarme un día de estos — le dijo, poniéndose dificultosamente de pie, y cuando lo hizo, Gabriel se acercó, hasta que Maoy golpeó la pared con la espalda.

—Tú le hablas te de mi a Franco —le dijo, y Maoy suspiró con resignación.

—Si —Gabriel levantó el puño en el aire, pero el hombre ni se inmutó —De eso quería hablarte ayer en el ambulancia, quería un rato a solas para explicarte todo.

—¡Explicarme qué? ¿qué me vendiste a un narcotraficante?

—Calmate, Gabriel —él se alejó abruptamente y suspiró un par de veces.

—Explicame, entonces —Maoy se ajustó la camisa y lo miró a los ojos.

—¿Podemos hablar en otra parte? Aquí alguien podría oírnos.

—No voy a ir con usted a ninguna parte, además aquí no hay nadie —hizo ademán señalando con las manos el baño vacío.

—Bien — dijo el hombre — seré breve, mi nombre es Maoy Briseño, teniente de la policía nacional de Colombia —Gabriel soltó una carcajada que se fue desvaneciendo poco a poco al ver la expresión seria del hombre.

—¡Qué?

—Te dije que este no era el lugar —Gabriel le apuntó con el índice.

—¿De qué diablos estás hablando? —Maoy se aclaró la garganta y se pasó la mano por el cabello, despeinando sus risos oscuros.

—Llevo más de tres años en el caso de Franco, estoy intentando atraparlo.

—Eres un policía infiltrado —Maoy asintió.

—Hay alguien dentro del grupo de Franco que es mi informante, gracias a él llegué al pueblo y a este puesto, pero franco ya no confía en él, no como antes —Gabriel se apoyó contra la puerta de uno de los baños y se se agarró la cabeza, que comenzaba a dolerle.

—¿Yo qué tengo que ver? —temió la respuesta, pero tenía qué hacerla.

—Cuando franco vio el video de seguridad en el que golpeabas a uno de sus hombres se interesó en ti, él necesita hombres que sepan protegerlo sin necesidad de un arma, entonces habló conmigo…

—Y tú le dijiste que yo me uniría a él —la sorpresa comenzaba a pasarle, y la rabia volvía de nuevo. Maoy asintió.

—Vi la oportunidad perfecta para meter otro infiltrado, Franco es muy cuidadoso, llevo meses tratando de conseguir qué puede involucrarlo —Gabriel se apartó de la puerta del baño y avanzó hacia el hombre.

—¿Y planeaste todo eso a mis espaldas? —Maoy meneó la cabeza.

—Sé que me golpearás después por esto, y lo merezco, pero pensé que si te enamoraba lograría manipularte con más facilidad —Gabriel recortó la distancia que los separaba y lo tomó por el cuello de la camisa, estrellándolo contra la pared. El hombre dio un quejido de dolor y Gabriel le gritó muy cerca.

—¡Intentaste abusar de mí! —Varias gotas de saliva de Gabriel cayeron en las mejillas de Maoy.

—¡No! —le dijo — yo pensé que así le gustaba a los gays —Gabriel lo pensaba azotar de nuevo contra la pared, pero Maoy miró con horror algo sobre su hombro y Gabriel se giró para encontrarse a un Samuel rojo, con los puños apretados y la respiración acelerada. Comenzó a caminar hacia ellos con paso decidido y Gabriel fue a su encuentro, lo empujó por el pecho y detuvo el posible golpe que le iba a propinar al moreno.

—No, Samuel, no vale la pena —le dijo Gabriel, y el enfermero señaló a Maoy con el dedo.

—Eres un maldito, ¿cómo lo involucras en eso? —El director del hospital se irguió por competo y los miró desafiante.

—Y lo haría mil veces más. Ustedes no son de aquí, no saben lo que se siente ver como la tierra que te vio crecer es gobernada por un hombre que se cree el rey del mundo por tener un fusil en entre los pantalones —sus ojos se llenaron de lágrimas, y Gabriel sintió como Samuel se relajaba un poco —No saben lo que se siente saber que parte de mi familia fue asesinada por reusarse a sembrar sus cultivos ilícitos, por lo que le hace al pueblo, ¡lo que les hace a los niños! —la voz se le rompió al final, y se limpió las lágrimas con violencia —Voy a hacer lo que sea necesario para liberar a mí pueblo de ese hombre —Gabriel se recostó más a Samuel, y este abrió una mano para dejar que el muchacho se le recostara.

—¿Qué quieres decir con lo que les hace a los niños? —preguntó Gabriel, y Maoy miró directamente a Samuel.

—¿No se lo has dicho aún? —El enfermero no contestó y Gabriel buscó respuesta en Maoy, que sonrió de medio lado —Todos los niños con los que trabajas —continuó el moreno —Todas sus deformidades y problemas físicos son a causa de los químicos con los que fumigan los cultivos de Franco, que envenenan el agua y el aire —Gabriel volteó a mirar a Samuel, y este solo le apoyó la mano en la espalda como respuesta —Por eso tienes qué ayudarme, Gabriel, para detener a franco —El muchacho negó con la cabeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas, Franco era un monstruo.

—No puedo, Franco nunca confiaría en mi después de lo que hice hoy —Samuel se volteó, lo tomó por los hombros y lo miró directo a la cara.

—¿Qué hiciste? —Gabriel no le pudo sostener la mirada, era tan profundo y fuerte que le aterró.

—Él me quería reclutar a la fuerza, entonces anoche fui al palacio y saqué muchas fotos de él sosteniendo armas y así —El rostro de Samuel se fue trasformando en una cara de terror a una de preocupación —Se las llevé hace rato, y le dije que si se metía conmigo o mis seres queridos publicaría las fotos.

—Eso no lo detendrá —le dijo Maoy, y Gabriel negó.

—Él me dijo que estaba bien, que me dejaría en paz si no hacía públicas la fotos —trató de explicar Gabriel y Maoy cerró los ojos.

—Pues fuiste un ingenuo, si Franco te quiere, te tendrá —dijo.

—Eso jamás pasará —dijo Samuel, apretando a Gabriel contra él y Maoy se acercó un poco con cautela.

—Es la oportunidad perfecta, si Gabriel se infiltra…

—Por primera vez en la vida, estoy de acuerdo con el enfermerucho—la voz de otro hombre sonó por todo el baño y los tres presentes buscaron el origen de la voz, pero no había nadie. Una de las puertas de los cubículos comenzó a abrirse lentamente, y allí, sentado en el tanque del inodoro y los pies puestos sobre la taza, estaba Axel, con la cara roja y los codos en las rodillas —Pensé que escuchar un chisme enorme mientras estabas en el baño solo pasaba en Eco Moda —Maoy dejó escapar un quejido.

—Genial —dijo.

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