INICIAR SESIÓN—Las cosas se van a poner feas —las palabras de Samuel resonaban en su cabeza y hacían que el hueco en su estómago se hiciera más grande, y los acontecimientos que vinieron después de esa noche no hicieron más que incrementar su malestar. Cuando el enfermero lo había llevado a casa, desapareció en un segundo dedicándole un silencioso a dios, y Axel prácticamente lo había arrastrado adentro de la casa. El pueblo esa noche estaba bajo el más silencioso letargo, como si cada habitante hubiera muerto y solo quedaran los fantasmas silenciosos deambulando por ahí. Incluso Axel, haciendo caso omiso a su acostumbrada algarabía, había bajado el volumen del televisor mientras veía Yo me llamo al mínimo posible, y Gabriel, casi instintivamente trataba de hacer todo el silencio posible, como si algún hombre en fusilado fuera a entrar en cualquier momento y matarlo porque el bolinillo en la chocolatera irrumpía en el silencio casi impuesto.
El resto de la semana trascurrió de igual manera, en el día las personas se paseaban como gatos ariscos, pendientes de cualquier movimiento sospechoso para salir huyendo hasta sus casas. Gabriel no podía llegarse a imaginar cómo una simple advertencia podía sofocar a todo un pueblo, como podía mantenerlos con los pelos de punta, tan alertas y expectantes, pero una tarde, mientras caminaba después del colegio con Camila e Irán, se sintió uno más del montón de los que están revisando las esquinas antes de voltear.
Ya ni siquiera recordaba de qué hablaban, era algo de que los horarios de la labor social tenían qué cambiar para ajustarse al nuevo toque de queda, pero todo pasó a segundo plano cuando un hombre joven, con ropa de campo y sucio, pasó corriendo junto a ellos con una expresión en la cara que Gabriel jamás va a olvidar. El hombre corrió un par de metros delante de ellos y cayó al suelo cuando los impactos de las balas le dieron en la espalda, se oyeron más detonaciones, las personas comenzaron a correr, las balas pasaban zumbando cerca de ellos y creaban chispas al chocar con el pavimento. El sonido de los fusiles era el ruido más fuerte que había escuchado Gabriel en su vida, y cuando derribó a Irán y Camila al suelo para cubrirlos instintivamente con su cuerpo, se tapó los oídos que pensó le sangraban, pero a pesar de eso escuchó como las balas rompían el cráneo del hombre, como los gritos de Camila retumbaban en su pecho y las pisadas de las personas corriendo vibraban en el suelo, y tan rápido como comenzó, terminó. Se puso de pie, ayudando a Camila que no dejaba de llorar, Irán estaba pálido y se aferraba a su cuerpo como un recién nacido al cabello de su madre. Gabriel no tuvo el valor de mirar el cuerpo del hombre que yacía a unos metros de él, ni tampoco de ayudar a las personas heridas que había dejado el fuego cruzado, solo tuvo fuerzas para arrastrar a sus amigos hasta la tienda de su tía y tenerlo ahí hasta que sus respectivos familiares vinieran por ellos. Hubo tres personas heridas, ninguno de gravedad, un par de fracturas en dedos y una contusión al caer en busca de refugio. Para las tres de la tarde, el hospital estaba tranquilo y en calma. El cadáver del hombre había sido recogido de la calle y enviado a la Dorada, ya que nunca se pudo identificar. Los niños no habían asistido ese día, pero Gabriel sentía claustrofóbica su pequeña habitación, así que se calzó los zapatos y después de un par de regaños de su tía llegó al hospital y lo primero que se encontró fue a un Axel pálido que llenaba unos papeles en medio del pasillo. Cundo lo vio, volcó sus azules ojos.
—Supongo que me tengo que acostumbrar a que nunca hagas caso —le dijo apuntándolo con el lapicero. Gabriel se dejó abrazar —¿cómo estás? —Gabriel se encogió de hombros.
—Asustado, aún me tiemblan las manos. Irán me preocupa, creo que quedó algo traumado —contestó y Axel lo soltó.
—Iré a verlo cuando salga —luego lo miró con el ceño fruncido —si buscas a tu enfermero personal, lo vi ir al baño —Gabriel le sonrió, y tardó tantos minutos en recorrer los metros que lo separaban del hombre, que cuando lo vio, secándose las manos con un papel, echó a correr y lo abrazó como si llevara años sin verlo. Samuel lo acunó en sus manos como si fuera un bebé llorón y Gabriel se soltó a llorar en su pecho.
—Tenía miedo —le dijo entre lamentos —ya no quiero sentir miedo —Samuel le besó repetidas veces el cabello y lo apretó con fuerza.
—Lo sé, pero actuaste muy bien, podría decirse que salvaste la vida de tus amigos —Gabriel asintió con la cabeza. La verdad, él no sentía que hubiera hecho nada, más bien se quedó paralizado mientras el cuervo de oro tomaba posesión de su cuerpo y lo arrojaba al suelo con sus amigos.
—¿Por qué hacen esto? —preguntó después de un rato —¿Quién era ese hombre por qué…? —Samuel lo tomo de las mejillas y le dio un casto beso en los labios.
—Calmate —Gabriel lo abrazó por otro par de minutos hasta que dejó de llorar y su respiración se acompasó con la Samuel —No pudimos identificar quien era —comenzó —pero es del grupo armado que quería robarle la zona a franco.
—¿La zona? —preguntó él separándose —¿en eso nos convertimos? ¿solo en una zona para producir dinero? —samuel asintió.
—Florencia produce miles de millones de pesos al año, este no es el primer grupo que franco tiene que enfrentar —Gabriel acarició los brazos del enfermero que sostenían su cintura.
—¿Qué pasó con ellos? —la cara del hombre fue su única respuesta —¿Los mató a todos? —preguntó alarmado y en enfermero negó.
—Yo aun no estaba en el pueblo, pero sé que después de que mata a unos cuantos el resto se irá —Gabriel asintió y luego notó preocupación en los ojos verdes del hombre que lo abrazaba.
—Hay algo más —dijo.
—Si —Samuel desvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que no hubiera alguien —no quiero preocuparte más, pero tu escuchaste el mensaje de Franco, hay personas del pueblo escondiendo a estas personas, eso nunca había pasado, Franco gastará todos sus esfuerzos por saber quienes son y van a comenzar a investigar a todas las personas —Gabriel abrió los ojos.
—¿Crees que crea que soy yo? Llegué hace poco y…
—No —Samuel lo calló poniéndole el dedo en los labios —No creo que sospeche de ti, rechazaste su invitación a unirte a sus filas, alguien de ese grupo anhelaría tener esa oportunidad. Tu no me preocupas, pero si franco se pone a indagar mucho creo que…
—Maoy —su voz fue un susurro. Samuel asintió y lo abrazó.
—Esperemos que la cortada de Maoy sea lo suficientemente sólida, no nos preocupemos por eso ahora —lo abrazó con fuerza.
—¿Puedo pasar la noche contigo? —le preguntó Gabriel con la cabeza hundida en su pecho y el enfermero sonrió —No creo ser capaz de dormir solo esta noche, y Axel ya duerme con Tomás.
— Claro que si— le dijo — Pero no prometo portarme bien —un empujón de Gabriel fue la única respuesta.
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A Axel no le había gustado nada la idea de que pasara la noche con Samuel, lo había mirado como si se le hubiera salido un tornillo y luego negó con una cara de asco exageradamente graciosa.
—Cres que no me sentiré incómodo sabiendo que te lo estás… en su casa —Gabriel se cruzó de brazos.
—No me acostaré con él —Axel lo miró arqueando una ceja —es muy pronto —dijo y le apartó la mirada —Ax, no creo ser capaz de dormir solo esta noche —sin sorprenderse, Gabriel se dejó abrazar por su primo.
—Podemos poner un colchón inflable en mi habitación —le dijo al tiempo que Gabriel le devolvía el abrazo, ya se había acostumbrado a la efusiva y sentimental personalidad de Axel —no —dijo —quiero estar con él, me hace sentir extrañamente a salvo —Axel lo soltó y asintió despeinándolo. Gabriel se preguntó por qué todos hacían eso.
Mas pronto que tarde, estaba frente las puertas de la casa del enfermero con una pequeña mochila colgando del hombro, se había bañado bastante bien, y para su vergüenza personal, había lavado cierta parte con bastate profundidad, le había dicho a Axel que era pronto para estar con Samuel, pero una cosa dice el cerebro y otra el cuerpo, así que se había preparado, por si las moscas.
La casa de samuel estaba ubicada en una esquina a un par de minutos del parque, para acceder a ella había que subir unas pequeñas escaleras que tenían manchas verdes y resbalosas y sobre ella, dos pisos más que Gabriel identificó también como casas.
—¿Espero que no te incomode? —le dijo Gabriel mientras el hombre luchaba con la llave y la puerta —sé que no somos nada y llevamos un par de…
—Claro que no me molesta —le dijo con bastante euforia —estoy feliz del camino que estamos tomando, no siento que vayamos rápido, creo que no existe rápido o lento, cada pareja es diferente —Gabriel sintió un escalofrío al escuchar la palabra “pareja”. Samuel abrió la puerta de metal, y tubo que empujarla con el hombro para que cediera. Gabriel lo siguió, y lo primero que notó al poner pie en el lugar fue el olor. Olía a algo fresco, como a pino o hierva buena —entra —le dijo el enfermero y Gabriel dio un paso al frente. La casa era muy pequeña, desde su posición logró ver perfectamente la cocina, seguida de una sala, y la habitación, junto a esta y disimuladamente camuflada la puerta del baño, si, era tremendamente pequeña, pero Gabriel quedó anonadado por la excesiva limpieza del lugar, las paredes estaban mal pintadas, supuso que así la recibió, pero todo lo demás parecía el ejemplo del orden perfecto. La cama estaba tan bien hecha que Gabriel supuso que si lanzaba una moneda quedaría clavada en el techo. Junto a esta estaba un nochero, y cada pequeño frasco estaba ordenado de mayor a menor, en la sala había un pequeño librero ordenado cromáticamente y los pisos, de cemento blanco cuarteado, perfectamente trapeados.
—Diablos —dijo y samuel borró automáticamente su sonrisa.
—Sé que es pequeña, pero…
—No me refiero a eso —le interrumpió Gabriel acercándose y dándole un pequeño abrazo —jamás pensé que fueras tan ordenado, tan ordenado —Gabriel vio como el hombre se ruborizó y se rascó el cuello.
—¿Te incomoda? — preguntó y el beso que le dio Gabriel el la mejilla resonó por la pequeña casa.
—Eso te hace más atractivo, yo no suelo ser tan ordenado, pero prometo comportarme —se descolgó la mochila y caminó hasta la habitación, pero se quedó pasmado sin saber dónde ponerla.
—Dejala en cualquier parte —le gritó Samuel desde la cocina —menos en el suelo —Gabriel negó sonriendo y la colgó en un clavo salido en la pared.
Cuando entró en la cocina, el enfermero se había quitado la camisa del uniforme y estaba encendiendo la estufa. Gabriel lo observó, tenía los hombros anchos y la cintura delgada y una fina capa de pequeñas y casi invisibles pecas le cubrían los hombros, cuando se volvió hacia él, no pudo evitar quedar embobado en su anatomía, en los pectorales cubiertos de vello y el abdomen plano.
—Un día tenemos que juntarnos a hacer ejercicio —le dijo —yo también quiero quedar así —samuel se miró el torso y luego lo miró sonriendo de lado.
—Pues tu no estás tan mal —le señaló la estufa —cuida la aguapanela mientras me baño —le dijo, y cuando pasó por su lado se acercó, y depositó un casto beso en los labios de Gabriel —me gusta que estés aquí —cuando se alejó, dejó tras si su olor y Gabriel aspiró profundo.
—Va a ser una noche interesante —dijo.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







